Víctor González Barbone

Bronce y Sueño

NOVELA


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Por el olivar venían

bronce y sueño, los gitanos.

      Federico García Lorca.


El parque abandonado.

La Investigación. Noviembre, 1979.

Los cinceles de Marco Antonio Falcone, acallado su furor, yacían inermes juntando orín en el taller abandonado. Las botitas jardineras de Rossina Fiori, que durante años marcaran de sus huellas los senderos del parque exhuberante en largos paseos solitarios, se pudrían de hongos en el cuarto vestidor. El severo escritorio de roble español donde el ingeniero industrial Alberto Maresca animara, por imperio de su inteligencia, el fluir de las aguas descendentes, custodiaba ahora bajo llave sus pertenencias mudas. Ocultas en el monte, en la modesta elevación del cerro, las piedras del Gólgota de San Pedro enredaban su presencia mística en laberíntica construcción. Arriba, seguía el cerro cubierto de vegetación. Abajo, el largo meandro del río limitaba la heredad. En torno al parque, muros altos de piedra y argamasa. Hacia el camino, viejos portones de hierro enredados de campánulas. Sobre las columnas, los Seres Biformes, ambivalentes, uno frente al otro, el ojo malo hacia adentro, montaban guardia, armados de la paciencia inerte de las piedras.

Un hombre que llegó por el camino echó candado a los portones de la entrada. El jardinero dejó de venir; el parque sucumbió al empuje del monte natural. Libres de la azada, innúmeros arbustos conocidos y sin nombre reptaron sobre los ladrillos húmedos, bajaron por los muros de piedra, ahogaron las zanjas, lo borraron todo. Desapareció el pedregullo del camino, las losetas de las veredas, los bancales de flores, los jarrones de piedra. Una tierra negra y pujante, la umbría de los árboles de altura, el agua de serranía, la protección del cerro, revivieron una vegetación salvaje que se encaramó a los bancos, trepó los hierros de las pérgolas, cubrió las estatuas y acabó por ahogar de verdor el viejo puente de madera allá abajo en el zanjón. Hojas y tallos treparon las columnas, agotaron su altura y volvieron a caer en largas guías que el viento mantenía en constante movimiento.

Los Seres Biformes, ocultos por las hojas, oyeron los últimos pasos apretando el pedregullo del acceso. Abrigados de musgo, al calor del sol tibio de noviembre, arrullados por los pájaros, el viento, el rumor de las hojas, sintieron caer sus párpados pesados de sueño. No había hombres para sorprender ni mujeres que amedrentar. Tampoco niños que ver jugar. Nada capaz de entretener la mirada atenta. No había peligros para alejar, espíritus que alertar, inteligencias para intrigar. Abrigados de enredaderas, tibios de sol, aburridos de ausencia, los Seres Biformes se abandonaron libremente al sueño. Al sueño sin vida de las piedras.

La interdicción.

Silvana. Junio, 1979.

El entramado de la ventana cortaba el edificio de enfrente en cuadros regulares. Era una construcción típica de la Ciudad Vieja, de ventanas angostas terminadas en arco, balcones redondeados, saledizos y gárgolas moldeadas. La estrechez de la calle Misiones incrustaba las formas contra la ventana del despacho en un rompecabezas lleno de luz.

El escribano público Demetrio Arregui, alto, algo encorvado, rodeó el enorme escritorio con alguna torpeza, en un paseo infinitamente repetido. Se sentó frente a Silvana. El rompecabezas se diluyó en el fondo; la cara flaca de Arregui se hizo figura. El puente de los anteojos lo atravesaba como una cruz. Emergían por encima las arrugas verticales de su ceño, fruncido ya por hábito. Apoyó los codos en las rodillas, cruzó las manos y se sostuvo la barbilla, postura permitida cuando el cliente no le exigía formalidad. Detrás de los anteojos, sus ojos acuosos se centraban en Silvana, pero la vista se le perdía en tiempos llenos de nostalgia.

Estaba muy envejecido. Lo había visto hacía unos años, pero en la cara de Arregui había medio siglo más. La había recibido con la misma cordialidad casi distante de toda la vida, pero se le notaba más distraído e impreciso. Parecía arrastrar su existencia como tirando de un carro, manteniendo la cabeza enhiesta por tozuda dignidad. Tenía un hijo desaparecido, su sumisión política estaba cuestionada, no podía ejercer cargos públicos, había renunciado a su cátedra en la Universidad. Eran los años de la dictadura militar.

- No hay mucho que podamos hacer, Silvana. La ley está en suspenso, y yo, como verás, no soy el más indicado...

- Confío en usted, ningún escribano logrará más. El problema no es usted: es mi hermano, es mi padre, soy yo. Es esta situación.

Los dedos de Arregui se juntaron frente a él. Silvana tenía las cosas claras.

- Es posible. Veamos, de todas formas, los papeles.

Silvana se los alcanzó. Las cursivas de la carátula amarillenta se agitaron frente a ella mientras él, reclinado en el sillón, pasaba lentamente las páginas.

Eran ciudadanos de segunda categoría, con los derechos en suspenso, culpables a priori de todos los males de la humanidad. Ninguna de sus familias habían sido benditas de orientalidad, la supuesta identidad nacional patrióticamente administrada por el régimen. La discrecionalidad del poder, la filiación de los involucrados, los intereses al acecho, hacían plausible la amenaza de confiscación. El desconocimiento de la ley, la violación de los derechos humanos, el avasallamiento de las libertades, la expropiación, eran moneda corriente. La Doctrina de la Seguridad Nacional impuesta en el continente lo avalaba todo. Los derechos limitados de Silvana, la proscripción de su hermano, la filiación política de su padre, la ambición de parientes lejanos... bastaron tan sólo unas palabras en algún oído militar. El fraccionamiento de la herencia, la confiscación por partes, la transformación en dinero, harían desaparecer en el anonimato las propiedades de Rossina Ornella Fiori casada en únicas nupcias con Alberto Mario Maresca en matrimonio sin descendencia. Se enajenarían sus memorias borrando las huellas dactilares impresas en los últimos objetos tocados por sus manos.

Arregui terminó de revisar el testamento. Examinó también otros papeles, inscripciones, recibos y sellados. Extraía significados, evaluaba alternativas, exploraba todos los vericuetos de su profesión.

- Si fueran tiempos normales, estaría todo en orden. ¿Cuál es tu situación actual? ¿Te han molestado para algo?

- No. Tengo la "B".

Era la clasificación de ciudadanos conforme su estado frente al régimen militar. La "B" era la luz amarilla del semáforo.

- Y... ¿de tu hermano...?

- Nada. ¿De su hijo...?

- Tampoco.

El hijo mayor de Arregui había desaparecido unos meses antes que el hermano de Silvana. Al principio trataron de engañarse, como todos; deben estar en Suecia, o en México, qué hubiera sido de los refugiados uruguayos sin países amigos, un poco de trato humano, la protección de un documento de radicación... estas deudas de solidaridad no se podrán pagar jamás. No recibieron nunca ningún indicio claro de la esperanza acariciada. Los amigos, escribiendo con nombres supuestos desde lugares transitorios a direcciones cambiantes habían aportado apenas algunas esperanzas brumosas diluídas en frases equívocas, condicionados como estaban por la revisión postal de los servicios de seguridad, temiendo siempre poner en peligro a quienes habían quedado aquí. En cuanto al hermano de Silvana, un muchacho de carácter sombrío y arrojado, su propia naturaleza lo condenaba. Se había negado a tramitar la ciudadanía italiana cuando lo hizo Silvana, recibiendo la protección relativa de ser un extranjero en el propio país. Gerardo no logró aceptar la aceptación de los aquiescentes ni la ingenuidad de los opositores. Silvana rebuscó mucho tiempo en su cabeza algún fundamento para creer en la huída; la voz esperanzada del afecto atraviesa fácilmente las murallas de la razón. Pero el solo concepto de escapar no tenía cabida en la determinación apasionada de su hermano. Los años mostraron la inutilidad de la valentía, pero la valentía no sabe de utilidades. Su hermano no concebía la fuga.

- Veremos qué se puede hacer. Desde ya te digo, no podés esperar que esto llegue a tus manos mientras la cosa siga así.

- ¿Será posible desconocer el testamento?

- Espero que no, al menos, no completamente. ¿Tenés el pasaporte italiano?

- Sí, mi tía me lo hizo sacar.

- Eso puede ayudarnos. No es tan fácil despojar a una extranjera. Buscaremos la manera de hacer el asunto bien visible para evitar el desconocimiento, prevenir una declaración de invalidez, adelantarnos a cualquier manipuleo del testamento. Aún así, nuestra mejor posibilidad es lograr el bloqueo de la situación.

Silvana parecía no comprender.

- Todo queda como está. Nadie toca nada. Las propiedades permanecen en sucesión, los herederos están imposibilitados o ausentes, el trámite sucesorio no progresa. Algo así como si fueran menores de edad.

- ¿Usted lo ve posible?

El escribano levantó las manos en señal de impotencia. Silvana se miraba las manos vacías.

- No es tan malo. Esto no va a durar para siempre.

- ...

- Ya sé, parece difícil de creer. Pero todo se deteriora, hasta lo malo. Sos muy joven, Silvana. Unos años de espera no tienen por qué asustarte. ¿Podés manejarte con la galería?

- ¡No es el dinero lo que me importa! Es mi tía, sus cosas, Alberto...

- Ya lo sé. Pero si logramos dejar la situación bloqueada por unos años...

- ¿Cuántos años?

- No pienses en los años. Tan sólo hacé tu vida, ocupate de tus cosas, tratá de estudiar. Aunque la Universidad esté destrozada siempre se puede aprender algo; es más difícil corromper la Arquitectura que la Ley. De nuevo, ¿la galería, te deja algo? ¿Tenés como mantenerte?

- Sí, sí, eso sí... Cuando estaba en el sanatorio, mi tía me hizo retirar una cantidad, comprar títulos... ponerlos en un cofre...

Se puso a llorar. Arregui bajó los ojos. No podía mirarla. Los ojos oscuros, la forma de sentarse, la firmeza de la expresión, la mirada ausente perdida en la ventana como si estuviera siempre viendo algo más allá de lo tangible. Al verla llorar se le clavó agudamente la punzada medrosa del eterno retorno: esa cara familiar reconocida en el cruce de una calle tiene hoy veinte años más, no puede ser quien parece, el titular original estará envejecido o muerto, pero su cara resucitada ha venido a pararse allí frente a nosotros tan fresca como entonces, con una nitidez turbadora; el pasado y el presente se ataron en un nudo como el cordón de los zapatos, se debe recurrir a la razón para enderezar las cosas, el pasado ya no existe, el presente se está yendo, negativo señores, ha fallado la verificación de identidad, se trata de personas distintas. Alejaba de sí estos pensamientos moviendo las manos sobre los papeles en un remedo de actividad. Rossina no había tenido hijos. Silvana, con una personalidad afín, era su continuadora natural. Ella misma no sería conciente del parecido con su tía, una similitud trascendente de lo físico.

Arregui acompañó a Silvana hasta la puerta. Volvió a su sillón. Giró hacia el cuadriculado de la ventana. En el edificio de enfrente, las palomas de las cornisas se perseguían como siempre, buscando abrir el camino a la próxima generación.

Vacaciones en San Pedro.

Alberto. Noviembre, 1943.

Alberto Mario Maresca había nacido en Italia, pero hacia el final de su edad escolar los negocios de su padre lo llevaron primero a Buenos Aires, luego a Montevideo. Al completar el bachillerato, volvió a Italia a cursar sus estudios universitarios. Se graduó de Ingeniero en Milán, se especializó en Hidráulica en París. Regresó a Montevideo para incorporarse a una de las empresas familiares, dedicada a la importación de bombas para agua, motores eléctricos y maquinaria liviana. Apoyado por su padre, residente en Buenos Aires, amplió la gestión de la empresa incorporando instalaciones industriales, sistemas de riego, una incipiente fabricación. Desde el principio estuvo conforme con el destino familiar de atender los negocios en Montevideo. De temperamento apacible, observador agudo, de aspecto sentimental, aceptó de buen grado la decisión paterna de asignar a su hermano mayor la administración de los negocios en Buenos Aires, bastante mayores en volumen pero menos interesantes para un ingeniero. Era una de esas familias italianas donde todos los miembros confiaban ciegamente unos en otros sin defraudarse nunca.

Ese año Alberto había llegado en setiembre de Montreal, donde había estado haciendo cursos de posgrado, visitando fábricas, investigando en sistemas hidráulicos. Tenía la idea de fabricar bombas para agua y accesorios en Uruguay. La guerra favorecía la implantación de industria liviana en países no involucrados.

El frío húmedo típico de los finales del invierno uruguayo lo enfermó tan sólo llegar. La afección lo tuvo a mal traer por más de un mes. En noviembre, invitado por amigos de su familia, propietarios de una estancia en Colonia, aceptó pasar unos días de descanso campestre antes del verano, época de mayor trabajo en el negocio del agua. Conoció algo de la zona, una campiña verde de suaves ondulaciones, pero prefería pasar los días leyendo o dibujando máquinas bajo los árboles, dando largas caminatas por el campo, o conversando con el personal, a quienes atraía su sencillez, el buen porte, la risa fácil, el interés por sus labores, el dejo italiano de su acento.

El fin de semana venían los dueños, de apellido Pintaluba, un matrimonio risueño, conversador, entremetido, secundado con creces por dos hijos saludablemente vandálicos y una hija igualmente guerrera, dotada de una persistencia capaz de arrastrar al pacífico Alberto hacia todas las pillerías de sus hermanos como si se tratara de un chico de doce años, obligándolo a embarazosas complicidades con esta banda infantil. Entre dócil y entretenido, Alberto abandonaba sus libros y sus dibujos, siguiéndolos en las correrías por el campo y las haciendas, robando frutas, persiguiendo ganado, colocando trampas siempre infructuosas, trepando árboles, construyendo casamatas y represas, o contando historias de Italia, reales o imaginarias, cuando los chicos estaban ya agotados. Cuando alguna travesura excedía sus límites de tolerancia, los rezongaba fuertemente en italiano, resucitando un enojo ancestral sorprendente aún para sí mismo. A los chicos les encantaba cuando se enojaba. Olvidaban instantáneamente el ofensivo proyecto para saltarle alrededor pidiéndole repetir todos los rezongos, uno por uno, para aprenderlos y repetirlos en la escuela. El se negaba encerrándose en un mutismo obstinado, pero los tres infantes lo rodeaban insistentes para pedirle "allo zío", "non diventare brontolone", con horrenda pronunciación que él corregía instintivamente, en medio de la hilaridad desenfrenada, contagiosa, de los tres forajidos.

Un viernes, víspera del regreso de Alberto a Montevideo, él llevó pan, fiambre, queso y una botella de jugo de uva, e hicieron un campamento de despedida en un claro del arroyo San Pedro, del otro lado del cerro. En medio de la algarabía general, recordando la despedida, Catalina dijo de repente:

- Vení mañana al cumpleaños de Lourdes.

Alberto no sabía quién era Lourdes.

- ¡Sí! ¡Sí! -saltaron inmediatamente los hermanos.

- Es ahí enfrente -dijo ella señalando el cerro.

- ¡Enfrente! ¡Enfrente!

Alberto se rió.

- Ahí no hay nada. Es una broma.

Catalina se ofendió.

- ¡No es una broma! Es ahí, como te digo.

- Es en el cerro. El cerro San Pedro.

- Se llama el Mirador de San Pedro...

- No se llama Mirador, son los Altos.

- Le dicen los Altos, nena, pero se llama Mirador, Mirador de San Pedro, así le puso el dueño, ¿no viste el cartel?

- ¡Todos le dicen Altos, Altos! El cartel no se puede ni leer de borrado que está.

- Claro, si vos no sabés leer.

- ¡Sí, sé leer, sé leer!

- Bueno, sea como sea, no importa -apaciguó Alberto.

- Se entra por un camino desde el otro lado. Es el casco viejo de una estancia; el padre de Lourdes es el hijo del dueño, el viejo Perdomo.

Sergio, el mayor, había heredado la capacidad detallística de su madre para todo lo social.

Cuando sus hijos se lo contaron a los gritos, la dueña de casa se mostró tan entusiasmada como ellos.

- ¡Claro! ¿Pero cómo no se me ocurrió invitarte? Hay unas primas muy monas...

Alberto sacudió la cabeza.

- ¡Claro, tío! ¡Primas monas para el tío solterón!

Esto desató de nuevo la algarabía. Catalina trataba de hacerlo practicar el baile y los otros le gritaban solterón, en medio de las protestas de la madre.

- ¡Basta, dejarlo tranquilo, que solterón ni solterón, con la edad que tiene!

- No, pobre tío, quién dijo, solterón no, solterito no más...

- Primas monas para el tío solterito.

- Primas monas para el tío mono.

- ¡Tío mono! ¡Tío mono! -gritaban los tres retorciéndose de risa como chimpancés.

Alberto no se sentía inclinado a ninguna reunión social, aunque le tentaba la posibilidad de conocer el cerro, cubierto de vegetación, encerrado en una propiedad privada. Se encontraba bien de salud, había recuperado peso, disponía de algunos días más, la alegría contagiosa de esta familia le hacía sentir bien. Asistió, como amigo de la familia, al cumpleaños de la niña Lourdes, nieta mayor de don Frutos Perdomo, propietario de los campos conocidos en la zona como Altos del San Pedro.

Rossina.

Alberto. Noviembre, 1943

- Cuando era joven, yo era muy orgullosa. No quería saber de nada con nadie. Rechazaba todas las invitaciones, ningún muchacho me parecía digno de atención. Me invitaron a ir a esa reunión, un cumpleaños infantil, en los Altos del San Pedro. Todavía vivía don Frutos Perdomo; la niña era su nieta mayor. El viejo había modernizado mucho la estancia, pero las cosas ya no le andaban, los hijos no lo ayudaban; la casona se veía muy desmerecida. Yo no quería ir. No me interesaba una reunión en el medio del campo, no veía en esa gente ningún atractivo para mí. Prejuicios de la ciudad, además del orgullo. Me dijeron que iría un muchacho muy buen mozo, un italiano, que hablaba muy bien el francés. Siempre me estaban presentando ese tipo de pelmazo, ya estaba acostumbrada. Sin embargo, no era frecuente, ya en esos años, oír a un hombre hablar bien el francés. Eso había quedado para las mujeres, antes de perderse definitivamente. Ahora todo es el inglés, porque los negocios se hacen en inglés.

- Pero vos también sabías inglés.

- Sí, pero no me gustaba. Nunca me gustó. Yo adoraba el francés, me parecía artístico, cultural. Es un idioma suave, sentimental, coqueto. El inglés me parece frío, utilitario, de negocios.

- ¡Tía, Shakespeare escribió en inglés!

- Sí, sí, ya sé. Es un prejuicio. Yo ya tenía el inglés asociado con el inglés yanqui, con los negocios. En cambio adoraba el francés, casi nunca lo podía oír, menos hablar. Entonces me dije a mí misma: "Aunque sea un pesado, será menos pesado en francés. Si de verdad lo habla bien". Ya ves con esto como era yo de orgullosa.

- Y cuando lo conociste, ¿qué te pareció?

- Bueno, nada. No me pareció nada. Hablaba bien el francés, por cierto; era muy educado, muy correcto. Había llegado hacía poco de Montreal, había estado estudiando lo de las bombas para agua, quería fabricarlas acá.

- Y después, ¿no quedaron en verse, en volver a encontrarse?

- No. No quedamos en nada. En realidad, no nos impresionamos mucho el uno al otro. Al menos él a mí no me impresionó. Y yo a él tampoco. Cuando me preguntaron, sólo pude decir que me parecía muy correcto. Esto desilusionó a todo el mundo. Acaso esa indiferencia finalmente nos unió.

- ¡...?

- Sí, eso. Como no nos impresionamos, nos sentíamos bien conversando, era una amistad neutra, no parecía haber ninguna intención de ninguno de los dos lados, ningún peligro; por eso nos descuidamos.

- ¿Se descuidaron?

- Bueno, es una forma de decir. No teníamos expectativas, no esperábamos nada, no corríamos ningún riesgo de... enamorarnos.

- Y después, ¿volvieron a verse enseguida?

- No, no muy enseguida. Un par de semanas después volvió a Colonia y me vino a visitar, de puro aburrido, supongo, o por el gusto de hablar francés. Conversamos un poco. Se me ocurrió invitarlo a la inauguración de una exposición en la galería de Ramallo. Iba a ir toda la familia; yo, como de costumbre, no quería ir. A a él le gustaba el arte, me podía acompañar, podría conocer la galería. "Así no me aburro tanto", le dije. Un atrevimiento, decir eso. No sé cómo me salió, pero él se rió cuando se lo dije. Fue la primera vez que lo ví reírse así, espontáneamente.

- ¿Así es... como lo recordás?

- No. No recuerdo nunca esa risa. Cuando estábamos solos se reía distinto, más suelto, más espontáneo. Era muy frío en público. No, ni aún en los momentos de mayor dolor me permití revivir esa risa. En el recuerdo las imágenes se van borrando, se gastan con el uso, se vuelven como esas fotos descoloridas por el tiempo donde en lugar de reencontrar la persona viva la ves más muerta todavía. No, no. Solamente recuerdo esa risa con palabras. Las palabras no dicen mucho, pero se conservan bien en la memoria. Quedan tal cual dichas, como si estuvieran congeladas. Frías, pero siempre iguales. El tiempo no decolora las palabras.

La boda.

Alberto. Setiembre, 1945.

Alberto habló con su padre. Había conocido una "ragazza", Rossina Fiori, hija de un comerciante de clase media, la familia era de origen italiano, muy respetable. Quería casarse con ella. El viejo Maresca no dijo nada. Tenía confianza en la madurez de su hijo: desde joven se había manejado solo, estudiando en el extranjero; nunca le había dado ningún problema. Introvertido como era, le habría dado mil vueltas al asunto antes de abrir la boca; habría intentado estar seguro, tanto como se podía estar en esas cosas, siempre misteriosas, del corazón. Nunca antes le había hablado de nada semejante, aunque había tenido, como cualquier muchacho, sus simpatías. Alberto tenía ya sobrada edad para casarse. El había cortejado a su Teresa de muy joven. Eran otros tiempos; en cuanto un hombre podía mantenerse buscaba ya mujer. Se había casado por amor, en medio de mil dificultades. Había sido feliz; todavía lo era. Elevaba los ojos al cielo buscando entre las nubes el rostro amado, murmurando a las alturas secretos sin palabras.

Bartolomeo Maresca manejaba la empresa con mano férrea; era para todos el jefe indiscutido. Las viscisitudes de su vida personal, la felicidad de su matrimonio, desaprobado por ambas familias, habían enseñado a este hombre autoritario la conveniencia de no intervenir en asuntos de pareja. El otro hijo, Antonio, no había hecho un buen matrimonio. Esto le hacía temer por Alberto: su carácter reposado daba una impresión de fragilidad, de indefensión. Antonio era su mano derecha en los negocios, trabajaba mucho, era muy hábil. No había querido estudiar una carrera, se había lanzado a la vida temprano, con furiosa determinación; había superado desengaños, sabía cuidarse solo. Alberto llegaba a la vida con atraso, retenido por los estudios, un extranjero aún entre emigrantes... ¡tan parecido a Teresa! Ya no estaba su mujer para desenredar esta madeja, para revivir con él los largos años de penurias, la crianza de los niños, la emigración, el lento ascenso por el trabajo, esa larga mirada atrás de los momentos cruciales.

- Giovanni, il mio figlio vuole sposarsi.

- ¿Alberto? ¡Madonna mia! E ancora un bambino.

- Non è mica un bambino.

- Lo so, lo so. ¡Madonna mia! ¡Come va il mondo!

Don Bartolomeo se reía; el mundo había ido siempre así. Giovanni Farnese, paisano de su mismo pueblo del sur de Italia, estaba de vacaciones a la espera de su retiro eclesiástico. En unos meses, volvería para siempre al pueblo natal: terminaría sus días en el mismo paisaje imborrable, entre los mismos objetos, con la misma gente; la vida había sido un largo paseo, ya era hora de volver a casa.

Al padre Giovanni el matrimonio de Alberto se le antojó un desatino, por lo precipitado. Alberto sabía poco de la vida, recién llegaba al país, apenas conocía a la muchacha, a él no se la habían presentado. El cura lo había visto nacer; había apreciado en él un temperamento calmo, una sensibilidad infantil, una generosidad innata. Había abrigado secretamente la idea de atraerlo hacia la iglesia, pero las máquinas, "le macchine", lo habían fascinado. Casarse así, ahora, de repente... el mundo moderno estaba cada vez más pagano y loco.

Corrió a hablar con Alberto. Trató infructuosamente de disuadirlo, esgrimiendo argumentos pueriles, agitando peligros imaginarios, resucitando anécdotas edificantes de cuento infantil. Alberto le contestaba con paciencia, tratando de calmarlo; sus razones, de sólida sensatez, incontestables, hacían aumentar la indignación del viejo. Finalmente el cura, desahuciado en su propósito, insistió en conocer a la novia enseguida. Cuando Rossina, hermosa, rebosante de felicidad, se dirigió a él en italiano, al pobre viejo se le disolvió la voluntad. Verlos juntos le resultó conmovedor. La cosa no tenía remedio: esta Rossina se casaría con Alberto. Para colmo él, erigido en tutor espiritual de "il suo caro figlio", estaba, en su fuero íntimo, de acuerdo; no sería capaz siquiera de demorar la boda, poniendo un poco de sensatez en el precipitado asunto. Furioso consigo mismo, permaneció días enteros en un mutismo obstinado. Finalmente, buscó a Alberto. Le enseñó una cara de juicio final. Alberto lo miraba expectante. Le preguntó en un gruñido estridente:

- ¿Quando ti vuoi sposare?

- Fino a tre mesi, si vi pare.

- No, non mi pare, lo sai. Non mi deva parere, Madonna mia, non mi deva.

Alberto permaneció inmóvil, mirando por la ventana. Finalmente, el cura le apoyó la mano en el hombro.

- ¿Padre?

- Il coure dell'uomo è sulle mani di Dio. Questo lo farò io.

Alberto se le echó en los brazos. El viejo apretaba los ojos. Sería el último sacramento dado por sus manos.

Cinco meses después, el padre Giovanni Farnese, procediendo según su propio criterio, sin consultar a nadie, a pesar de hablar perfectamente el español, celebró el sacramento en italiano y en latín, uniendo en santo matrimonio a "l'ingegnere industrialle Alberto Mario Maresca e la signorina Rossina Ornella Fiori", bajo los muros descascarados de una minúscula capilla, en el casco viejo de la hacienda, cerro arriba, en los Altos del San Pedro.

La vida adulta.

Silvana. Setiembre, 1979.

- Concentrate en el estudio, olvidate de la galería. Date una vuelta cada tanto, para mantener el contacto. No te preocupes por mí, no voy a hacer ningún desastre.

- Bueno, eso no sé...

Lulo andaría por los sesenta, acaso más. No era ningún jovencito, pero estaba muy bien de salud, era un hombre activo, había manejado la galería desde siempre, le había enseñado todo: era un cumplido hacia ella hacerla sentir necesaria. Desde la reclusión voluntaria de Rossina en San Pedro, Silvana había ocupado el lugar de su tía, esforzándose en comprender la operativa de la empresa. Ludovico Ramallo era el gerente y el rostro visible de la Galería Fiori di Firenze, tal cual lo había sido de la Galería Ramallo antes de verse forzado a vender.

Rossina Fiori nunca había pensado en la galería como un negocio. Viuda, dolida de sobrevivencia, saludable a su pesar, buscaba un enlace con la vida, una forma de hacerse menos inútil, de atenuar el curso del tiempo. Los beneficios de su capital, alcanzado por el matrimonio, le pesaban como ajenos. Erigida en custodia, obligada a la continuidad, seguía una línea recta; mantener viva la galería Ramallo con todo y su fundador era una forma decente de usar el dinero, de honrar la memoria de su dueño legítimo, de mitigar la soledad de las horas, de cumplir su mandato en la tierra. El arte, obligado a enraizar en el mundo tangible, se halla siempre necesitado de nutrientes. Acaso fue éste, sin proponérselo, su primer acto de mecenazgo, un borrador, un ensayo preparatorio para la obra monumental del Gólgota de San Pedro.

En cuanto Silvana ingresó a la Facultad de Arquitectura, la atrajo hacia la galería: unas horas por día nada más, no te conviene atrasarte en la carrera, Lulo es un hombre encantador, no podrás tener mejor maestro, un día todo esto será tuyo y de tu hermano. Insistió en pagarle un sueldo. El padre de Silvana había sido empleado bancario destituído por la dictadura; trabajaba como podía, su posición no era desahogada. Ella ayudaba a sus sobrinos con regalos de tía, pero no cabía pensar en mensualidades, sobre todo con Gerardo, tan izquierdista y orgulloso. Acaso hubiera podido convencer a Silvana, pero no quería hacer diferencias entre los hermanos, ni exponerla a ella a la crítica inclemente de los adolescentes, recibís plata de capitalistas, sos cómplice de la explotación. Poder ofrecer un sueldo a Silvana, liberar a los padres de mantenerla mientras estuviera estudiando, evitarle caer en trabajos mal pagos, atrasarse en la carrera, le proporcionaba enorme satisfacción. Lulo, su sobrina, los artistas pobres, su propia vida vacía: a través de la galería Rossina Fiori anclaba hilos en los objetos cercanos, tejiendo como una araña la tela sobre la cual se sostenía.

Silvana vivía de las rentas generadas por valores estables, títulos de deuda pública manejados por Aljanati e Hijos, Corredores de Bolsa. Cada mes o dos iba con la página económica del diario El País y una tijera al cofre del Banco República a cortar cupones; los corredores los cobraban depositando los dólares de intereses en una de sus cuentas. Era lo más seguro: los títulos eran deuda externa, no se dejarían de pagar jamás. El levantamiento del secreto bancario, la apertura de cofres particulares, no habían sucedido nunca bajo ningún gobierno de ningún signo; el dinero era lo único sagrado, la inquietud generada por una medida así sería incontrolable, el régimen se vendría abajo en minutos, como las construcciones edilicias en el terremoto de San Juan, 1944.

Unos años atrás, estando ya recluída en San Pedro, Rossina se había aparecido repentinamente en Montevideo: Silvana, vas a venir conmigo al Banco, tenemos unas diligencias para hacer, el Corredor de Bolsa se llama Homero Aljanati, él lleva nuestras cosas, los valores están en el cofre, te hacés acompañar por algún muchacho de la galería, hay una cuenta en Italia, pero tía yo, nada, no hagas las cosas más difíciles, cuántos años llevamos de esto, no queda ley ni garantía, no sabemos nada de Gerardo ni de tantos otros, yo no soy inmortal, te harás cargo, seguirás viviendo como sigo yo.

No quiera Dios mandarnos todo lo que somos capaces de aguantar, decía siempre su madre. Gerardo había desaparecido hacía años; los amigos estaban escondidos, emigrados, presos o muertos, la dictadura no parecía terminar nunca; su padre había perdido el trabajo, habían pasado apreturas, su madre había empezado a trabajar como vendedora en la tienda de una amiga. Por fortuna la casa era de ellos, Rossina había cedido a su hermano los derechos de la herencia; estando casada con Alberto nada podía precisar. Silvana recorrió con su tía oficinas en la Ciudad Vieja, bancos privados y estatales, estudios de escribanos, lex est quodqunque notamus; estrechó manos, firmó papeles, recibió mareada diligentes explicaciones, fue objeto de una deferencia aterradora. No pudo dejar de admirarse de su tía, tan distinta de su ser habitual, elegantísima en su vestido negro, una sonrisa apenas, distante o indiferente, desatando oleadas de amabilidad al hacer una pregunta o al pedir una aclaración, llevando una conversación apenas inteligible para ella. Salían de las oficinas caminando en silencio, como penitentes en procesión o mafiosos en extorsión, sin hablar hasta encontrarse frente a las tazas de té con leche en la confitería alemana El Oro del Rhin, esquina de las calles Andes y Mercedes. Después de estas entrevistas, Silvana se descubría atrapada en el rostro retratado de su tío Alberto, sabiendo a su tía prisionera de la misma visión. Ella era muy chica cuando murió, no recordaba haberlo visto en vida. Todo esto era de él; estamos cumpliendo una voluntad, cuidando algo; ahora está la tía, después vengo yo.

El tiempo transcurre casi siempre en silencio, sin hacer patente su incesante avance, oculto en la distracción, ¡saludable distracción!, un recurso para la conservación de la vida capaz de desviarnos de un acaso inevitable destino de suicidas, quién soportaría la conciencia si no fuera por la distracción. En nuestro sueño diario, en la saludable enajenación de la vigilia, algunos hechos nos sacuden, nos obligan a despertar por un momento. Percibimos entonces no el transcurso del tiempo, sino el tiempo transcurrido: nos vemos repentinamente entrando en la Universidad, contrayendo matrimonio, teniendo un hijo, haciéndonos cargo de nuestros padres ancianos. Una acción apenas entrevista como futura, lejana, ajena, se nos hace hoy presente como un alud de piedra caído inesperadamente de la altura. En vano intentó Silvana escudarse en la formalidad de los actos: no tenía nada para hacer, no había cambios, seguía siendo su tía, eran solo registros de firma, para situaciones de emergencia, por las dudas. No había caso: si uno podía atender una emergencia, entonces estaba allí, tenía la responsabilidad, el poder. No había cómo escapar. Se sumergió en las cuestiones comerciales como antes lo había hecho en el manejo de la galería. Fue varias veces a San Pedro sólo para hacerse instruir por su tía en materias financieras. Trataban estos asuntos con la mayor gravedad, encerradas en el despacho de Rossina, en un tiempo reservado, exclusivo, fuera del cual ninguna de las dos mencionaba nada.

Ante la aparición de una coyuntura conveniente para un cambio de series en títulos de deuda pública, Ciro Aljanati la llamó a ella para pedirle autorización, no, Rossina no estaba en la casa, su padre ya había intentado ubicarla, debía hacerse esta tarde mismo, el precio era bajo, había escasa liquidez en la plaza, resolvía ella o se perdía la oportunidad. Cuando colgó el teléfono estaba agotada; transpiraba como si hubiera jugado los dos tiempos de la final en el campeonato mundial de fútbol. Ciro Aljanati vino en persona a la galería a traerle los papeles para la firma, volviendo a repetirle todas las explicaciones, asegurándose su comprensión. La deferencia de Aljanati hijo iba más allá de la debida a un buen cliente; su posición le hacía innecesario perseguir herederas; los financistas también tienen corazón. De noche la llamó su tía, temblándole la voz, ahora me puedo morir tranquila, no digas eso tía, no sabés Silvana lo mucho que esto significa para mí.

Se atrasó en la carrera. Tomar parte en las acciones financieras de su tía le bloqueó el camino como un deslizamiento de tierra. Le sería imposible estudiar hasta no sentirse segura en estos ámbitos. Ahora, luego de casi un año, podía pensar en recuperar el tiempo perdido. Con Lulo en la galería, los restantes asuntos, una vez entendidos, no insumían mucho tiempo. Se encerraría a estudiar. Si lograba concentrarse, en un año más estaría recibida.

- Silvana.

- ¿Sí?

- Llamame por teléfono, si no podés venir por la galería.

- ¿...?

- Te voy a extrañar.

La muerte y después.

Rossina. Setiembre, 1956.

En la tarde de la víspera, en medio del dolor de amigos y deudos, asistimos al sepelio del ingeniero industrial Alberto Mario Maresca, propietario de la hermosa finca ubicada en los Altos del San Pedro. Insigne vecino, caro amigo, destacado miembro de la sociedad coloniense, su irreparable desaparición deja un vacío imposible de llenar. Los portones de la que fuera su última residencia en esta su tierra de adopción, otrora siempre abiertos, permanecieron en esta ocasión cerrados aún para los cronistas de El Colonial. La muy dolida viuda, doña Rossina Ornella Fiori de Maresca, quien guardara por meses, día y noche, el lecho del enfermo, se disculpó cortésmente por no estar en disposición de presentarse ante nosotros. Según voluntad expresa del fallecido, sus restos fueron enterrados, en sencilla ceremonia, en una escasa parcela amesetada, abierta hacia el bajo del arroyo, detrás de la capilla privada existente en el lugar. La tierra fue santificada por el Padre Giancarlo Riva, cura párroco de la Villa del San Pedro. En este espartano cementerio, una sola cruz de hierro se yergue por encima de la losa de mármol donde reza: Alberto Mario Maresca, Ingeniero Industrial, 1912-1955, requiéscat in pace.

Rossina, extenuada después de dos días sin dormir, empujada al sueño por las pastillas del doctor Morelli, despertó al alba. Salió de la cama sin aguardar a la doncella. Trajinó incansablemente todo el día junto a las empleadas. La habitación del enfermo había sido ya expurgada de enseres, ropas, rastros. La cama de hospital encargada por el propio Alberto, nuevamente embalada en su caja de madera con marca de la empresa, había vuelto obediente al galpón donde había aguardado fielmente ser solicitada. El sofá cama, la mesita, los sillones, habían recobrado, en la renovación del ambiente, su neutro carácter social, devueltos al mobiliario estable de la casa. Bajo la dirección del ama de llaves, las domésticas limpiaron, ordenaron, cubrieron con lienzos los tapizados, los muebles, los cuadros. El despacho de Alberto, abandonado por su dueño meses atrás, fue cerrado con llave sin entrar en él. Rossina, prescindiendo de toda ayuda, reunió ropas, libros, objetos personales, todos libres de recuerdos, mandando encerrar en los armarios lo demás. Durante el día apenas tomó alimento, trabajando sin apresurarse, metódicamente, ausente como un autómata. Cuando terminó era de noche. Ante la escalinata de la casa, aguardaba desde las cinco en punto de la tarde un automóvil rentado con chofer. Intentaron tibiamente convencerla de irse al día siguiente; ni siquiera respondió. Eran casi las nueve de la noche cuando partió, sentada sola en el asiento trasero del automóvil de la cochería Fernández Rocha, buenas noches, señora, la acompaño en el sentimiento, gracias, descuide la señora, antes de medianoche estará en Montevideo.

Su hermano Luis, su cuñada Emma, le ofrecieron en innúmeras ocasiones, muy discretamente, su compañía, pero ella no lo permitió: tenían dos niños chicos, debían atenderlos. Se recluyó en su casa sobre la rambla de la Playa Honda, negándose a ver a nadie. La muerte de Alberto, muy tempranamente anunciada, cayó sobre ella con la violencia de un cataclismo repentino. Su ser entero se hundió bajo el peso de una montaña de escombros, inundada de negrura, sin esperanza de salida. El mundo se había hecho pedazos, las esquirlas volaban en el torbellino del huracán, un vórtice destructor donde nada quedaba, sólo las astillas lacerando inútilmente las carnes, hiriendo por herir, en un vapuleo insensato, un intento de robar a la indigencia un trofeo despreciable aún para el infierno, un alma vacía de todo, condenada a la vida, castigada con la salud, penada con la conciencia, privada de sueño, prohibida de olvido, sometida a la escoriación por los restos hirientes de la destrucción arrastrados por este céfiro cruel, herida sobre la herida herida, acumulación insensata de dolor sobre dolor más dolor, hasta cuándo cuándo cuándo se acordará de llamarme Dios.

No quería ver a nadie, ni salir, ni hacer nada. No volvería a San Pedro nunca más; no había casa, ni parque, ni cantos de pájaros, ni capilla, ni senderos retorcidos, ni arroyo, ni hojas en los árboles, ni Altos ni San Pedro. Todo había muerto con Alberto. Pronto si Dios quiere no se acordaría siquiera de los nombres; las imágenes se habrían esfumado, sólo vería desde el balcón de la planta alta de su casa la línea horizontal del mar. Los árboles, las piedras, las aguas subterráneas, la vegetación salvaje, las alimañas, todas las fuerzas de aquel rincón encantado lo habían retenido allí, hundiéndolo en lo profundo de la tierra, apropiándose de su ser, sorbiéndole la vida, nutriéndose de él. Sería hoja, pluma, diente, piel, corteza, tallo, ojo, flor; Alberto nunca más.

Había papeles para firmar, entrevistas a conceder, asuntos legales, financieros, la empresa. Comenzó a ser citada por escribanos, contadores, abogados, gente desconocida exhibiendo documentos firmados por Alberto. Como llevada de la mano, iba de oficina en oficina, de un asunto a otro. Una maquinaria de relojería, diseñada mucho tiempo atrás, como un plano más en su vida de ingeniero, se había puesto en movimiento. Concurría a estas citas obligadas con entereza extrema, erguida como no lo estuviera en su vida, siguiendo un camino marcado: la niña Rossina recogiendo migas de pan en conmovedora devoción, cada trocito caído allí, en ese preciso lugar, desde la mano de Alberto, sólo para encontrarlo ella, para atesorarlos todos en un pliegue del delantal infantil.

Durante su reclusión sólo consintió en ver algunos familiares, unos pocos amigos, muy de tanto en tanto. Con los meses, ayudada por su estancia en la casa, libre de los recuerdos de la muerte, los golpes de lanza del dolor empezaron a ceder, dejando en su lugar una pena sorda, persistente, sólida, como el revestimiento acústico de una sala a prueba de ruidos, donde no salía ni entraba nada. Al año de la muerte de Alberto se le hizo evidente la sobrevivencia: no le era posible morir. El cuerpo traicionaba el espíritu, se negaba a la aniquilación, la seguía sosteniendo en el mundo contra todos sus deseos. Esto le hacía sentir débil su amor, como si estuviera faltándole a Alberto, como si le estuviera siendo infiel con la vida. La certeza de estar viva renovaba su dolor, mostrándole la imperfección de la pasión humana, su incapacidad de colocarse por encima del instinto de conservación animal.

Los amigos, los parientes, aún los empleados, la incitaban, explícita o implícitamente, a reencontrarse con el mundo. Ella se resistía, desesperada, en la certeza de su inevitable capitulación. La biología la seguía empujando, la carne era débil, se reintegraría al mundo... ¿para qué? ¿qué podría hacer en él? Su vida sin hijos sería difícil de llenar; la fé no alcanzaba a mostrarle un sentido más allá de la idea, no la incitaba a una ocupación; tan sólo la obligaba a seguir viviendo, no eres dueña de uno sólo de tus cabellos. El orgullo la había mantenido en soledad hasta pasados los treinta, edad avanzada, en su época, para estar todavía sin marido. De vuelta a la soltería de la viudez, el viejo orgullo volvía por sus fueros; renacía en ella en pleno derecho, como una muralla, llevándola al francés, a los libros, la música, el aislamiento, la inconfesa pretensión de no existir en el mundo ya nada para ella. Ha declarado a priori, sin saberlo, la inexistencia universal de ningún alma equiparable a la del compañero perdido. Alberto se ha convertido en un fantasma, un ser imbatible, sin competencia posible; no hay chance para nadie, ningún hombre podrá acercarse a Rossina. Aún sin proponérselo, antes de cualquier propuesta, todo ha sido rechazado, todo posible cortejante es un perdedor sin remedio. El hombre poseedor de los rincones de su cuerpo, el hombre que desenterrara su sensualidad oculta, que alumbrara como un minero las piritas de metal precioso, se ha llevado consigo el plano de ubicación, la denuncia de explotación, hasta la tierra misma. No existirá otro. Dios es uno. Alberto también.

- ¿Ahora qué va a hacer? Con la plata que tiene...

- Viajar. Yo en lugar de ella viajaría. Recorrería todo el mundo.

- No hay caso. No es posible interesarla en nada.

- Si tan siquiera hubiera tenido hijos, tendría algo por qué vivir.

- Podría volverse a casar.

- ¿Para qué? No necesita a nadie, puede hacer lo que quiera.

- En San Pedro estaba ocupada, atendía la finca, participaba en la vida social, la gente la quería. Pasaba semanas sin venir a Montevideo.

- No quiere ni oír hablar de San Pedro

- Ni oír hablar, es verdad.

- ¡Si la tierra de San Pedro se tragó al tío! ¿Cómo va a querer ir?

Reencuentro con la familia.

Rossina. Julio, 1958.

- Emma, soy yo, Rossina... ¿qué te pasa? ¿Estás con gripe?

- ¡Ay, Rossina, estamos todos con gripe! El pobre Luis está como si le hubieran dado una paliza.

- ¡Qué barbaridad! ¿Por qué no me avisaron? ¿Los chiquilines también?

- Ellos fueron los primeros; ahora están mejor, pero caímos nosotros.

- Pero Emma, ¿cómo no me avisaste?

Una hora después estaba ahí con una empleada. Abrieron la puerta los chiquilines, ya bastante recuperados. Emma tenía cara de fantasma; Luis estaba con fiebre, dolores musculares, muy tirado por los antibióticos. Rossina puso en práctica el plan improvisado mientras venía en el taxi. Envió de compras a la empleada, ordenó ella misma la casa, preguntó a los niños si querían venir a pasar unos días con ella, tenía una casa grande, no podían salir a la calle porque todavía estaban sanando, pero había juegos, un balcón grande hacia el mar, sólo dos o tres días mientras se mejoraban papá y mamá, con esa gripe tan fuerte, ellos estaban ya casi curados. Los niños la conocían de oídas, de teléfono, de haberla visto de muy niños. Gerardo, animado por un espíritu de aventura, consintió enseguida, pero Silvana se resistía a alejarse de sus padres. Al final Rossina la convenció. Emma estaba muy turbada por la irrupción de una Rossina horas antes recluída; temía molestar, no sabía si rechazar o agradecer. Luis, aludiendo a su estado de postración con un ademán de burla, pidió hablar a solas con su hermana:

- Rossina, te van a enloquecer, no sabés lo que son...

- No me van a enloquecer nada. Además, yo quiero hacerlo. Quiero tenerlos un par de días en casa, ya ni se acuerdan, los pobres. También lo hago por mí; no me hagas hablar, por favor. Quédense en cama, cuídense los dos. Josefina va a venir todas las mañanas un rato, a prepararles algo de comer. Me llevo las recetas; de tarde te mando los remedios.

- ¡...!

- Dejate de pavadas.

Los entretuvo adentro rememorando juegos de su propia infancia. Los días lindos salían a caminar al sol, un ratito, por la rambla. Si no había humedad, bajaban a la arena, correteando hasta extenuarse; luego, sobre los bancos de granito de los muros, Rossina les quitaba la arena de los pies con una toalla, cálcense enseguida, no vayan a recaer. Una semana después, aún estaban allí. Los padres se habían recuperado de la gripe, habían descansado rememorando los días de matrimonio sin niños. Gerardo fue el primero en pedir volver a casa, pero Silvana no se quería ir.

Luego fueron los fines de semana. En el Parque Rodó, trepaban en las calesitas, los caballos, los avioncitos, el gusano loco, no, esos no son para niños, porque no y basta, si no, no los traigo más. Los domingos, de tarde temprano, al teatro infantil, con las discusiones subsiguientes sobre la realidad de la escena, el fingimiento de los personajes, tía las hadas existen, claro, qué va, son cosas de nene chico, qué lastima, sería bueno, un hada para pedirle lo que quieras. Otras veces era alguna función para niños en el Planetario Municipal, luego los animales del zoológico, no me gustan las víboras, me dan miedo, a mí no, les corto la cabeza con el cuchillo de la cocina, vamos tía, otra vez a la jaula de los monos, un ratito nada más. En la sala de los espejos deformantes, arrastraban a la paciente tía por la gordura, el cabezonismo, la asimetría, el enanismo, no griten, están molestando a la gente, vamos ya vieron bastante lo feos que son, más fea sos vos, mirate ahí, no, no vale, ponete acá en el medio, vas a ver.

En unos meses, a su rutina de atención a los negocios se unió una mesurada participación en la vida familiar, sobre todo a través de los sobrinos. Luis era empleado bancario, delegado gremial, activista de izquierda. Los padres de Rossina y Luis habían sido clase media alta, descendiendo con el siglo a la par de la pérdida de estabilidad de los valores estables. Los padres de Emma eran españoles de ideas libertarias, vinculados a la industria gráfica, como no podía ser de otra manera. Por un orgullo compartido, ninguno de los dos tenía propensión alguna para aceptar ayudas. Vivían una vida modesta, intentando dejar a sus hijos la educación como único legado. A Rossina le alegraba brindar algo a sus sobrinos, devolver aunque fuera magramente la intangible inyección vital que empezaba a recibir.

La primera contratación.

Silvana. Abril, 1987.

- Lulo, para la documentación podría servir un compañero mío de Facultad. Trabajó con la gente de Latina para la Retrospectiva. Estaba en el diario El País, pero dejó; está sin trabajo, me dijeron.

- Citalo y lo vemos. Nos vendría bien una mano.

- Si no tenés inconveniente, tratá vos con él. Era muy amigo de Gerardo, no quiero que eso interfiera. En Facultad era bueno, poca nota pero muy original, los proyecto suyos eran siempre polémicos. No sé cómo será en la parte documental; si estuvo en el diario al menos sabrá escribir. En ese cajón hay recortes de unos cuantos de sus artículos; la Retrospectiva ya la conocés, el fue uno de los redactores y asesor documental, fijate en la contratapa, Fernando Larriera.

- ¡Cuántos peros! ¿Le tenés confianza o no?

- Ya te dije, era muy amigo de Gerardo. Temo no ser objetiva. El... me vino a avisar... la noche...

- Ya, Silvana, ya. Dejame todo a mí. Dame esos recortes, olvidate del asunto. Te prometo ser objetivo; si no va, no va.

Lo había encontrado algunas veces, en exposiciones de arte, una vez en la calle. Habían cambiado apenas unas palabras, con alguna incomodidad. Compartían una sombra de vergüenza en la sobrevivencia cómoda, ellos allí conversando sin haber sido detenidos, indagados, perseguidos; el recuerdo de Gerardo era como una acusación, él se había jugado por la libertad, los demás éramos gallinas, sólo sabíamos hablar en el secreto. En un sentido moral profundo no importa la inutilidad del sacrificio; los vivos habíamos hipotecado nuestras convicciones para proteger nuestro pellejo, eso se llamaba en todos los idiomas del mundo cobardía. No había tratado mucho a Fernando. El, su hermano y el Varilla eran Los Tres Mosqueteros del taller Serralta; ella, dos años menor, era sólo la hermana chica de Gerardo. Por eso eligió el taller Dufau, con su propio núcleo de compinches. Eran los años jóvenes, la iconoclastia, el fervor constructivo, la llanura sin límites para conquistar, todos éramos Colones a demostrar la redondez de la Tierra, el mundo incrédulo rendido a nuestros pies, nuestra misión arrastrar el futuro hasta el presente. Su hermano era hombre de convicciones firmes, para él no había dudas, la inacción tenía un sólo motivo, el conformismo. El Varilla era un artesano nato, capaz de construir el Palacio Salvo con los restos de una demolición. Recordaba a Fernando como un espíritu torturado, inquisidor, propenso a discutirlo todo, a desenterrar dudas, un destructor de ideas, una víctima de sí mismo, encerrado en los atolladeros de su propia capacidad cuestionadora. Algunas de sus compañeras se manifestaban atraídas por su apasionamiento de poeta romántico; a ella le parecía descubrir cierta falsedad escondida en su propaganda nihilista, una pose de intelectual sufriente, la náusea de Sartre bailando en las barrigas.

La vida lo había golpeado, como a todos los demás. Había dejado la carrera por falta de voluntad, por necesidad de trabajar, por desencanto, por desertar de la Universidad tomada, por impulso de independencia. En los breves encuentros posteriores halló en él una pérdida de inocencia similar a la percibida en ella misma, la aparición de conceptos formados, la caída de muchas banderas. Exhibía una expresión de calma fría, de ironía incipiente, como si hubiera logrado comprender al menos en parte el movimiento de los engranajes y pistones en la sala de máquina del mundo. La mentalidad inconformista se había trastocado en una búsqueda de autenticidad más madura. Le había contado brevemente los entretelones de su trabajo en el diario, la falta de profesionalismo, su emigración voluntaria hacia la oscuridad del archivo. Después, según alguien le comentó, había renunciado al diario para trabajar con el Varilla en Artes Gráficas. Esta elección deliberada, conciente, de un destino de trabajo manual le hizo pensar en él: acaso podría aprovechar una oportunidad.

Lulo Ramallo conocía a todo el mundo en el ambiente. Obtuvo las referencias con unas cuantas llamadas telefónicas, citó a Fernando, lo tuvo tres horas preguntándole poco de sus trabajos anteriores y mucho de la vida. Lo contrató.

Malvivientes.

Fernando. Julio, 1973.

El Varilla terminó de comer, se puso la campera, se envolvió con la bufanda y salió para Facultad. Estamos de entrega, no me esperen a dormir, me quedan todavía dos láminas. Llevate algo para comer, un termo con café, ¿tienen donde calentar? No, vengo a comer acá. De mañana, a desayunar. Cuidate, no andés por ahí de noche, quedate en la Facultad. Voy para ahí, no te preocupes, tengo que trabajar, estamos de entrega.

- Comunicado de prensa número 123 de las Fuerzas Conjuntas.

El Varilla caminaba a pasos rápidos bajando por la calle Libertad. Los escasos focos de luz manchaban la vereda de tanto en tanto. Alguien venía en dirección contraria. El Varilla pensó en cruzar la calle, pero el otro se le adelantó.

- Al pueblo Oriental.

Por avenida Brasil unas sirenas nerviosas sojuzgaban el silencio. El caminante de enfrente lo rebasó. El Varilla, protegido por la oscuridad, lo vigiló con el rabillo. Continuaba alejándose sin novedad.

- Subversión, atentado, insubordinación, sedición. Insurrección, asistencia a la organización, asonada. Asociación para delinquir, intención de asociación. Promulgación de ideas.

Llegó a la avenida Brasil, mejor iluminada. Caminó apretadamente contra la pared. Debería haber salido más temprano. Bueno, eran sólo tres cuadras.

- Se requiere la captura.

Llegó por fin a Bulevar Artigas. Grupos de estudiantes evolucionaban por la calle llevando rollos de papel. Aflojó el paso. Se abrió un poco la campera, se acomodó los faldones de la camisa dentro del vaquero. Respiró hondo.

- Malvivientes.

Cruzó bulevar tranquilamente, mirando en derredor los grupos de estudiantes alejándose.

- Gerardo Cristóbal Fiori Bender, alias "Tato", veinticinco años, soltero, complexión mediana, cutis blanco, estudiante de Arquitectura.

El edificio de la Facultad estaba tapizado de cartelones, colgantes, pancartas, banderolas. La entrada era un túnel de cartón. Largas bandas de papel avanzaban por el suelo como caminos truncos. Los estudiantes dibujaban, arrodillados, letras de libertad.

El Varilla entró al salón del taller Serralta.

- ¡Varilla!

- ¿Supiste lo del Tato?

- ¿Qué del Tato? El Tato está ahí.

El Varilla saltó como si hubiera visto un fantasma. Gerardo, en medio del grupo de entrega, tamborileaba en la mesa de dibujo con el estuche del escalímetro. Se trataba de lograr espacios recreados, composiciones volumétricas, integración estético funcional, arquitectura para la vida.

- ¡Tato! ¿Qué hacés acá? ¡Acabás de salir requerido en televisión!

- Uh, uh...

El universo se congeló. Algunos se apartaron. Juanjo Castromán, el tartamudo, logró articular algo.

- Ju-juntá las cosas, ra-rápido.

Los demás despertaron. Empezaron a guardarle las cosas en la mochila. Gerardo se puso la campera; las láminas quedaron sobre la mesa, abandonadas. Fernando fue por su gabán. Entre el Varilla, el Juanjo Castromán y él arrastraron al entumecido Gerardo hacia la salida, guiándolo como a un ciego entre la confusión de la pintada.

- Somos muchos, yo lo acompaño. No, para arriba.

Arrastró a Gerardo por la vereda de Facultad dejando atrás bulevar España. Bajaron la escalinata hacia la calle Durazno, que moría a menor nivel contra bulevar Artigas. Fernando quería evitar las calles principales, rodear la facultad por detrás, cruzar bulevar España, llegar al Parque Rodó.

- Sacate la campera.

- ¿...?

- ¡No seas boludo, sacate la campera!

Gerardo obedeció dócilmente. Fernando ya se había quitado el gabán. Revolvía los bolsillos frenéticamente.

- Sacale todo lo que tenga. No te acerques a la calle, vení para acá.

Fernando tenía la billetera con los documentos en la mano. Le arrancó la campera al Tato.

- ¡Ponete esto! Lo compré hace poco, es nuevo, es muy abrigado.

El Tato lo miraba desde la Luna. Fernando lo empujó violentamente; Gerardo trastrabilló.

- ¡Pero la puta madre! ¡Ponete ese gabán, carajo! ¡Y borrate de una vez, boludo! ¡No te quedes ahí como un pasmado! Tendrás algún lado para ir, me imagino...

El Tato pareció despertar repentinamente. Se puso el gabán en un segundo. Acomodó los documentos en los bolsillos.

- Me voy.

Arrancó a caminar con paso firme. Fernando suspiró. Lo siguió en silencio unos pasos más atrás. Avanzaron por la calle Durazno sin ver a nadie. Bulevar España estaba muy iluminada. Cruzaron juntos sin correr, cuando no venía nadie. Llegaron en la oscuridad de la calle Juan Paullier hasta Gonzalo Ramírez, frente al Parque Rodó. Aunque eran poco más de las diez, no había un alma. Fernando se quedó en la parada, Gerardo en la vereda de enfrente, entre los árboles. La quietud hacía sentir el frío. La pobre luz de los faroles de la calle se moría en la negrura del parque. Era una suerte que la ciudad estuviera tan mal iluminada. Fernando vio venir un 128 a Paso de la Arena. Estiró la mano para detenerlo. Gerardo cruzó la calle.

- Avisale a mi hermana.

Fernando se apartó. Gerardo subió al ómnibus.

Ya estaba. ¡Uf!

Le castañeteaban los diente. Se acomodó como pudo la bufanda. La campera de Gerardo no era tan abrigada, estaba gastada, tenía olor a pucho. Un escalofrío lo descalabró. Cuando le dio el gabán había dejado toda la plata en el bolsillo. No era mucho, pero de algo le serviría. Debería haberle dado también la bufanda, qué boludo. El tenía una, de todas formas. Se apoyó contra la pared. Las piernas le temblaban de tal modo que dudaba si le sostendrían. Podía oírse los latidos del corazón. No quería sentarse; demudado como estaba, temía perder el conocimiento. Trató de respirar hondo, una vez, despacio, otra vez, así. El aire helado de la calle le cauterizaba los pulmones.

Se había quedado sin plata para el ómnibus. Mejor. A buen paso, llegaría en media hora. Tendría tiempo para serenarse. ¡La putísima madre!

Oyó la voz de Silvana en el portero eléctrico.

- Fernando, el amigo de Gerardo.

- Gerardo no está.

- Sí, está en Facultad, estamos de entrega. Me pidió que te trajera los libros.

Era inverosímil, pero alguien del edificio podía estar escuchando. Zumbó la chicharra. Fernando empujó la puerta. Cuando llegó arriba Silvana estaba en el pasillo, asustada como un pájaro. Fernando se metió en el apartamento. Ella cerró la puerta. Temblaba como una hoja. Fernando la miraba sin saber qué hacer. Se quitó la campera.

- Esto, es... de él. Se... fue.

Se quedaron inmóviles viéndose a los ojos en un instante de hielo, la campera colgando en medio de los dos. Fernando desvió la vista. Silvana se echó a llorar.

El taller del Varilla.

Fernando. Setiembre, 1975.

Después de la intervención de la Universidad el 28 de octubre de 1973, el Varilla había empezado a pintar anuncios de propaganda para la venta de apartamentos en los edificios en construcción. Había sido siempre muy hábil con las manos, no soportaba las horas de estudio. Iba a facultad a pintar carteles, construir tarimas, colocar luces; había armado todo un quiosco para vender las publicaciones del Centro de Estudiantes de Aquitectura. Cuando vino la dictadura nadie se acordó de él. Había pintado las consignas más terribles, pero nunca había estado afiliado a nada, nadie le había escuchado nunca una opinión, no iba a las asambleas. Alguna vez lo habían visto en un acto donde los carteles, la iluminación, la tarima, habían pasado por sus manos. El cierre de la facultad lo empujó en el sentido de su verdadera vocación. Comenzó haciendo cartelones de chapa donde pintaba atractivas imágenes de edificios futuros. Compró un proyectorcito de diapositivas Stude muy barato, un modelo ruso sin ventilador popular entre los aficionados a la fotografía. Con una diapositiva del dibujo del arquitecto, proyectaba la imagen sobre la chapa blanqueada, cazaba los pinceles y se lanzaba al ataque, una larga sombra sobre el cuadro, colocando marcas de pintura sobre marcas de luz. Cuando apagaba el proyector el edificio estaba frente a él, perfecto, imponente, 20 apartamentos, 2 y 3 dormitorios, cocheras, amplio palier, portero eléctrico, aberturas de aluminio, finísima terminación, 24 cuotas fijas con pequeñas entregas.

Fernando lo había ayudado cuando empezó. El Varilla era muy reacio a confiarle trabajo a otro, pero habían pasado juntos varias entregas de Facultad. Cuando un estudiante se veía apretado por el plazo pedía "negros" para ayudarle; los compañeros le "negreaban" haciéndole partes de los dibujos. La entrega sólo se postergaba en caso de atraso general; los trabajos fuera de fecha no eran evaluados. Fernando le había negreado al Varilla más de una vez. Al Varilla le costaba mucho la concepción del proyecto; buscaba concebir algo "verdaderamente bueno". Generalmente lo lograba, pero ya encima de la entrega. Fernando se fijaba más en las realizaciones de otros, revolviendo libros en la biblioteca, revisando los proyectos de años anteriores o de otros talleres; aunque no dibujaba tan en detalle como el Varilla, era más rápido, mostraba decisión en la definición del proyecto; partiendo de ideas convencionales, no siempre propias, se volvía atrevido en la concepción a impulsos de su propio temperamento inconformista. Uno o dos días antes de la fecha siempre había terminado. Recorría entonces las mesas para ver qué estaban haciendo los demás. El proyecto del Varilla le resultaba siempre atractivo.

- Varilla, está bien así, metele fierro, se te va el tiempo. ¿Querés que te negree un poco?

- No, no. No sé...

- No seas cascarria, andá a ver mi proyecto, no sos el único que sabe dibujar, qué carajo.

- Bueno, dale. Pero tené cuidado...

- No jodas, Varilla; si no entregás vas a tener que meterte el preciosismo en el culo. Apurate vos, más bien.

Trabajaban en silencio, metódicamente, sin pausa, en largas horas nocturnas, en medio del bullicio de la entrega, donde los que habían terminado ayudaban a los otros, tomaban mate, cantaban canciones de protesta, candombes, rock, música brasileña, temas de murgas o cualquier cosa, acompañados de guitarra, tamboril, tableteos en las mesas, risas destempladas.

Cuando cerraron la Facultad todos se dispersaron. Tiempo después, Fernando cayó por la casa del Varilla a ver en qué andaba. Lo encontró en el fondo de la casa bajo un cobertizo de chapas usadas levantado por él mismo para proteger los carteles. Ahí trabajaba con frío o con calor, con la radio a todo volumen, escuchando música folklórica, tangos o tropical. El Varilla extrañaba el clima de facultad. Ahora ganaba plata. Sus padres, poco pudientes, estaban satisfechos. Para él, había sido una entrada abrupta en la vida adulta: lo bueno había pasado.

- No te quedes ahí parado como un poste; agarrá esos pinceles, movete. Tengo que entregar mañana.

- No, no...

- No te asustes, campeón; esto no es un proyecto. Es brocha gorda, nada más.

- ¡Qué brocha gorda...!

- Dale, dale. Esto no es creación, es vil metal. Vení, ¡ensuciate las manos!

El Varilla no quería socios ni empleados. Aceptó a Fernando porque habían negreado juntos, por nostalgia de la vida de estudiante, porque habían sido amigos del Tato Fiori. Se trataban con insólita brusquedad, pero jamás pelearon. Diferían en gustos e intereses, discutían por deporte, revivían entre ellos la atmósfera liberal descubierta en la facultad. Una cierta indiferencia en el trato personal les hizo duradera la amistad. El Varilla conseguía los trabajos, el taller era de él; le daba a Fernando un porcentaje según su participación.

Fernando no quería pasarse la vida pintando carteles. No quiso volver a Facultad. No podía hipotecar su vida atrás de una carrera, con la Universidad intervenida. Quería independizarse, precisaba ganar plata. Con un curso de periodismo, de escasa ayuda, más la recomendación de un amigo de su padre, de buena ayuda, consiguió entrar en El País, tradicional diario de tirada, unas horas en la sección archivo. Cumplía el horario, hacía los trabajos, era prolijo al preparar el material, llenaba bien el cargo, tenía un sueldo fijo.

Siguió trabajando con el Varilla de mañana; iba al diario de tarde. Al año se casó.

El diario.

Fernando. Marzo, 1987.

Los años de trabajo en el diario lo habían vuelto escéptico. Cualquiera escribía un artículo, con escasa o ninguna preparación en el tema. Le pedían a él información de archivo; de lo reunido, elegían lo más corto, lo más nuevo, lo menos laborioso, no, en francés no, apenas me entiendo con el inglés, éste está bien, con estas hojitas de relleno ya estoy hecho. El, en cambio, cuando le pedían escribir algo, exprimía los archivos, interrogaba las bibliotecas, revisaba las revistas internacionales, consultaba especialistas: realizaba una investigación, con el mismo método aprendido en la Facultad al encarar un proyecto. Pero el éxito no le bendecía; los jefes elegían prosélitos entre periodistas jóvenes, de pluma rápida, dispuestos igualmente a la lisonja o el escarnio, maximizadores de producción, duchos en olisquear el aire para saber de dónde soplaba el viento.

- Algo estoy haciendo mal.

- No te estás vendiendo, eso es lo que estás haciendo mal. Deberías haberte quedado con la Arquitectura. Vos no servís para esto.

Se había ido confinando cada vez más en el archivo, preparando material destinado a malograrse en artículos mediocres. Leía todo lo posible, extractaba ideas, armaba cuidadas bibliografías, contrastaba opiniones. Se fue orientando hacia la parte cultural: literatura, artes plásticas, biografías. Empezó a escribir algunos artículos de apreciación artística; se negaba a la palabra "crítica". Con la práctica fue logrando un tono llano, directo; evitaba el tecnicismo, la frase hueca, las referencias crípticas. Buscaba en la redacción cuidada un salvoconducto para pasar la aduana de los revisores, empecinados en apreciar una visa de complejo como garantía de profundo.

- Lo que te pasa es que no sos periodista, ni crítico; encarás las cosas como si fuera una investigación.

- Es una investigación.

- Claro que es una investigación, si lo hacés en serio, pero acá no tenés tiempo. El diario sale mañana a la mañana, tiene que haber artículos todos los días.

- Pero usted hace una investigación, tiene muchas referencias, maneja bien el material de archivo; no trata nada a la ligera.

- Yo no hago ninguna investigación. Soy viejo, nada más.

- ¿Usted, viejo?

- ¿Cuántos años te llevo? ¿Diez? ¿Quince? Claro que soy viejo; soy viejo porque tuve tiempo de leer, de observar, de sacar conclusiones, de conocer a la gente, en el fondo siempre igual en todas partes, en todos los niveles. Ahora no necesito hacer una "investigación" en el sentido tuyo. Te pido a vos algo del archivo, revuelvo mis papeles, hago un poco de memoria, busco un punto donde arrancar. Si encuentro algo que vale la pena lo leo dos, tres veces; después, ando un poco por ahí; la inspiración, el pasado, el oficio o el mero hábito empiezan a traerme las ideas, a susurrarme en el oído. Ahí empiezo a escribir. No hago ninguna investigación. Escribo lo que me dicta el aire.

Si Rodríguez mentía, lo hacía admirablemente. Fernando no había sentido jamás ningún susurro, ni real ni metafórico. Sin embargo, era posible: Rodríguez escribía aún mejor de lo que hablaba, tenía una cultura amplísima, era un profesional en serio. Lo hacía parecer fácil, pero a él mismo le había llevado años de malos salarios, sacrificios personales, viajes agotadores. Minimizaba sus méritos porque era alguien en el periodismo. Gozaba del aval de una extensa carrera, un par de libros publicados, el abrigo de las consideraciones de los directores, los lectores, los colegas; contaba aún con el respeto de quienes no lo apreciaban.

Finalmente decidió irse, aún sin un claro futuro laboral. La semilla de la disconformidad había brotado firmemente en su interior, ahora invadido por un árbol cuyas ramas se alargaban en sus miembros, le llenaban la cabeza de hojas, le ensombrecían los pensamientos. Renunció en los mejores términos posibles de componer. Trataría de hacer algo por su cuenta. Desde el diario se había conectado con gente de las galerías de arte. Logró un contrato de documentalista para la edición de una retrospectiva crítica de la pintura uruguaya. Le pagaron poco, pero lo mencionaron entre los colaboradores. Eran estos trabajos esporádicos, poco apreciados, mal pagos; las editoriales, las galerías, las revistas, todo lo relacionado con el arte era casi puramente vocacional, no daba para vivir. Luego de unos meses de escasa actividad, volvió a trabajar con el Varilla.

Cuando entró en el diario tenía la cabeza llena de proyectos. Su entusiasmo adolescente por la carrera se había enfriado. La intervención de la Universidad había desplazado a los profesores más capaces, la mediocridad imperaba, a la puerta de los locales de enseñanza se colocaba un vigilante omnipotente, como Ante la Ley de Kafka, exigiendo como pase el pelo corto a la moda de posguerra, la vestimenta de los años treinta, la actitud de sumisión; se firmaba lista para aplaudir soporíferos discursos patrióticos; se vivía bajo la mirada severa de los guardianes de la democracia militar como bajo el ojo del Hermano Grande.

Pero además estaba la vida. La carrera se alargaba, la convivencia con los padres ya no resultaba, urgía independizarse, ser uno mismo, salir de las camisas planchadas de mamá. El tiempo se le escurría como arena fina entre los dedos apretados. Era preciso trabajar.

Las urgencias vitales no eclipsaron, sin embargo, sus ansias de trascendencia. No quería dedicar su vida a pintar carteles. Aspiraba a algo más relevante, más destacado intelectualmente, más elevado. Había visto el puesto en el diario como un camino en esa dirección. Los años le mostraron la oquedad de ese ambiente; también la de muchos otros. El mundo estaba lleno de impostura, era todo una mascarada gigantesca, una murga generalizada donde hasta los dotados de buena voz la fingían cascada para no desentonar. Pintar carteles le parecía ahora más auténtico, más genuino, seguramente más honesto que escribir artículos en la vena de sus compañeros periodistas, destinada a ganar ascensos. Sí, era injusto; los había también buenos, aún muy buenos. Pero no podía dejar de sentir en la nariz un húmedo tufillo a falsedad

El Varilla, liberado de preocupaciones trascendentales por el ejercicio de sus manos, había progresado en el taller; lo contrataban regularmente, lograba ingresos aceptables, se había casado, criaba cuatro hijos en rigurosa escalera de edades. No tenía de qué quejarse; podía haberle ido mucho peor.

- Ahí tenés eso, campeón. Fijate vos que sos léido si lo podés hacer caminar.

- No sé nada de diseño gráfico.

- Aprendé, carajo. ¿A qué te mandó tu padre a la Universidá? ¿A comunistear?

El Varilla sí sabía de diseño gráfico. Terminaba de comprar una segunda computadora. Había corrido un largo camino desde el proyectorcito ruso de diapositivas. Ahora trabajaba para las agencias de publicidad: armaba escaparates de exposición, diseñaba etiquetas para envases, carteles de propaganda, iluminaciones. Tenía talento como diseñador. Por esos años empezaban a ser comunes las computadoras personales. Fernando había trabajado con ellas en el diario, tenía una en su casa; no había trabajado en diseño gráfico, pero se había interesado por instalaciones, configuraciones, procesamiento de textos. Se metió de lleno con el diseño gráfico, pero detectó enseguida otras carencias más graves y urgentes: el Varilla precisaba orden, organización, administración.

- ¿Por qué carajo tengo que pagar una secretaria?

- Porque esto es un despelote, Varilla. No podés seguir en negro, pidiendo boletas prestadas; hay lugares donde no podés entrar si no tenés la empresa formada, ¿no te das cuenta que estás perdiendo trabajo?

- Una vez que el estado te conoce te depreda, te afanan sin asco, terminás rompiéndote el lomo para que se la timbeen los hijos de puta de los políticos en sus acomodos.

- Ya lo sé, carajo, ¿te creés que mi vieja me parió ayer? Pero estás demasiado grande, tenés tres tipos trabajando. Si seguís así estás frito; un día te van a levantar con una multa que vas a tener que vender a tus hijos como esclavos.

Los enfrentamientos fueron duros. Fernando no le aflojaba nada: le mostraba papeles, le exigía certificados; le hablaba de eficiencia, lucro cesante, evaluación de beneficios; le demandaba información contable, lo amenazaba con la cárcel invocando figuras delictivas que dejaban al Varilla estupefacto. Lo increpaba sin tregua, sos un desorganizado, tenés todo tirado, no sabés siquiera lo que te quedó para cobrar, manejás esto como si fueras un peón de estancia; esto no es una empresa, es un corralón; te pasás trabajando como un burro para cosechar unas chirolas, feliz con tus pincelitos empeñando el futuro de tus hijos, pedazo de adoquín, ¿no te das cuenta que los tiempos cambian? Finalmente, en medio de ruidosas quejas, el Varilla se rindió. Contrató la secretaria, le dio los papeles a un contador del diario amigo de Fernando, inscribió a los empleados en medio horario. En Montevideo a los veintidós días del mes de abril, se constituyó Grafex SRL, sociedad de responsabilidad limitada, giro principal publicidad, capital integrado cuotas partes iguales, contrato inscripto folio 343 libro 4, domicilio fiscal el mismo, otrosí digo, es auténtica la firma estampada en mi presencia, antecede formulario 5/21 Dirección General Impositiva, enmendado veintidós vale.

Volvieron a trabajar como antes, sin horario, sin sueldo; el Varilla le pagaba por trabajo, con justicia, según su participación, en proporción a la ganancia. Nunca hablaron de plata, pero en los trabajos se enfrentaban ruidosamente, discutiendo en un lenguaje de camioneros que dejaba tiesos a los empleados. Esto revistió a Fernando de un prestigio singular, porque el Varilla no daba confianza a nadie, trataba a todo el mundo familiarmente pero con rigurosa corrección. En medio de estas operetas, la mujer del Varilla era quizás la más contenta. Una vez superado el susto, habituada al tono cerril de las discusiones, quedó maravillada: su marido era capaz de escuchar, de atender razones, de cambiar de idea. No lo podía creer.

La restitución.

La investigación. Agosto, 1990.

Justo Arbeleche, herrero en la Villa de San Pedro, dejó caer una gota de aceite sobre la vieja llave. Estiró el aceite con el dedo para cubrir la canaleta. La llave entró sin protestar. Justo Arbeleche se demoró moviendo ligeramente la llave, sin girarla, buscando la mejor distribución del aceite en las piezas interiores, mientras todos esperaban. La hizo girar apenas. Al sentirla responder se entretuvo un poco más. Cuando estuvo satisfecho del suspenso creado, hizo saltar de un golpe el gancho del candado. La cadena enmohecida chocó contra los hierros destorneándose hasta el suelo. Los barrotes de los portones elevaron el sonido hasta las puntas de lanza moldeadas en sus coronas, los flejes transversales lo hicieron correr hasta los goznes empotrados en las columnas, levantándolo hasta las piedras. Los lentos párpados de los Seres Biformes se despegaron apenas, en una ranura fina como corte de cuchillo.

Justo Arbeleche izó el pasador vertical. Los portones cedieron en medio de quejas oxidadas, arrancando guías de las enredaderas entretejidas en los hierros. El pedregullo gris, acolchado de vegetación, apenas crujió bajo las botas de goma. La senda quedó expedita.

Justo Arbeleche se volvió. Su trabajo había terminado. El actuario y el doctor Pérez Cabot revisaban papeles en el aire, con el maletín del abogado como escritorio. La señora, parada ahí sin moverse, miraba la entrada. Sería porque eso le traería algún recuerdo, después de tanto tiempo; debía ser una gurisa cuando vino por última vez, tantos años cerrada como estuvo la casona. En todo ese tiempo, nadie conocido había entrado nunca, ni siquiera un gurí para cazar pájaros. Estaba todo muy cercado, no era fácil colarse, pero quien más quien menos se sentía amedrentado por la presencia del espíritu del loco Falcón: muerto allá abajo en el arroyo, el fantasma de su cuerpo reseco se paseaba a zancadas entre los árboles negros de musgo, ansiando sorprender a algún intruso inadvertido, echarle encima esa risotada de ultratumba ya famosa cuando vivo. Justo Arbeleche decía no creer en esas cosas; no se invadía la propiedad ajena, eso era todo. Se sentó en la caja de herramientas a esperar.

El sendero, del ancho de un vehículo, se veía casi borrado por la vegetación rastrera. Bajaba hasta la cañada, pasaba entre las barandas del puentecito remontando luego recto hacia la casa. Algunos parches de pedregullo gris lograban sobresalir entre el yuyal. Las cunetas habían desaparecido; se reconocía su presencia por la mayor altura de la vegetación. Los troncos de las casuarinas, oscuros de humedad, enmarcaban el camino hasta perderse en el follaje. Pasando las sombras del monte, el sol abrillantaba los escalones de mármol del acceso a la casona. Aún en la distancia se distinguía: las paredes habían sido blancas, la casa era enorme, las persianas estaban cerradas, las enredaderas lo habían tomado todo.

Justo Arbeleche se había armado un cigarrillo. Estaba pegando el papel de un lengüetazo cuando los leguleyos terminaron su papeleo. La señora se dirigió a ellos:

- Doctor, creo que es todo. Le agradezco su presencia.

- Señora, por favor...

- Vayan ustedes no más, no quiero retenerlos. Arbeleche vendrá conmigo a ver la casa. No, no se moleste, no es necesario.

Una brisa leve removió las enredaderas sobre las columnas. Temblaron los párpados de los Seres Biformes. Arbeleche se guardó el cigarrillo recién armado en el bolsillo superior del mameluco. Si la señora necesitaba ayuda ahí estaba él; no iba a andar fumándole encima su tabaco mientras la acompañaba, alguna educación tenía, no se precisaba haber ido a la escuela para respetar. Habría alguna puerta para abrir, seguramente, un mueble para mover, quién sabe cómo estaría la casa por dentro, él no le hacía ascos a ningún trabajo. La señora le había pedido a él, no querría tener a esos doctores mirándola mientras ella paseaba por la casa con sus recuerdos de gurisa; él trabajaría solo en las cerraduras, le abriría las puertas, alguna ventana para la luz, para cambiar el aire estancado de tantos años, mientras ella miraba todo. Justo Arbeleche sabía hacer su trabajo, respetar los sentimientos de los demás, callarse la boca cuando no hay nada que decir.

El abogado titubeó un momento, hizo una inclinación de cabeza y se fue hacia el auto. Silvana comenzó a caminar a pasitos cortos, esquivando los matorrales. Justo Arbeleche la siguió, dejando marcadas las huellas de sus botas en la humedad del pasto.

Cuando atravesaron los portones, los ojos de piedra de los Seres Biformes estaban abiertos.

Los Altos del San Pedro.

Alberto. Octubre, 1949.

Las primeras piedras de lo que sería la capilla privada del Mirador de San Pedro fueron ermita o refugio, homenaje piadoso para mayor gloria de Dios o escondrijo para el pellejo de algún perdedor en las interminables guerras de partidos.

La propiedad original reunía algo más de quinientas hectáreas de tierras altas. El arroyo San Pedro rodeaba el cerro en un amplio meandro, por el norte y por el este. La altura ofrecía una amplia vista del arroyo, atando como una cinta la campiña verde y ondulada. Por el oeste, un camino vecinal empalmaba con la ruta nacional 83 a la altura del puente. Hacia el sur, el cerro se atenuaba en largas lomadas. Dos kilómetros de alambrado delimitaban por este lado la propiedad.

Anacleto Perdomo recibió las tierras como recompensa en especie por fieles servicios prestados al caudillo vencedor de alguna de las innúmeras contiendas, hacia finales del siglo XIX, en la culminación de los años de la barbarie. Agotado de luchas, Anacleto Perdomo se estableció en sus tierras dispuesto a gozar su merecimiento convirtiéndose en hacendado. Construyó las primeras habitaciones de la casa a alguna distancia de la vieja ermita, soñando con un casco de estancia que sus dineros no alcanzaron a erigir. Por la amplia vista detrás del cerro, intentó bautizar el paraje "Mirador del San Pedro", pero este nombre demasiado hispánico no logró desplazar al más criollo "Altos del San Pedro", ya arraigado en los lugareños para designar la vieja ermita encaramada sobre el cerro.

Fragmentada por herencia, uno de los varios hijos de Anacleto Perdomo, Fructuoso José, volvió a reunir casi toda la propiedad, comprando trabajosamente las partes de sus hermanos. Con alguna cabeza anticipó el pasaje del tasajo, la imposición de la carne congelada, el campo era escaso para ganadería extensiva; su padre era hoy mucho menos rico, él pronto sería pobre si no se esmeraba. Rehizo racionalmente la división en potreros, levantó cobertizos para el ganado, construyó galpones para el personal; compró herramientas, cuidó las aguadas, mejoró la caminería, introdujo el ganado de leche, comenzó la granja, adquirió campos linderos. Trabajó mucho él, hizo trabajar más a otros. Reconstruyó la ermita en capilla, amando a Dios sobre todas las cosas. Agrandó la casa, extendió el casco incipiente cercándolo de un alto muro de piedra, honrando el sueño de su padre. Introdujo especies exóticas, respetó la flora indígena, enraizándose él mismo en las tierras del cerro. El tiempo formó un parque extenso, abigarrado, encerrando en el centro la casa campestre.

Superó, con trabajosas maniobras, las tribulaciones de la crisis del veintinueve. Cuando, nuevamente en pie, creyó haberlo ya pasado todo, la modernidad lo sorprendió por donde menos esperaba: ninguno de sus hijos quería seguir en el campo. No había comodidades, las oportunidades estaban en la ciudad, el dinero en los bancos, la bolsa, la industria, la construcción, la especulación financiera; aún la política sólo llegaba al campo para las elecciones.

Fructuoso José no se resignó. Permaneció tenazmente en sus tierras, ganadas por el esfuerzo, levantándose día tras día antes del alba, como había hecho toda la vida. Esperaba cada mañana ver volver a alguno de sus hijos arrepentido, triste de ausencia, ansioso de fundirse con él en un abrazo, mandando al carajo la ciudad tramposa, devolviéndole a la hacienda la certeza de un heredero.

Mientras don Frutos Perdomo esperaba, el tiempo seguía corriendo, el mundo seguía cambiando. El campo ya no le daba; el cuerpo tampoco. Los impuestos habían subido, no había producción, cuando no era la lluvia era el granizo o la seca, los préstamos no se podían pagar, subían las deudas, los hijos presionaban para vender. Si tan sólo hubiera tenido un continuador habría sabido reaccionar, como había hecho cuando reunió los pedazos de campo pagando años de trabajo a sus hermanos. No le daban ya las fuerzas. Aún si las tuviera, no tenía para qué, ni para quien, empujando el carro sin saber a dónde va, sin llevar nada arriba, sin nadie al costado en el camino, siguiendo adelante porque la cosa es así, no tiene remedio, y uno se tiene que joder.

En medio del silencio, la soledad y la desazón, levantándose antes del sol como toda la vida, don Frutos José Perdomo terminó sus días como un árbol más, hundido en la tierra de sus afanes bajo el sol. Llorado brevemente, su muerte fue la solución para la familia. La propiedad se puso en venta inmediatamente, oportunidad novecientas hectáreas en Altos del San Pedro, buen campo, buenas aguadas, galpones, hacienda, casco, gran parque y maquinaria, escritorio Juan J. Capandeguy, teléfono tres nueve central Tarariras. Urgida por las deudas, ansiosa de capital, sólo faltaba encontrar quien echara el oro sobre la mesa.

La compra.

Alberto. Noviembre, 1949.

El Jefe de Taller, en mono de mecánico, espió a través del vidrio del despacho. Al verlo solo entró sin llamar.

- Alberto, ya casi estamos listos para armar. ¿Va a venir?

- Sí, claro, ya voy. ¿Alguna dificultad?

- Que yo sepa no.

- Espérenme un momento, Carmelo, por favor; voy enseguida.

- Bene.

A pesar de llevar años trabajando juntos, no se tuteaban. Alberto conocía a todos los empleados de la empresa, todos se veían las caras, se llamaban por el nombre de pila, conocían sus familias, trataban a las máquinas como a sus hijos, sentían mover el mundo al impulso del trabajo común.

Alberto giró el sillón hacia la ventana. En unos minutos, descolgaría del perchero la túnica gris con la libreta, la lapicera y los guantes de cuero en los bolsillos, saldría de la oficina, se perdería en el taller, en el caos de taladros, tornos, émbolos, vástagos, varillas, tubos, planos sucios, golpes, crujidos, aserrados, ruidos del metal, la grúa deslizante por encima, el olor a lubricante, solvente, soldadura, los operarios absorbidos en problemas de tracción, fatiga cortante, revenido, acero al carbono, microfisuras, nivel piezométrico, unidos todos en el curioso objetivo de mover el agua de un origen a un destino.

Estaba aún en el despacho. Detrás de las cortinas de hilo la agitación de la avenida San Martín. Por un rato nadie lo interrumpió. Alguien golpeó la puerta. Vio la silueta de Sonia al otro lado. Tomó el tubo del teléfono. Cuando ella entró, él estaba discando. Levantó un dedo a la secretaria, ella asintió con la cabeza, se volvió y cerró la puerta.

- El escribano Arregui, por favor... Alberto Maresca... Bien, muy bien, ¿usted?.. Me alegro. Arregui, quiero su consejo, además de su opinión profesional. He sabido de una propiedad en mala situación... una sucesión, son varios de familia, la esposa e hijos... murió el dueño, quedó sin administración... puede estar endeudada, sí... a todos les vendría bien vender, creo... a ninguno de los hijos le interesa el campo... podría pagar todo junto, sí... si a usted le parece, claro... Puede salir enseguida... No, no me parece, no lo van a pensar mucho, sobre todo si está la plata junta... Si puede, consulte usted por las inversiones, a ver qué conviene mover... Arregui, ¿podría usted o alguno de los muchachos negociar en mi nombre? No quisiera aparecer como el comprador... conocí más bien al dueño, pero falleció; los sucesores no sé si se acordarán... se negociaría mejor, sí... vea usted cuanto puede bajar por el pago efectivo... en obligaciones puede resultarles atractivo, también... Sí, son los Altos del San Pedro... Arregui, mantenga esto entre nosotros por ahora... No, no, no es por los compradores, casi no me conocen. Es por Rossina. Quiero darle la sorpresa.

Rossina en San Pedro.

Alberto. Noviembre, 1949.

Le costó convencerla de la compra: una inversión tan enorme, así de repente, como en un rapto... Alberto no era propenso a impulsos ni corazonadas. Caminaban por los senderos descuidados, entre la vegetación salvaje, ella flotando como en sueños, de visita en el Paraíso. Miraba las cosas como si fueran nuevas, como si cada planta, cada piedra, cada árbol perteneciera a una especie rara jamás vista. Seguía con los ojos el canto alborotado de los pájaros, trataba de descubrir alguno en medio del follaje. Cada pocos pasos, ella se detenía para mirarlo caminar sonriente, las manos en los bolsillos, como si recorriera un parque público. Este hombre serio, metódico, indiferente, venía de invertir una montaña de dinero en algo puramente estético, de dudoso beneficio económico, algo totalmente alejado de las bombas, los motores, las tuberías, el mundo industrial, metálico, donde parecía encontrarse el centro de su vida.

Recorrieron el parque lentamente, riéndose de su propia incredulidad, todo eso era de ellos, para ellos, podían arreglarlo como quisieran, los árboles crecerían sin molestias, los pájaros cantarían a su gusto, los animales silvestres estarían a salvo de los cazadores. La casa estaba muy descuidada, cubierta de enredaderas, con las persianas rotas. Jirones de viento habían amontonado tierra, ramas y hojas muertas en los escalones, en los rincones del vestíbulo, en todos lados. Alcanzaron finalmente la capilla, cerrada por una puerta agrietada, con costras de pintura verde descascarada. Un candado colgaba de una cadena oxidada, atravesando la puerta por un simple agujero en la madera. Alberto puso un brazo delante de su mujer para apartarla. Golpeó la puerta violentamente con el pie antes que ella pudiera siquiera darse cuenta. La madera, podrida, cedió. El candado y la cadena quedaron colgando contra el marco.

- No es manera de entrar en la casa de Dios.

Ella lo tomó del brazo. El interior estaba igual, tan deteriorado como años atrás, cuando él la había recibido en matrimonio por obra de los latines cascados del padre Giovanni. Miraron largamente en derredor.

El tomó del rincón unos cartones, los sacudió, limpió con ellos como pudo el escalón frente al altar. Arrimó la puerta. Una luz amarillenta se filtraba por los estrechos vitrales. Se arrodillaron juntos frente a la Cruz de madera. Un Cristo polvoriento, sin rostro, colgaba sobre ellos. Rezaron juntos en voz alta la acción de gracias. Cuando estaban saliendo, ella lo detuvo.

- Esperá un poco.

Recogió de entre los matorrales desordenados un manojito de flores de manzanilla, cardo, violetas, margaritas, hojas del yuyal. Alberto arrancó unos tallos de flechilla. Ataron en manojo las modestas flores silvestres, acomodándolas como pudieron con medios tan precarios. Entraron de nuevo a la capilla. Colocaron el ramillete en el tiesto de madera destartalado, sobre la hornacina de piedra, a los pies del Cristo Sin Cara. Salieron de la mano sin hablar, mirando cada uno las piedras del camino.

No morirá.

Rossina. Octubre, 1959.

Homero Aljanati, el corredor de bolsa, confeso admirador suyo, le manifestó al final de una entrevista:

- La felicito, Rossina, se la ve muy bien. Es usted una mujer valiente. ¡Enhorabuena!

Había agradecido la frase como un cumplido más del muy trajeado Aljanati, sin atender al significado de las palabras. Por la noche, agotado el trajín del día, la idea se le presentó inesperadamente en el aislamiento de su habitación. La indignación la llevó hasta el rubor. ¿Cómo podía Aljanati decir semejante cosa? ¡Qué atrevimiento! ¿Qué sabría él de sus padecimientos, de su soledad, de su dolor interior? El sólo veía el exterior, la postura asumida, el disimulo de su pena negra al presentarse en sociedad. ¡Lo bien que estaba! ¡Faltaba más! Aljanati estaba trastornado... venir a decir eso... tres años de soledad, de encierro, de añoranza... ¡como para estar bien! ¡Qué descaro! Se miró en el espejo. Un rostro apenas marcado de tiempo; unos ojos brillantes, vivos; un busto erguido, elegante; un cuerpo bien formado, libre de flojeras, sin sobrepeso; una imagen de mujer entera, atractiva, la contemplaba con insolencia, confirmando plenamente las lesivas palabras de Aljanati. Apartó la vista, irritada.

Se había ocupado de los negocios por necesidad. Conciente de su ignorancia, se había informado pormenorizadamente, estudiando cada asunto con seriedad, con dedicación, aún con temor, cumpliendo un mandato de continuidad fijado por ella misma. Visitaba a su cuñada, llevaba regalos a sus sobrinos, los sacaba a pasear, era la tía viuda, ellos no tienen la culpa, pobres, merecen vivir la etapa de la inocencia, después ya tendrán toda la vida para añorarla. Por los familiares, por los sobrinos, por deber de esposa, por mandato de Dios, debía cuidar de sí misma, no era dueña de uno sólo de sus cabellos. Había cumplido. Pero ahora descubría, por culpa del pesado entrometido de Aljanati, un motivo espurio, indigno: sus propias ganas de vivir. Constataba, para su desesperación, el adelgazamiento del dolor. El temible oso pardo de las zarpas desgarrantes ya no oscurecía el sol con su corpacho colosal. La ex víctima Rossina rozaba ahora, con las plantas de sus pies descalzos, el pelaje suave de una alfombra doméstica de piel de oso, la cabeza aquí, las zarpas a los lados... apenas sentía en las plantas el frío de las baldosas. Sobre su cabeza, el sol brillaba una vez más.

Se sumió en la desolación. ¿Nada duraba en este mundo? ¿Era tan letalmente corrosivo el tiempo? ¿No había nada resistente a su agresividad sulfúrica? Las pinturas de las cavernas rupestres, de las catacumbas, conservaban sus colores en ausencia de aire, pero el oxígeno, ingresando a la cámara sellada en una ráfaga sibilante, desleía las imágenes en pocos minutos. Los audaces descubridores contemplaban atónitos transcurrir siglos en segundos, en un efímero remedo de inmortalidad. Así ella, arqueóloga de su propia vida, se había visto forzada a contemplar como los tintes incisivos de su dolor eran bruscamente borroneados por el hálito feroz de la vida. La estampa trágica de colores desbocados viraba, inexorablemente, hacia el sepia de la nostalgia.

La evanescencia del ser, del mundo, en implacable huída hacia el vacío, se presentó ante ella sin llamar: por un momento, le pareció no poder siquiera recordar el rostro de Alberto. Presa de la desesperación, volvióse hacia el retrato. Se aferró a la imagen como a una rama salvadora en la correntada del tiempo, buscando, con los rayos de sus ojos, pirograbar en su corazón los haluros de plata estampados por su esposo en la emulsión fotosensible.

- No me dejes sola otra vez, no te vayas de nuevo. Ya te fuiste una vez, ¿no es suficiente? ¿No me dejará Dios siquiera el recuerdo? ¿Es tanto lo que pido? ¿Todo, todo terminará siempre así, hundiéndose en el fondo del mar como en esos torbellinos míticos de los océanos, donde los barcos se hundían sin remedio? ¿Sorberá el tornado las imágenes de mi cabeza, quitándome hasta su memoria? ¡Maldito egoísmo de la vida, reclamando todo para sí, alimentándose de la propia muerte, raíces de plantas sorbiendo nutrientes de restos enterrados! ¡Absurda continuidad de un ciclo insensato!

Era la traición. Ella olvidándolo, volviéndole la espalda, engañándolo vilmente con la vida. Su espíritu dispuesto a renunciar, a perderlo todo, resultaba dominado sin esfuerzo por una carne rebelde, insumisa. El aire, los alimentos, la luz del sol, le echaban hilos de energía, dejándola sobre el tablado, bien visible, como una araña en el centro de la tela. Una conspiración fisicoquímica reactivaba sus células, reponía su figura, coloreaba su piel, la llenaba de salud. Un espejo, también traidor, le enseñaba, como un acta de capitulación, una mujer descaradamente sana, ofensivamente atractiva, comprada indignamente por las baratijas de la vida. El Salvador estaba siendo vendido para siempre, una y otra vez, a cada instante; las treinta monedas caían dos veces por minuto en cada minuto del Tiempo. El mundo seguía siendo de los fariseos y publicanos, sólo habían Judas y traidores. Jesucristo seguía muriendo por nosotros en eterna agonía.

Regreso a San Pedro.

Rossina. Noviembre, 1960.

- Mamá, ¿por qué la tía no quiere ir a San Pedro?

- Porque le da pena.

- ¿Porque tío Alberto no está más?

- Sí, por eso.

- ¿Y por qué no vamos nosotros?

- Porque la casa es de la tía.

- No es una casa, es una estancia.

- ¿Qué es una estancia?

- ¿No sabés lo que es una estancia?

- Mamá, ¿qué es una estancia?

- ¡No sabe lo que es una estancia!

- Una estancia es un campo muy grande, con animales. San Pedro no es una estancia; es una casa grande con un parque grande.

- Pero hay vacas, y caballos, y ovejas...

- Sí, pero una estancia es más grande. Los animales están en los campos de los arrendatarios, la gente que trabaja en el campo.

- Pero esos campos también son de la tía. La tía tiene muchos campos.

- Mamá, ¿es verdad que hay caballos?

- ¿No dije yo que hay caballos?

- Yo le pregunté a mamá, no a vos.

- Sí, hay caballos.

- Mamá, ¡yo quiero ir!

- Ya te dijo, es de la tía; la tía no quiere ir, nosotros no podemos ir porque no es nuestro. ¿Entendiste?

- Yo quiero ir. Le voy a pedir a la tía y me va a llevar a mí, y a vos no, vas a ver.

Habían oído a sus padres hablar de San Pedro con Rossina. Luis iba, periódicamente, por cuenta de su hermana, cuando era necesario. Los sobrinos le habían pedido muchas veces ir a San Pedro. Ella siempre contestaba más adelante, si se portan bien, cuando sean mayorcitos, más adelante, más adelante.

Había imaginado largamente el regreso, buscando por la familiaridad con la idea el alejamiento del temor. Ordenó preparar la casa varias veces; otras tantas postergó la ida. Finalmente se fue sola, en ómnibus, una mañana temprano. El capataz la estaba esperando frente a la agencia, fumando un armado, recostado en la camioneta. Cuando vio estacionar el ómnibus tiró el cigarrillo, cruzó la calle, yéndose a parar frente a la puerta del ómnibus como un centinela. Le tomó el bolso de mano en cuanto lo tuvo al alcance.

- Buen día, Alfonso.

- Buen día, señora. Una alegría volver a verla.

- Gracias, Alfonso. Yo también me alegro. ¿Cómo está su gente?

- Bien, muy bien, señora, gracias.

- ¿Los muchachos?

- Creciendo.

Volvió a Montevideo esa misma tarde. Recorrió con Alfonso toda la propiedad, saludando a los arrendatarios, un momento con cada uno. Tomó un almuerzo tardío en la casona. Recorrió las habitaciones como una visita, sin mirar apenas; acompañada por Eufrasia, dio una corta vuelta por el jardín. Allí estaba todo, como antes, tal cual se lo mostrara su memoria. Allí estaba ella, nuevamente, alejada como una turista, mirando distraídamente las cosas, contando los latidos de su corazón. A su paso, encontraba en cada objeto, en cada sonido, en cada aroma, la misma corta inclinación de Alfonso al bajar ella del ómnibus, el mismo saludo apenas destacado, encubierto, acortando el tiempo, volviendo atrás como diciendo aquí no pasó nada, somos todos los mismos, sabemos pero no hablamos, el universo es eterno, uno y el mismo por siempre jamás. Territorio amigo.

En los meses siguientes volvió a ir varias veces, siempre por el día. Una tarde de pálido sol, declaró voy a caminar, no me esperen para el té, no, gracias, prefiero ir sola, llegaré hasta el pueblo, seguramente; no, no me va a pasar nada, Eufrasia, quédese tranquila, estoy muy bien, gracias, de veras estoy bien. La había tomado de las manos por un momento, las manos grandes de campesina, inertes, apretadas en las suyas. La vieja, brillantes los ojos, la despidió:

- Vaya, entonces, con Dios.

Rossina salió camino del pueblo, pero a la cuadra apenas el andar se le hizo lento. Se detuvo un instante. Extrajo el manojo de llaves del bolsillo. Lo examinó. Retomó el paso desviándose por el sendero hacia el arroyo. Alcanzó la ribera, rodeando el largo meandro sobre los fondos de la casona. Antes de alcanzar el vado, torció en subida hacia la casa. Llegó hasta la capilla. Ante el empuje de la llave, el candado cedió sin protestar. Cerró la puerta tras de sí, guardando el candado en el bolsillo de la pollera campesina. La luz del crepúsculo se filtraba por los vidrios coloreados con espesor ambarino. Había tierra en el piso. No halló nada apropiado para sacudirla. Se levantó las polleras, hincándose sobre las rodillas desnudas. Elevó la mirada al rostro inexistente del Cristo Sin Cara. Empezó a rezar, lentamente, a media voz, como si estuviera enseñando a rezar a un niño. Las lágrimas le empezaron a rodar lentas, amigas, mejilla abajo, sobre el polvo de los escalones abandonados, dejando lamparones de barro negro salpicados sobre el mármol. Las palabras desgranaban, temblorosas, entre paredes de piedra. Las penas se le fueron yendo, una a una, en esas lágrimas de redención. Estaba de regreso, volvía a saber quien era, estaba otra vez, como antes, junto a Alberto, en presencia de Dios, en este punto del espacio donde el tiempo se reencontraba a sí mismo reavivando la presencia de las almas.

Oscureció. Se sacudió el polvo de las rodillas, cerró la puerta con cuidado, cadena, candado, tirón final para verificar. Un sendero de ingrávidos pasos la devolvió a la casa. Esa noche, Rossina Fiori de Maresca durmió serenamente en Altos del San Pedro.

La traición de la carne.

Rossina. Marzo, 1961.

Se había ido dando cuenta, por sí sola, de su irritabilidad. Ya no era solamente el insomnio, la ansiedad constante, la sensación de mareo repentino: ahora, cualquier nimiedad la sacaba de quicio. Había ido cayendo, de a poco, en la media pastilla para dormir; luego fue una entera. Persistía en ignorar la existencia de esos desarreglos, pero cada vez se le hacía más difícil. Estaba perdiendo el interés, tan duramente conquistado, por toda actividad: en cuanto empezaba a hacer algo, la invadía un desasosiego de aburrimiento, de terminar cuanto antes, como si algo urgente, siempre distinto, siempre elusivo, la reclamara. Si cedía a este impulso, nada atractivo encontraba en su lugar. Daba vueltas por la casa, iba del escritorio a la terraza a la cocina a la ventana como buscando algo sin saber qué. En poco rato agotaba todas las instancias de su rutina, sin realizar ninguna. Todo le fastidiaba, todo le era tedioso, pesado. Ya no se soportaba a sí misma. Decidió volver a consultar al médico.

- Después de la muerte de su esposo, usted... ¿no ha vuelto a tener relaciones?

- Yo... no... ¡por supuesto que no!

- No debe usted molestarse. Soy su médico, debo saber. Estas cosas deben tomarse con naturalidad, aunque nos cueste.

- Sí, doctor, está bien.

Fue como si la desnudaran en la plaza pública. Salió del consultorio sin ver ni saber, conducida por un piloto automático interior. Se encontró en su habitación, encerrada, mirando la ventana como un ser descerebrado. No podía ser eso. ¡Alberto era su único hombre, de una vez para siempre! ¡Era injusto! ¿Estaría condenada a soportar semejante bajeza de parte de su propio cuerpo? Ella, entregada en espíritu, puesto en custodia su corazón en el recuerdo de Alberto, reservada su vida como en un arcón inviolable, en la intimidad perfecta de su único hombre ausente para siempre, ¡presionada por unas hormonas! Unas ridículas sustancias vagabundas de su organismo viniendo a soliviantar apetencias desagradables, a envilecer su carne empujándola a contactos pegajosos, a evoluciones corpóreas en una atmósfera húmeda, recalentada, sudorosa, de rancios hedores animales. En medio de esa repulsión, el descubrimiento de la razón de su desasosiego fue hallando su lugar, dándole a beber unos sorbos de tranquilidad. En el pensamiento atribulado pedía perdón a Alberto por su fisiología insumisa, por el absurdo derroche de vida agitando en ella, algo tan fuera de lugar, tan indeseado por su corazón. Anhelaba la redención de la sequedad, la ropa discreta de polleras largas, cuello ceñido y mangas hasta el puño, los perfumes antisépticos, las sábanas sin arrugas en la cama perfecta, las comidas frugales con agua mineral, el té sin azúcar, los papeles ordenados al milímetro sobre el escritorio, el cortapapeles vertical sobre la hoja blanca como la espada de un cruzado, las lecturas piadosas en voz alta, ahogadas las palabras en la soledad de su habitación. Volvió a rezar con dedicación, pidiendo a Dios ordenar los humores de su cuerpo en acuerdo con los deseos de su corazón.

En las noches insomnes permanecía inmóvil en la cama demasiado grande, oyendo desgranar las horas una a una sin faltar ninguna. La mano que le enredara el pelo con sus largos dedos no estaba allí para aquietarla con el mágico poder de sus caricias, descubiertas una a una en las sorpresas de la vida, caricias por las cuales había logrado abandonarse hasta el final sin resistencias, olvidada de lo aprendido, del mundo, de la gente, sumiéndose en ese abismo insospechado de contento, de entrega, de absoluta complicidad. Pero la mano ya no estaba, y la cama se agrandaba cada noche en soledad mayor, obligándose ella a permanecer inmóvil oyendo campanadas. Había quedado sola cuando no podía, no sabía, no quería estar sola; le habían mostrado ese mundo de mutua disolución, le habían dejado cebarse en él para luego arrebatárselo en un gesto de crueldad gratuita, llevándose un pronóstico de amaneceres compartidos al calor de las mismas sábanas que ahora la envolvían como la envolvía la noche obligándola a quedar petrificada, expectante, deseando sumirse ella también en el ansiado olvido de otra noche sin tiempo, sin conciencia, sin final. Pero la fuerza de la vida la empujaba inevitablemente a un amanecer indeseado, a través de horas de campanas y ansiedades. No quería pensar ni recordar ni vivir, pero la sangre giraba y giraba en ella, búsqueda o espera, en aquella cama demasiado grande para una mujer sola.

No sabía, ni preguntaría tampoco, si aliviarse ella misma era pecado. Lo intentó, en la seguridad de preservar, por esa vía, su fidelidad a Alberto. Hizo crecer, en medio de los ruidosos latidos de su corazón, la ansiedad por el juego de sus dedos, una mano sobre la otra, como protegiéndose en simultánea con el estímulo. Llegó finalmente al paroxismo del olvido, a la absolutez del deseo, a la tensión feroz del no ser, a la cumbre donde el placer se encuentra con la muerte. Cruzó al otro lado sin sentirlo, descendiendo lentamente como si planeara, en medio del martilleo cardíaco, los músculos tensos, las manos mojadas de sí misma, en los hombros el frío creciente de la soledad. Se acurrucó de costado como un corderito temblón, replegando las piernas, abrazándose las rodillas, llenándoseles los ojos de lágrimas como si le lloviera desde adentro. Siguió bajando, chocando con las piedras, sacudida en sollozos, montaña abajo. Agotado por el llanto, más allá de la angustia, su cuerpo rendido caía finalmente vencido por el sueño. La mañana siguiente le traía algún alivio corporal, pero la angustia la atenazaba en un cepo feroz por el resto del día, reavivándole las lágrimas en llamas quemándole los ojos. Acuciada por la necesidad, repitió la experiencia algunas otras veces, alejadas entre sí. No le fue mejor. El momento de alivio se pagaba con días de vacío en las entrañas, dagas de tristeza punzante perforándole el estómago, ansias de arañarse el cuerpo rebelde a los dictados del alma. Cada vez más se prometía renunciar, pero la fuerza del cuerpo la llevaba nuevamente a inmolarse en el cadalso donde intentaba decapitar con las manos su ansia de placer.

Tamoxifeno Gador, comprimidos de citrato de tamoxifeno, diez a veinte miligramos, acción terapéutica antiestrogénica, efectos colaterales y secundarios en su mayoría atribuíbles a su acción propia, sofocos de calor, hemorragias vaginales, prurito vulvar. No los tomó.

- Una nueva unión no estaría mal vista a los ojos de Dios.

- No es eso, padre. No deseo una nueva unión. Tan sólo quiero su consejo, su ayuda, para sojuzgar la rebeldía de mi carne. Usted debe saber.

El piano.

Rossina. Setiembre, 1964.

Adelaida corrió por el pasillo al fondo, bajó los escaloncitos saltando como un gorrión, torció hacia la cocina.

- ¡La señora está tocando el piano!

- ¡Shh!

Eufrasia había detenido el trajín de la cocina. Las dos mujeres quedaron escuchando, las caras vueltas hacia el pasillo. Apagado por la distancia, llegaba hasta ellas una melodía lenta, de notas erguidas, puntuales, ordenadas como en un desfile o en bandadas de pájaros, bandeándose ora a un lado, ora al otro, volviendo a remecerse en repeticiones siempre diferentes.

- ¡Qué bonito! Es como andar en barco...

Eufrasia suspiró.

- Antes, cuando vivía el señor, siempre tocaba, tocaba mucho. Hacía años...

- ¡Es Chopin! Lo sé porque ví la música arriba del piano.

- ¡Muchacha! No se debe espiar a la señora.

- No, yo sólo ví desde la puerta, la música decía Chopin. Se dice así, "Sho-pen". Yo sé porque al lado de mi casa, cuando era chica, tenía una amiga que aprendía el piano. Yo la oía tocar; ella me decía "es Chopin".

La casa de la señorita Edelvira Pons Echevers, profesora de Piano y Solfeo, había sido construída sobre un lado del terreno, en una calle poco transitada. Una ventana alta, una puerta alta, un frente estrecho. Entrando, las habitaciones sin ventanas, las puertas con vidrio, los postigos siempre cerrados, todo hacia la izquierda. Enfrente, a lo largo de la sala, vidriera sobre el jardín, hasta el fondo. A las tres de la tarde, el sol se reflejaba en la pared lindera, volviendo, atemperado, sobre la vidriera, para inundar la sala con luz de pecera. Hacia el frente, el piano de cola, negro. Más atrás, otro piano más chico, el más usado; enfrente, un armonio, donde los alumnos practicaban sobre el teclado mudo, sin darle a los pedales, una música sin sonidos. Entre ambos pianos, el sillón de la señorita Edelvira. Desde ese trono, las piernas cubiertas con un mantón, el cuello siempre abrigado con pañuelo, en toda época del año llena de frío, la señorita Edelvira observaba, escuchaba, corregía, rezongaba, desesperaba, volvía a observar elevando inconmensurablemente sus largas cejas, totalmente depiladas pero vueltas a dibujar con tintura marrón, del mismo color del pelo, armado en casta construcción de iglesia románica. Rossina llegaba media hora antes, se sentaba en una sillita baja, quieta como de piedra. La señorita Edelvira no la hacía practicar en el armonio. Eso era para las de tercero; ella estaba recién en primero, le tocaba el piano chico del fondo, no éste de cola donde una alumna avanzada, alta, delgada, de pelo a la cintura, tocaba con dulzura extrema, sin adornos, sacando de la letra ininteligible del pentagrama la esencia desnuda de la melodía. La señorita Edelvira protestaba ruidosamente ante las escasas fallas, disimulando de ese modo la predilección por esa alumna dotada. Rossina permanecía en su sillita, los libros en la falda, embelesada, sin notar el rabillo atento de la señorita Edelvira, toque una campanada cortita, cierre la puerta y espere en silencio a que su compañera termine la clase.

La señorita Edelvira había desaparecido de su vida ocho años después, cuando le entregó con severidad, disimulando las lágrimas, el diploma de Profesora de Piano y Solfeo, Sobresaliente con Mención Especial. Luego fueron los profesores del Conservatorio, dos años. Pianistas de algún renombre en su tiempo, corrigieron educadamente, animaron discretamente, se mantuvieron convencidos de la inutilidad de sus esfuerzos; no había en ella ningún Rachmaninoff para desenterrar.

Bastó con el piano. No iba a ser pianista. Las tardes tras la vidriera de la señorita Edelvira se habían ido con el sol de la tarde, las hojas secas del jardín. La señorita Edelvira había muerto, la casa había sido demolida para ampliar la fábrica de al lado. Rossina empezaba a descubrir esa forma subrepticia de las cosas de ir quedando atrás. Ya no estudiaría el piano: sólo tocaría para sí, alguna vez. Cuando conoció a Alberto, volvió a sentir en los dedos la necesidad de producir nuevamente ese efluvio, de hacer surgir de entre las maderas, las cuerdas tirantes, los martillos texturados, el desfile de las notas, reviviendo en los sonidos de sus manos las tardes llenas de sol cuando escuchaba embelesada a aquella muchachita de nombre olvidado. ¿Qué habría sido de ella? ¿Sería, por ventura, concertista? ¿O lavaría platos, como tantas? ¿Recordaría, como ella, nostálgicamente, aquellas tardes como páginas de un cuaderno sin empezar? ¿Qué traspiés, qué trampas, qué mentiras de la vida la habrían sobornado? Los primeros encuentros con Alberto le trajeron algo de esas tardes de mamá me voy al piano, un olor fragante de flores filtrándose desde el jardín, también alcanfor, lavanda, agua de colonia en el pañuelo de la señorita Edelvira, humedad, encierro, maderas nobles, innegable olor a viejo en toda la casa, las notas arpegiadas, el jardín invasor; tarde de rejas al frente con portoncitos pintados de verde, chapa de bronce Edelvira Pons Etchevers, Profesora de Piano y Solfeo, Conservatorio Musical Luis Sambucetti; una enorme burbuja nítida, como esas bolas de vidrio con una casita; un mundo propio, inalcanzable, tanto o más real que la vida misma; una pelotita de recuerdo rodando a su antojo por los entrecruzados meandros del cerebro.

- Es bonito, Chopin, ¿no?

- Es bonito, sí.

- ¡Quién pudiera tocar el piano así!

Ordenamiento de los campos.

La investigación. Setiembre, 1991.

Una vez culminados los procesos legales se hizo necesario retomar las riendas de la extensa propiedad. Insumió meses de contactos seleccionar un escritorio rural con suficiente responsabilidad y aptitud para llevar la administración, Sucesores de Juan Justo Capandeguy, Ercilio Capandeguy, Marcos Carámbula y Asociados, negocios rurales, administración de propiedades, sucursales en Conchillas, Colonia, Carmelo, en Tarariras desde 1936. Ordenar los arrendamientos, rehacer los contratos, intentar recuperar alquileres perdidos... varias fracciones quedaron vacías. La tierra no daba, los pequeños productores no podían subsistir. En un acto sin precedentes, Silvana hubo de resignar recursos invertidos en valores estables en favor de la recuperación del campo, decisión de riesgo muy meditada, no tiene alternativa señora, debe primero ponerse al día con los impuestos, lograremos una quita por la interdicción, conviene reponer los alambrados, por suerte no tiene intrusos para desalojar, siempre se puede vender una fracción, no, vender por ahora no, tratemos de estructurar un plan de pagos, no espero ganancias, sólo aspiro a cubrir gastos.

Erogaciones, contratos nuevos, gestiones del escritorio rural, más erogaciones, dolores de cabeza, redundaron finalmente en la recuperación de los arrendatarios más honestos, la rehabilitación de algunos endeudados, la prescindencia de algún aprovechador. En un año más, saldadas las deudas, el campo podría mantenerse solo. Varias fracciones quedaron sin arriendo, improductivas. No cabía pensar en la recuperación del casco de la estancia.

- Tiene un buen pedazo de campo fuera de producción; puede ganar bien bien si lo trabaja usted.

- ¿Cómo es posible? Acá todos los productores se están fundiendo, según dicen.

- Todos se quejan, pero no todos se están fundiendo, sólo los chicos, algún grande muy atrasado. Las condiciones de producción han cambiado; se precisa una extensión grande, buena tecnología, acceso al mercado, inversión.

- No le puedo decir nada. Yo no sé nada de campo. En una propiedad grande es muy fácil cometer errores, y salen muy caros.

- Siempre hay riesgos, sobre todo en la agropecuaria, pero muchos riesgos se pueden evaluar: existe la planificación, la diversificación, los seguros. No le propongo entelequias, ni inversiones desmesuradas; llevo muchos años en esto, no me considero ni un ilusionista ni un aventurero.

- No es usted, soy yo. Ya le dije, no entiendo nada de campo.

- Puede asesorarse con un técnico de su confianza; no pretendo tomar ninguna decisión sin conocimiento suyo o de quien usted designe. Junto con la propuesta le dejé algunos nombres de referencias, pero si pregunta acá en la zona mucha gente me conoce. Considere los valores de inversión a un año, como período de prueba; no es una inversión desmedida. Si las condiciones no son muy adversas, si no tenemos una terrible mala suerte, usted misma podrá ver los resultados.

- Usted es casi agrónomo; le faltan la tesis y una o dos materias, me pareció entender. ¿Por qué no se recibió? Si no es indiscreción...

- Tiene derecho a preguntar. En dos palabras: me desilusioné de los títulos, de los méritos académicos, de las organizaciones. Al ir adquiriendo experiencia en el trabajo se me fue haciendo patente lo inadecuado de los estudios, la falsedad de las medidas, la impostura de los reconocimientos. Cultivadores y tamberos de muy poco alfabeto me mostraron una realidad contundente, agresiva, inimaginable desde la academia; a esa realidad apunto como técnico. Conozco agrónomos con grandes doctorados en el extranjero, reverenciados como dioses, incapaces de manejar un campo ni de conducir una investigación de rutina, exhibiendo docenas de trabajos publicados de ninguna originalidad, refritos de otros trabajos, basados en experimentos parciales, con tratamientos estadísticos inadecuados, algunos de ellos verdaderas burradas. A la hora de un concurso, sus contenidos no importan, sus resultados no importan, sólo importa la cantidad. Los curriculums abultados de naderías, la sumisión al statu quo, la falta de escrúpulos, son las cualidades necesarias para acceder a los puestos de jerarquía. Y uno, enterrado en el barro, peleando con las enfermedades, la sequía, la falta de medios, la imprevisión de la naturaleza, se encuentra sometido a los dictámenes de estos señores, contra toda lógica y realidad.

- Eso no es suficiente para dejar una carrera; la falta de título siempre pesa.

- Hay un tiempo para cada cosa. A esta altura de mi vida sólo me interesa permanecer en el campo, seguir haciendo lo que sé hacer. Me desespera imaginarme llenando formularios para el Ministerio, un destino posible si quiero seguir manteniendo a mi familia. Prefiero trabajar de tractorista.

- ¿Cómo llegó hasta mí? ¿Alguien le habló de la propiedad?

- La propiedad ya la conocía. Alguien me habló de usted.

- ¿De mí? ¿Quién?

- Se dice el pecado pero no el pecador.

- ¿Qué le dijeron? ¿Qué le hizo pensar que escucharía su propuesta?

- Usted no sabrá nada de campo, pero es arquitecta, conoce el valor de la tecnología; tiene capital, lo sabe manejar. Conoce estas tierras de gurisa, no está pensando en vender para disfrutar su dinero en la ciudad. Me creo capaz de manejar su campo, hice eso toda la vida. Tengo dos hijos, uno de ellos entrando en el liceo; mi mujer trabaja en la hilandería de Colonia, no está en casa en todo el día. Vivo de asesoramientos gratuitos o mal pagos; la tierra de mi padre se la comieron las hipotecas. Quiero darle mejor vida a mi familia, quedarme en el campo, seguir haciendo lo que sé hacer. Necesito trabajar.

Hans Dieter Schmidt, de escasa estatura para ser descendiente de alemanes, era de complexión fuerte, macizo, eternamente descamisado, siempre sin afeitar. Llamado por todo el mundo "el Pony", él mismo se presentaba con el apodo, hola quién habla, el Pony. No obstante su constante apología de la vida práctica, era sólido en la teoría. Rebelde, cuestionador, inquisitivo, incapaz de callarse, denunciaba sin ninguna diplomacia las imposturas, la improvisación, los desatinos de la burocracia. Era, en suma, un forúnculo para cualquier organización, especialmente en los últimos años, donde las mayores energías se destinaban a las apariencias, a cuidar la imagen, según el léxico en boga. Había trabajado quince años en una estación experimental agropecuaria; dos años atrás le habían cancelado la renovación del contrato por carecer de título universitario. No obstante su manifiesta falta de fé, no creyó en la realidad de la expulsión. Tampoco previó el discreto alejamiento de compañeros, colegas, amigos: lo echaron por desordenado, cómo va a andar vestido así, siempre sin afeitar, tres años sin publicar nada, acá es publicar o morir, te lo dice todo el mundo, no, no lo ví más, acá todo se sabe, no hay trabajo en ningún lado, no quiero correr la misma suerte.

- Muy buen investigador, muy profesional, un hombre sin dobleces, honesto como pocos. Un poco bruto para decir las cosas, pero esté segura, no tendrá dificultad para conocer su opinión . Para mí fue una gran pérdida, un error despedirlo. Las organizaciones ya no tienen una cara para dar; las decisiones se toman en una oficina de Montevideo, muchos pisos por encima de la tierra.

Eduardo García Peluffo, ingeniero agrónomo encargado del Area de Cultivos, había sido su jefe por cinco años. Cerca del retiro, cargado de distinciones bien ganadas, con capital invertido en Inglaterra, más allá de los riesgos de cualquier contrato, trabajaba sólo por vocación. Este testimonio fue decisivo; Silvana encontró evasivas entre otros colegas a quienes llegó a pedir referencias, en una notoria actitud de evitar cualquier compromiso. La gente de campo, tractoristas, ordeñadores, alambradores, simples peones, lo ponían por las nubes. Acordaron un contrato inicial cauteloso, seis meses a prueba, luego a un año renovable, sueldo fijo básico, participación en las ganancias, facturación como empresa unipersonal, no habría indemnización por despido, licencias ni beneficios. Si el campo iba bien, ganaría generosamente; si iba mal, al menos podría vivir. No tomaría ninguna decisión grave sin su autorización, presentaría planes y presupuestos periódicos, los proyectos se encararían según el riesgo, la disponibilidad financiera, los medios de producción al alcance; la inversión en maquinaria sería mínima al principio, contratando lo necesario; se reinvertiría cualquier ganancia, se evitaría en lo posible recurrir al crédito, el Banco República es el único con planes para el agro.

El Pony volvió a ser quien había sido. Investido de autoridad, con camioneta nueva, jugándose la oportunidad, dio vuelta el campo. Se reunía con Silvana cada dos semanas, yendo muchas veces él a Montevideo a presentar sus informes. Se aparecía en la galería con el mismo porte desarrapado, un tubo de planos atado a un elegante bolso de cuero de aerolínea, mate y termo infaltables bajo el brazo. Hablaban un par de horas, viendo sobre los planos coloreados las áreas cultivadas, la nueva división en potreros, el emplazamiento del nuevo galpón. Anotaba prolijamente en un cuaderno las tareas a recordar, visitaba alguna barracas de frutos del país, concesionarios de maquinaria agrícola; intercambiaba información con algún colega amigo, establecía nuevos contactos. En cuanto liquidaba sus asuntos se volvía derecho para el campo, como si no soportara mucho tiempo el aire malsano de la ciudad. Se movía en todos los ambientes con una soltura prescindente, como si todo le fuera conocido. Tenía mucho mundo; había hecho cursos en Alemania, presentado trabajos en congresos internacionales, integrado tribunales de concursos, hablaba el alemán como segunda lengua y perfectamente el inglés.

El Pony había despertado la simpatía de Silvana desde el principio, por el solo acto de tomar la iniciativa de presentarse ante ella con su propuesta, una acción nada fácil para un hombre visiblemente orgulloso como él. Esto redobló sus precauciones, pero al cabo de un tiempo le empezó a tomar confianza. En todos los encuentros, él le ofrecía mate al menos dos o tres veces. Ella aceptó una vez, por no despreciar, pero en los encuentros sucesivos él le empezó a servir sin preguntar. Un domingo en San Pedro conoció a su mujer. Había venido a supervisar unos alambrados, la había traído con él; se veían poco.

- Mabel, quedate acá, si querés, mientras este hombre ve sus trabajos.

- Quedate, Mabelita, vengo en media hora.

- Si no es molestia...

- Pasá, Mabel, la casa es un desastre, sólo arreglamos un par de habitaciones, pero al menos hay reposeras. También tu marido, venirse un domingo, por unos alambrados...

- No sabe, Silvana, lo bien que le ha hecho volver a trabajar. ¡Se lo agradezco tanto!

- No me digas de usted. ¿Te gusta el campo? Para vivir, digo.

- Siempre viví en el campo; cuando al Pony lo echaron nos fuimos para Colonia, a casa de mis padres.

El Pony se había armado un despachito en un anexo del galpón viejo. Había hecho colocar una puerta nueva con cerradura, una mesa y sillas compradas en remate, una vieja máquina de escribir, un armario con herramientas, dos estanterías para libros, un viejo archivador metálico. Dos metros cuadrados de espuma plástica contra la pared mostraban el plano de la propiedad, con cartelitos de colores pinchados con alfileres. En esa oficina improvisada contrataba la gente, hacía sus dibujos, preparaba los informes, estudiaba, almorzaba frugalmente, descansaba una hora después del mediodía.

- Pony, los Cáceres dejan la fracción a fin de año. ¿Te parece de trabajarla o la vuelvo a arrendar?

- Yo siempre pienso en trabajarla. Nos vendría bien para potrero, en un año vamos a andar cortos de pastura.

- La casa está bien, no tiene humedad ninguna, el techo está perfecto, con un buen mantenimiento quedaría. El baño se va a hacer nuevo, la cocina está bien, sólo agregarle un armario; el pozo es bueno, la bomba se va a cambiar. El teléfono está pedido. Andá a verla con Mabel y los gurises. Si se quieren venir para San Pedro ya tienen donde vivir.

La clase de pintura.

Rossina. Abril, 1967.

- ¡Ay, ay, ay! ¿Y ahora qué hacemos? ¡No vamos a poder salir!

Molinari revolvía los papeles del escritorio, rebuscaba en los bolsillos de su ropa colgada del perchero, en las cajas de pintura, en las estanterías abarrotadas, entre los tarros, pinceles y herramientas sobre el banco de trabajo, entre la miríada de objetos sobre el mueble del equipo de música con aspecto de catedral.

- ¡A esta hora! No hay nadie en el edificio, son todas oficinas, ¡nadie nos va a abrir!

Rossina lo miraba alarmada. Silvana la tomó del hombro para murmurarle en el oído:

- No te preocupes, tía, le pasa siempre.

El hombre seguía hablando mientras revolvía. La alarma de Rossina fue cediendo a la curiosidad.

- ¡El llavero completo! Dos de la puerta de arriba, la de la puerta de abajo, la del garage... ¡qué desgracia! Todavía la puede encontrar alguien y entrar a robar...

- Molinari, ¡cálmese! Ya va a aparecer; búsquela tranquilo, no puede haber ido muy lejos.

- ¡Da lo mismo, lejos o no, si no aparece! ¿Cómo voy a estar tranquilo, si no podemos salir? ¡Estamos encerrados, quién sabe si vendrá alguien antes de mañana, acá son todas oficinas, no vive nadie!

- Pero no, si hay varios apartamentos...

- ¿Me vas a decir a mí quién vive y quién no? ¿A mí, que estoy todo el día acá? ¡Son todas oficinas! ¡No vive nadie!

La señora era nueva en el taller. Un muchacho le hacía señas. La señora quedó mirando sin entender. Molinari seguía con su búsqueda y sus lamentos. El muchacho se levantó:

- ¿A ver, Clarita?

Haciendo como si examinara el trabajo de Clarita, le susurró rápidamente al oído. La señora movía la cabeza. Muecas de risa ahogada bailoteaban en las caras de los alumnos. La búsqueda de la llave había pasado del trágico al grotesco.

Además de Rossina, otras cuatro señoras pasarían ya de los cincuenta; Silvana, el muchacho y otra chica no llegaban a los veinte. La ausencia de generaciones intermedias se repetía en todas las clases. Un fondo de música melódica podía oírse sin atención. El olor a óleo lo impregnaba todo, haciendo inútil el perfume de las señoras.

Viéndola triste, Silvana le había preguntado:

- ¿Por qué no tocás el piano?

- Toco el piano, allá en San Pedro.

- Digo más regularmente, estudiándolo, dedicándole un tiempo todos los días. ¡Dicen que tocabas tan bien!

No quería. Había estudiado el piano profesionalmente, con maestros distinguidos, muy distinto de las tardes abrigadas en casa de la señorita Edelvira Pons Echevers. Profesores secos, precisos, corteses, impertérritos. Se había negado a continuar: las horas, la exigencia, las continuas correcciones, la solemne seriedad... ya no había sol en las vidrieras, ni olor a madera y alcanfor, ni amedrentadoras reprimendas rebosantes de calidez. Le sorprendieron las protestas de sus profesores cuando dejó: mientras había sido alumna, todo habían sido reprobaciones; ahora lamentaban su abandono. Llegó a dudar, pero igual abandonó. Quería dejar el estudio profesional, recuperar el piano para sí misma; lo protegería de contagio, lo preservaría como algo íntimo, reservado, un interlocutor paciente en espera de confesión. En vida de Alberto había vuelto a tocar mucho, allá en San Pedro. El había hecho llevar un piano de cola igual al de la señorita Edelvira, donde ella había llegado a tocar algunas veces. Pero Alberto, un piano de cola acá, por qué no, si sobra espacio, las estancias son grandes. Con la enfermedad de él, el instrumento había caído en el silencio. Cubierto de paño, hibernaba en la casona, olvidado.

- Tía, vení a la pintura conmigo. El viejo es macanudo, un poco maniático, pero bien. Trabaja en un banco, da clases a gente amiga nada más.

Siempre le había gustado el arte. De chica dibujaba con solvencia; se había destacado moderadamente en la escuela, en el liceo. No había pensado nunca dedicarse a la pintura.

- Podés tomarlo como un descanso, no tenés el compromiso de ser pintora. ¡Algo tenés que hacer!

- Hago muchas cosas.

- Algo tuyo, personal, donde puedas expresarte, una cosa sólo para vos...

Los sobrinos ya eran adolescentes, tenían sus propias amistades, sus propios compromisos. No venían a quedarse con ella los fines de semana; tenían cumpleaños, idas al cine, espectáculos musicales, reuniones en casas de amigos.

Rossina había vuelto, paulatinamente, a encerrarse en sí misma. Atendía sus negocios como siempre, pero el tiempo cubierto por sus sobrinos se fue achicando. Emma y Luis trataban incesantemente de acercarla, pero ella volvió a sentirse "tercero excluído", como decía cuando la llevaban, de joven, como chaperón de alguna amiga. Había vuelto a encerrarse en sí misma, a sentir la soledad, la depresión incipiente. Tenía que encontrar algo para ocupar su tiempo.

- ¡Acá está! ¡Gracias a Dios! En el baño. Cuando me fui a lavar las manos, la dejé al costado de la pileta. ¡Menos mal! Es raro, siempre la dejo en el escritorio... alguno de ustedes me distrajo y la llevé para el baño.

Todos se alegraron por el éxito. Molinari exhibía la llave como un trofeo salvador.

- ¡Qué suerte! ¿Se imaginan lo que hubiera sido? Quedarnos encerrados acá toda la noche...

- ¡Toda la noche encerrados! ¡Sin nadie en el edificio! ¡Sin nada de comer! -coreaban los alumnos más jóvenes, afectando preocupación.

- ¡Hubiéramos adelantado! Pintando toda la noche...

- ¡Basta! ¡No quiero oír más pavadas! ¡Yo los quisiera ver, sí, encerrados acá sin poder salir, a ver si les hacía gracia! ¡A trabajar! Menos charla y más trabajo. A ver, a ver... no... no... ¡No! ¡No! ¡Así no! ¿Qué me hiciste, muchacha? ¡Pero qué mamarracho! ¿Cómo pudiste hacer semejante cosa? ¡Con lo bien que estaba al principio! ¿No te dije que estaba demasiado subido?

- No quería que pareciese triste...

- ¡Qué triste ni triste! ¡Esto es una cursilería espantosa! ¡Corregí enseguida todo ese colorinche! A ver, dame el pincel... no, el otro más grande. ¡Qué barbaridad!

Por aquellos años, Molinari pintaba en paleta baja.

La repulsión física.

Rossina. Marzo, 1968.

Era conciente de haber caído, con los años, en un estado patológico: rechazaba el contacto con el otro sexo. Había triunfado en su lucha contra las solicitaciones de la carne, pero el precio pagado la asustaba: el solo pensamiento de acostarse con un hombre la llevaba al extremo de la repulsión física.

El deseo se le había presentado como algo abstracto, donde no podía haber un rostro, una piel, una proximidad diferente a la de Alberto. Pero Alberto ya no estaba; no quedaba para ella en el mundo nadie más. Acaso hubiera deseado compañía: un brazo donde apoyar el suyo al caminar, un oído donde reposar un comentario, el perfume de una flor inesperada, la mirada fugaz de otros ojos, una guirnalda de palabras abrigándola en el aroma de la noche. Aún en esto le hubiera sido difícil entregarse. Cualquier gesto de amistad, viniendo de hombre, levantaba sus defensas.

A veces, empujada por su vitalidad, por las sugerencias de nuevo matrimonio, por la soledad, había intentado exhorcizar su rechazo a través de la imaginación, proponiéndose a sí misma una presencia masculina pegada a ella, un hombre sin rostro, un animal sin identidad, una piel anónima rozándola, el peso posesivo sobre su cuerpo entregado, prepotencia viril de marioneta acallando su ansiedad. No era posible. La repulsión física caía sobre ella como un rayo del cielo, sacudiéndola en un escalofrío. ¿Cómo podría? Se defendería de la violación arañando, golpeando, mordiendo, haciendo sangrar el cuerpo agresor, vestal salvaje protegiendo su sagrario. Conjurada la presencia imaginaria, vejada tan sólo en pensamiento, temía purgar su atrevimiento volcada de bruces sobre el vómito fétido del asco, de la traición, de la carne maldita donde el destino la mantenía prisionera. Emergía de estas sesiones de vivencia imaginaria desdichada, inválida, el cuerpo sudoroso, agarrotado, con ansias de arrancarse con las uñas el deseo infiel, de destrozar entre las manos las estatuillas venecianas, el relicario de marfil hindú, las filigranas de Toledo, los recipientes del tocado, las porcelanas de Sèvres, todos los objetos amigos donde habían ido decantando células de su identidad.

Se había preguntado mil veces cómo había llegado, en el decurso de su vida, a una aberración tal. Reconocía como un milagro haber dado con un hombre capaz de vencer, con las misteriosas llaves de su gentil prepotencia, la pesada cerradura de su sensualidad. Había encontrado en su hombro comprensivo un lugar donde esconder su vergüenza infantil, el pecado de su normalidad animal. El escudo de la unión matrimonial, las palabras de Alberto alentadas en su oído, la complicidad compartida, el juego infantil, habían sido el analgésico de una vergüenza nunca superada. No estaba segura de que el sacramento matrimonial permitiera desahogarse de ese modo; en todo caso, si se había condenado, se había condenado con él. Pero no eran sus dudas intelectuales las más torturantes, sino un sentimiento de vergüenza al mostrar su sensualidad, su incapacidad para resistir el acercamiento del hombre. Ido Alberto, ya no juntaría nunca más el arrojo necesario para dejarse ir, ya no tendría más la tentación, la seguridad, la complicidad de quien la había despertado a la madurez sexual. No sería capaz de volver a remontar esa larga iniciación. No habría jamás otra tarde de estío como aquella en que por distracción, a horcajadas sobre Alberto, se descubrió mujer.

La exhumación postergada.

La investigación. Julio, 1992.

Lo muy esperado, cuando finalmente llega, puede causar una disrupción en nuestras vidas. Los innúmeros planes concebidos cuando sólo había expectativa se vuelven fútiles, nada nos parece adecuado, no sabemos qué hacer con lo logrado. En la privación de la espera la imaginación viste el anhelo con mil trajes diferentes, recorriendo una y otra vez cada puntada, cada pliegue, buscando la mayor gracia, la mejor caída, el mayor efecto. Cuando por fin llega el postergado día de la fiesta, estos vestidos se han raído antes del estreno, la ropa de todos los días resulta inadecuada para la ocasión, no sabemos como presentarnos. Optamos entonces por una ceremonia sencilla, rápida, hacer pasar el hecho desapercibido, en especial para nosotros mismos. Si por el contrario elegimos zambullirnos en una bacanal de alegría, detenidos un momento a pensar, el placer de lo logrado es siempre dolorosamente pálido frente a lo anticipado por la imaginación. Al amanecer del día siguiente, sobrevive el alivio cierto de algo pendiente felizmente concluído, pero nuestro modo habitual de conducirnos, hasta ahora satisfactorio, pide una revisión: construído en torno a una carencia, debe ahora repensarse o abandonarse al hábito, en un proceso a veces imperceptible y fácil, pero muchas veces crítico, desconcertante, paralizador o postergante.

Dos años después de haber recibido la propiedad, estabilizada su situación financiera, Silvana no había hecho nada en la casa ni en el parque. Tan sólo por necesidad se quedaba en San Pedro, volviendo a Montevideo las más veces en el día.

- Es una vergüenza. Esta casa es un desastre.

Había encarado una reforma en la galería, pero no le había ocupado tanto tiempo como para justificar su desidia en la restauración del casco de la estancia. Se resistía a exhumar los restos. La casona, el parque, lugares de la reclusión voluntaria de su tía, podían fácilmente convertirse en un espejo de su vida, una trampa donde podía caer, ir a repetir un destino ajeno de mujer sin hombre, incapaz de tener hijos, curadora de una fortuna heredada, un poco excéntrica, orando ante un altar tapizado de recuerdos. Las estatuas cubiertas de vegetación, de formas inquietantes, habían contribuído a su dejadez. Biformes en su mayoría, contrastando un estilo de belleza casi clásica con otros de antigüedad precolombina u oriental, ántropos y zoos confundidos, el Diablo y Dios obligados a compartir la misma piedra. No estaban allí en su última visita, pocos meses antes del fallecimiento de su tía, ¿o acaso después? Algo misterioso, vagamente desagradable, casi maléfico, parecía esconderse en ellas, así como en esos años de alejamiento. En esas mismas tierras yacía su tío Alberto, para ella una imagen llena de luz, sin los claroscuros de su tía, un hombre consagrado a su profesión refugiándose de la enfermedad en un remedo de paraíso terrenal construído por él mismo. Acaso estos años de enfermedad habían anidado en su tía malamente, llevándola a encerrarse ella misma, sin estar enferma, en ese parque hermoso, absurdamente cercado de muros desde siempre, ahora poblado de estatuas desconcertantes.

No quería revolver las pertenencias heredadas; podían quedar en los cajones, donde estaban bien guardadas. Se resistía a inmiscuirse en la vida privada de su tía, una mujer sin dobleces, idealizada en el amor por su marido, un modelo de su primera adolescencia. No se trataba sólo de respeto, sino de temor. Silvana se preguntaba qué podría descubrir capaz de originarle tanta resistencia. ¿Otro hombre, una inclinación perversa, hijos del pecado pululando como en las telenovelas, los radioteatros, las novelitas rosa de todos los tiempos? Ningún escándalo convencional parecía posible en modo alguno. La probabilidad iría más bien en dirección contraria: la soledad, la concentración en el ideal del hombre perdido, la imposibilidad de consagrar el amor a otro objeto, la blanda resignación, la fidelidad más allá de la muerte. Eso, eso podría doler, no por su tía, sino por ella misma. Venía avanzando en edad, verificándose en realizaciones; los desafíos de años atrás eran hoy trabajos de rutina; inventarse nuevos desafíos era hacerse trampa al solitario. El horror al vacío atribuído por los físicos renacentistas a la naturaleza habría sido mejor adjudicado al alma por los consejeros espirituales. Vivía una vida estéril, de ocupaciones mecánicas, sin hombre, sin hijos, sin un proyecto de vida; se imaginaba a sí misma en unos años como una más de esas ancianas cultas omnipresentes en las exposiciones, los conciertos, el cine de autor, las presentaciones de libros, las tardes de té en las confiterías de Pocitos, armando con una semana de anticipación el plan de salidas, gambeteando el aburrimiento de un fin de semana para el otro, leyendo el Libro de Arena de Borges para atenuar el transcurso del tiempo. Lulo Ramallo pasaba sus tardes rodeado de fantasmas amistosos mirando las gaviotas en el puerto del Buceo. Rossina Fiori había consumido sus últimos años en ese parque buscando la voz de Alberto susurrar entre las hojas. Ella no había vivido nada comparable, no venía cosechando recuerdos revivibles, refugios de la vejez. Su vida se estaba revistiendo de vacío, envolviéndose en un capullo de crisálida incapaz de mutar en mariposa.

Decidió emprender la reforma de la casa. Tenía los recursos financieros. Aún con poco ejercicio directo de la profesión, era arquitecta; haría ella misma el proyecto, seleccionaría una empresa constructora, supervisaría la dirección de obra. Su idea directriz sería la reconstrucción; intentaría preservar el estilo, el espíritu original de la casa, pero no quería un museo, una casa es una máquina de vivir, no daría la espalda a las comodidades del mundo moderno. No encaraba un nuevo desafío, no era un ejercicio profesional, no se imponía una obligación. Reconstruía una casa familiar, la casa de sus tíos, Rossina y Alberto tomados de la mano en la ermita de los Altos del San Pedro, iluminados para siempre por la luz de su credo. Desprovista de recuerdos propios, exhumaría los objetos de sus tíos en una excavación arqueológica de escritorios, armarios, cajones, roperos; colorearía por igual los oscuros y los claros, emprendería una cruzada misionera para la cual se creía habilitada, rescatar el Santo Sepulcro cubierta su cabeza infiel por la mantilla blanca del respeto, no vengo aquí a pedir ni a robar, nada traigo en las manos, nada me llevaré, tengo el futuro vacío de esperanzas, vacía de recuerdos la memoria; tocarán con reverencia mis dedos vuestras prendas santificadas, mantendré la vista aquí en la tierra, no echaré migajas a las palomas para bajarlas de la altura, no copiaré sobre pergamino con estilete en negro de humo la fórmula del amor, no pediré un Dios prestado para mi falta de fé.

Cuando la arquitecta Silvana Fiori, apoyada sobre el escritorio de su tía, a la vista de los planos de la casona, terminó el primer croquis a lápiz, los Seres Biformes lo examinaron críticamente con sus vistas telescópicas. Finalizada la inspección, se saludaron inclinando las cabezas, ambos guiñando el ojo. Uno, el ojo bueno. El otro, el ojo malo.

El capital, la soledad, la pintura.

Rossina. Mayo, 1968.

- La tía es una capitalista. Yo no voy a las casas de los capitalistas.

Emma había desesperado al oír semejante brutalidad. Para sorpresa de Gerardo, aún su padre se había enojado con él. ¿No era verdad acaso? La tía no trabajaba, tenía un apartamento de lujo, una estancia en Colonia, no se sabía cuánta plata. ¿No era verdad que mucha gente no tenía nada?

- Gerardo, la vida no es tan simple. ¡Hay cosas que no entendés!

- Pues yo no veo la complicación. Hay ricos, hay pobres. Yo estoy del lado de los pobres; la tía está del lado de los ricos. ¿Qué más hay que entender?

Emma se disculpó con lágrimas en los ojos, avergonzada por la actitud de su hijo, ¡con todo lo que había hecho la tía por ellos! ¡Hasta los había llevado a Europa! Luis estaba consternado, debatiéndose entre los polos opuestos de la teoría simple expuesta por su hijo y el afecto por su hermana, hamacándose en la incertidumbre de algo mal compaginado.

Rossina pretendió no afectarse por cosas de muchachos, pero le habían dado una bofetada. Ella y Luis habían crecido en un ambiente de clase media culta, sin grandes posibilidades económicas. El dinero había llegado a ella por su matrimonio, o más bien, por su viudez. Tenía a Dios por testigo: hubiera dado todo por unos años más de vida con Alberto. ¡De haber podido! ¡De haber sabido! ¿Qué podría haberle importado a ella vivir después en la miseria? Pero en el rigor del mundo adolescente, su opulencia la condenaba sin remedio.

- La tía es una capitalista.

Rossina se había hecho cargo de los negocios de Alberto por un afán de consustanciación, como una forma de mantenerlo vivo, de darse algo para hacer, de conservarse a sí misma, como siguiendo un mandato. Bien asesorada, había aprendido los vericuetos de las operaciones financieras, la inversión productiva, el vaivén de las acciones, la relatividad de las garantías, el riesgo de las ganancias fáciles o excesivas. Al principio fue prudente, luego llegó a ser hábil. Sus logros le avivaron una punta de vanidad: una mujer como ella, sin conocimientos comerciales, manejando con destreza su capital en un mundo sin alma, bogando en un mar infestado de tiburones... no estaba mal. Era como burlarse.

Criada en un hogar modesto, la acusación de Gerardo fue la expresión audible de una duda propia. ¿Qué derecho tenía ella a disponer de todo eso? Alberto había tenido dinero desde siempre. Nació abrigado en él, lo llevó en el portafolios cuando fue al liceo, lo encontró a la salida de la Universidad, lo empujó desde Italia buscando, como tantos, "hacer la América". Su padre lo había colocado en el andador; al poco tiempo caminaba solo. Maleado en el bronce de las bombas, repartido en valores financieros, concentrado en tierras, trasladado al otro lado del océano, Alberto había vivido en el dinero como los demás mortales vivimos en el aire: sin notar su presencia, sin concebir su falta.

- La tía es una capitalista.

Su vida no había sido así. Le pesaba la posesión. Más allá de la voz clara de la Ley, no sentía su herencia como propia. Alberto no estaría, pero todo seguía siendo de él; ella era su custodia. Colaboraba en las obras sociales con generosidad, como lo hiciera él, cuando percibía el realismo del emprendimiento, la honestidad de los responsables. No creía en caminos de renuncia; no tenía vocación de santidad. Continuaría, sin indagar razones, el camino trazado por Alberto. No repartiría sus riquezas, no dormiría bajo las estrellas, no acabaría en un monasterio.

Así como no eliminó ni un alfiler de las pertenencias de Alberto, selladas en sus cajones, así no descuidó ninguno de sus legados. Intentó emular su naturalidad, su precisión, su indiferencia: llevarlo todo como si no pesara. Compartiría con él las culpas, las acusaciones, el destino en la tierra y después.

Cuando volvió a salir al mundo, se volcó hacia la familia. La falta de hijos, la viudez, la ubicaron en el rol indeseado de tía soltera. Tenía paciencia con los sobrinos, ellos la querían; no fueron niños difíciles. Al ir creciendo, los compromisos propios de su edad los fueron apartando de la vida familiar: el estudio, las barras de amigos, el club, las actividades complementarias. ¿A quién podía interesar ir al campo con la tía? ¿Qué había para hacer allá afuera? Silvana, aún compartiendo la visión juvenil de justicia social expuesta por su hermano, no era capaz de pensar en su tía como una capitalista; no hizo esfuerzos de coherencia, no se apartó de ella por ideología. Simplemente fue absorbida por los reclamos de su vida adolescente.

Durante un tiempo, Emma y Luis la acompañaron a San Pedro los fines de semana. Pero tenían los hijos en Montevideo, querían verlos, aunque fuera de a ratos, estar en casa por si salían de noche; un día se casarían o se irían a vivir solos y entonces, quién sabe. Entretanto, esperaban juntos el minuto de sus hijos en la casa para comer o bañarse antes de volver a salir, compartían inútiles angustias sobre los errores juveniles, se regocijaban con cada examen salvado, alentaban esperanzas de ver realizados en ellos algunos de sus sueños trastocados.

La rutina de Rossina se resquebrajó. Durante la semana se mantenía ocupada, pero la soledad se extendía como un lago de aguas negras entre viernes y lunes. Dejó de ir a San Pedro: no quería ir sin compañía, no le gustaba manejar, los recuerdos estarían acechando en los rincones.

Volvió a encontrarse sola en su caserón enorme, en la cama demasiado grande, mirando en silencio el retrato de Alberto sobre mesa de luz. Buscó alguna ocupación respondiendo a las invitaciones de sus muchas relaciones, pero se aburría; prefería la compañía de las gentes simples de San Pedro, o aún la soledad.

Accedió sin ganas, ante la insistencia de su sobrina, a estudiar pintura. En el taller de Molinari se encontró a gusto, aunque "el viejo", como le llamaba Silvana, era sin duda un maniático donde coexistían felizmente artista, cómico y grotesco. A ella la trataba con deferencia, corrigiéndola mesuradamente, sin los epítetos de maestro gruñón destinados a los jóvenes. Dócil a los consejos, la pintura de Rossina se mostró discreta en expresión, moderada en colorido, bien proporcionada. Al finalizar el segundo año, rodeada de varios cuadros de su autoría, no muy distinguibles entre sí, se vio a sí misma en ese autorretrato: una vieja más desgranando el tiempo como quien pela chauchas, encarando una labor manual de escaso arte, mostrando hasta con la punta de un pincel la falta de impulso vital. Esperó infructuosamente, durante un par de meses, el agotamiento de esta sensación. Después, dejó el taller.

Devuelta a la soledad, la encontró ahora menos grave, menos acuciante. Ya no lloraba por Alberto: estaba con él. Le hablaba mentalmente como en presencia, articulando las palabras sin pronunciarlas. Hallaba consuelo por su ausencia física elevando, arrodillada en la distancia, su plegaria desolada al Cristo Sin Cara de la capillita de San Pedro, donde sus manos y las de Alberto habían atado, con humildes tallos arrancados de la tierra, el manojillo de flores silvestres donde se les quedaron las almas enredadas.

Muerte de Asunción.

Rossina. Julio, 1968.

Cuando Lulo Ramallo anunció a su padre su futura profesión de galerista, "marchand", como se decía en la época, el viejo protestó por formalismo, pero no le desagradó; no tenía nada contra el arte. La poca vocación de su hijo para el trabajo verdadero, los negocios o la profesión liberal, su dandismo incipiente, la permanente actividad social, lo tenían ya demasiado preocupado. No sin dudas respecto a la constancia de su hijo, le cedió un localcito desalquilado de su propiedad para iniciar el negocio. El joven Ludovico, lleno de energía, con perspicacia comercial, decoró el lugar como buhardilla del arquetípico artista montmartriano alentado en la limitada imaginación de sus clientes potenciales. Inauguró así, modestamente, su galería: Ludovico Ramallo, Marchand des Arts, en promoción del mejor arte nacional, invita a usted al vernissage, atenderá gustoso a todos los amantes de la belleza, calle Ituzaingó a pasitos de Rincón, para su comodidad, en el corazón de la Ciudad Vieja.

Le había ido bien. Su convicción de no servir para otra cosa, unida a similar convicción por parte de su padre, le valieron el empeño de perseverar en la empresa a todo trance. La solapada ayuda de su padre, paulatinamente más dispuesto a invertir viendo a su hijo sentar cabeza, le ayudó a tomar altura. Se fue haciendo, a la fuerza, comerciante, aprendiendo a sortear con relativo éxito los riesgos de la compraventa. Algunos reveses le enseñaron crudas lecciones, registradas en sus libros, grabadas en su cabeza concienzudamente. Nunca llegó a obtener grandes ganancias, difícilmente posible en el arte, pero generó credibilidad, conoció mucha gente, logró vivir decentemente mientras no heredó. Sus hermanos habían hecho crecer la fortuna familiar; él se benefició de ello indirectamente, aunque su parte fue lógicamente menor. Sabiéndose poco dotado para el seguimiento de los negocios, trató de afirmarse sin correr riesgos: colocó diversamente una mitad de su parte en inversiones conservadoras, ocupándose de ellas con minuciosidad de relojero. Con el resto renovó la galería, adquirió una hermosa casa, volvió a viajar, se dio algunos gustos. En conjunto, se le consideró hombre de alguna fortuna, al menos lo suficiente para no desentonar en el ambiente de su clientela.

El cambio de los tiempos fue, no obstante, achicando su capital. Los sucesos económicos, la inestabilidad, el cambio en las estrategias de inversión, no siempre asimiladas a tiempo, más la destrucción relativa de la clase donde reclutaba sus clientes, lo fueron arrinconando económicamente.

La enfermedad de su mujer cambió las cosas. Lulo se había casado por amor cuando éste tocó a su puerta. Ayudado por la insistencia de su mujer, cuya intuición femenina le indicaba certeramente la necesidad de empujarlo, más que inducido, al matrimonio, Ludovico Ramallo aceptó por esposa a Asunción Epifanía Lavecchia jurando amarla, respetarla, protegerla hasta la muerte, los declaro marido y mujer, lo que unió Dios no lo separe el hombre, puede besar a la novia. Había funcionado. El nunca había estado muy convencido, pero ella llevó bien las riendas amorosas de la pareja, conduciendo esa carreta con singular fortuna, respetándole su arte, su vida un tanto liberal en apariencia pero muy mesurada en la realidad. Ambos habían sido felices: su mujer en la casa, con los hijos; él en la galería, las recepciones, la alternancia con los clientes, los artistas, la sociedad pudiente. Cuando ya no pudo ignorar la inevitable muerte de Asunción, empezó a obrar en él una determinación, una rebeldía, una desesperación interna de oposición al destino: no escatimaría medio alguno, científico o no, local o extranjero, para salvarla, aferrándose aún a la más débil de las promesas. Así fue recorriendo médico tras médico, clínica tras clínica, buscando poner algún freno a la muerte. Agotó los ambientes médicos de Montevideo, siguió con los de Buenos Aires, llegó hasta los Estados Unidos. En ningún lugar pudo obtener un pronóstico favorable. Ludovico Ramallo buscó un milagro; gastó más de la mitad de su patrimonio alimentando esperanzas flacas. Hubiera llegado hasta la ruina, pero la muerte se le adelantó.

Cuando Asunción dejó este mundo, debió entregar a sus hijos la parte de su mujer. Aunque fue un padre responsable, moderadamente afectuoso, suficientemente firme, no estuvo nunca demasiado próximo a sus hijos. Eso era más bien cosa de su mujer. Curiosamente ellos, educados predominantemente por su madre, siempre tan apegados a ella, no lo habían acompañado en su lucha por salvarle la vida. Era muy triste, mamá se moría, pero no había remedio. Era preciso comprender, aceptar el destino. No se podía contradecir los designios de las fuerzas naturales. Era inútil comprometer el futuro de los vivos en una lucha estéril, dando de ganar a los médicos cuando ya no quedaban esperanzas. La conducta de papá, pobre, pautada por la desesperación, resultaba al final en egoísmo; enajenaba lo nuestro en una lucha perdida de antemano, comprometía el futuro de sus nietos, el bienestar de todos. Intentamos hablarle, convencerlo de asumir una posición más razonable; empleamos nuestras mejores palabras, nuestra mayor comprensión, toda nuestra paciencia. Hasta nos vimos obligados a intentar la vía legal. Pero nada pudimos. La ley debería proteger más temprano el derecho de los hijos. Hasta la muerte de mamá él hizo como le dio la gana. Pero después, cuando mamá ya no estaba, se vio forzado a entregarnos la parte nuestra. Nosotros teníamos la obligación moral de tomarla, de pensar en nuestros propios hijos; él ya tenía su edad, no precisaba nada. Estaba tan afectado, además... vaya uno a saber por dónde le podía dar, si no se le ocurriría enajenarlo todo. Nos vimos obligados a insistir, a exigirle, ordenar las cosas tan pronto como fuera posible.

Lulo Ramallo, extenuado, atravesado por el dolor desde el alba hasta la noche de somníferos, demoró en comprender la situación. No podía entender el reclamo de sus herederos; le costaba asimilar sus derechos, aceptar sus demandas. Ya lo había desconcertado la ausencia de apoyo en la lucha por la vida de Asunción, sin reparar demasiado en ello, concentrado en atenderla como había estado. En esta circunstancia, su educación, su concepción de la vida familiar, de la moralidad humana, no le permitían asimilar la realidad de estas demandas. En cuanto logró pensar coherentemente, la sensación de haberlo ya perdido todo hizo surgir en él una determinación inesperada. Le explicó a Demetrio Arregui la situación con crudeza y precisión, instruyéndole en no demorar las cosas: sucesión por fallecimiento ab intestato, Asunción Epifanía Lavecchia, casada en únicas nupcias, el señor Juez de Paz del Segundo Turno cita y emplaza a herederos y acreedores, comparezcan a deducir en forma sus derechos, ficha 37/67/A, ante la sede correspondiente, escribana Rosalía Zamorano, Actuaria Adjunta.

Se quedó con la galería, pero perdió la casa. Sus hijos le permitieron vivir en ella, pero al año se hizo necesario venderla. Era demasiado grande para él, esa casa valía mucho, Enriqueta María estaba por tener un segundo hijo, Alvaro Alfonso quería invertir en el campo de su mujer, María del Huerto, casada con el hijo de un acaudalado corredor de bolsa aprobó con su silencio. Ludovico Ramallo hubo de atenerse a derecho. Alquiló un apartamento en la Ciudad Vieja, a pocas cuadras de la galería. Así como se había liberado en su juventud del dominio de sus padres, se liberaba ahora de la tiranía de sus hijos, en un corte de raíces que ya no le importaba. A donde fuera, Asunción iría con él. Prefería vivir en un lugar donde pudiera estar tranquilo, sin persecuciones, a solas con su recuerdo.

Se sostuvo así un par de años. Había pagado por su libertad. Sus hijos se interesaban discretamente por él, pero sus derechos habían sido satisfechos. Mientras él viviera, no tendrían nada para reclamar; por como habían sido las cosas, tampoco se animarían a pedir, anticipando el poco éxito de este recurso. La galería tenía deudas. Lulo campeó el temporal como mejor pudo. Luego de mucho esfuerzo se convenció de la imposibilidad de salir a flote. Ya no disfrutaba su trabajo. Vivía bajo continuas presiones financieras; se veía obligado a ocuparse más de vencimientos, letras de pago, descuentos de cheques y tasas activas, que de pintores y exposiciones; pasaba más tiempo en los bancos, en el estudio del contador o negociando con acreedores, que en la galería. Si se retiraba ahora tendría para vivir modestamente, si lograba negociar bien la galería. Empezó a considerar ofertas, pero prolongaba la decisión. A pesar de su convicción, se resistía a retirarse. Demetrio Arregui, su amigo de años, vino en persona a convencerlo de aceptar la visita de Rossina Fiori.

- Le ruego, Lulo, que la escuche. Es una excelente persona, tiene muy buen gusto, conoce todos los museos de Europa. Perdió a su marido hace años; un hombre admirable, se lo puedo asegurar. Un crimen, murió a los cuarenta y cuatro años, ¿se da cuenta? Ella lo quería mucho, no se ha podido resignar... perdóneme, no quise... perdóneme. Le ruego me autorice a presentársela; le aseguro que no va a perder su tiempo.

La Galería Ramallo.

Rossina. Agosto, 1968.

- No sabe cómo quiero todo esto. No son sólo los cuadros: es este ambiente así, anticuado, de mi época, o acaso anterior; es la Ciudad Vieja, llena de bancos, de agitación, la City, como dicen ahora; es el café cortado de la mañana en el Dos Mundos, antes de abrir, cuando miro los diarios. Es la gente. Sobre todo la gente, el trato con la gente, seres totalmente diferentes entre sí: artistas pobres y sin talento; señoronas llenas de dinero pidiendo "arte clásico", ¡felices ignorantes!, chochas de encontrar aquí la más desenfrenada vanguardia de cincuenta años atrás; los estudiantes de arte, admirándolo todo, bueno o malo, soñando ser Dalíes; los pintores locos y autistas, o sociables y envidiosos, o razonables e intrascendentes; los negociantes, siempre tan solemnes, tan igualitos unos a otros; los que vienen a comprar el cuadro en tonos de rojo, los que vienen a preguntar precios para saber cómo cotiza su colección particular. En torno a esta galería gira toda una fauna de animales fantásticos, y yo la regenteo, un animal más en este insólito, fascinante, zoológico del arte.

Hundido en el sillón detrás del escritorio, la cabeza emergía del corpacho enorme como una pelota sostenida por una foca. El traje oscuro, impecable, confundido con el cuero del sillón, la iluminación oblicua de la lámpara de pie absorbida por el revestimiento de madera oscura. La luz reflejaba sobre la cabellera cana como una aureola extraterrena. Pasados ya los cincuenta, sin parecer menor, estaba bien conservado. No usaba lentes, salvo para leer; en el fondo de los ojos hundidos saltaba una chispa traviesa.

Rossina, viéndolo perdido en sus pensamientos, aguardaba en silencio. Pensó en Alberto. No le hubiera gustado verla a ella en regateos comerciales. Pero así habían sido las cosas. Ramallo había sopesado en soledad, a la vista de sus deudas, la contraoferta, recibida discretamente por la vía del escribano Arregui. Rossina, en tributo a Alberto, delegaba en lo posible el trato directo del dinero. También Ramallo había preferido tratar con un hombre esta venta, tan dolorosa para él. Que las mujeres compraran cuadros estaba bien; que los pintaran podía tolerarse, sobre todo si no eran demasiado vanguardistas. Pero comprar un negocio era cosa de hombres. Rossina no había podido evitar arrancar de una manera, para ella, demasiado femenina:

- Sé la pérdida que usted ha sufrido. No le voy a hablar de resignación. Hay cosas a las que uno, por más fé que tenga, no consigue resignarse. Perdí mi esposo hace once años. Es como si lo hubiera perdido ayer. Necesito ocuparme de algo, por mí misma, porque él lo hubiera querido así. Si usted me permitiera colaborar en la galería, con lo que yo pudiera aportar, le estaría muy agradecida.

- Es que.. no sé, quizás el escribano Arregui no le explicó bien... yo aprecio mucho su deseo de colaborar, pero la situación es diferente... no me encuentro en posición de continuar...

- El escribano Arregui me puso al tanto de los detalles. Podría colaborar con usted resolviendo esos problemas, si me lo permite.

- Señora, le agradezco muchísimo sus palabras, pero yo me veo obligado a vender... no puedo pensar en sociedades.

Rossina estaba mirando el retrato de Asunción. Se volvió hacia él.

- ¿Desea usted retirarse?

- N-no, no es eso, es que... bueno, usted debe saber, una galería de arte no es una fábrica ni una tienda, no se puede contar con ingresos estables. Esta galería es como mi vida; vendo porque no la puedo mantener.

- Entonces, permítame colaborar con usted. Yo me hago cargo de las deudas, del capital, en fin, todo eso; usted sigue al frente como hasta ahora. No tiene por qué haber ningún cambio visible.

Lulo la miraba sin contestar. En su esfuerzo por comprender; algo se le escurría. Rossina se levantó.

- Considere mi oferta, por favor.

Ludovico Ramallo se encontró solo en el despacho, parado ante la puerta cerrada. Cuando Rossina se había puesto de pie, un reflejo largamente cultivado lo había hecho levantar del asiento. Había girado en torno al escritorio siguiendo ese mismo reflejo, había estrechado la pequeña mano cálida de Rossina, había abierto cortésmente la puerta para acompañarla, no se moleste, conozco la salida. Se sentía como tocado por un milagro. Una mujer llena de dinero le pedía a él "colaborar" comprando la galería, dejándolo a él como gerente. Demetrio Arregui no le había mandado un comprador; le había mandado un ángel del Cielo.

Cuando se volvieron a ver, Ramallo era de nuevo el hombre de siempre, lleno de energía, buen humor, amable conversación. Rossina le preguntó cosas del manejo, qué proyectos tenía, si quería vacaciones. Recorrieron juntos hasta el último rincón del local, como si se conocieran de dos años y no de dos semanas. Cuando ya estaba todo arreglado para la firma, Lulo Ramallo la detuvo con un planteo.

- Quisiera pedirle algo.

- Si está a mi alcance...

- Cambiar el nombre de la galería.

- No pensaba hacer eso. Ya le dije, todo queda como antes, sin cambios visibles. ¿No quiere usted figurar con su nombre?

- No, no es eso. Deje usted mi nombre, si le parece, como participante; de algo servirá, supongo.

- Por supuesto que servirá. ¿Convendrá cambiar el nombre? ¿Hay alguna razón especial?

- Sí, en realidad sí. Usted me ha hecho el honor de respetar el trabajo de mi vida. Hágame usted a mí el honor de reconocérselo de algún modo.

- Yo no quiero llamarle con mi nombre

- ¿Conoce usted Florencia?

- Sí, claro. A Alberto le encantaba.

- A mí también. ¿Qué le parece "Fiori di Firenze"? Así, en italiano, su apellido ni se nota. Se trata sólo de flores. Unas flores de Florencia.

Ludovico Ramallo se retira.

Silvana. Mayo, 1988.

Ludovico Ramallo preparaba la muestra de Martín Zarayeta. Había perdido la cuenta, ya largo tiempo atrás, de la cantidad de exposiciones que había organizado. Pocos podrían jactarse de conocer mejor el oficio de galerista. En esta oportunidad, Silvana lo había estado interrogando sobre la organización de la muestra con particular detalle.

- Lulo, no nos conocemos de ayer. Estamos atrasados; precisás ayuda.

Ludovico Ramallo se pasó la mano por la frente, como si quisiera apartar telarañas de los ojos. En un instante le habían caído encima veinte años.

- Sí, tenés razón. Estamos atrasados. Es culpa mía, ya lo sé.

- Lulo, no dije eso, no te lo tomes así, por favor.

- Lo digo yo. Es culpa mía; me siento inseguro. Cualquier decisión me genera un montón de dudas, le doy vueltas, no llego a nada, voy dejando para atrás.

Levantó la cabeza. Los ojos le brillaban; el dolor le torcía la cara.

- Es hora de retirarme. Estoy demasiado viejo.

- Qué viejo ni viejo; estarás cansado, o aburrido. ¡Dejate de pavadas! ¿Qué va a ser de todo esto si me dejás sola?

- Lo mismo que ahora, Silvana, o mejor. Yo ya no estoy para esto. Te toca a vos tomar la posta. Podés hacerlo tan bien como yo; hace tiempo podrías haberlo hecho. Me estás respetando los años, nada más.

- Te estoy respetando la experiencia, no lo años. Me enseñaste todo lo que sé. Con vos no se termina nunca de aprender.

- Pues te llegó la hora de mostrar lo que aprendiste. Yo ya no soy capaz.

- Vamos, Lulo, lo sabés perfectamente, capaz siempre fuiste. Estás aburrido de calentarte la cabeza con la organización, nada más; como sos un orgulloso no lo querés admitir. Me reprocho a mí misma no haberme dado cuenta antes, no podés seguir cargando con todo. Es cierto, tengo que asumir la responsabilidad; debo haber estado rehuyéndola, seguramente. Me encargo del trabajo, si querés, pero no me hables de irte. Preciso mucho tu consejo; no me lo niegues. ¿Qué tenés que ir a hacer a tu casa? ¿Estás bien de salud, o te pasa algo?

- No, no, de salud estoy bien. Voy al club dos o tres veces por semana, nado mis piletas, puedo comer de todo, sin excesos. De salud, gracias a Dios, estoy bien. Es la cabeza, los años, no sé, todo me parece terriblemente complicado. Me paso imaginando problemas; no soy capaz de asimilar los cambios en las cosas. Es como si no viviera en este tiempo.

- Eso nos va pasando a todos, Lulo, no es para ponerse así. Vení, vamos a almorzar. Tengo ganas de comerme una paella en Morini y viene para dos.

- Si supieras como te parecés a tu tía...

- Vamos, vamos que tengo hambre.

Como años antes frente a Rossina Fiori, Ludovico Ramallo aceptó quedarse. Sus ojos fatigados de memorias habían visto en Silvana Fiori, fundido rasgo a rasgo, el rostro desaparecido que Rossina Fiori le enseñara veinte años atrás, frente a ese mismo escritorio roble oscuro, una mañana igual a ésta, cuando creyó despedirse para siempre de la galería. En un instante, el tiempo se había deshecho a perpetuidad. Era mentira la muerte, lo perdido estaba restaurado, no había más que presente. El mundo estaba notablemente vivo. No había ya recuerdos. La historia entera estaba allí, todos los momentos eran sólo este momento, comprendiéndolo todo. La intemporalidad se percibía como una fragancia infiltrada hasta los más recónditos rincones. Estaban allí armónicamente juntos los sonidos, las imágenes, todos sus amigos, los amores rivales, las tardes pescando en el arroyo, el carnero que lo había topado cuando niño, el pañuelo azul con camafeo abrigando el cuello de su madre, las borracheras juveniles, la noche bajo la luna cuando sintió palpitar el universo, los ojos eternamente azules de Asunción. Los cuadros de su vida se pintaban sobre un lienzo inmortal en el largo salón de una galería fantástica, enroscada sobre sí misma en espiral como aquella caracola enorme que su abuela le colocaba sobre la oreja para hacerle oír el rumor lejano del mar.

Acaso había vivido demasiado. Desde muy joven había revelado poca afición por el trabajo formal. Su hermano mayor había tomado las riendas del campo, su hermano segundo estaba en los negocios, su familia se inquietaba por la inutilidad de los quehaceres del indolente Ludovico. Viajó por Europa largamente; su padre compartía la creencia, común a principios de siglo, de que el viaje a Europa debía ser remate obligatorio en la educación de un hombre de alcurnia. Cuando finalmente decidió volver, pisó la tierra natal empapado de vanguardia, rebeliones coloristas, manifiestos surrealistas. Se vinculó enseguida con los artistas nacionales de todo género, sin despreciar ninguno. Nunca tomó un pincel, pero sabía todo sobre quienes lo tomaban. Entre los muchos familiares y amigos cobró fama de conocedor. Empezaron a consultarlo antes de comprar. Iba por la casa del interesado, estudiaba el espacio, la luz, la armonía del ambiente, los gustos del dueño, de su esposa, su forma de vida. Explicaba, aconsejaba, relataba anécdotas de artistas, envolvía al auditorio en una vorágine pictórica sin descuidar las cotizaciones. Después, buscaba entre los artistas nacionales algo afín, o aún lo obtenía por encargo. Finalmente habló con su padre: sería galerista.

Empezó con un saloncito sobre la calle Ituzaingó, pero unos años después había comprado un local mucho mayor sobre la calle Sarandí, donde la Galería Ramallo pasó a ser bien conocida. Su gracia natural, el don de gentes, el buen humor, su conversación atrapante le hacían ganar amigos fácilmente. Estando él mismo en el círculo de quienes podían no sólo pagar sino apreciar el arte, se encontraba permanentemente rodeado de gente pudiente. Acabó por conocerlo todo el mundo; era imposible no apreciarlo a los diez minutos de estar con él. No obstante, con los años se fue quedando solo. Siguió siendo el hombre sociable de siempre, amable, de buen humor, conversador ameno. Pero los viejos amigos habían ido desapareciendo de su vida; las nuevas personas que conocía incesantemente lo dejaban indiferente. Había pasado la edad de formar amistades, de generar recuerdos. Ya había tenido su parte. No le era posible, ni necesario, tener más.

Silvana lo arrastró del brazo por las calles de la Ciudad Vieja hasta Morini. Era temprano, había mesa libre del lado de la rambla. Lo hizo elegir el vino, lo distrajo con noticias del momento, comidillas burlonas en las que él se enganchaba fácilmente. Pero ya no estaba ahí. Así como la caracola de su infancia encerraba en un puño todo el mar del que venía, así la vida entera de Ludovico Ramallo se apretaba en torno a él como un sobretodo cruzado. El tiempo era sólo una ilusión. Ya no tenía obligaciones: no haría más exposiciones, no entrevistaría pintores, no atendería periodistas, no revisaría cuadros. El resto de su vida sería una larga tarde en el salón del Club de Yates, tomando el té en su mesa reservada, en su traje impecable de sastre italiano, ceñido el cuello en seda natural, acompañado de sombras, inalcanzable, oyendo el ruido del mar apagado como en una caracola, perdida la mirada en el cielo erizado de mástiles del puertito del Buceo, donde han estado volando las gaviotas desde tanto, tanto tiempo atrás, que no había mástiles, ni yates, ni salón de té, ni Lulo Ramallo, ni tú, ni yo.

El olvido: matrimonio y final.

Silvana. Octubre, 1991.

Ella lo vio primero. Venía caminando por la Plaza Libertad, mirando distraído los puestos de libros usados, enfundado en una campera de cuero bien cortada, pantalón vaquero, zapatones negros de trabajo, la piel de la cara curtida por el sol o ajada por el viento de las grandes extensiones abiertas. Siempre había parecido más joven, pero ahora mostraba su edad, aún atractivo con el pelo rubio encanecido, las entradas pronunciadas, un aire apaisanado muy distinto del perfil ciudadano de sus años juveniles. Se le estrechó el corazón, pasándole por la cabeza la idea de cruzar Dieciocho de Julio al Sur, pero él ya la había visto.

Conversaron del trabajo, los padres, la impostura de las profesiones, la corrupción administrativa, la mentira universal. Estás quemado del sol, el trabajo al aire libre, antes no salías ni a la calle, así cambian las cosas. Estaba como ingeniero civil en Saceem, una empresa multinacional de grandes contratos; era director de obra, construía puentes, desagües, carreteras; se había acostumbrado al aire libre, ya no soportaba el encierro, venía poco a Montevideo, fue una suerte salir del Ministerio, era la anulación.

Nada personal. Se despidieron como viejos amigos, un encuentro casual, compañeros de facultad o de algún trabajo anterior, una relación sin razón ni consecuencias, una más de las tantas de la vida. No supo nada de él, si estaba casado, si vivía con alguien, si tenía hijos; ella no mencionó lo suyo, él no le preguntó, no intercambiaron direcciones ni teléfonos. Entendido; el futuro sería del azar, algún encuentro como éste, si no podía evitarse, una inclinación de cabeza si estuvieran acompañados, darse la mano si se cruzaban en una fiesta, una conspiración de superficialidad. Entendido el futuro, pero ¿dónde el pasado? Habían temblado de amor uno en brazos del otro, habían ahorrado en el Banco Hipotecario para la primera casa, habían dormido en la misma cama por años, ella conocía su tos alérgica matinal, la transpiración de sus pies, el champú anticaspa; él sabía de sus cremas depilatorias, las pesadillas nocturnas, los dolores menstruales. No habían habido hijos; la esterilidad del vientre de su tía llegaba hasta ella en algún gen. ¡Demasiada civilización! En los años fuertes el hombre y la mujer se casaban para siempre, atestiguados en compromiso por familiares y amigos, elevando los ojos a la altura, lo que unió Dios no lo separe el hombre. Ahora se encontraban ex esposos, conversaban como apenas conocidos, todo estaba bien, una separación adulta, incompatibilidad de caracteres, disolución y liquidación de la sociedad conyugal, apoyo del terapeuta, debe usted elegirse a sí misma, mantener en alto su autoestima. Dios estaba en su hora libre almorzando hamburguesas en Macdonald's.

Sentada sola en el Bar Lusitano tomando una taza de té pensaba me estoy volviendo vieja, me vienen a la cabeza las ideas de mi abuela. ¿Qué pensaría él? ¿Se le estrecharía el corazón como a ella? ¿Se le habría anudado la garganta al encuentro de una corbata olvidada, se le habrían escapado los recuerdos de las jaulas a rugir en la sala principal, habrá sentido el vacío de la ausencia, el vacío de estar con otra, el vacío de sentir la soledad última del alma?

- Los hombres olvidan fácilmente.

Longitudes viales, certificados de obra, tableros de puente, planos de hormigón, taquimetrías: eso ocuparía su cabeza. En algún anaquel del archivo, una mujer, una familia, una pausa en la ruta a devorar. En un hato de papeles viejos, el rótulo Silvana ennegrecido de hongos, los años con ella abreviados por la memoria. No habría en él ni un solo trazo de estos bosquejos melancólicos colgados como animales disecados, éste es el trilobites, aquél el tigre dientes de sable, también hay contemporáneos, todos aúllan en las noches de luna, la memoria de una mujer es la sala de un museo de Historia Natural.

Una atracción avasallante, medrosa de abandonos, salpicada de insomnios, atestiguada por alarmantes martilleos cardíacos, anegada de audacia frente al mundo, nos casamos ahora mismo aunque no tengamos nada, quiero estar contigo para siempre desde ya.

En pocos años se quedaron sin conversación. Hablaban cada uno de lo suyo, mecánicamente, sin interés. El había estudiado en el colegio alemán. Le surgió una beca de maestría, por un año. Propuso, con poco entusiasmo, irse juntos. Ella estaba a mitad de la carrera, no quería perder su chance, sus actividades propias, depender de él, exponerse a la xenofobia germana. Se escribieron de tarde en tarde cartas disecadas de cortesía, informes de viaje escritos sin convicción. Cuando él volvió Silvana estaba viviendo de nuevo en casa de sus padres. El divorcio era sólo un trámite a correr; el hilo se había roto mucho tiempo atrás.

Todo se había alejado a una distancia sideral. Era difícil rescatar hoy las razones de aquellos raptos, como es difícil imaginar el calor veraniego bajo una helada invernal. En medio de este paisaje desolado, recordó no obstante haber sido feliz. Vaya uno a saber por qué, pero sí, había sido feliz, en su casa, con su hombre, para siempre, porque claro, había sido para siempre. Siempre era para siempre. El último año se habían destrozado mutuamente en cruentas acusaciones de fuiste vos por tu culpa si me quisieras de verdad, estériles indagatorias donde la incomprensión ya no era el tema sino saber dónde se iba todo, identificar un error fatal, exhumar el cadáver pudriéndose ante sus narices, hallar al autor material de este asesinato, liberar al otro procesado sin prisión, reservar un boleto de segunda en el tren de esta noche cero treinta, mañana estaremos lejos, el día será claro, alguien esperará por nosotros en una estación desconocida, volveremos a empezar como si no hubiera historia. Aunque hoy se esfumara entre las brumas, aquel tiempo había existido, había sido realidad, ella había estado allí lo había vivido podía atestiguar, el mundo sólo era concebible si estaban juntos, uno de sus cuerpos aislado no podría sostenerse, el amor era una simbiosis vivo porque vivís, vivís porque yo vivo, la muerte de uno sería la muerte de los dos, un juego de todo o nada sin chance de perder, juntos somos sacramento solos sacrilegio. Recién cuando él se hubo ido por la beca había ella llorado en las noches solas de la cama grande, no era el final de su matrimonio, era el final del amor: toda su mentada fuerza se había agotado como una pila en la radio portátil, ggh-ggh-ggh por un rato después nada. Había perdido su virginidad, tan apreciada un siglo atrás, ridícula idea pero ahora le dolía, no la tenía ya para entregarla, era por una sola vez, hubiera sido formidable si todo no se hubiera ido al carajo, hubiera tenido un solo hombre en la vida pero ahora... basta, Silvanita, la nostalgia te está poniendo idiota.

Agustín.

Silvana. Octubre, 1992.

Agustín. No recordaba el apellido. Había sido un caballero, como no lo serían sus pocos intentos posteriores. Demasiado caballero en realidad. Le había hecho el amor con atenta seriedad, avanzando un poco, esperando por ella, volviendo a rescatarla cuando ella no lo seguía, pasos de exploración, de reconocimiento del terreno. Se había quedado luego acurrucada contra él, las piernas enredadas, un poco encima suyo como se abrazara de niña en torno de algún árbol, segura en la altura, fuera de la vista de los otros, soñando sin imágenes, recordando sin recuerdos, meciéndose en el agua fluyente del tiempo. Fue preciso levantarse sin besos ni caricias, tomar el café caliente sin azúcar, llena la habitación de ese aroma matinal, sol amable y hojas quietas.

- No puede ser.

- Ya lo sé.

- Yo no estoy sola, como vos.

- Sí, también lo sé.

Ninguno de los dos dijo más nada. El fue sensato demasiado pronto, ella hubiera apreciado la insistencia, ver sus ojos suplicantes, iracundos, desesperados, llenos de fuego, inundándola de palabras pidiendo, argumentando, exigiendo, ironizando, reclamando, pero no esa sensatez donde ella no podía retrucar, enojarse, buscar apartarlo de mil formas, construir una muralla de noes tras la cual protegerse, convencerse, asegurarse. El hubiera querido acaso insistir, avanzar, abrazarla de nuevo por la fuerza si fuera necesario, imponerse sobre ella logrando su aquiescencia, apartando una tras otra mil separaciones, desbrozando el campo de yuyales para dejar solamente las flores oscuras donde se habían encontrado. Ella estaba de hecho separada, el esposo largamente en el extranjero, viviendo en casa de sus padres otra vez, el matrimonio sostenido solamente por la debilidad de los papeles; él había sufrido varios desengaños, alguien debía empujarlo de nuevo como a los autos de carrera hasta arrancar el motor. El se mordió las ansias de atropellarla, ella no le incitó a derribar sus compromisos resecos; él fue sensato antes de tiempo, ella no se quiso explicar. Dejaron en algún lugar abandonado este embrión abortado, prisionero en una trabazón de agonías del pasado incapaces de morir ni de dar vida. Olvidemos entonces, porque ni tú ni yo estamos en disposición de encontrarnos.

La fórmula del amor.

Silvana. Noviembre, 1992.

- ¿La señora se va a quedar? ¿Le hago preparar algo de cena?

- Sí Adelaida, gracias. Me voy a quedar.

Esta vez no quería volver. Había venido ya muchas veces, se había quedado a dormir alguna noche, para supervisar las obras, hablar con el arquitecto de la empresa constructora, recorrer el campo con el Pony, hacer trámites en Colonia. Volvía a Montevideo en cuanto se liberaba, pero en la tarde de hoy le había ido invadiendo pereza de volver, de manejar las dos horas y media. Pensó en el cine, el teatro, las amigas variablemente casadas, divorciadas, emparejadas o solas con quienes compartía chismes, burlas e ironías en las horas libres de su vida sin pareja. No logró motivarse; quería permanecer allí, en los Altos de San Pedro, sin nada especial para hacer. El parque, sí, con sus fragancias, sus animalitos silvestres, los pájaros, el aire puro, los árboles alrededor como gigantes protectores. La gente, sí, con su calidez, la conversación tranquila, la falta de apuro, la vida se teje a mano con agujas un punto por vez, no se corre sobre el tiempo como por una autopista, conserve su derecha. En esta casona se le había hecho siempre más patente su soledad. Hoy, curiosamente, esa misma soledad la abrigaba como una bata, envolviéndola en la delicada armonía de un concierto para clave. Algo pasaba en su interior: fermentaban en futuro sus recuerdos como el zumo de las uvas Tannat en las viejas cubas de roble recién restauradas, en unos años habría vino etiquetado Alto del San Pedro. Le hubiera ayudado poder tocar el piano; no se había animado a pulsar ni una tecla por vergüenza, por temor de acentuar el parecido con su tía, una convicción ajena abrumadora por momentos. Sólo en la soledad podía hallarse una similitud, pero era un error, su tía no había estado nunca sola; Alberto la había acompañado antes de la muerte y después. En cambio ella, mirando para atrás, divisaba sobre el campo devastado los negros carbones de los rastrojos quemados.

Habían habido hombres después de Daniel, claro. No se rinde uno fácilmente, sale a batallar por el propio amor o el amor propio, necesito un hombre temblando por mí otra vez, alguna vez, aunque sólo sea para olvidar, para no sentirme despreciada, para darle de comer a la vanidad hambreada en Bangladesh. Pasada la convalescencia había podido relacionarse en forma más sana, aún sentirse enamorada un par de veces. Un año, a veces dos, luego una penosa extinción en medio de las dudas, cuando entra la cabeza a tallar el corazón ya no está. Los años habían aquietado las urgencias de su cuerpo, acostumbrándose a la soledad, nadando en la piscina de la Asociación de Bancarios dos veces por semana, Camacuá y Reconquista, sobre la rambla frente al Cubo del Sur. Había rechazado más de un pretendiente. La posesión de una fortuna la había puesto en guardia; algún imbécil se le había acercado con intención de "dar el braguetazo", casarse el hombre por interés; la expresión popular indignaba a Silvana hasta la ira. Ciro Aljanati, el corredor de Bolsa, habría podido enamorarse de ella; su familia era acaudalada, no precisaba más, la admiraba de verdad. Nunca llegó a decirle nada; le fue evidente la indiferencia de Silvana. Cuando finalmente Ciro se casó, dignamente enamorado y correspondido, Silvana se alegró sinceramente. Sin haber cambiado una palabra en el terreno personal, tenía con él una deuda de gratitud: le había hecho objeto de su admiración como persona, sin atención a su situación. La hubiera cortejado igual si ella no hubiera tenido nada: había desposado una atractiva chelista de la Sinfónica del SODRE, hija tercera de una modesta familia de músicos.

Llevaba más de un año sin hombre alguno: ya sabemos qué hay allí, no es preciso probar más. La desilusión aparece aún en el entorno de una modesta expectativa; la repetición desarrolla la capacidad de anticipación. Apreciamos de antemano la profundidad de los abismos infranqueables, la extensión de los vacíos posteriores, cuáles rasgos se nos harán insoportables más allá de la paciencia. Todos hemos crecido; ya no nos aguantamos.

Rossina y Alberto se habían conservado intactos, cada uno a salvo del mundo en su caja original, embalados en plástico con burbujas para amortiguar los barquinazos del transporte. El día del encuentro estaban los dos nuevos, envueltos para regalo como salidos de la tienda. No bastaba. Con Daniel se habían conocido jóvenes, el material era maleable, hubiera bastado apretarse fuertemente; cuando la plasticidad cediera las formas habrían encajado como nacidas. Ahora, ¿cómo hacer? Una argamasa de tolerancia debería unir piedras dispares en una pieza única de dudosa solidez.

¿Cuál era la fórmula del amor eterno? ¿Cómo habrían hecho sus tíos para descubrirla? Habían estado juntos un suficiente número de años como para alumbrar problemas. Una infidelidad, una pelea, una traición, un malentendido, habían sido para esta Pareja Real demonios impotentes sojuzgados en las mazmorras de su fortaleza inexpugnable, figuras de historieta apresadas en papel. Las basuras de la vida cotidiana se abrían a su paso como las aguas ante los fieles, venite ad me. Nunca un engaño, nunca otro hombre ni otra mujer, nunca la inquietud socavante, el deseo espurio, el ansia de aventura, la disconformidad, el hastío. En esta casa no había una sola cucaracha, las lacras de la convivencia no habían entrado jamás, las arañas tejían telas con diseños de Chanel. Rossina y Alberto habían encontrado, en la alquimia misteriosa del lecho conyugal, la única piedra filosofal digna de existir. La vida de sus tíos había sido una tarde como ésta teniéndose en los brazos, besándose tantas veces, él la quiso y ella también le quiso, Pablo; hallaron los dos en el preciado bien centro y reposo, Lope; por toda la eternidad, bajo los árboles donde yacen ambos enterrados, acá en los Altos de San Pedro. ¿Afinidad personal, temperamento apacible, conformismo, suerte? ¿Milagro? Como en los rigurosos teoremas del profesor Noam, para derrumbar una tesis general basta un caso particular: Rossina y Alberto, quod erat demostrandum, es posible el amor.

Infortunios del matrimonio.

Alberto. Abril, 1950.

Su vida sexual había sido más bien apagada. Rossina había llegado virgen al matrimonio, como había llegado virgen al amor. Sus pasiones habían sido ideales, consagradas a un hombre incorpóreo nacido de poemas. Ocasionalmente encarnado en un ser tangible, a los pocos días, un gesto infeliz, una palabra demasiado ríspida, o demasiado melosa, una prenda de vestir mal combinada, un detalle impredecible cortaba el hechizo, el ideal se desprendía, el cuerpo quedaba en tierra, Rossina volvía a ser un hada intemporal. Alberto se había deslizado en su vida sin hacer sonar ninguna campanilla; su porte convencional no alentaba los espacios celestiales ni las profundidades del abismo, ninguna pasión podía despertar un hombre envuelto en la corrección como en la fragancia de su perfume. Cuando se descubrió ensoñada en los rasgos de su rostro, susurrándose a sí misma nimias palabras en francés, imaginándose oír "Rossina" en su voz italianada, reviviendo el apoyo de su brazo al atravesar la puerta del teatro, era ya casa tomada. Una tarde de paseo por el Rosedal del Prado, viendo bañarse los gorriones en un charco, él le abrazó apenas la cintura. Rieron viendo los pájaros salpicar con furiosos aleteos. Rodearon juntos el charco. Retomaron la conversación, las voces trémulas casi susurradas. Los gorriones volaron a sus árboles, los paseantes se volvieron recortes de cartón, la tarde se escapó del tiempo. En un beso fugaz, el hada se volvió mujer.

Sus primeros acercamientos físicos fueron torpes, desesperados, incompletos. La noche de bodas, ella se entregó como se debía entregar; él la recibió como la debía recibir. Los siguientes encuentros no fueron mejores. La exaltación de tenerse el uno al otro los embargaba. Más allá de la caballerosidad, de la comprensión, del respeto visibles en el Alberto social, bullía en él un hombre de intensa virilidad. En sus acercamientos paulatinos, fue enfrentándose cada vez más con la falta de respuesta de Rossina. Ella trataba de distenderse, de entregarse en su complacencia, de participar con él en una comunión siempre esquiva; él la tomaba con fogosidad contenida, una pasión a medias, el amor por encima del cuerpo. Aguardó inútilmente por ella durante años. Luego acabó por resignarse.

No se le ocurrió nunca pensar en otra mujer. Amaba a Rossina sin dudas ni reservas, fieramente y en secreto. Aceptó las limitaciones de su relación con humildad religiosa. Las consumaciones fragmentarias, la ausencia de lo físico en ella, la soledad de los cuerpos, no alcanzaban a empañar la compañía espiritual. Todos los días hallaba motivos para sorprenderse de su entendimiento mutuo, la coincidencia de sus temperamentos, el fluído intercambio de ideas, las preferencias increíblemente compartidas. La vida rara vez regalaba tanto; era soberbio añorar más.

Rossina se sentía incapaz de brindarse como aún ella hubiera querido. No sabía cómo enfrentar la situación. Lo retenía en sus avances intentando apaciguar su ardor, la vehemencia de su aproximación. La asustaba, le producía rechazo el Alberto instintivo, tan diferente del social, como si hubiera descubierto en él una desagradable animalidad capaz de atropellarla, de hacerle sentir vergüenza por él, lástima de sí misma; era una desilusión, un desmerecimiento para la vida, personas de la valía de Alberto condenadas al tributo de vileza exigido por una naturaleza baja. Buscaba acaso ganar tiempo, alentando la esperanza del agotamiento de su fogosidad, la disolución de su animalidad ante su pasiva calma. Anhelaba la extinción de estos momentos desagradables, empaño de su felicidad.

Nunca se dijeron nada. En los peores momentos, siempre tuvieron el uno para el otro una sonrisa triste, una forma de pedirse perdón. El silencio les permitió creer a cada uno lo que quiso. Ella lo creyó disculparse por su brutalidad, él la creyó disculparse por su incapacidad. Se reponían de sus encuentros sexuales reencontrándose en la conversación, durante las comidas, en los viajes, como nos reponemos de los malos momentos de la vida cubriéndonos de olvido.

Tal como Rossina había de algún modo barruntado, sus contactos menguaron. El la solicitaba cada vez menos, en esporádicas invitaciones apenas esbozadas. Su continencia fue un alivio para ella, pero un tiempo después era nuevamente presa de la inquietud. Aún sin ganas, deseaba ser reclamada: una mujer debía atender a su hombre. Trataba de responder, en su forma chueca de entregarse, a la primera manifestación de su deseo. Transcurridos algunos años de de matrimonio, la situación alcanzó un insulso equilibrio.

Las carencias de su vida sexual, con la ayuda del tiempo, fueron corroyendo su armonía. Demasiado educados para indisponerse entre sí, conscientes de haberse casado una vez para siempre, seguros de la imposibilidad de hallar nada mejor fuera de ellos mismos, se encerraron cada uno en lo suyo: él en su trabajo, ella en los Altos del San Pedro. Alberto, vocacional de su profesión, se fue dejando absorber cada vez más por el desarrollo de su empresa. Rossina empezó a ocuparse de la tierra, los hijos de los caseros y arrendatarios, la producción agropecuaria.

La carencia de hijos fue otra de sus desdichas. Para Alberto, como para todo italiano, la descendencia era algo sagrado, como lo eran su matrimonio y su mujer. Rossina quería complacerlo. Sentía el deseo ardiente de tener un hijo suyo. Percibía este anhelo con inusitada fuerza: sentir a su hombre realizarse en ella. Había consultado con su médico, había buscado las mejores fechas, llegando aún a inducirlo discretamente, sabiendo él de su intención.

No resultó. Nuevamente sin palabras, desviaron su anhelo hacia el trabajo. Alberto pasaba parte de su tiempo libre sumergido entre sus planos. Rossina se hallaba a gusto en la casa. No deseaba buscar entretenimiento en las amigas, las salidas, las actividades sociales. Empezó a irse para San Pedro los miércoles o jueves. El se le reunía los sábados para un almuerzo tardío, finalizada la semana laboral en la empresa. Rossina entró en contacto con el medio rural buscando la explotación de las tierras de San Pedro. Conciente de su ignorancia en materia de negocios, comenzó por conversar con todo el mundo, escuchando, leyendo, preguntando, evaluando, volviendo a preguntar. Luego consultaba con Alberto, quien la apoyó sinceramente: era vital para ella, como para él, tener una ocupación concreta, algo tangible donde pudiera ver los resultados de su acción. Así comenzaron a manejar el campo con la tranquilidad de quien no vive de él, combinando un régimen de producción propia y arrendamiento parcial, tomándose el tiempo de elegir gente buena, trabajadora, amante de la tierra. El trato amable, la firmeza del manejo, el asesoramiento técnico, los amigos productores, les permitieron con el tiempo lograr ingresos sustanciales, reinvertidos totalmente en mejoras y ampliaciones.

Llevaban cinco años de matrimonio cuando Alberto decidió hacer un viaje de negocios. Quería hacer cursos de especialización, conocer la industria liviana moderna, negociar licencias de fabricación, obtener representaciones. Pasaría primero por Estados Unidos, donde recorrería varias ciudades, pero lo central de su viaje sería una pasantía en Montreal, en una metalúrgica de italianos conocidos de su familia.

El la invitó a acompañarlo. Pasaría varios meses en Montreal estudiando las técnicas de producción de bombas para agua, estaba pensando en fabricarlas acá, la extrañaría mucho. Ella prefirió quedarse, quería atender el campo, se encontraría bien, también lo extrañaría mucho. Acordaron escribirse con frecuencia, mantener su hilo conductor por encima de los veinte o treinta días de demora en cada carta, no esperar contestación antes de volver a escribir, intentar por la persistencia burlar la ineficiencia del correo, la tiranía de la distancia.

Alberto vio desaparecer la figura de Rossina sobre el muelle, una más en la multitud. Se movió para la proa. La brisa marina le dio en la cara. Las gaviotas se revolvían sobre las aguas oscuras de la bahía. Bajo sus pies, las vibración de las máquinas se hacía perceptible al desprenderse el buque de sus remolcadores. La proa enfiló lentamente hacia la brecha enmarcada por los faros de las escolleras Oeste y Sarandí. Minutos después, libre del abrazo del puerto, las máquinas hicieron sentir su empuje, levantando nubes de espuma al abatir el casco el flanco de las olas. El aire salino del estuario llenaba a raudales los pulmones del viajero. La costa quedaba atrás.

En brazos de Madeleine.

Alberto. Mayo, 1950.

Se escribieron como si conversaran. Eran cartas largas, solapadamente cariñosas, donde mezclaban hechos triviales, reflexiones, confesiones tímidas de soledad, reafirmaciones de amor disimuladas en relatos de trivialidades: ayer estuve sentada en tu sillón mirando láminas de las pinturas de Matisse, sobre el Montreal industrial una humareda recordaba el soporte de hierro de los faroles del jardín, este año no había tantos jazmines como el anterior, Montreal era una ciudad demasiado fría para estar sin ella.

Recién llegado, hubo de ocuparse en definir su trabajo en la empresa, conseguir alojamiento, atender compromisos sociales con sus anfitriones. Sólo en la noche, cuando le escribía o repasaba su trabajo del día, la recordaba. Una vez establecido, inmerso en la rutina diaria, con más tiempo libre, empezó a extrañar. La sensación de ligereza experimentada durante el viaje se fue apagando lentamente, cediendo paso a una añoranza tenue asociada a su escritorio en la casa de Montevideo, al parque salvaje de los Altos del San Pedro, al tacto sedoso de los camisones de Rossina cuando la abrazaba en las mañanas. Superada la novedad, era sólo un extranjero más en un país de extranjeros. Hablaba perfectamente el francés, estaba vinculado a grupos de italianos, era bien recibido en todas las casas. No obstante, se mantuvo aislado sin pretenderlo. Había viajado extensamente, había residido en el extranjero por largas temporadas, la ingeniería había llenado sus horas siempre escasas, no le había quedado tiempo de extrañar. En el pasado no había tenido muchos motivos de añoranza; la casa paterna era una residencia más, había estado solo desde muy joven, la diferencia más visible entre países era si había guerra o no. Ahora, algo mayor, seguro de sí mismo en la profesión, capaz de cumplir con el trabajo en menos tiempo, se descubría al final de la jornada evocando con nostalgia objetos y lugares de su vida cotidiana en Montevideo. Las novedades tecnológicas, las formas organizativas, la maquinaria moderna, las posibilidades de mejorar su empresa lo distraían sin absorberlo. Consideraba su experiencia invalorable. Sin embargo, unos años atrás todo esto lo habría capturado por completo, en un olvido total de su hogar, de sus cosas, de sí mismo. Había sufrido un proceso de sensibilización interior cuyas manifestaciones exteriores intentaría, pudorosamente, ocultar. Los fines de semana evitaba trabajar dando largos paseos por la ciudad.

Madeleine le había allanado muchas dificultades. Designada por las autoridades de la empresa para asistirle en su instalación, distraía algunas horas de su trabajo para acompañarlo. Inmigrante ella misma, sabía proporcionar al recién llegado el apoyo necesario. Le ayudó a conseguir apartamento; le indicó los mejores lugares para aprovisionarse, para vestirse, para comer; le enseñó las zonas más destacables de la ciudad, le indicó las librerías técnicas, le habilitó contactos profesionales. Dos semanas después, cuando Alberto ya se movía por su cuenta, retomó sus tareas habituales, dejando de verse. Tiempo después coincidieron a la hora de salida. Alberto, preguntándole si no la comprometía, la invitó informalmente a cenar, en parte como reconocimiento por su ayuda, pero también porque le agradaba su compañía. A la semana siguiente ella quiso corresponderle, invitándole a su casa. Era del sur de Francia, le gustaba la cocina, motivada por un invitado, volvería a preparar alguno de los platos típicos de su región.

Madeleine estaba sola. Ella y Pierre habían salido de Francia antes de la guerra. Habían hecho carrera juntos, habían trabajado, se habían querido, se habían ayudado. Como pasa tantas veces, cuando las dificultades exteriores parecían superadas, comenzaron a tener diferencias entre ellos. Meses atrás, Pierre se había ido a Estados Unidos con una canadiense. Madeleine era auxiliar contable, tenía aptitud para las relaciones humanas, estaba bien conceptuada, tenía un buen sueldo. Podía valerse holgadamente por sí. Pero amaba a Pierre, lo amaba entrañablemente. No se explicaba su actitud. Rastrillaba en su cabeza buscando un error fatal, una imprudencia imperdonable, un retaceo egoísta, qué podría darle otra mujer, si ella ya le había dado todo. En su entrega, este abandono la humillaba a más no poder. Presa de la desazón, se creía capaz de echarse en brazos de cualquiera, en un impulso salvaje de sentirse usada, poseída, avasallada, el más mezquino amor la haría temblar de gratitud.

Mordió su pena, noche tras noche, en soledad. No conseguía olvidar a Pierre. No quería olvidar a Pierre. El se daría cuenta de su error, una vez agotada la aventura. Pasaría esta ola de insanía, no sería necesario ningún perdón, habrían visto cuánto se extrañaban, la torpeza de no estar juntos. El mundo volvería a estar en orden.

Ocuparse de Alberto la había distraído; aún por obligación de trabajo, era un hombre, la necesitaba, le estaba agradecido, la invitó a cenar, se interesaba por ella, ni un mínimo gesto de insinuación. El le habló de su mujer, de su empresa, de sus viajes; ella le contó de Pierre, de su infancia francesa, de la emigración. Alberto cayó sobre ella como una catarata. Ella lo recibió con la sed de un desierto de arena. Remordimientos, promesas interiores, esperas, sensatos pensamientos fueron arrastrados como plumas en el viento. Se habían estado esperando desde siempre. La naturaleza se abrió camino en ellos con violencia acumulada, un ciclón ancestral donde ansiosamente se cegaron.

A ella le sorprendió el ardor de él, tan bien oculto, tan férreamente dominado. A él le sorprendió hallar en ella una entrega tan total, una confianza tan plena. En el severo colegio había sonado la campana del recreo, era la Fiesta de los Locos, un momento de irresponsabilidad, una merecida, necesaria convalescencia. Ambos sabían del principio y del fin, se había abierto un paréntesis, en algún momento se habría de cerrar, era preciso abreviar etapas, exprimir el tiempo. La exaltación de lo efímero los lanzaba uno sobre el otro con arrebato, ansiosos de solazarse en el milagro, sedientos de un placer en fuga.

En un giro del caleidoscopio, se forma una figura irrepetible. Permanece allí, fija por un tiempo, abrillantada de colores parecidos al amor. Cuando el cilindro gira otra vez, una nueva figura irrepetible tapa ésta, perdida para siempre en la bolsa del pasado. La memoria, hurgador esforzado, rescatará en nuestro nombre algo siempre pálido de más, virado al sepia de la nostalgia, allí estuvimos, eso fuimos nosotros. Guardaremos cada uno la misma foto en distintos álbumes, las vidas se entrelazan como un plato de espagueti. ¿Dónde, dónde, dónde van los recuerdos? No importa, hoy estamos juntos, la vida ha tocado a la puerta, trae un paquete de regalo, le cuelga una tarjeta con el nombre de los dos.

Entre el cuerpo y el espíritu.

Alberto. Agosto, 1950.

Madeleine se encontró en sus brazos sin saber cómo. Hubiera pensado en cualquier otro menos en él. Su seriedad, su corrección, su cortesía distante, la habían engañado. No podía saber cual habría sido su actitud de haberse percatado de sus intenciones. El había actuado con una determinación avasallante; cuando ella logró pensar, ya era suya. Su proximidad le dio una sensación de seguridad como no había sentido desde niña, cuando se abrazaba a las piernas de su abuelo sentada sobre la alfombra sintiendo el olor a humo del brasero. Alberto le despertaba una confianza ciega: no la degradaría, no pensaría mal de ella, serían los dos iguales. Tenía alguien para atender, se sentía protegida, un hombre esperaba por ella. Volvía a ser mujer.

Se iría, sí. Ella sufriría, claro, ¿cómo no lamentar una pérdida así? Pero mientras hubieran estado juntos se habrían entregado el uno al otro generosamente, otorgándose el disfrute de los cuerpos, distrayéndose de la soledad, cuidándose mutuamente, dejándose entrever un atisbo de las almas. Se separarían porque debían continuar su camino, pero no era un nuevo camino, sino el camino por donde cada uno ya venía. No sería abandonarse, dejarse solos en la vida, de repente y porque sí. Al menos por una vez, no habrían promesas rotas.

Mientras Madeleine se abandonaba a sus sentimientos sin pensar, Alberto se debatía entre dilemas. ¿Qué le había pasado? ¿Cómo había llegado a esto? Siempre había sentido a Rossina como su única mujer. Aún lo sentía así. ¿Qué estaba haciendo entonces con Madeleine? Debería detener cuanto antes lo que nunca debió empezar. Pero no lo haría. No se privaría de Madeleine. Se solazaría en ella hasta el último instante de su permanencia en Canadá. Era inconcebible: no lograba sentirse emocionalmente culpable, el remordimiento no lo corroía; la aventura lo inundaba de felicidad. El adulterio era una bajeza moral, un pecado religioso. Se acusaba incesantemente con el pensamiento: estaba faltando a Rossina de modo imperdonable, sirviéndose de la distancia para traicionarla. Era la última cobardía. ¿Qué pasaría si ella se enteraba? No; no lo sabría nunca, no se lo diría jamás. Mantendría él sólo su secreto, responsable ante Dios. Agregaba entonces la mentira a la bolsa de su culpa. Una culpa intelectual; no lograba sentirse culpable de verdad.

Se veía a sí mismo inmaduro, actuando como un adolescente con potestades de adulto, cometiendo disparates, arriesgando valores sagrados por placeres mundanos. ¿Cómo le era posible estar allí, tan tranquilo, escribiendo a Rossina con tal sinceridad? La recordaba con intenso cariño, estaba seguro de tener en ella el amor de su vida. Sin embargo, tan sólo unas horas antes había estado haciendo el amor impetuosamente con otra mujer, con tal intensidad como nunca lo había hecho con Rossina. Estaba en otro mundo, vivía una vida paralela, dos compartimentos estancos, no se comunicarían jamás. No sería necesario volver a Rossina: nunca la había dejado. Cuando estuviera de regreso en Uruguay esto no habría existido.

¿Y Madeleine? Le había entregado su cuerpo sin reservas. Esa actitud de entrega de la mujer hacia el hombre, para él embriagadora, resultaba serlo también para ella. Habían atravesado capas seculares de civilización para reencontrar sus instintos. No era la torpeza brutal de la violación, sino la recuperación de una sana animalidad. La especie evolucionada revivía sus instintos lúdicamente, en una mutua concesión, olvidada temporalmente de la igualdad legal de los sexos para consagrar, por un momento, el dominio del macho sobre la hembra. La conciencia de esta posesión atávica los hechizaba.

No sabía definir sus sentimientos hacia ella. Se negaba a pensar en la palabra amor. No se podía querer a dos mujeres. ¿O sí? Acaso existieran canales paralelos para el amor, como esas tuberías de distintos colores extendiéndose juntas por pilares, vigas y pórticos de las plantas industriales, llevando fluidos diferentes hacia destinos perdidos en la complejidad de las instalaciones.

- Si no existiera Rossina, me quedaría con Madeleine.

¡Era horrendo! ¿Qué tenía en su interior? ¿Cómo era posible estar eligiendo de ese modo, como si estuviera comprando un dentífrico en la farmacia? No era un impostor, no estaba fingiendo. Así sentía. No sería capaz de contarlo ni en confesión. Era un pecador de la peor especie. Rogaba a Dios por su alma perdida.

Postergó su partida por un mes, luego otro. Se le había hecho más patente aún: Madeleine no era una aventura. El dolor de la separación inminente le horadaba el alma con mil agujas. Se iría, de todas formas. Se debía a Rossina por amor, por obligación moral, por matrimonio, por religión. No dejaba a Madeleine por Rossina en la sabia elección de lo eterno espiritual frente a lo efímero carnal. Todo se había mezclado en su alma alborotada. Sus sentimientos se revolvían barbotando en uno de los tantos calderos del Infierno. Volvía, dejaba Canadá por mera convicción, por disciplina, hacer otra cosa lo precipitaría en el desprecio de sí mismo, no podría seguir viviendo. Una situación fortuita lo había apartado del camino correcto, la excepción tocaba a su fin. Se cerraba el paréntesis. Había vivido por una vez la Fiesta de los Locos, ahora terminaba el Carnaval. Era Miércoles de Ceniza.

Ingenuidad medieval creer a Madeleine obra del Infierno. Si el Diablo era tan rebuscado, también Rossina podía ser obra del Infierno, o él mismo: no lograr hallar el mal era el pecado mayor. Muchas veces había cuestionado en su interior los dichos de la Iglesia. Ahora estaba convencido: los curas no entendían nada. ¿Cómo podían? El mismo había aprendido, tardíamente, cosas gruesas de la vida recién ahora, con total irreverencia, entre los muslos de Madeleine. ¿Dónde podía haber encontrado tal conocimiento sino ahí? Inútiles tratados, inútiles sermones, inútiles reglas. Una ambivalencia esencial lo permeaba todo. El mundo, el ser, eran demasiado enigmáticos para el hombre, un acto de arrogancia pretender comprender. Ante tales pérdidas, ¿qué podía importar comprender? Rezaría a Dios por su alma en una plegaria virgen. No imploraría perdón. No rogaría clemencia.

El loco Falcón.

Silvana. Junio, 1993.

- Como ya estaba todo limpio, ayer destapé el piano. Se conservó muy bien. ¿Usted también toca el piano?

- No. Estudié unos años de chica, pero ahora no toco más.

- ¡Qué lástima! ¡La señora tocaba tan bien! Al principio no, extrañaba al señor Alberto. Después empezó de nuevo. Si uno no se resigna no puede seguir viviendo. Tocaba siempre de mañana, nunca de tarde, vaya a saber por qué. Yo misma lo envolví cuando la vieja señora falleció.

- Está muy bien, Adelaida. Un buen trabajo. La sala está irreconocible.

- Igualita, como cuando estaba la vieja señora. No me acuerdo muy bien donde iban las dos sillitas tapizadas con la mesita; a la derecha de la ventana, me parece. Yo era una gurisa, Eufrasia era la casera.

- ¡Eufrasia! ¿Vive?

- No, señora, murió hará unos dos o tres años. Los hijos la llevaron a Montevideo; ella no quería ir. Si se hubiera quedado acá, quién sabe, todavía estaría con nosotros.

- ...

- Esta semana haremos el despacho del señor Alberto. Su tía dejó todo como estaba, nunca quiso tocar nada. El escritorio está cerrado, la llave la tiene usted en ese manojo enorme, pero no me pregunte cuál es.

- Ya identifiqué algunas, las fui separando en varios llaveros. Sírvase, éstas son todas las de la casa. Guárdelas. Ahora la casera es usted.

- Gracias, señora. Muchas gracias.

- En los portones de la entrada van a poner una cerradura nueva, Justo Arbeleche viene mañana, le dejará dos juegos, uno se queda usted, el otro lo guarda para mí. También va a cambiar las cerraduras en las otras entradas al parque.

- Como quiera la señora, pero acá nunca entró nadie. Ni a la casa ni al parque.

- En todos estos años...

- No, le juro que no. Acá no viene nadie. Ni gurises a cazar pájaros, ni mujeres a buscar yuyos, ni hombres a pescar, ni ladrones porque no hay. Nadie. La gente tiene miedo.

- ¿Miedo?

- A los espíritus. Por ahí anda correteando todavía el fantasma del loco Falcón.

- Pavadas.

- Como quiera, señora, pero acá muchos lo han visto. De noche, cuando hay tormenta, anda siempre por ahí entre los árboles, merodeando la casa con su esqueleto; cuando hay viento, se le escucha la risotada clarito como cuando estaba vivo. También de día, a pleno sol, pasan cosas raras, chillan los árboles, crujen las piedras, todas las estatuas esas tiene la voz de él. Al parque nadie se quiere ni acercar. Desde que los milicos lo cerraron, no entró nadie, ni siquiera de día. La gente no quiere contagiarse la locura.

- ¿Contagiarse la locura?

- La del loco Falcón. Estaba loco; además de borracho era loco. Yo le tenía un miedo bárbaro. Lo ví un par de veces, de lejos; parecía el Diablo.

- No sería para tanto; la locura no es contagiosa.

- Por las dudas. Más vale prevenir.

- ¿Y yo, entonces? ¿Cuántos meses hace que vengo por acá? Ahora, con la casa arreglada, también me quedo a dormir, alguna vez. No me ha pasado nada malo.

- Es distinto. Usted es la dueña, la heredera de la vieja señora, tiene todos sus derechos, manda como mandaba ella. Desde que usted llegó, nadie lo ha vuelto a ver. Por eso la gente la quiere por acá. Usted mandó al loco Falcón a la tumba otra vez.

Investiguemos.

La investigación. Julio, 1993.

- ...hay unas esculturas...

- ¿Sí?

- De un tal Falcone, Marco Antonio Falcone.

- No lo conozco.

- Durante un tiempo trabajó en Montevideo, hace más de veinte años. Tuvo un tallercito en Pocitos. Hacía tallas en piedra, no muy grandes; las vendía en la rambla. También hizo bajorrelieves en las entradas de los edificios.

- ...

- Firmaba los trabajos como Marc Antoine. Al principio.

- Firmar en francés debe ser una ayuda, sobre todo en Pocitos. ¿Al principio? ¿Y después? ¿Cambió la firma?

- Después dejó de firmar.

- ¿...?

- Hizo las esculturas de San Pedro. Está todavía cubierto de vegetación.

- Nunca oí nada de él. ¿Qué pasó? ¿Vive?

- No; murió hace años.

- ¿Las estatuas qué tal son? ¿Llegaste a ver algo?

- Saqué unas fotos; todavía no las revelaron. Está todo muy abandonado. Hace unos meses empecé con la restauración de la casa; estaba bien conservada, pero estuvo cerrada muchos años. Tiene un parque cercado, enorme; la vegetación lo invadió de manera increíble. Lo empezamos a destapar y, bueno... aparecieron esas estatuas. Me impresionaron, pero no sé, en ese lugar... yo iba mucho de chica. Después mi tía se recluyó ahí, yo tenía la facultad, la galería... dejamos de vernos. Los vecinos me hablaron de un hombre, un escultor, en la Villa del San Pedro, un pueblito cercano. No sé cómo habrá ido a dar ahí, desde Pocitos. Según dicen mi tía le dio un lugar para vivir, dentro de la propiedad. Esculpió estas estatuas. No sé qué significación habrán tenido para mi tía, si tuvieron alguna, pero están en el jardín de su casa. No sé si ella las mandó construir, si sólo las hizo poner ahí, o si las pusieron después.

- ...

- No sé por qué, pero tengo una necesidad interior de resolver esto, de saber algo de mi tía en esos años, cómo vivió en esa soledad, por qué mandó hacer esas estatuas. Mi tía fue como un modelo para mí.

- ...

- No sé si las estatuas tendrán algún valor, pero me gustaría saber algo de la vida de Falcone. Si se pudiera hacer una buena promoción... en escultura hay muy poca cosa. ¿No podrías ver de averiguar algo, de investigar un poco?

- Bueno, no sé. Si las esculturas no son gran cosa... de repente no vale la pena.

- No tengo a nadie de confianza para esto. No sé si hay valor artístico en las esculturas; quizás no lo haya, por eso preciso un juicio objetivo, profesional. No te estoy ofreciendo ninguna gran oportunidad como crítico ni como investigador, lo sé bien. Te estoy pidiendo un favor. Me mueve un interés personal, como te dije. Una tontería sentimental, si querés.

- ¡Yo no dije eso!

- Pero puede ser. Mi tía quedó muy mal después de la muerte de Alberto; lo quería mucho, se llevaban bien, eran, aunque pueda sonar ridículo, una pareja ideal. Compró la galería como pretexto para vivir, creo yo. Al principio se negó a volver a San Pedro; no lo soportaría, Alberto había querido morir ahí. Sin embargo, un tiempo después empezó a ir, a quedarse cada vez más. Estaba poco en Montevideo, me hizo mudar para su casa cuando desapareció Gerardo; recién había comprado el apartamento. Después se recluyó totalmente; hablábamos por teléfono. Ramallo se entendía con la galería; me hacía participar en todo para aprender. Bueno, ya me metí en temas personales; perdoname.

- Está bien. Todos tenemos nuestras cosas.

- ¿Me vas a ayudar?

- Sí, claro. Te las arreglás para que no pueda decir que no.

- ¿Tenés trabajo?

- Algo tengo.

- Pasame bien las horas; la última vez me cobraste de menos.

- Te pasé las horas que trabajé.

- Bueno, no discutamos eso ahora. Tomá la carpeta. Ahí tengo los datos que pude conseguir, direcciones de los edificios donde hizo bajorrelieves, unos teléfonos que no sé si existirán, artículos de diario de la época de Pocitos. Después no tengo más nada. Carballo tiene un cheque para vos.

- ¡No necesito...!

- Es un trabajo, Fernando. Pago más por cosas que me importan menos. Esto es un tema personal, ya te dije. ¡No me hagas sentir mal!

Remodelación de la galería.

Fernando. Julio, 1993.

Una vez más había tomado un compromiso sin pensar. No se había recibido, no estaba más en el diario, el trabajo en el taller era irregular. Silvana conocía su situación. Acaso le estuviera buscando esas tareas como forma de ayudarlo, por haber sido amigo de su hermano, por ofrecerle un mejor destino a su vida errática. Estos pensamientos lo incomodaban. Silvana tenía su carrera, era dueña de la galería, la conocía todo el mundo, había logrado recuperar las propiedades de su tía, estaba en buena posición.

Mientras había tratado con Lulo Ramallo no había sentido nada de esto. Por detrás de su trato afable, Lulo era exigente: había cosechado una enorme experiencia, era muy sólido en su apreciación del arte, no le gustaban las frases vacías. Había valorado la seriedad de Fernando para reunir información, el esfuerzo documental, la apertura de sus puntos de vista, su forma de centrar la atención en el tema olvidándose de los interlocutores. Fernando escribía bien, mejor de lo que él jamás había podido. Lo ayudó, lo orientó, le transmitió su experiencia, le indujo algo de la intuición que tan bien lo había guiado a él desde su inicio. A poco llegó a sentir, leyendo los trabajos, las huellas de sus propias manos modelando los conceptos. Lulo Ramallo, paseando por las calles de Montevideo encerrado en su invisible burbuja de pasado, se trascendía a sí mismo en una sensibilidad afín que, como muchas otras cosas, sólo él percibía.

Habían surgido así revisiones bibliográficas, actualizaciones de catálogos, notas biográficas, transcripciones de entrevistas, comentarios críticos. Algunos de estos artículos habían salido publicados en los diarios, con permiso de la galería. Fernando no dudaba de las motivaciones de Lulo: lo había contratado porque necesitaba alguien capaz de hacer las cosas no sólo bien, sino como él quería, un ayudante receptivo a sus demandas. Se decía a sí mismo es igual con Silvana, los dos manejan la galería, es natural seguir trabajando con alguien formado por el propio Lulo, intentar conservar un estilo documental sustentado por años.

No había caso; no lograba sentirse cómodo trabajando con Silvana. El año anterior, con el Varilla, habían hecho la remodelación completa de la galería. Se había buscado la dinámica del espacio: no había nada fijo. En unas pocas horas, las mamparas móviles creaban nuevas salas, demarcando recorridos hasta ahora inexistentes; por los rieles del techo deslizaban modernos artefactos capaces de hacer surgir la luz exacta desde el mejor ángulo, sin reflejos ni estridencias; las obras podían apoyarse o sostenerse en cualquier posición, enganchándose en rieles de las mamparas o del techo; una música suave, casi celestial, podía aparecer en cualquier punto; las innúmeras perillas de una sofisticada consola permitían crear sugestivos espacios audiovisuales. El depósito, antes a los fondos, estaba ahora en el sótano; la parte posterior había sido totalmente reconstruída, duplicando el espacio de exhibición. La vieja escalera de madera había sido restaurada con prolijidad renacentista por las propias manos del Varilla, emperrado en no ceder ni la lija. La parte superior, donde estaba el escritorio, la biblioteca, la salita de reuniones, sólo había requerido leves retoques, conservando el austero carácter del roble oscuro, las puertas vidriadas, los anaqueles poblados de libros, los muebles antiguos. Una iluminación de tragaluz atravesaba el jardín de invierno, velando el escritorio de pálidos colores florales. En el silencio de esa habitación, el tiempo se detenía.

Habían trabajado meses en el proyecto, previendo hasta los más esquivos detalles para minimizar el tiempo de ejecución. La reforma se había hecho a toda velocidad: Fernando, el Varilla y su gente habían trabajado doce horas por día sin sábados ni domingos para lograr cumplir el plazo previsto de cierre de la galería. Con este trabajo, Fernando ganó tanto como nunca en su vida. Como el trabajo lo había conseguido él, repartieron beneficios con el Varilla, vos encargate del presupuesto, el control de materiales, toda tu amada papelería, yo pongo la gente del taller, en lo demás vamos a medias. Poco acostumbrado a ganar dinero, Fernando quedó con la impresión de haber cobrado demasiado. El siguiente trabajo lo cobró menos de lo debido, a pesar de las protestas de Silvana.

Fernando tenía una idea cabal de sus méritos: escribía en un estilo claro, superando a varios críticos de nombradía en el medio; tenía buena disposición para la investigación, fundamentaba sólidamente, no desesperaba por emitir sus opiniones personales. No obstante, se perseguía con la idea de recibir encargos de Silvana más por amistad que por necesidad. No le tranquilizaba pensar en la escasa significación monetaria del cheque en su bolsillo, "pago más por cosas que me importan menos". Se había involucrado inadvertidamente en algo personal, acaso un sentimentalismo; no lo alentaba hacer dinero con la afectividad ajena. El tal Falcone bien podía ser uno más de esos patéticos artistas comercializados por él en sueltos para el diario, tristes escritos cuyo único objetivo posible era distraer la indiferencia de los cómodos lectores del semanario cultural. Construía estos relatos exprimiendo escuetos datos biográficos de pobres diablos empeñados en pintar chillones paisajes de postal suiza en la Plaza de los Bomberos, hacer mosaicos de Gardel pegando trozos de baldosas para baño en las paredes del club de bochas, escribir poemas de insólita sintaxis en las horas nocturnas de las barracas de lana, soldar enhiestos complejos de hierros automotores en pueblos perdidos del interior, esa escultura moderna de la rotonda la hizo Irginio Gurméndez, vecino de la zona. Lograba concitar un abúlico interés por estos insólitos artistas desenterrando vicisitudes de sus vidas olvidadas, revistiendo el relato de sensiblería, anécdotas falseadas, diálogos inventados, supuesto arraigo popular y otras mentiras, sin jamás emitir juicio sobre el valor de los objetos que este arte producía.

Ya no podía hacerlo. Había dejado varios pedidos sin cumplir. No quería volver a eso. Cuando terminaba de escribir, sentía los dedos pringosos, como si en lugar de operar sobre las teclas de la máquina hubiera estado revolviendo vísceras podridas de animales enfermos.

Cuando Silvana le pidió averiguar sobre Falcone llevaba mucho tiempo sin escribir. El trabajo con el Varilla, sus propias indecisiones, lo habían mantenido en la inactividad. El ansia de volver a la investigación debilitó seguramente su decisión de pensar antes de actuar. Silvana se lo había pedido como algo personal; aunque la tarea resultara poco estimulante, intentaría agotar sus posibilidades. Nunca se sabe.

Sobre Falcone.

La investigación. Agosto, 1993.

- Sí, me acuerdo, pero no lo traté casi.

- Era hijo de una familia acaudalada, eran todos doctores, gente de mucho copete, siempre mezclados con los estancieros, los barraqueros, los comerciantes. Estaban en la Bolsa, también. Tenían plata colocada en todos lados. Siempre sabían quién se fundía, quién se iba para arriba, y allá iban ellos. Eran de los que no pierden nunca. En ese clima no iba a conocer la pobreza, ni a concebir ideas progresistas. Estaba loco, no más. En esas familias siempre termina pasando eso con alguno.

- Durante la dictadura hizo trabajos en las comisarías, unos bajorrelieves de indios y gauchos, esas cosas que les gustan a los milicos. Después, cuando se le terminó, se tuvo que ir para afuera, no sé para dónde. Desapareció del mapa.

- Yo no sé. No lo conocí.

- Vivía pobremente, separado de su familia; nunca le dieron ninguna ayuda. La familia tenía plata, pero como él era así...

- No lo iba a encontrar en una manifestación por los derechos humanos, se lo aseguro. Estaba acomodado con los milicos.

- Era comunista. El partido le daba plata; si no, ¿de qué podía vivir? Sus esculturas no valían nada. Cuando estaba borracho hablaba de la libertad, de sacudirse las cadenas, de abolir la esclavitud, cosas de comunistas, haciéndose los buenos para engañar al pueblo. Como si en este país no hubiera libertad. En Rusia era donde no había libertad. ¿Qué hubiera hecho él en Rusia, a ver? Lo hubieran mandado a Siberia por borracho, pero acá el Partido le daba plata, porque él hablaba con todo el mundo, haciendo comunistas entre la gente ingenua.

- Su madre le pasaría plata a escondidas. Nunca le faltaban los pesos para emborracharse. Vivía así, en esos lugares de mala muerte porque quería, de puro animal, porque si se le hubiera antojado le sobraba para tener una casa decente, vestirse como la gente, en lugar de gastarse toda esa plata en whisky. Las piedras también le salían plata, pero cuando algo no le gustaba lo rompía así, como si nada.

- No, no me acuerdo de ningún Falcone. Con los años se conoce tanta gente... uno se olvida.

- Era un soplón de los milicos. Trabajaba para la policía. Se hacía el macanudo, sí, para sacar información. Los giles le contarían algo, pero a mí no me iba a sacar nada. Eso de las borracheras no sé si sería verdad.

- No, acá no. La casa estuvo cerrada mucho tiempo; vivían unas viejitas, murieron las dos, hubo mucho lío de sucesión. Nosotros compramos hace cinco... no, seis años. Estaba todo lleno de escombros, de piedras... sí, ahora que lo dice... tenían unas formas... no, las llevamos con los escombros, estaba todo hecho un desastre. Después hicimos el contrapiso de hormigón, la cochera y la piecita al fondo.

- ¿Trabajador? ¡Qué va! Trabajaba porque le daba la gana. Era un señorito, no estaba para trabajar.

- Era uno de esos hombres condenados. Yo ya tenía mis años en aquella época. Ya hacía mucho que sabía darme cuenta cuando alguien está condenado. Es como si lo llevara escrito acá, en el medio de la frente. Nunca iba a llegar a nada, aunque se deslomara arriba de esas piedras. Otro, con la mitad de lo que él hizo, ya sería famoso, saldría en televisión, podría hacer cualquier mamarracho y le pagarían millones. Pero él no. Es como yo le digo, así no más: estaba condenado y punto.

- Un poco loco, sí, pero no era malo. Tomaba mucho; eso lo liquidaba. Pero siempre tenía alguna ocurrencia, no se le veía nunca de mal humor.

- No puedo decirle; en realidad no lo conocí.

- Era demasiado loco, por eso no servía para nada. Lo íbamos a recoger en los bares, borracho, cuando nos llamaban; lo llevábamos hasta la casa. Era buen tipo, cuando estaba sobrio, aunque a mí las piedras esas no me gustaban. Además, no valían nada. Ganaba algo con las figuras de los edificios, como la de la seccional. Esas eran buenas, pero lo demás...

- No tuvo suerte. Hay algunos por ahí haciendo cosas mucho peores, vendiendo en Punta del Este a precios inconcebibles unos mamarrachos imposibles. El podía haber estado ahí como ellos, pero unos nacen con estrella y otros nacen estrellados.

- No sabemos, no lo conocimos.

- Nadie lo conoció.

La exposición de pintura.

La investigación. Setiembre, 1993.

- Falcone... no. No recuerdo ningún Falcone. Pero no se fije, por acá pasó mucha gente, hace muchos años que tengo el boliche. Desde que empecé, hasta el día de hoy, siempre hubo aquí alguna exposición, algún espectáculo. Me gusta entretener a la gente, darle oportunidad a los artistas de hacerse conocer. Fijesé, ahora mismo tengo los tapices de Maurita Almirón, una señora que como usted verá, trabaja muy bien. Es de acá del barrio, pero no es una artista conocida. Hay mucho desconocido tan bueno como los famosos, que le digo la verdad, muchos famosos no sé qué será lo que les da la fama, porque lo que hacen... pero en fin, tiene que haber gente para todo. De acá salieron más de uno a exponer a las galerías de la Ciudad Vieja; desde acá, desde este bolichito se hicieron conocer. Le hablo de cuando Pocitos no era lo que es ahora, también con galerías y de todo para la gente de plata. Acá, cuando empezamos, de arte muy poco. Yo era el único que traía artistas, en este bolichito así como lo ve.

- Bueno, no se me achique, no es tan bolichito. Y lo tiene usted muy bien puesto, muy bien arreglado. Un buen lugar para exponer.

- Hemos progresado, sí. Aprendimos un poco, pusimos plata, no le macheteamos al local. Por eso nos mantuvimos tantos años. Fijesé que acá, en esta misma cuadra, había tres boliches: no queda más que éste. Desaparecen los boliches, vienen los bancos, las inmobiliarias, los supermercados. La gente no sabe pasar el tiempo como antes, venir a tomarse algo con los amigos, conversar un poco. Se quedan encerrados en la casa mirando la televisión, y el sábado van al cine o a bailar. Pero de caminar un par de cuadras, de conversar, de conocerse... no, de eso, nada. Nosotros nos mantenemos a la antigua. Tenemos una clientela fiel, son todos amigos, tratamos de darles lo mejor.

- Este hombre hacía esculturas en piedra, cosas abstractas. Creo que no gustaban mucho, quizás por eso no lo recuerda. Las piedras las firmaba "Marc Antoine".

- ¡Marc Antoine! ¡Cómo no me voy a acordar! ¡Marc Antoine! ¡Chupaba como una esponja, Marc Antoine! Un loco bravo. Pero no hacía piedras, era pintor. Pintaba cuadros, bastante malos, además, si se me permite una opinión. Que yo sepa, nunca logró vender ni uno. ¡Cómo tomaba! Yo mismo no le podía seguir el tren, y mire que yo, no es por nada, pero cuando hay que darle... ¡Marc Antoine! ¡Si me acordaré de Marc Antoine! ¿Qué fue de la vida de Marc Antoine?

- Murió hace unos años. Pero nadie sabe mucho de él. Hizo unas esculturas en Colonia. La galería me contrató para escribir un artículo sobre él, pero no he conseguido averiguar mucho. ¿Usted dice que pintaba?

- Acá hizo una exposición de pintura. Unas cosas bastante desagradables, además de incomprensibles, que eso ya no le importa a nadie. Parecían campos desiertos, o quemados, con troncos o piedras o cactus, me parece, donde siempre había alguna figura como dolorosa o muerta, en medio de unos cielos de otro planeta. A mí no me gustaron nada, pero yo en aquella época no entendía mucho. No es que ahora sea un especialista, pero con el tiempo, de tanto ver, a uno se le ablanda la entendedera. Yo siempre quise darle oportunidad a los jóvenes, modestamente, con lo que uno puede hacer.

- ¿Le ha quedado alguno de los cuadros? ¿Sabe si se consigue alguno?

- No, no me ha quedado, ni creo que se consiga ninguno. Que yo sepa, no vendió nada. Ni tampoco vino nadie a ver la exposición. Le pasó lo que le pasaba siempre. Arrancó con una euforia bárbara, estuvo trabajando dos días enteros armando todo, me dio vuelta el boliche. Cambió de lugar las mesas, colocó focos de luz, colgó unas arpilleras sobre las paredes, vasijas con pinceles, cajas de colores; hasta puso unas esencias olorosas como de madera. Quería que quedara como un viejo atelier parisino de los que se ven en las películas.

- Gallego, cuando termine de arreglar esto no lo vas a conocer. Vas a creer que estás en Montmartre. Mont-mar-tre, gallego, como si fuera el monte de Marte pero con erre; del dios Marte, no del día martes, Ares en griego, para que no te confundas con el día. Escuchá bien, abrite el coco, no digas animaladas. Montmartre es un barrio de París, donde viven los artistas, el barrio más famoso del mundo, gallego. Esto va a quedar como un atelier. Atelier se llaman los talleres donde trabajan los artistas; acordate de esa palabra, a-te-lié, no atelierr. Y con tonito afrancesado, gallego, que si no no vas a vender ni un vaso de agua. Despacio, gallego, pensá despacio. No vaya a ser que te venga un síncope de cultura y no podamos inaugurar.

- Había invitado a la prensa, a gente del ambiente, profesores, dueños de galerías, críticos de arte. El había venido con su mujer y una pareja amiga. Pero llegó la hora de la inauguración y nada. No vino nadie. Ni un alma. En el boliche no había casi nadie. Yo había comprado hacía poco, no tenía la clientela de ahora. Entonces empezó a tomar. Siempre le pasaba lo mismo. No venía nadie, y cuanto más pasaba el tiempo y más no venía nadie, más tomaba.

- Te digo, gallego, que acá dentro de media hora no va a caber un alfiler. En tu puta vida habrás visto más gente junta. Vos esperá que salgan de los diarios, que cierren las galerías, que los larguen de las oficinas. Se vienen corriendo para acá. Les avisé a todos los críticos en todos los diarios. Te vas p'arriba, gallego. En dos días acá se vendió todo. Igual no dejamos levantar hasta que pase el fin de semana, así lo puede venir a ver toda la gente. No vamos a cerrarle la puerta al público, al hombre de la calle oprimido por la rutina, el laburante que quiere entrar en contacto con la cultura. Dale, gallego, andá abriendo otra, que la gente va a venir con sed.

- Por supuesto, se emborrachó, como le pasaba siempre. Los amigos, cuando vieron como se ponía la cosa, se fueron. La mujer le armó una escena tremenda. Menos mal que no había nadie. No lo podía arrancar del mostrador. La pobre mujer tenía una vergüenza horrible. El la destrataba con una crueldad increíble. No sé cómo ella lo aguantaba. Hay mujeres realmente sacrificadas.

- Sos una ignorante. No servís ni para perro. No tenés cultura artística... Ponete ahí en la radio a llorar con las comedias... Lo más importante son los títulos... Eso, los títulos... Primero lo pintás, y después tenés que pensarte un título. "La soberbia del páramo"..."Idolatría"... "Amor, amor, dolor"... "Cielo de los penitentes". No importa lo que sea... algo superior, ¿entendés gallego?... A vos ni te explico nada. El gallego tiene más seso que vos, que fuiste al liceo y la gran puta. Algo del espíritu, tiene que ser... Después, los críticos, que trabajen la mollera, es su laburo, para eso les pagan... te tienen que inventar algo... No van a decir que no entienden, no van a quedar como boludos... Ahora que salgan de los diarios, los tienen siempre a los pedos... Se vienen acá y chupan un poco... Hay que refrescarles la cabeza, ¿entendiste bien, gallego? Les servís lo que te pidan... lo mejor que tengas... por la guita no te preocupes... la mitad de un cuadro de estos te paga la noche, gallego... Acomodate los calzones, que ahora cuando lleguen no vas a tener tiempo ni de ir a mear... esto va a hervir de gente, gallego... en tu puta vida habrás visto algo así...

- La mujer lloraba. Estaba desesperada. No quería que le sirviera más, pero hubiera sido peor. Estaba cayendo en una crisis jodida; si no tomaba no sé qué le hubiera pasado. Yo tampoco sabía muy bien qué hacer, cómo ayudarlo. Porque el hombre no era mal tipo. Al final la mujer se fue, desconsolada. Ni qué decirle que no vino un alma. Cuando tenía que cerrar estaba totalmente borracho, pero se tenía en pie, tenía un aguante bárbaro para el alcohol. Le dije que tenía que cerrar, si quería que lo acompañara a la casa. Yo no sabía ni donde vivía. Pero se le había ido la euforia. Estaba liquidado. Me hizo que no con la cabeza, para que no lo acompañara. Lo seguí mientras se tambaleaba hasta la puerta. Lo vi irse para la rambla. Hacía un frío que pelaba. No sé si lo sentiría, con todo el alcohol que tenía encima. Si no se iba para la casa era capaz de morirse ahí, solo en la playa. Yo me sentía como el culo, le confieso, porque era un tipo de ley, condenado como estaba. Pero yo también tuve la vida dura, y tuve que aprender que no se puede ayudar a la gente cuando está reventada por dentro.

Juventud, divino tesoro.

Marc Antoine. Noviembre, 1961.

José Luis Falcone Goyena, abogado, jurisconsulto, tratadista, diputado por el partido Colorado, dos hijos varones, tres hijas mujeres. Mariano José Falcone, abogado, escribano, juez de paz, integrante de la Suprema Corte, colorado, dos hijas mujeres, un hijo varón. Idilio José Falcone, abogado con bufete propio, calle Juncal a la altura de Rincón, edil departamental colorado, casado con doña Antonia Vidal Pacheco, tres hijos varones: Luis Antonio, abogado, profesor adjunto de derecho penal; Jorge Antonio, escribano; Marco Antonio, el menor.

Nacido ocho años después de sus dos hermanos mayores, cuando el matrimonio no esperaba más niños, Marco Antonio presentó ante el mundo un carácter avispado, expansivo, conversador. Largamente consentido, llorador a capricho, de físico débil, una seguidilla de enfermedades infantiles le valieron atenciones suplementarias a las de benjamín. Las dos primeras semanas de escuela lloró todos los días; luego siguió llorando a diario al abandonar el hogar. En los años siguientes aprendió a reprimir el llanto. Cuando ingresó al liceo, apretado el corazón de timidez, empezó a valerse por sí. Al llegar al tercer año, era camarada de los peores de la clase; la excelencia de sus calificaciones quedó desmerecida por una conducta díscola, nerviosa. Hacia el final del cuarto año se le estrujó el corazón por una rubia preciosa de escasas luces ennoviada desde antes de nacer. Ocultó cautamente este origen al precipitarse en el abismo de la angustia nerviosa. El médico de la familia, algo naturista, avanzado en ideas, recomendó una cura psicofísica: este joven calmará su mente por la industria de sus manos; debe cultivar un arte, canalizar su inquietud en la labor de la materia, cuidar orquídeas al terminar las audiencias, ventilar en el jardín las ideas concebidas entre decretos, tratados, artículos, enmiendas; otrosí digo, mens sana in corpore sano.

- Puedo aprender con el hombre de los leones.

Los padres hubieran preferido otro tipo de terapia. El trabajo manual no había sido nunca apreciado en la familia. Los artistas, si eran famosos, bien. Si el cuadro es de un prócer, está en las galerías oficiales, puja fuerte en la casa de remates, valiosa pinacoteca de maestros nacionales, Gomensoro y Castells veintitrés obras, jueves hora catorce local calle Cerrito, entonces, bien. No siendo así, carece de sentido oler a trementina.

- Ya les dije, puedo aprender a hacer leones con el hombre aquel.

Alcides Piedracueva no se consideraba artista, no alimentaba pretensiones, no renegaba de su condición obrera. Afirmado en decente pobreza , trabajaba para la familia Falcone en albañilería de detalle, yesería, restauraciones, obras por encargo, todo ello sin cobrar en demasía: daba cierto lustre tener un hombre diestro en tareas manuales delicadas. Había esculpido en mármol, con discreta fortuna, dos leones de ecléctico clasicismo, escoltas de la escalinata de acceso a un sólido partenón encolumnado, residencia ciudadana de los Falcone de Idilio José.

- Si al menos eso lo tranquilizara... hubiera preferido un tratamiento más convencional. En fin, es mejor ser positivo, adaptarse a los dictados de la nueva ciencia. Si quiere ir con Piedracueva, que vaya. No es lo peor. El hombre nos ha sido siempre fiel, no es ningún desubicado, no se le va a ocurrir despertarle ínfulas de artista. Con él no se va a contagiar de vanguardismo, eso es seguro.

El viejo vivía solo, sin familia, en un apartamento interior hundido al final de un largo corredor. Tenía un par de habitaciones, un fondito exterior tapado de enseres de albañilería, las maderas bajo techo, los áridos al sereno. En verano trabajaba afuera; en invierno, bajo la claraboya del patio interior.

- Así. Derecho, derecho, ida y vuelta igual; en redondo no. Así.

Marco hacía lo mejor posible. Se esmeraba con las manos, la atención le era absorbida por completo, no podía casi hablar. El viejo no estaba muy contento de tener a un señorito en el taller; el trabajo manual no es para los ricos. En el ambiente pobre, extraño, de ese tugurio hundido al fondo de una casa de apartamentos, el muchacho comenzó a hacer dibujos sobre la madera basta, usando trozos cualesquiera, despreciados, sin valor, transformados luego torpemente en tallas convencionales. Más tarde aprendió técnicas de conservación, de envejecimiento, de disimulo de la madera, de evocación de la piedra. Con el tiempo, el viejo se fue habituando a tenerlo ahí; hasta pudiera haberle tomado afecto. El muchacho trabajaba con paciencia, atendía sus instrucciones, no se molestaba por ensuciarse las manos. No hablaba, no se quejaba. Parecía tener condiciones, pero eso no importaba; no iba a ser artista, no estaba formando un creador, sus padres eran gente de dinero.

- Mi padre no quiere que sea artista.

- Mucha razón tiene.

- No me gustan las leyes.

- Ya te gustarán. Todo termina gustando. Después de meterse, con el tiempo...

- No tengo cabeza para las leyes.

- No importa. En tu familia han sido leguleyos por generaciones. La tradición te dará lo necesario. Tendrás los mejores libros, los mejores consejos, discusiones esclarecedoras. La persistencia te abrirá la cabeza; el apellido te abrirá las puertas. Podrás elegir mujer entre los mejores partidos, entre las más hermosas. Con sólo levantar la cabeza, con pararte bien derecho, tendrás resuelta la vida.

La vista de Marco Antonio tenía un alcance telescópico de ocho años adelante en la figura de su hermano del medio, egresado recientemente de la Facultad de Derecho, ennoviado con la hija de un conocido comerciante. Si quería saber más, podía cambiar el ocular para observar el firmamento de su hermano mayor, once años adelante: casa nueva en lo mejor del Prado, casamiento reciente con joven hija de estanciero, luna de miel en Venecia. Ambos hermanos trabajaban en el estudio paterno, guardados los más jugosos casos del país en olorosos cajones roble oscuro. Todo estaba previsto. El caudaloso, manso río de la tradición, lo transportaba hacia el océano como a una almadía de troncos aserrados. Se movería sin apuro, sin detenerse, por el medio del río, mirando de lejos la selva lujuriosa, escuchando los gritos de los pájaros silvestres haciéndose la corte en las alturas de las ramas, los chillidos de los monos pelando la fruta. No se acercaría nunca a la orilla, evitando las aguas bajas, el riesgo de varar. El río lo llevaría, sin sorpresas, sorteando limpiamente los rápidos, curvando mansamente los anchos meandros, él mirando desde el centro, mirándolo todo, mirando desde lejos. Esta breve estadía en la orilla era sólo una concesión prolongada a la despreocupación infantil. Las manos sucias de yeso, los callitos incipientes, los soliloquios tridimensionales del viejo Piedracueva, el té sorbido lentamente en vasos desiguales, la botellita destapada al cobro de un trabajo, los largos paseos por los senderos del Prado observando en silencio las estatuas mutiladas, negras de hongos, copias exactas de originales clásicos; las tristezas de Las Tres Gracias en el centro de la fuente siempre sucia, tapada de hojas muertas; el lánguido escurrir del tiempo, esa arena finísima escapándose de las manos, años de concesión a la debilidad espiritual buscando una sanía dudosa. Entraría por fin demasiado pronto en el tobogán de la carrera de Derecho, la vida profesional, la familia. Esta etapa de su vida era sólo el remedio para una enfermedad, años de gracia, una prolongación inesperada de la tolerancia al infante, insospechado beneficio de un temperamento sensible, una constitución psíquica débil, un desvarío momentáneo, una indisposición pasajera. Mas lo que mejoraba hacia afuera empeoraba hacia adentro: avanzaba su curación, se consumía el recreo. Su vida estaba ya escrita en caracteres romanos, el espíritu de la ley alentaba desde la antigua Babilonia, en el código de Hammurabi figuraba ya su nombre. Como los mojones de una carretera, llegarían puntualmente el título, los nombramientos, el primer caso, la amada, los dos años de noviazgo, la casa regalada por los suegros, los hijos inevitables, iguales a él, tan parecidos a papá, pero con un aire del tío abuelo, colorado, jurisconsulto, ciudadano ilustre, prohombre distinguido, dignísimo antecesor para un primogénito Falcone de los Falcone de Marco Antonio.

Llevaba casi siete años trabajando con don Alcides cuando el invierno, la obsesión por el aire libre, las anchas rendijas de la rotosa puerta de hierro, los años de cigarro armado, la permanencia sobre la tierra, la mano de la Providencia, el aburrimiento de la vida o alguna otra insensatez apretaron los pulmones del viejo Piedracueva en el pegamento de una neumonía fatal. Ese mismo año, en diciembre, el obediente Marco Antonio rindió decentemente todos sus exámenes del tercer año de Derecho. En el verano, salió de su casa en pos de unas merecidas vacaciones. Recorrió plazas, museos y prostitutas en Nueva York, París, Madrid, Venecia, Florencia y Roma. Al año siguiente, en abril, cambió la Facultad de Derecho por la Escuela Nacional de Bellas Artes. En agosto fue excomulgado por su padre. En noviembre empezó a ser pobre.

La Morenita.

Marc Antoine. Agosto, 1967.

No fue a la casona de la Lunática por la Morenita: alguien lo llevó ahí, como estación final de alguna correría. En visitas sucesivas, fue cambiando de habitación. Un día entresemana, de pocos o ningún cliente, cayó con unas cuantas botellas de champán, saladitos y masas.

- ¡Vengan, vengan a festejar con el artista! Vestiditas, eso sí, la Lunita no quiere relajos. Vení, Lunita, presidíme acá la mesa, voy a hacer un brindis.

Había cobrado un mural en buena plata. No había habido corte de cinta, ni botella rota, ni palabras alusivas, ni aplausos. El arquitecto lo había examinado como si fuera el embaldosado del baño, había firmado el cheque, le había dado la mano, lo llamaría si precisaba alguna otra cosa, por ahora no tenía nada, la empresa tenía en vista un nuevo emprendimiento, no sabía para cuando, lo tendría en cuenta, sí.

La Lunática regenteaba su hotelillo con firmeza. La discreción era su carta de triunfo. La casa era visitada por algunos personajes conocidos de la política, las finanzas, las fuerzas armadas, las capas chic de la sociedad, respetables hombres de familia. Un solo traspié podía dar al traste con el negocio; la discreción, el cuidado, lo eran todo. La Lunática era de Rivera, había sido hermosa, amante del jolgorio, golpeada por la vida. Los años, la pérdida del atractivo físico, la evanescencia del ser, la habían escurrido hacia el sumidero de un talante melancólico, ausente, extático. Sus esfuerzos por encubrir esta condición habían sido inútiles; el sobrenombre se le impuso con poca resistencia de su parte. Rara vez se había oído llamar por su nombre de bautismo; a esta altura, le resultaría extraño aún a ella oírlo pronunciar. Su aparente enajenación acaso favorecía la agudeza de su intuición para el conocimiento de las personas: Marco era inofensivo a sus intereses, buen camarada, solitario como ella, un tiro al aire, un buen punto para un rato de olvido, acaso de revivencia. No pertenecía, obviamente, a la clase de los visitantes de la casa, ni a la clase de los trabajadores, ni tampoco era de los timoratos, ni pertenecía en realidad a ninguna clase que la Lunática tuviera por conocida. Tratábase de algo nuevo para ella: Marco era un artista. Ella no había conocido jamás un artista, pero si había alguien dotado de los signos de bohemia, desorden, pobreza y pasión atribuídos por la leyenda popular a los artistas, ése era Marco. El arte era, en sus palabras, para todo el mundo: hablaba de esculturas, de murales, de la angustia humana congelada en la piedra, de la afectividad puesta en la forma, de lo eterno ignorado, cualquiera fuera el auditorio; tan sólo cambiaba las palabras.

- Lo dicho en difícil se puede decir en fácil, es lo mismo. Si el artista tiene algo para decir, si se le antoja, lo dirá de cualquier forma.

Había estado con un par de ellas por dinero, cuando cobraba fuerte, porque esas mujeres no eran fáciles de pagar. Pero después iba sólo de visita, sin solicitar favores.

- Marquito, ¿no querés arrimarte un poco por acá? ¿No tenés plata, hoy, amor?

- No te inquietes, chiquita, tengo donde mojar. Y no te hagas la babosa, yo no soy cliente.

- ¿Con quién mojás? ¿Con alguna de esas viejas que te compran las esculturas?

- Las mujeres hermosas no tienen edad. ¿No es así, Lunita?

- ¡Ojalá fuera así! No le digas cosas, Nelda; cuando se te aflojen las tetas, cuando se te caiga el culo, vas a ver lo que valen las mentiras de un loco.

- ¡Eso, Lunita, eso! Ya oíste, Nelda, no me digas cosas.

- Está bien, artista; vení, dame un beso y en paz.

- Vamos al brindis. ¿Qué, la morenita esa no quiere venir? Llámenla, tráiganla para acá, díganle, es una fiesta, soy un artista, no el ministro.

- Tiene que salir. No es como nosotras, no está para el jolgorio.

- Morena, vení, un momento, vamos a brindar. Un brindis amistoso, te vas en seguida.

- Sse me hace tarde. Sserá otra veiz.

- ¡Oh, oh! ¡Prazer! ¡Muito prazer! Luna, ¿donde tenías escondida esta bayanita? ¡No me dijiste que acá hubiera alguien de tus pagos! Vení, Morenita, un momento, no más, un brindis amistoso, por la alegría del encuentro.

- No puedo, de verdade.

- Será otra vez, entonces. Ahora, a las copas. Por las mujeres, pero no por todas.

-¿...?

- Por las mujeres...

- ...

- ...

- ...que saben sostener una concha entre las piernas!

En la Comisaría.

Marc Antoine. Octubre, 1967.

- Acá lo tiene, mi comisario. El de las esculturas.

- Que espere un poco. A ver vos, ¿qué tenés?

- Mi comisario, estos muchachos estaban tirando bombas de alquitrán a un club político.

- ¿Un club político? ¿De qué partido?

- Partido Socialista. Los agarramos "in fraganti".

- A ver, cabo. Vamos a pensar un poco.

- Sí, señor.

- Si usted encuentra alguien tirando basura en la calle, ¿qué hace?

- Bueno... le llamo la atención, le digo algo. Que eso no se hace.

- Bien, bien, muy bien. Y digamé, cabo. Si usted encuentra alguien tirando basura en el tacho de la basura, ¿qué hace?

- No... no hago nada, señor, eso no está mal.

- Exactamente, eso no está mal. ¿Por qué no está mal?

- Bueno, porque es el tacho de la basura... es para eso, para tirar la basura.

- Bien, cabo, muy bien. El tacho de la basura es para tirar la basura. ¿Es así, cabo?

- Sí, señor, es así, mi comisario, sí.

- Entonces, cabo, ¿por qué me trae acá estos muchachos?

- Perdone, mi comisario. Es que estaban tirando bombas de alquitrán, y como los pescamos "in fraganti", yo creí...

- No crea nada, cabo. Atienda lo que yo le explico. El tacho de la basura es para tirar basura. ¿Entiende, cabo, o se lo vuelvo a explicar?

- No, no señor... mi comisario... sí, sí entendí, mi comisario. Perdone, mi comisario. Ya entendí.

- Bueno. Y ustedes, muchachos, tengan cuidado. No se hagan ver por la policía. No hay que comprometerse. ¿Entendido?

- Si, comisario.

- Ahora váyanse, vayan no más.

- Gracias, comisario. Buenos días.

- A ver vos, hacé pasar al de las esculturas.

- En seguida, mi comisario. Ya oíste al comisario: pasá adentro.

- ¿Así que vos sos el de las esculturas? Vamos a ver... Marco Antonio Falcone, alias "Marc Antoine"; oriental, soltero, veintinueve, profesión escultor, sin antecedentes.

- Marc Antoine no es un alias, es mi nombre artístico.

- ¡Nombre artístico! ¡La puta! ¡Ahora sí que me impresionaste!

- Cuando un comisario firma sus papeles, el sello dice "comisario"; yo firmo las obras con un nombre artístico. Algún día esa firma va a valer oro, pero por ahora apenas me da para unas copas. Ya ve, no tengo antecedentes. Me trajeron por las copas, pero no me mandé ningún disparate; no tengo nada con la policía.

- Te trajeron por unas copas... unas cuantas, dirás. Bueno, no vamos a hacer problema por eso. Después de todo, ¿quién no se toma una de vez en cuando? Un poco dura, la camita de la celda, ¿no? Pero ya viste como refresca... Decime, vos no serás comunista, ¿no?

- ¿Cómo voy a ser comunista? Soy artista.

- Todos los artistas son comunistas.

- Yo soy escultor. Tallo piedras, hago murales, pinto cuadros. Trabajo con las manos, como los albañiles. Lo mío es el arte.

- ¿Sos demócrata, entonces?

- Seguro, soy demócrata. Este país siempre ha sido democrático.

- Y va a seguir siendo, te lo puedo asegurar. Aunque tengamos que aplastar muchas cabezas. Bueno, vamos a lo nuestro. ¿Viste esa pared ahí afuera? Es una flor de cagada. No se precisa ser muy artista para darse cuenta de eso. Pero hubo que hacerla por seguridad. Vos, como artista que decís que sos, ¿qué pensás de eso?

- Ya lo dijiste vos, es una cagada. Tapa todo el frente; el revoque está mal dado; ni hablemos de pintura.

- Peor. Parece un paredón. Y esto no es Cuba, acá no se fusila, no hay paredones ni debe haber nada parecido. ¿Qué te parece? ¿Podrías hacer algo con esa pared?

- ¿Qué quiere que haga?

- Que le pongas algo para que no parezca un paredón. Vi eso que hiciste en el edificio de Malvín, no, otro más allá, frente a la Playa Verde. Un poco infantil, ¿no? Pero seguro podés hacer algo menos afeminado. A ver qué se te ocurre. Pensá algo y venime a ver. La semana que viene estoy de noche. Ahora andate, artista, hoy no tengo tiempo para "copas de más". ¡Ah!, y no se te ocurra traerme ninguna de esas mierdas modernistas, no sé si me entendés.

- A ver, comisario, qué te parece esto. Miralo bien antes de decirme nada. Al fondo tenés una escena de cacería, unos venados perdiéndose a lo lejos, se achican para dar idea de distancia, de persecución; del otro lado la toldería, con unas mujeres haciendo algo en el suelo, una escena de paz; hacia el primer plano, de este lado, equilibrando la diagonal, tenés ese indio con una fruta en la mano, como estudiándola.

- Me gusta, che. A ver, contámelo otra vez, eso del mensaje de la obra que hablan ustedes. Quiero saber qué carajo voy a tener en la puerta. ¿No te parece que eso del indio mirando la fruta es un poco pelotudo?

- Es para mostrar que los charrúas no son tan brutos, que tienen sensibilidad. No te conviene poner mucha violencia a la puerta de la comisaría.

- En eso tenés razón. Dejame verlo de nuevo. ¿Cuánto querés cobrar por esto?

- El arte no tiene precio, no hay guita que lo pague, pero los artistas también comemos. Lo menos que te puedo cobrar son cien.

- ¿Estás loco? ¿Cómo pensás que vaya conseguir semejante disparate? Más de cincuenta no va.

- Hay que picar el revoque, emparejarlo; así no se puede trabajar. Me va a llevar como tres semanas; no lo puedo hacer por menos de ochenta.

- Setenta, quedamos ahí. No me jodas que cobraste alguna vez más de eso en un edificio.

- Esto es a la intemperie, lleva más portland, hidrófugo; si no le pongo material se te va a caer a pedazos en un año. El material sale caro. Además, le voy a poner incrustaciones de canto rodado en algunas partes. Va a quedar bueno.

- Dame la lista con el material; la puedo pasar como reparación, nadie controla nada, es la defensa nacional. Pero tiene que ser ahora, mientras están arreglando los baños. En esta comisaría hay un olor a mierda que no se puede estar. Quedamos en setenta y no se habla más. ¿De acuerdo?

- De acuerdo.

- Andá viendo si podés conseguir una boleta. Pero no ahora; cuando termines te digo como tiene que decir.

- Cabo, dígale al comisario que venga a ver.

- ¡Artista! ¿Ya terminaste?

- Ahí lo tenés. Todo tuyo. Ninguna comisaría del país tiene algo mejor. Ningún edificio tampoco. En todo el cono sur no vas a ver nada como esto; tenés que ir a Europa para encontrar algo parecido. Mirá vos mismo lo bien que quedó. Un día te vas a hacer famoso por haberme contratado; vas a salir en todos los diarios, te va a entrevistar la televisión; te vas a convertir en el comisario más culto de la epopeya nacional. Este muro va a valer más que la manzana entera; como si lo hubiera hecho Salvador Dalí.

- Sí, tenés razón. Mi visión de futuro merece recompensa. Conseguí una boleta por cien.

- Cuando te pedí cien pusiste el grito en el cielo. ¡Cómo se ve que sos el comisario!

- Vos sabés, artista, como son estas cosas. Hay muchos gastos, mucho sellado, mucha tinta en la firma.

- Mucha valvulina.

- Eso, mucha valvulina. Para hacer correr la cosa hay que meter mucha valvulina; si no hay valvulina, se engripan los engranajes. Vos te quedás con tus cincuenta y te olvidas de lo demás.

- Setenta. Dijiste setenta.

- Dije cincuenta.

- Dijiste setenta

- Cin-cuen-ta. No te confundas. El catre allá adentro está siempre disponible.

- No hice nada. No tengo nada con la policía.

- Podés tener ya mismo, si querés. ¿Querés que llame al cabo?

- No, dejá, no lo molestes, el hombre tiene trabajo. Pero al menos pasame un canastito de esas botellas que tenés escondidas en el armario, para borrar el mal recuerdo. No me digas que no es un trato justo.

- Hecho. Vení para adentro. Vamos a festejar que terminaste. Una o dos nada más, porque estoy de servicio; algún hijo de puta siempre te puede cagar. Cerrá la puerta para que no jodan.

- Así que tenés gastos, ¿eh? Pero la vueltita por lo de la Lunática no te la dejás de dar, ¿eh? Vigilancia, seguramente... y sin pagar...

- No jodas que me viste ahí. Les digo a estos anormales que no dejen el auto cerca.

- Verte, no, pero... las cosas se saben.

- Es que hay una que me tiene...

- ¿La pardita?

- No, la pardita no. La Nelda, una rubia teñida, la de las tetas... no me digas que vos también...

- No. Yo voy por la pardita.

- Menos mal. Si no ya teníamos que cagarnos a trompadas.

- Aunque tuviera mil.

- Aunque tuviera mil. ¡Salud!

- ¡Salud!

- Y decime, che artista, ¿quién fue la corneta que te batió que no pago?

- Sos el comisario, ¿no? ¿Dónde viste a un comisario pagar en un burdel?

Nace el amor.

Marc Antoine. Febrero, 1968.

Nacida en la miseria, alimentada en el hambre, educada a golpes, la Morenita había templado su carácter rebelde en la supervivencia animal. La violencia de los arañazos, la decisión de las patadas, la ferocidad de los mordiscos no alcanzaron a librarla de ser violada por un peón de estancia a la edad de trece años. Había vivido del robo, la prostitución, el engaño, el trabajo forzado. A los veinte había logrado llegar a Montevideo, sabiendo apenas leer, con una navaja automática apretada en el bolsillo, empleada varias veces en algo más que pelar fruta. La Lunática la había tomado por recomendación; ella también era de Rivera, recordaba sus años duros, cuando joven a ella también le habían dado una mano. Ahora, bien asentada, regenteaba una casa de putas clandestina con cinco o seis mujeres a las que cobraba habitación, fijo por vivir más un tanto por cliente, si tienen machos no es asunto mío, pero a dormir a otro lado, hombres toda la noche van con la tarifa especial, no quiero ningún relajo, la clientela es distinguida, si no les gusta juntan los petates y se van, en ningún lado van a estar mejor que acá.

El carácter indómito, la decisión de la necesidad, la fuerza física, la capacidad para asimilar los motores del mundo, habían sacado adelante a la Morenita. Ahora era independiente; su dejo abrasilerado la hacía simpática, no le faltaban clientes. No era bonita, pero se esmeraba en complacer los cuerpos donde hozaba para comer. La Nelda había dicho bien: la Morenita no estaba para el jolgorio. Otros planes rondaban su cabeza. Era titular única de una caja de ahorros en el Banco República, de lento pero sostenido crecimiento. No se permitía desórdenes. Dos veces por semana cruzaba la ciudad desde Pocitos a La Teja para visitar una maestra retirada. Había aprendido a leer, a hacer cuentas; sabía de memoria los países de Europa, bastantes de las Américas; después había más países en Asia, en Africa; Australia era una enorme isla con canguros en Oceanía; muchos pueblos habían hollado la faz de la tierra, había habido guerras desde siempre, religiones diversas, grandes hombres, malvados sin cuento, crueldades interminables, en los libros había de todo, incluso algunas cosas útiles de verdad. Aprendió, en suma, que el mundo es ancho; que es ajeno ya lo sabía de antes.

Marco la sorprendió en una de sus idas a La Teja. Se tomó el ómnibus con ella, no importa, yo voy contigo a la visita, así te cuido, yo me sé cuidar sola, yo te cuido mejor, no voy a entrar, te dejo y me vuelvo. Pero no se volvió. Dos horas después la estaba esperando en la esquina, para no hacerse ver si ella salía con un hombre. Volvieron juntos en el ómnibus, no, no era asunto suyo, venite a comer algo conmigo, tengo que volver, un ratito no te hace nada. Así la llevó de guardia varias veces; ella protestó, pero no se lo impidió. Su comportamiento no merecía reparos. Ella no iba a ver un hombre; acaso un familiar; se avergonzaría de su condición. El reparó en los papeles sobresaliendo del bolso, un bulto como de libro, un estuche de lápices. No dijo nada. Un día la esperó a la esquina de la casa de la maestra. Le pidió acompañarle, un rato no más, no era lejos. Tomaron el 181 como siempre; cuando llegaron a la esquina de Castro y Millán la hizo bajar con él; quería ver algo en el Prado Chico, era un momento nada más, tomarían el siguiente, él tenía para boletos; acompañame, es temprano, no hay clientes hasta la noche, además hoy es miércoles. La llevó al Museo Juan Manuel Blanes. Le hizo recorrer todas las etapas de la pintura uruguaya en un cuento infantil ilustrado con originales de museo, narrado en un río de palabras torrentosas, citando nombres, corrientes, períodos, rebeliones, fracasos, no importa entender, seguí mirando, escuchando, el arte es como una crema de limpieza, te la frotás un poco en la piel, te va entrando por los poros sin darte cuenta, ahora te estoy frotando, vas a tener un cutis de novela, en este mundo de mierda sólo esto vale de verdad. Después le hizo dar la vuelta al edificio del museo leyendo en escaleras, capiteles, molduras, picaportes, pérgolas, fachadas, los detalles de un compendio histórico de arquitectura. Marco hablaba continuamente, como si fuera una grabación; ella lo escuchaba como tomando el agua de un bebedero, atragantándose por momentos, no sabiendo si tenía realmente sed, pero bebiendo de todas formas, algo nuevo había en esa agua alumbrada de regalo. Salieron embriagados de formas, de manos ausentes, de una luz lechosa, nubes envolviéndoles las almas en un paquete algodonoso, una burbuja descendiendo hacia la superficie desconocida de un planeta lejano, quién sabe dónde habría quedado el viejo mundo cotidiano de tres horas atrás.

Una rajadura se había marcado en la muralla de piedra protectora del corazón de la Morenita. Marco se filtró por ella ampliando la hendidura con meriendas bajo los árboles del Parque Rodó, peregrinaciones por la feria de Tristán Narvaja en busca de viejos objetos desconocidos para ella, recorridas por calles anónimas de barrios perdidos, entradas al cine subrepticias deslizando unos pesos en manos del portero en horarios de poco espectador, caminatas por la rambla hasta pasar el puerto del Buceo llegando a veces hasta la playa Honda, subiendo las barrancas de Punta Gorda, un balcón al mar. La impensable irrupción de la felicidad perturbó a la pobre Morenita hasta la enfermedad. Fue presa de un terror pánico, persistente. En las madrugadas, cuando terminaba su trabajo, recluída en la soledad de su habitación después de la ducha, el corazón le golpeaba como el martillo sobre el yunque del herrero. Ella, conocedora de los hombres, profesional del placer, hurgadora forzosa de las aguas negras, no sabía como proceder en este río cristalino. Marco no la solicitaba sexualmente; ni siquiera la tocaba. Ella no tenía, en su manojo de reglas, asidero para el rechazo. La fortaleza de su corazón, gentilmente asediada, no acertaba a defenderse; sus pobladores ansiaban la invasión, ella ordenaba cegar las brechas, los guerreros no le obedecían, el enemigo estrechaba el cerco. Cuando él la tomó en los brazos bajo la luna helada, junto a la estatua de los Náufragos, delante de todo el mar negro rigor, tan sólo pudo rendirle la cabeza sobre el hombro, recibiendo, anestesiada, la primer caricia de su vida.

El no le permitió conjurar el maleficio. Cuando ella intentaba acercársele, en el reflejo largamente practicado de contentar al macho, él la detenía. Fue capaz de trabarla aún en el juego de la pasividad. Le destruyó en forma sistemática, persistente, sin olvido alguno, todos los gestos, todas las tretas, todas las entregas. Ella no acertaba a proceder. La indignación se le mezclaba con la sorpresa; la vergüenza por su condición le impedía reaccionar. La explosión de su corazón postergado la dejó indefensa; él podía hacer a su antojo. No se trataba de una invasión meramente destructiva. Avanzaba en la demolición excavando fundaciones de una nueva, desconocida construcción. Algo brotaba en ella; la tierra agostada de su erotismo era todavía apta para sustentar la vida. Ella, inconmovible ante los mayores embates del sexo comprado, se erizaba al sólo roce de un dedo suyo, como si ese hombre en todo el universo hubiera sido investido de un mágico poder, un hechicero del más allá venido a despertarla. La fábula mil veces repetida del beso principesco conservaba todavía su poder en el mundo maquinal.

- No debería permitir esto.

- Esto, ¿qué?

- Vos. Lo que estás haciendo conmigo.

- ¿Qué estoy haciendo?

- No lo debería permitir. No puede ser. Es dañino.

- ¿Tenés miedo?

- No... no sé. Sí, sí tengo miedo.

- No seas boba. ¿De qué podés tener miedo?

- ...

- Vamos... ¿qué te da miedo?

- Lo que va a pasar. Cómo va a ser... cómo me voy a sentir cuando me dejes.

- No te puedo dejar.

- Claro que podés.

- No puedo. Yo soy todo corazón, necesito una mujer sólo para mí.

En cuanto se oyó la frase, se despeñó en una carcajada homérica; lanzose alegremente a denostar su propia expresión, ridícula afectación de radioteatro, torpe consigna de consumo destinada a las mujeres gordas, a las tardes de mate con bizcochos frente al primer televisor. A través de sus sarcasmos aprendió la Morenita el significado de la palabra "cursi". Pero ella no pudo reírse, así como él no pudo evitar burlarse. Un virus sutil se había infiltrado en las palabras. La vacuna, si la hubiera, llegaba tarde.

El adiós.

Marc Antoine. Setiembre, 1968.

No podía ser. Debía buscar la forma de rechazarlo, apartarse de él de algún modo. Toda la dolorosa escalada de su vida corría peligro. La vergüenza de su condición se le hacía patente en soledad: ella lo rechazaba porque él no era hombre para tener por mujer una prostituta. Aunque dejara de serlo, llevaba en la piel las huellas mancillantes de la entrega por dinero; cientos de hombres la reconocerían por la calle, la rechazarían en todos los ambientes del medio pelo social, más arriba ni pensar. En medio de todos sus trabajos, su desorden, sus locuras, él un día sería famoso; siendo ella su mujer, la prensa haría saltar a paladas la tierra pestilente de su pasado; sería inútil contar con el apoyo de él, nada lograría con su valentía, desperdiciando su energía en defenderla todo el tiempo; tarde o temprano el escándalo daría al traste con su carrera. Ella no lo resistiría, ser expuesta de esa manera ante el mundo, verse disecada en una única palabra por un público ignorante de los golpes, del hambre, de la miseria, de la animalidad salvaje que la había sostenido a ella prendida con sus garras al cordel de la vida, arrancando de las vísceras podridas para poder comer. No. Ella no podía permitirse tener hombre; debía seguir sola, salir de esa vida, llegarse hasta San Pablo, al menos Porto Alegre, un lugar donde no la conocieran, una ciudad muy grande donde no miraran caras, trabajar de aparadora en una fábrica cosiendo a máquina ropas para obreros, unos años, olvidar, después, quien sabe... Hubiera ya podido viajar, pero tenía miedo de irse sola a vivir a una ciudad desconocida. Sólo conocía Montevideo, Rivera no contaba; había ido con la Nelda una vez a Buenos Aires, se había mareado en las calles ahogadas de gente. Debía seguir firme, juntar coraje para lanzarse al agua, no habría vuelta atrás; ella haría como ese conquistador español Cortés, incendiar las naves para no poder volver. Marco había sido bueno con ella, tanto como ella no fuera capaz de concebir en alguien del sexo masculino. En algún sentido, él la había despertado, haciéndola sentir en pertenencia. Acaso ella también había logrado hacerlo a él un poco suyo. Empezaba a entender a esas mujeres capaces de trabajar para un hombre, de entregar los tristes dineros arrancados a los clientes por la venta de su cuerpo a cambio de un poco de compañía. Era duro estar sola, era tibio sentir alguien cerca, recostarse en un hombro amigo, pero eso era también una venta, una repetición de lo mismo. Era duro estar sola, pero eso otro era mucho peor. Quedarse sola era el único camino, un desvío, una salida del círculo de noria hollado incesantemente por las mujeres perdidas.

Si ella hubiera visto en Marco algún rasgo distintivo de hombre explotador le habría sido fácil rechazarlo. Había sufrido estos asedios muchas veces. Marco no era de esos, pero tenía otros rasgos inquietantes: padecía necesidades, mayores que las de ella misma. No tenía control, no mostraba ninguna previsión. Cuando tenía plata la gastaba generosa, excesivamente. Cuando no la tenía, galgueaba como un mendigo, erguido como la estatua de un prócer. Sólo una vez había aceptado una invitación de ella, después de pasar una semana comiendo pan duro. Ella se sentía, irremediablemente, en peligro: de continuar con él, pronto no podría negarle ningún pedido; aunque él no lo aceptara, ella se le adelantaría, no soportaría verlo pasar necesidad. Desde las cruentas instancias de lucha de su adolescencia venía siendo la dueña de su propio destino, por malo que éste fuese. Ahora, de algún modo apenas intuído, ya no lo era. Lo quisiera o no, había un hombre en su vida.

Muchas noches se quedaba con él en su cuartucho de pensión, una buhardilla bajo el tejado añoso de un tercer piso por escalerita empinada, cuidado, el tercer escalón está flojo, el noveno también, acordate, tres y nueve. La Morenita se moría de frío apretada junto a él bajo las vigas de madera negras de tiempo. El cubrió el techo con cartones, esto es el acondicionamiento térmico, pasta de madera, un aislante como no hay otro, después con cola blanca, amasijo de papel de diario mojado, es como calafatear el casco de una nave, ca-la-fa-tear, buscá en el diccionario, cegar las junturas en el casco de una nave para que no entre el agua, ¿viste? estamos calafateando la casa, lo que no podrás aprender conmigo; preciso una mujer heroica como vos, acordate, sí, ya sé, sos todo corazón, como en las telenovelas, no seas pava, te digo la verdad, no te enojes Marc Antoine, ven aquí bésame, olvida ese calafateo, seamos felices juntos, sos una cínica, no te das cuenta que hablo en serio?

Nunca la quería dejar ir. Ella siempre cedía un par de horas, pero lograba sobreponerse. El empezó a instarla a dejar la casa de la Lunática, abandonar de una vez la profesión, de qué vamos a vivir, de lo que yo trabaje, te creés que no me dan los huevos para mantener una mujer, además vos también podés trabajar, ya conseguiremos algo, la seguridad no es todo en la vida, para mí sí, a vos no te importa porque vos siempre la tuviste, las pelotas, mirá como vivo, justamente, yo no quiero vivir así. Se herían cruelmente en feroces discusiones; luego él la esperaba llevándole un chocolate, un pañuelito, o cuando no tenía con qué comprar nada, una piedrita colgante tallada por él mismo. Los inundaba entonces una pena sorda, no compartida, digerida estoicamente; una tristeza informe, ancha como el abismo que separaba sus orígenes, como el océano que amenazaba separar un día sus destinos. La Morenita conocía en demasía la miseria, la frustración, el interminable camino de caída tan fácilmente recorrido, el escurrirse en el descenso como deslizan por el tobogán hacia la fosa de arena los niños de la plaza. Había vivido desde siempre en el hambre, la violencia, el alcoholismo, el robo, la violación, la pobreza sin remedio; había absorbido por la piel el significado pleno del descontrol, el abandono de sí, el bajar los brazos ante la vida, la desesperación inmanente de los destinos trágicos, la inevitable aniquilación. Marco tenía mucho de eso, ella podía olerlo hasta en sus piedras. Estas lacras alcanzaban en él proporciones gigantescas, desmesuradas: las profundidades de su alma se le hacían a ella tan insondables como inalcanzables sus alturas. Intentaba desmentir esta conciencia subyacente, negar su inclemente veracidad, pero las heridas de su pasado terminaban imponiéndosela a gritos: Marco era un ser oscuro, demoníaco, brillante, bondadoso, capaz de sacrificios inconcebibles, con una veta de locura indomable, incomprensible, un sino propio del cual no se desprendería jamás, porque era en esa misma tierra negra de satanismo donde florecían sus exóticas virtudes. Ella no podía arriesgar su destino enredándolo con el de él; no tenía fuerzas, no le alcanzaba la comprensión, volvía a sentir el estómago apretado como una pelota de trapo mojada en agua de mar, secada al sol, tragada incesantemente en cada día de su infancia. Se repetía a sí misma lo de su falta de cultura, buscando anidar allí el fundamento de su rechazo, pero ella sabía bien, no quería no podía no resistiría volver a entrar en contacto con el mundo subterráneo de sus terrores infantiles, un mundo donde Marco, extranjero invasor, hechicero supremo, se paseaba como un cazador brutal, entretenido en hacer saltar a golpes de cincel lo peor de la raza humana, emergiendo luego fatigado, inmune, en medio de vapores sulfurosos letales para ella en presente y en pasado.

Abandonada al tibio calor del primer oasis de su vida, sus pensamientos permanecían alejados de la acción, adormilada como estaba en el sopor de un bienestar desconocido, sedada por una droga apenas probada, de efectos multiplicados por la inhalación tardía. Pero él empezó a percibir su determinación de dejarlo. La cercó con todas sus baterías, bombardeándola desde todos los frentes, con la salvaje determinación de todos sus actos, asediándola sin pausa en los días y las noches, quedate conmigo, te necesito, tenés que dejar esa vida, no soporto en vos otro hombre más que yo, el pasado no existe ha muerto no importa, sólo tenemos futuro, yo tengo parte de lo tuyo como vos tenés parte de lo mío, juntos estamos enteros, la guita va y viene, no importa no decide no arregla, acá de las manos se me cae todo el oro del mundo, alcanza con cerrarlas un momento para retener lo necesario, confiá en mí como confío en vos, dudar de uno mismo es la última mierda de este mundo, plagado de imbéciles encumbrados sobre todos por el solo impulso de creerse ellos mismos sus propias mentiras, juntos somos dioses, solos pordioseros, vos con tu Yé-manyá me vas a proteger de los demonios, yo solo no puedo no sé no quiero ya te dije, yo soy todo corazón, necesito una mujer sólo para mí.

La Morenita se fue sin despedirse, Transporte Turismo Limitada, directo Montevideo Florianópolis Curitiba San Pablo, cédula por favor, soy brasileña, bien, sua carteira por favor, hora veintidós salida plaza Libertad. Cuando él cayó por lo de la Lunática ella misma se lo dijo, se fue, Marco, se fue para Porto Alegre hace dos días, tuvo miedo que la siguieras por eso no te avisó, estaba muerta de tristeza, se iba para Brasil, sí, sí tenía los papeles, yo sabía porque me lo había contado, la madre la había anotado en los dos lados, allá en Rivera se hace mucho, la gente sabe que los tiempos cambian, es mejor tener dos países por las dudas, vení, tomate una copa conmigo, yo también la voy a extrañar, era parecida a mí, yo también las pasé duras, yo también fui como ella de seguidora, por eso estoy donde estoy, aunque ahora sea vieja supe tener lo mío, si esa mujer no te quería yo no sé nada de este mundo, Marco, vos sabés que hizo bien, alcanzame otra botella, ella quería eso que decís pero vos no sos para eso, no te engañés, si algo aprendí es a conocer a los hombres, vos sos un artista aunque vos mismo no lo creas, bueno sí sé, está bien Marquito, no tomés más, después vas a llorar, no se te caiga el moco acá, para penas me basto sola, andate ahora, no, no te puedo dejar quedar, seguro que no, si no cómo hago para que estas locas no se traigan a sus machos, quién va a creer que vos y yo...

La Morenita no se había ido a Porto Alegre, como le había dicho a la Lunática, sino directamente a San Pablo. Tenía una fé supersticiosa en la persistencia de Marco; imaginaba verlo golpear a la puerta de la casa de pensión donde se hubiera alojado como si una estela de su perfume demasiado caro lo guiara desde Montevideo por todos los caminos de Rocha, de Río Grande do Sul, bordeando la laguna de los Patos hasta atravesar el río Guaíba. Pero siguiendo para el norte se atravesaba todo el estado de Santa Catarina, después todo Paraná, un día y medio en el ómnibus para entrar en la San Pablo inmensa, bajo un techo de humo espeso, picante, disolvente, el aire tan respirado borraría todo rastro de su aroma como ella borraría todo rastro de su pasado hundiéndose en el anonimato de la multitud.

Había huído de él dejando pistas falsas, como un animal perseguido, insegura de poder sustraerse a su poder. Temía por su destino ligado al de él, ser arrastrada por sus proyectos ilusorios de conseguir trabajo, mantener una mujer, formar una familia. Aunque ambos lo ocultaran, aunque ambos se resistieran a verlo, ambos lo sabían: la vida normal no era para él, la había tenido desde la cuna, venía destruyéndola. Ella, en cambio, no la había tenido nunca, venía trabajando duramente por construirla. Cuando el hombre es poseído por una pasión, cuando deja de ser dueño de sí para ser gobernado por un demonio, es indiferente cuál sea la naturaleza de esa inclinación: el despojo de quien lo tiene todo resulta tan persistente como el afán de apropiación de quien nada tiene. Marco lo destruía todo buscando una nada redentora; la Morenita buscaba desde la nada alguna redención. A ella no le alcanzaría la vida para llegar a sospechar siquiera lo que se había hecho para él dolorosa evidencia: la vacuidad de la posesión, la inutilidad del bien material, la falsedad universal, la indefensión del alma, la soledad infinita, unos hechos metafísicos sólo perceptibles en varias generaciones de buena alimentación. Ella sí quería una familia, desde el fondo de su alma hasta la punta del cabello: para ella sí era importante llegar a ser, quiéralo Dios, una mujer como las otras, con marido decente, hombre de trabajo, mujer ella de su casa, esperarlo con la cena al atardecer, los niños jugando en el fondito, la casita chica en algún barrio alejado, modesta, no importa, pero eso sí, limpia y arreglada, vaya si la tendría ella ordenada su casita, en la cabecera de la cama grande Cristo en la Cruz bendice nuestra unión, la estampa de la Virgen en un marquito de madera protege nuestro hogar, Santa Madre Yé-Manyá en tu inmensa bondad perdona a esta pecadora, manchada su vida, avergonzada para siempre ante tu ejemplo santo, ruégale a Dios en mi nombre, al Padre de tu Hijo ruégale, por tu sierva pídele, porque El en su bondad inmensa le guarde un lugarcito en el cielo, porque el infierno, Madre, lo conoce tu sierva desde antes de nacer.

Con Carmen.

La investigación. Octubre, 1993.

- No quiero hablar de eso.

- Ni yo quiero violentar su privacidad. Tan sólo le pido algunas referencias de fechas, direcciones o algo que me permita adelantar la investigación.

- No es mi problema su investigación.

- Le estoy pidiendo ayuda. No tengo casi datos. No sé cómo seguir.

- ¿Usted es policía? ¿Es de la policía? Ya no estamos en dictadura, por si no se ha enterado.

- ¿De la policía? ¡Pero qué tontería! Estoy haciendo una investigación sobre un escultor. Aunque no lo crea, hay gente que se interesa en la cultura.

- Periodista, entonces. Tampoco me interesa hablar con periodistas. Busque su columna en otro lado. Acá sólo hay pobreza, miseria, desnutrición, indiferencia.

- Tampoco soy periodista...

- Mire esos niños, fíjese el frío que hace, observe como van calzados. Estuvieron así todo el invierno. Lo que tienen es lo que se logra juntar en las ciudades, porque acá no hay más que miseria. Vienen a la escuela para comer, no se equivoque, no crea que vienen por la cultura. En Teoría de la Educación eso se llama "motivación por necesidad primaria": los niños vienen a la escuela para comer, sus padres los mandan porque no tienen comida para darles, ni ropa para vestirlos, ni saben qué hacer con ellos. Les importa un comino la alfabetización. Si quiere escribir de algo, escriba de esto que está viendo. Pero con eso no va a hacer plata, no; ni podrá siquiera vender el artículo. La pobreza no interesa, la pobreza no es verdad, eso no pasa en Uruguay, no existe. ¿Quién va a leer un gran diario para enterarse que los niños del norte viven en la miseria? Esas cosas son para Ruanda, para Bangladesh, a lo sumo para el nordeste brasileño, pero no para nuestro Uruguay, tan culto, tan igualitario, con tan alto índice de alfabetización. Después de todo, acá están, en la escuela, la escuela vareliana, gratuita, democrática, laica, universal. ¿Quién va a creer que acá hay miseria? Tonterías. Veamos mejor que ha dicho esta semana la Princesa de Mónaco, cómo va el tenis en el abierto de Australia, si Fabricio Eduardo se dará cuenta finalmente de la impoluta virginidad de Adriana Laura, no se pierda su telenovela preferida, martes y jueves veintiuna treinta horas en el gran canal. Ya ve, acá no hay lugar para un periodista.

- Le dije que no soy periodista. Trabajé en un diario durante doce años; lo dejé por algo semejante a lo que usted está diciendo. No tengo trabajo fijo, vivo de estos sueltos que voy recogiendo por ahí con la ayuda de la gente, muchas veces tan desposeída como sus niños. No me pasé mirando el mundo tras la ventana. Mi tema ha sido muchas veces la miseria, material o moral, que son igualmente graves. Ahora, lo crea usted o no, estoy trabajando para la Galería Fiori di Firenze, de Montevideo, que me paga para que averigüe lo que sea sobre la vida de Marco Antonio Falcone, "Marc Antoine", un desposeído con quien usted vivió varios años. Si se aviene a contestarme alguna pregunta, el único daño que puede estar haciendo es ayudarme a ganar el sueldo. Me duele ver estos niños tanto como a usted. Sé que tiene razón en lo que dice. Admiro su sacrificio, pero no es usted la única que tiene sensibilidad.

- No admire nada. No hay nada que admirar. Hago solamente lo que me corresponde hacer como ser humano, un deber que es muy cómodo olvidar. No preciso que me admire a mí. Son estos niños los que precisan atención, no usted ni yo.

- La galería para la que trabajo no nada en la abundancia; usted sabe bien que el arte no da mucho. Pero voy a hablar con la dueña para mandarles botas.

- Guárdese las botas. Por más que se precisen no me va a comprar con unas botas. Además, no tengo nada de interés para decirle. No soy artista, ni siquiera público. Ya no me importa el arte.

- Le expliqué claramente para qué vine. Entiendo su negativa.

- Usted no entiende nada.

- No esté tan segura de que no entiendo nada. Marco Antonio Falcone realizó una obra que puede tener algún valor, una obra que usted no conoce, que la galería está intentando rescatar con escasa o ninguna posibilidad de beneficio, si lo quiere saber. Usted conoció a Falcone, vivió con él, supo bien cómo era, qué hacía; usted no es mujer de superficialidades.

- No es asunto suyo cómo soy.

- Naturalmente que no. Pero su vida está acá, a la vista de todos, mostrando a cada instante cómo es usted. No la molesto más. Nadie está obligado a revolver sus recuerdos. Pero dígame cuántos niños tiene, cuántos pares de botas precisa.

- Hay veinticuatro niños en total, tamaños del treintaitrés al treintaisiete, pero no se preocupe mucho por los tamaños, con la necesidad que hay...

- Serán veinticuatro pares, del treintaitrés al treintaisiete. No le puedo agradecer su amabilidad, pero sí su tiempo. Tenga usted un buen día.

- Espere.

- ¿...?

- Véame después que termine las clases. A las cinco. Vivo acá en la escuela. Al final de la calle hay un almacén, le darán algo de comer.

El mundo de Carmen.

La investigación. Noviembre, 1993.

- Creo que resultó porque traté de no preguntarle; la dejé hablar. Ella sabía lo que me interesaba saber; si quería, me lo iba a decir. Se entretuvo mucho hablando de su escuela, del presente; si no hubiera hablado de eso, tampoco me hubiera contado nada.

- Los caracteres extraños... parece que eso te atrae.

- La ayuda existe, sí. Ayuda de los gobiernos, los organismos internacionales, las organizaciones no gubernamentales. Una ayuda que viene muy de arriba para los que estamos muy abajo. El descenso es largo; en cada escalón, la ayuda se achica. Controles, gastos de administración, licitaciones a proveedores reconocidos, pólizas de seguro, costos de transporte. Muchos ganan con la ayuda. Cuando llega abajo queda muy poco; muchos sueldos internacionales se han pagado, mucho se ha malgastado, muchos han vivido de la ayuda. Pero hay que agradecer por el total; hay que decir gracias a todos los señores que han ganado con la ayuda, que viven de ella, que se reclinan en sus sillones anatómicos con el corazón tibio de altruísmo, un calorcito que refuerzan, por si falta, echándose al estómago un café bien caliente, una ayuda en la laboriosa digestión de un almuerzo "ejecutivo" cuyo costo daría aquí para alimentar toda la escuela. ¿Cómo es posible vivir en medio de tanta mentira?

- Estuvo afiliada al Partido Comunista, cuando era poco más que una adolescente, por unos años. Después se desafilió; esta oposición burocrática también era mentira. Militó activamente en la izquierda, seguramente estuvo cerca de los grupos armados, eso no me lo dijo. No creía en la solución armada, o intuyó su fracaso. Por algunas cosas que mencionó, creo que el padre era militar.

- Yo voto por ellos, ellos votan por los candidatos de sus patrones, que les aseguran las condiciones para que los sigan explotando. En cada período eleccionario los políticos se acuerdan de los desposeídos: vienen en caravana, traen yerba, vino, chorizos, promesas; hacen un asado, hablan contra los opositores, la izquierda, el comunismo... no, no, acá nadie se enteró que ya no hay comunismo, no importa, la bandera igual sirve. Después se van; los patrones consiguen los sobres, los hacen repartir, todo sale bien. Se festeja, pero ya no hay vino, ni chorizos, ni nada. ¿Para qué gastar ahora? El candidato ya está elegido.

- ¿Cómo es que esa mujer permanece ahí, en medio de esa miseria, aislada de todo? Es seguro que podría tener una colocación mejor. ¿Qué espera lograr? Ya no es joven...

- Le admiro... sí, ahora me va a permitir decírselo, le admiro la capacidad de ver cosas tan dolorosas con una comprensión tan profunda, sin caer en la catequización, en el proselitismo; el haber olvidado la tan famosa "toma de conciencia", una quimera imposible de lograr mientras se la busque deliberadamente como tal.

- No, no realizo ningún proselitismo, ninguna actividad política. Todos saben que yo no soy de ellos, que no voto a los patrones, pero yo no les digo nada. Tan sólo intento educar: que sepan leer, que sepan hacer una cuenta, que sepan algo del mundo; si es posible, que lleguen a pensar con sus cabezas. Es lo único que sirve. Porque ellos no creen en lo que ellos mismos hacen, ni creen en lo que les dicen. ¡Si supiera usted de qué manera tan profunda, tan definitiva, no creen! Todos están convencidos de que los políticos roban, mienten, traicionan. No esperan ninguna ayuda, ni siquiera que los acomoden. Acá no llega ni eso, no es necesario gastar un puesto público para ganar a nadie. Es el clientelismo político más barato posible.

- El sentido de su vida parece ser esa lucha constante, sacrificada, sin esperanza; intentar que esos niños mal alimentados puedan leer, puedan hacer cuentas... aunque sea para saber si les pagan bien el jornal.

- Es posible. En todo caso, vive, vive intensamente, deliberadamente hundida en ese mundo marginado para siempre, sin aspiración alguna de trascender, ni de salir de ahí. Probablemente se jubilará... no, la jubilarán a prepo cuando le llegue la edad, sin que su vida cambie nada. Seguirá ahí, compartiendo el destino de los que no tienen nada, hasta que termine sus días, rodeada por esa gente... acaso la que más cerca de ella supo estar.

- Me maravilló durante años esa duplicidad de la mentalidad humana: saben que les roban, que les mienten, que los traicionan, pero igual los votan. No son capaces de concebir un cambio. Aceptan su miseria como una condición natural. El mundo es así, no puede ser cambiado. Por otra parte, en todos lados está pasando lo mismo. Cayó el mundo socialista, muchos perdieron esa fuente de fé. Una buena parte de la izquierda perdió su esperanza; la sociedad sin clases se ve mucho más utópica hoy de lo que se la veía en la Revolución Industrial. Pero del otro lado no van mejor las cosas. La derecha se define en buena parte en relación a un opositor. Ya no tenemos enemigos, somos todos capitalistas, democráticos, justos, santificados, pero hay cada vez menos trabajo, las máquinas lo hacen todo, la reconversión laboral es otra mentira. La religión dejó de ser hace mucho tiempo un sostén para el alma humana; la Segunda Reforma no aparece. ¿Qué valores tenemos para proponer a nuestros hijos? ¿La eficiencia? ¿La ejecutividad? ¿La excelencia? Ejecutividad, excelencia, ¿para lograr qué? No entiendo como alguien puede sorprenderse de que los jóvenes se droguen, se entreguen al sexo orgiástico, se suiciden, se masacren por el fútbol o ingresen a su escuela con una metralleta a liquidar a sus compañeros, sus profesores, sus padres, o cualquiera que se les cruce en el camino.

- Era notable la diferencia que mostraba cuando tocaba los puntos personales. Ya no había energía en esas palabras. La fogosidad con que hablaba de la miseria, del engaño político, de la vida humanitaria, desaparecía cuando recordaba su propia vida.

- Al principio tomaba poco. Hizo la casa, él solo con un peón. Seguía con las esculturas, pero poco. Dio en hacer dibujos, proyectos para sus esculturas, supongo, porque la pintura nunca fue lo de él. Yo lo dejaba solo, trataba de no molestarlo. No me mostró lo que estaba haciendo; guardaba todo en un baúl. Nunca le quise tocar las cosas, a mí me interesaba él, lo quería a él; los trabajos ya me los mostraría cuando llegara el momento; cuidaba su equilibrio como se cuida una copa de cristal. Trabajaba de noche; dormía de día, cuando yo iba a la escuela. Así estuvo por más de un año, sumergido en esos dibujos. Repentinamente, cambió su ritmo. Empezó a tomar por las noches, otra vez. Yo estaba muy deprimida. Aunque en ese momento no lo quería ver, supe desde entonces que todo había sido inútil, que todo se iría al carajo.

- No tengo futuro. Nunca voy a poder ver con los ojos lo que veo en mi cabeza. Tengo aquí las manos, tengo la fuerza, pero me faltan las piedras. ¿Habrá lugar en este mundo para mis creaturas?

- Varias veces dijo cosas similares. No me era posible saber de qué hablaba. Era raro, porque siempre había sido comunicativo con su trabajo. Ahora no decía nada.

- Soy lo que hacen mis manos. Si mis manos están quietas, pierdo la vida.

- Yo no quería escuchar sus delirios de borracho. No me importaba interpretar lo que decía. Sólo veía que estaba cayendo otra vez, cayendo, cayendo, cayendo siempre. Y yo con él.

Carmen contra su padre.

Marc Antoine. Abril, 1968.

- No somos insensibles, la pobreza es algo muy lamentable, pero no se puede quitar al propietario legítimo para alimentar vagos...

- ...explotados, esclavizados, rompiéndose el lomo para enriquecer a los capitalistas...

- ... no hacen nada, son pobres porque no quieren trabajar...

- ... tomando mate en los cuarteles, sin hacer nada útil para los demás...

- ... enemigos afuera y adentro, las instituciones democráticas están amenazadas...

- ... defendiendo el capitalismo, el privilegio, la explotación ... ¡serviles!

- ¡A mí no me hablés así!

- ... milicos, perros guardianes de los amos capitalistas...

- ¡Carmen, por favor, a tu padre!

- ... lo último de mi vida, ¡tener una hija comunista!

Mudo de ira, perdido todo control, levantó sin querer la mano en ademán de abofetearla. En cuanto ella vio el gesto saltó para adelante como una catapulta, irguiéndose sobre las puntas de los pies, los brazos hacia atrás, enseñándole la cara descubierta.

- ¡Eso! ¡Pegame! ¡Dale, pegame! ¿Así es como le dan a los presos, no? Así les enseñan los yanquis a defender la democracia, ¿no?

El hombre era una caldera a punto de estallar. Inmóvil, ardiendo de indignación, mantenía la mano levantada sin poder moverse, mientras su hija lo trataba de cobarde, sirviente, cipayo, fascista, torturador. Súbitamente se le desorbitaron los ojos, se le abrió la boca, empezó a escupir espumas de baba perdiendo el dominio de los miembros. Explotó con un crujido de rama seca. Se desplomó en un segundo del largo de una hora, desmoronando interminablemente desde la altura, un gigantesco árbol del bosque tronchado en su base por la sierra de motor.

La madre y el hermano se lanzaron hacia el hombre unidos en un grito. Carmen quedó con el gesto trunco, inmóvil como de piedra. Vio el cuerpo debatirse en el suelo en medio de los vómitos, perdido el control de sus funciones, los órganos librados a su suerte, desbaratado el orden fisiológico de la vida. No veía allí a su padre. Ella, con su cuerpo en regla, nada podía tener en común con ese retorcimiento desesperado de entrañas en busca de conciliación. No obstante, de ese montón de células desconcertadas provenían las suyas propias, armónicamente coordinadas en un cuerpo firme, saludable, listo para responder a su llamado. Con sólo quererlo su voluntad, se convertiría en movimiento, sonido, gesto. Eso ya no era posible en esa masa orgánica revuelta en el suelo como una víbora prisionera; en vano intentaban los seres sanos llamar a orden su incoherencia. Increíblemente, ese cuerpo había sido capaz de mantener su cordura fisiológica por años. En una prolongación temporal de ese orden sostenido, esa combinación celular había podido engendrar el cuerpo sano donde ella se reconocía a sí misma, el cuerpo que ahora la sostenía inmóvil como de piedra en un ademán trunco.

Un manotazo brutal había reinstaurado el caos. Esa desorganización de los equilibrios biológicos, ese amasijo informe, esa anarquía orgánica habían sido, segundos antes, un sistema integrado, una maravilla de estabilidad, un equilibrio de reacciones bioquímicas, un complejo autorregulado, estable por más de sesenta años. Toda esa organización, conquista de miles de años de evolución, se había desintegrado en un vórtice de espuma, como rompe una ola contra el malecón.

Retrocedió un paso. Oyó lejanamente hablar por teléfono. Gritos, corridas, sirenas, vecinos. Nadie la veía. Retrocedió otro paso. Entraron los enfermeros con la camilla. Se tiraron encima del cuerpo convulso como domadores sobre una fiera peligrosa. Otro domador echó los parientes para afuera. Retrocedió un paso más. Lo colocaron en la camilla. Cuando se lo llevaban había chocado la espalda en la pared. Su madre le gritó desde el confín del universo:

- ¡Mataste a tu padre!

Quedó en la casa sola. El silencio anegaba la estancia como un océano de agua tropical. Ella había reconocido el infarto desde el primer momento, pero no había hecho nada. Su padre podía morir; ella lo había permitido, acaso provocado. Se vio de pie con el féretro delante, el rostro de su padre inmóvil en el extremo alejado de la caja, los familiares de negro a los costados, los ojos de hielo clavados en ella, la única en vestido de calle. Una luz lechosa de iglesia hacía emerger la cabeza de su padre desde el blanco de la mortaja, enmarcándole el rostro como una gola, los rasgos juveniles de la fotografía sobre la mesa de noche de su madre, sonriente bajo la gorra militar. Los familiares la miraban a ella, ella miraba los ojos cerrados de su padre, rogando para sí que no se abrieran, no sería capaz de enfrentar esta acusación, era ella la única en vestido de calle, todos los demás llevaban luto.

Una vecina la encontró sacudida en convulsiones, desgreñada, anegada en llanto, arañado el cuerpo de sus propias uñas, atenazada en una crisis de nervios sólo conjurada bajo el fuerte sedante inyectado por la urgencia.

Ariel.

Marc Antoine. Agosto, 1968.

El coronel García Castro no murió. El infarto lo retuvo dos semanas. Volvió a su casa con recomendación estricta de llevar una vida tranquila, de evitar los disgustos. Carmen no lo había visto durante la enfermedad; había buscado refugio en casa de unos tíos comprensivos. Un mes después su madre la fue a buscar. Se alarmó al ver lo desmejorada que estaba. No le hizo ningún reproche. No le importaba quién tenía la razón. Quería salvar algo del naufragio.

- Vení para casa. Tu padre está desesperado por verte. A pesar de todo.

Carmen volvió a su casa. Su padre, desde su lecho de enfermo, la recibió como si volviera de un viaje. Dos meses después el coronel estaba recuperado. Su vida de retirado era ya tranquila antes del infarto, no había muchos cambios para hacer, salvo evitarle los disgustos, algo muy difícil si no se pensaba estrictamente como él. Carmen pasaba mucho tiempo fuera; cuando estaba en casa se encerraba en su cuarto. Alguien le presentó un muchacho delgado, de hablar suave, rebosante de espiritualidad. Venía de la India envuelto en un karma tachonado de vedas, bodhisatvas, inciensos, pranayama. Dos semanas después, Carmen anunció su casamiento. La madre le rogó por Dios y todos los Santos esperar un poco, papá recién está recuperándose, un par de meses aunque sea, no lo conocés de nada. No quiso ni oír esas patrañas de burgueses. Ariel era el hombre de su vida, debía ser ahora o nunca, sus karmas eran afines, tenían las auras del mismo color.

La noticia fue filtrada en los oídos del coronel a través de una profusa espiral de circunloquios, tratando de transferir la carga de veneno en pequeñas dosis tolerables por el paciente. Sus allegados buscaban neutralizar la inoculación letal con cualquier antídoto, evocando seguridades inverosímiles, alimentando esperanzas flojas, coloreando futuros desvaídos. El hombre, desorientado, empezó a alarmarse seriamente. Ante el temor de una crisis mayor, su mujer hubo de salir a la palestra: Carmen se casa en dos semanas, el muchacho se llama Ariel, estuvo en la India. El coronel no mostró reacción visible, como si en el mundo no hubiera nada nuevo para él. Cayó en un silencio interminable. Nadie osó interrumpir. Lo miraban desde la distancia, la cabeza envuelta en el humo del cigarrillo, un volcán listo para entrar en erupción. Varios días después, emergió de su reflexión con un juicio sumario.

- Insólito.

No volvió a mencionar el tema, ni a permitir hablar de él en su presencia.

Vistieron el casamiento como mejor pudieron, tratando de evitar el rumor inevitable: seguro se casa embarazada, qué apuro puede tener, al padre le dio el infarto cuando se enteró, no querrá mostrar la pancita en la iglesia, no se casa por iglesia, igual sería una vergüenza, no le debe importar, esa muchacha nunca tuvo mucha cabeza, a toda mujer le importa. No sólo no estaba embarazada; ni siquiera había tenido relaciones. El Universo tiene un ritmo, el metrónomo del ser debe sincronizar con él; es preciso disciplinar el cuerpo, asentarse por la meditación, propender a la natural comunión de las almas; la amalgama de los cuerpos será la consumación final.

Tres meses después se había separado. La comunión de las almas había sido sólo parcial, las auras eran del mismo color pero de diferente textura, chirriaban al restregarse; cada uno seguiría los inefables dictados de su karma siguiendo el tictac del Reloj Universal. Ariel pasaba largas horas durmiendo; cuando despertaba, consumía su tiempo fumando marihuana, leyendo el Rigveda, tocando en la cítara tres monótonas notas repletas de significado. El trabajo occidental no era conveniente para el desenvolvimiento de su vida espiritual. Su familia no le daba dinero; vivían del sueldo de Carmen, de las ayudas de su madre escamoteadas del arqueo de su esposo. Cuando ella llegaba del trabajo él la esperaba con una cena macrobiótica de arroz integral, un puñadito, hierbas cocidas, un puñadito, hierbas naturales, unas briznas, agua de ciruelas, un vasito, pan integral, un trocito, té aromático, una tacita. Cenaban en armonía espiritual, masticando veinte veces cada bocado, mientras la varita de incienso destejía su hebra aromática ascendiendo en espiral. En unas semanas, la pérdida de peso, la sensación de cansancio permanente, la depresión anímica, la llevaron a considerar esta dieta poco adecuada para una vida laboral.

Ella intentó comunicarle, por artificio de ingeniosos argumentos indirectos, la necesidad de una delicada pero posible conciliación de la vida espiritual hindú con las necesidades de nutrición impuestas por la cultura occidental, una sociedad malamente desviada hacia el trabajo, donde era preciso comprar cada momento de meditación. El la escuchó benevolente, munido de paciencia, enseñando una búdica sonrisa de comprensión. El Gran Vehículo, reservado para almas capaces de sacrificio, no era para todos; no se trataba de vergüenzas ni menosprecios, sólo cuestión de karma; ella debía iniciarse en los principios del Pequeño Vehículo, más apto para las almas simples, a quienes era necesaria la redención por el trabajo, una forma de esclavitud necesaria para alcanzar la libertad verdadera. Tratándose de una mujer, el Pequeño Vehículo era lo único, lo más adecuado. Cuando ella hubo expuesto sus dudas, él volvió hacia ella sus atractivos ojos de vidrio. La observó largamente, en contemplación brahamánica, envuelto en una nube de marihuana. Dejó luego caer en suave goteo las palabras, bañándola en un bálsamo de paz, envolviéndola en su voz seductora, articulada en las cuerdas vocales del más allá. La fue instruyendo con paciencia, concediéndole tiempo para dejar planear las ideas hacia el fondo de su conciencia, así descienden las hojas del árbol a la tierra cuando llega del otoño. El se ofrecía a ella en su totalidad: todo su ser era ejemplo absoluto de una vida pura, una roca blanca en el medio del lago de la putrefacción occidental. Su vida toda era una flecha apuntada, inequívoca, en recta dirección, hacia el único Gran Objetivo del Hombre: la Trascendencia.

El fue siempre bondadoso con ella. En todas las peripecias de esos meses jamás perdió la calma, nunca cedió al desequilibrio, la ira, la arbitrariedad. La trató, en todo momento, con la mayor suavidad. Nunca dejó de esperarla con la cena macrobiótica, de liarle los cigarrillos de marihuana, de leerle pasajes simples del Rigveda. Cuando ella lo acusó de vividor, de drogadicto, de impostor, de mantenido, de imbécil, él se mantuvo distante, brahamánico, bodhisatvático, aún en el difícil último momento cuando ella, en medio de una cólera furiosa, con el aura rojo fuego, le gritó a voz en cuello desde la mitad de la escalera, lo mejor que vos podés hacer por el bien de los demás es meterte la sacrosanta cítara en el culo.

Te digo como sos.

Marc Antoine. Enero, 1969.

- ¿Cómo te llamás?

- María del Carmen. Pero me dicen Carmen.

- Mejor. Mucho mejor.

- ¿Por qué?

- Por la Carmen de Bizet.

- ¿Conocés a Bizet?

- Personalmente, no.

- ¡No seas pavo!

- Georges Bizet, músico francés, compuso la ópera "Carmen", la suite "La Arlesiana", la ópera "Los Pescadores de Perlas". Murió pobre, ignorado; el mundo no fue capaz de apreciar su música. Mientras los imbéciles te reconocen se te va la vida. Si vas a ser famoso, mejor antes de morir, ¿no te parece? Pero no es nada fácil conseguir el reconocimiento de los imbéciles, que se den cuenta de quién sos.

- ¿Por eso te firmás "Marc Antoine"? ¿Para llegar más rápido a la fama? ¿No sería mejor "Marco Antonio"?

- No, de ninguna manera.

- ¿Por qué no?

- Parce que je suis ami de Bizet.

- Tus piedras no están mal, las formas están bien dadas, pero ¿qué significan?

- ¿Qué querés que signifiquen?

- Yo no quiero que signifiquen nada. Quiero saber qué significan, qué quieren decir las piedras de por sí, no quiero inventarles nada. El autor debe saber por qué las hizo. Si no sabe lo que quiso decir, o si no quiso decir nada, no es un verdadero artista. El artista debe tener un objetivo, una razón de ser. Estas piedras, ¿sirven para algo? ¿Mejoran el mundo? ¿Ayudan a la gente a entender? ¿Le hacen bien a alguien? Si con tus piedras no pasa nada de esto, mejor dedicate a otra cosa. Algo más productivo, más útil para los demás.

- Estas piedras significan lo que vos quieras que signifiquen. Yo, autor, compongo una pieza según la siento, una forma abstracta, alejada de lo cotidiano, de la contaminación de lo cotidiano. La coloco frente a vos; ahí termina mi labor. Vos la mirás, la tocás, la apreciás según la sientas; verás tu interior volcado en la forma como en un recipiente esterilizado, una emoción estética tuya propia, libre, sana, sin la deformación enfermiza producida por los gérmenes de la vulgaridad. Esa piedra es un continente puro para un contenido espiritual tuyo. Si cuando la mirás no te dice nada, si cuando la tocás no sentís nada, es porque no tenés nada tuyo para poner en esa piedra. En ese caso, para vos, no tiene sentido su existencia. Esas piedras dicen lo que cada uno es capaz de decir.

- ¿No te parece demasiado pretencioso de tu parte?

- Sí. Es muy pretencioso. Pero es así.

- Yo no dije que no tuviera ningún sentimiento que poner. Dije que yo no quería poner nada en esa piedra. Quiero saber qué puso el artista. Si no te molesta, si te da la gana explicarlo.

- ¿Qué te parece que puso el artista?

- No sé, no se vé. Por eso te pregunto.

- Eso no se puede preguntar. Hay que descubrirlo, acercándose al artista, conociéndolo, amándolo. Deberías empezar por hacer el amor con el artista.

- ¡No seas grosero! No me interesa el artista. Me interesa el arte.

- Entonces, ¿qué importa lo que puso el artista? La obra está ahí, el fenómeno artístico se da entre la obra y el espectador.

- Pero esas formas no dicen nada. Nadie ve nada ahí. Si te dicen que ven algo lo están inventando.

- Eso no tiene nada de malo.

- ¿Ah, no? ¿Vos esculpís esas piedras para que venga cualquiera e invente lo que sea?

- Más o menos, sí.

- ¿Vos no tenés nada para decir, nada tuyo?

- Tengo mucho para decir, tengo mucho para decirte a vos. Vamos a tomar algo.

- No me interesa ir a tomar nada contigo. Sólo quería entender lo que hacés, pero si no me querés explicar...

- Sí quiero explicarte. Muchas cosas, no sólo las esculturas.

- Sólo me interesan las esculturas.

- ¿Qué esperás ver? ¿Algo con significado? ¿Una cara, una madre amamantando un niño, un hombre con un pez, un héroe a caballo?

- ¿Me tomás por una imbécil?

- No, en absoluto. Te estoy tratando de mostrar algo...

- ¿...qué?

- Las imágenes conocidas no van a ser capaces de decirte nada nuevo, no van a hacer surgir en vos nada nuevo, nada auténtico, nada verdadero. Porque todos los objetos, las imágenes, las cosas reconocibles están totalmente desgastadas; cada cosa tiene como un cartel colgado, "yo soy una madre", "yo soy el héroe", "yo soy la santa". Para cada objeto exterior hay una frondosa asociación adentro tuyo. Quedás aprisionada en arquetipos conocidos, manoseados, vulgarizados al extremo. Las asociaciones nos han corrompido el espíritu; nos han dejado ciegos a todo, sólo sabemos leer el cartelito colgado. Los verdaderos artistas estamos hartos de animales disecados. Buscamos, con el aliento que nos queda, encontrarnos de nuevo con la vida.

- Está bien esa búsqueda; pero no todo es la imagen, el arquetipo, el cartelito colgado. También está la forma de presentarla, la técnica de ejecución, la expresión, qué se yo. Es posible convertir lo archiconocido en algo completamente nuevo.

- ¡Bien, bien! ¡Muy bien! Deberías realmente venir a tomar algo conmigo.

- No insistas. Seguime explicando lo que hacés.

- Tomá una forma cualquiera. Una teta por ejemplo...

- ¡Te dije que no fueras grosero! Si seguís con las groserías me voy.

- Bueno, un seno, entonces. Separado de todo, como forma, nada más. ¿Qué puede decir esta forma? En el exterior, es la nada. La nada empieza a girar, lentamente, así; luego algo surge, se eleva con suavidad extrema, siempre girando, girando como la espiral de una galaxia, así; se va acercando, un poco en cada vuelta, va trayendo algo desde la nada, como venimos nosotros de la no existencia; crece, acercándose, así, redondeándose en la forma, vagamente semejante a un cono, sufriendo, encantadoramente, la curvatura axial de la atracción gravitatoria, así; dejemos ahora entrar la forma en nuestro espíritu por el tacto, comenzando a acariciar desde los bordes, desde la nada, remontando con la yema de los dedos la curvatura hacia el ansiado centro...

- ¡Basta de idioteces! ¡Qué vulgaridad! ¡Me voy!

- ¡No, esperá, no te enojes! La escultura no es sólo para ver, no se aprecia sólo con la vista. No tiene mucho sentido tocar un cuadro; tocar un poema, menos. Tampoco vas a ir a tocar a un actor, o a una cantante... aunque pensándolo bien... En cambio, sí se puede, sí se debe, tocar una escultura. Nuestra sensibilidad táctil está dormida.

- Sabés bien por qué me enojé.

- Fijate el viejo ese sentado en el banco, de espaldas al mar, mirando la calle. El mar no le fascina, no le dice nada. A él le importa la calle, las mujeres que pasan, lo que piensen de él, de su pose, de su vestimenta, de la forma como se atusa el bigote, miralo bien, primero uno, después el otro, ¡qué distinción! Como cruza una pierna sobre la otra, adelantando el pie, para mostrar los zapatos lustradísimos, caros, la media, finísima, rombito rojo, rombito verde, ¡qué primor! Una estampa inigualable. ¡Y la cara! ¡Qué caaaara! Esa cara lo vende solo.

- ¿Qué le ves en la cara? Una cara de viejo chocho, nada más.

- Mucho más. El tipo tiene plata, no mucha, pero algo; no quiere a nadie, por supuesto, sólo a sí mismo, a esa imagen que está mostrando. Le gusta ser adulado, especialmente por las mujeres; le gusta jugar de irresistible amante latino con fondo de bolero o de cumbia... no, más bien de cumbia, de cumbia picante; el bolero es demasiado sentimental para él; de tango ni hablar. Ahí lo tenés, yéndosele los ojos a las piernas de esas dos niñas; seguramente aspira a desvirgarlas, con pollerita puesta y todo. Mirá, mirá la fineza al mover el pañuelito, como si tuviera mocos de nácar... no, no, es para limpiarse la baba en la esquina de la boca. La basura desborda el tacho.

-...

- Una mujer decidida le puede sacar muchos pesos. Es uno de esos capaces de pagar por los azotes, una amazona vestida de cueros negros con muchos breteles, como debe haber visto en las películas pornográficas.

- ¡No sé cómo podés inventar tanta pavada! Para vos todas las caras deben decir lo mismo.

- La tuya no dice lo mismo.

- ¡No quiero ni saber...!

- Es hermosa.

- No es un rasgo de personalidad.

- De eso no puedo decir nada. Todavía.

- ¿Cómo? ¿Mi cara no le informa al señor sabelotodo?

- No, porque sos mujer. La cara de una mujer no muestra su verdadera personalidad. La cara de una mujer da una imagen superficial, diferente, muy diferente. La cara de una mujer siempre miente.

- ¿Pensás que todas las mujeres mienten? ¿Serás tan perseguido?

- No, no son las mujeres las que mienten, sino sus caras. Las mujeres son más derechas que los hombres, más confiables, más sacrificadas, más buenas, más fieles. Las mujeres son lo mejor de la Creación. Hay cosas en una mujer que siempre dicen la verdad.

- ¿Qué cosas de una mujer dicen siempre la verdad?

- Las tetas. Vení, mostrame una teta, así te digo cómo sos.

Todo corazón.

Marc Antoine. Marzo, 1969.

- ¡No me persigas más, entonces! ¡Quedate con ella!

- No me interesa. No me importa.

- ¡Pues parece que te importa bastante! ¡Te fuiste corriendo a encamar con esa vieja!

- ¡No me importa! ¡No me importa nada! ¡Vos me importás! Sos la única mujer que me importa de veras.

- ¿Por qué te acostaste con ella, entonces? ¿Para sacarle plata? ¿Para aliviarle la soledad, con tu imagen de artista trágico? ¿Para que te compre unas esculturas? ¡Qué asco!

- ¡No digas sandeces!

- Claro, ya sé. Te fuiste a a acostar con ella para mostrar lo mucho que te importo.

- Tenía unas copas de más, ya te lo dije.

- Muchas veces tenés copas de más.

- Porque estoy solo.

- No parece. Allá la tenés a ella, esperándote en su apartamento de lujo. Apuesto que te hace subir por el ascensor de servicio, el de los proveedores.

- Estoy solo porque vos no estás conmigo.

- ¿Cómo puedo estar contigo si en cuanto me doy vuelta te encamás con cualquiera?

- Tenía unas copas de más. Y estaba solo.

- Pues vas a seguir solo. Dejá de perseguirme. ¡Andate, dejame sola! ¡No quiero verte más!

- No. No puedo dejarte sola. Te voy a perseguir hasta el fin del mundo, porque en vos me va la vida.

Caminando por la rambla de Pocitos la necesitaba, la necesitaba de veras, ella era para él lo constante, lo estable; le marcaba el rumbo como la lucecita aquella de esa boya allá a lo lejos, derecho donde apunta mi mano, cuando se prende, ¡ahora!, te muestra donde estás, su luz no te abandona nunca, podés contar con ella, ¡ahora!, como esas llamas encendidas para siempre en los altares de los santos. Caminando bajo la luz amarilla de sodio ella no era un relámpago más en las muchas tormentas de su vida, sino el fin de la tormenta, el cielo claro, el fresco de la mañana, la luz del día; la necesitaba cien veces, a ella sola, para poder ser. Se hallaba ahora sobre los baldosones de granito de la rambla ante algo grande de verdad, un trabajo fabuloso, lo tenía en la cabeza, algo impuesto sobre él como caído del cielo, una enorme revelación informe, abstracta, demandante, absorbente; la precisaba junto a él porque eso le asustaba, era demasiado para un hombre solo, no sería capaz de vivir sosteniendo todo ese peso como Atlas sostenía la Tierra. Caminando a la vera de la negrura del mar él había llegado al mundo para estampar formas en la piedra, mensajes de los dioses portadores de la luz para los ojos miopes de los hombres. Bajo todas las estrellas de la noche ella estaba en el mundo para cuidar de él, su trabajo era soportarlo, atenderlo, darle su cariño, tan falto como estaba; enderezarle el rumbo, perdonarlo mil veces si fuera necesario, impedirle perderse en caminos estériles, alegrarse con él en todas las buenas, sufrir con él todas las tristezas, estar siempre con él en todo momento toda la vida. Caminando sofocados en el aire caliente de la noche estival ella debía ser su guía, llevarlo de la mano, sostenerlo, levantarlo cuando se cayera, hacerle comer cuando se olvidara, dándole de a cucharadas en la boca si fuera necesario, porque en el fondo él era como un niño perdido en un mundo de hombres sin alma; él no era capaz de vivir solo, alguien debía alimentarlo, abrigarlo, cantarle antes de dormir, despertarlo en la mañana, hacerle oír el canto de las gaviotas en la escollera. Caminando mientras la atraía junto a sí con su mano grande había empezado una persecución, una cacería, una misión, viajaría muy lejos, iba en busca de un bálsamo necesario a los hombres, él lo debía traer, unas gotas en un grial, la concentración en esa empresa le impediría por completo ocuparse de sí mismo. Si ella no estaba ahí para sostenerlo en ese horizonte de mar rayado por el alba él se caería sin remedio, se derrumbaría su gran obra, se vendría al suelo fatalmente todo ese mundo mágico, extraterreno, misterioso, difícil, divino, entrevisto en la bruma de los sueños. Mirando al suelo sus zapatos avanzar le dijo finalmente, con el aliento exangüe de un globo desinflado:

- Yo soy todo corazón, preciso una mujer sólo para mí.

Las primeras piedras.

La investigación. Noviembre, 1993.

- Te fuiste hasta Artigas, así no más...

- Sí, claro. ¿Cómo podía entrevistarla, si no? Un pueblito de mala muerte, pocos habitantes, una miseria espantosa, la gente hablando prácticamente en portugués.

Silvana tenía puesta una túnica clara. Se la veía muy distinta fuera del escritorio, del ambiente sobrio, cuidado, de la galería. Levantaba las piedras, les quitaba el polvo con un pincel, las examinaba a la luz, cambiaba de ángulo, seguía las formas con los dedos. Iba anotando sus observaciones mientras hablaban. Fernando la contemplaba tirado en una silla, como un cazador de pieles llegando a tasar las piezas abatidas de un tiro en el ojo: una docena de piedras, unas treinta fotos, algunas hojas escritas a máquina.

- Nada muy bueno, como ves. Los relatos pueden ser un poco más interesantes.

- Seguramente porque el autor les habrá agregado de su cosecha, ¿o no?

- También sé trabajar en serio.

Había recorrido todos los edificios donde había hecho murales, las casas de pensión donde podría haber vivido, los cafés cercanos, los domicilios de quienes podían haberle conocido. La mayoría no recordaban, no vivían más ahí, no le abrían la puerta, suspicaces ante el carnet de periodista o anticipando una venta a domicilio. De un basural al fondo de una casa de pensión había rescatado unas piedras; la dueña había ofrecido resistencia por las dudas, sin lograr olfatear ningún valor, pero había sido necesario ablandarla con unos pesos, están acá en mi casa, no se las puedo dar así no más, está bien, haré una excepción, después de todos estos años nadie tiene derecho a reclamar, mire si uno va a guardar toda la mugre de los inquilinos. En el ambiente artístico era desconocido por completo. De los archivos de los diarios había rescatado media docena de artículos fechados entre 1965 y 1971, seguramente escritos por el propio Falcone imitando el estilo crítico de los periodistas, autoentrevistas donde él mismo elegía las preguntas en función de las respuestas. Era una práctica usual en los diarios. Con unos pocos retoques, el periodista obtenía un artículo; el artista se publicitaba con poco haciendo trabajo ajeno. Los artículos en sí eran tan insustanciales como muchos de la especie. Un par de fotografías aportaban un rostro alargado, flaco, de ojos inquietos, el pelo cayéndole a la mejilla, los bigotes curvados hacia abajo, un aire de taita, rufián, burlador o espadachín.

De sus obras de ese período, sólo quedaban los murales en los vestíbulos de los edificios. Los había visto todos; sólo uno no había podido fotografiar. El portero, celoso de su cargo, se negó rotundamente. Estos murales eran altorrelieves modelados con argamasa, probablemente cementada; con más de veinte años, estaban intactos. En color natural, blanco marfil o blanco tiza, los motivos parecían sacados de Las Mil y Una Noches, seguramente atendiendo a los gustos convencionales de los propietarios. Dos murales al exterior, uno en una comisaría y otro en lo que había sido la Oficina de Inteligencia del Ministerio del Interior, eran en gris, probablemente por el mayor contenido de cemento exigido por la intemperie. Estos dos trabajos probaban, según algunos, su colaboracionismo con el gobierno de extrema derecha predecesor de la dictadura militar. Sus motivos indianos conformaban las limitadas concepciones estéticas de la mentalidad castrense, obligada a exteriorizarse en imágenes simples de supuesta identidad nacional.

Los relieves eran todos buenos trabajos, los arábigos mejor que los indianos. Más allá de la técnica, irreprochable, lograban una expresividad particular: había un dejo nostálgico en esas imágenes blancas, reminiscencias de cuento infantil, un refugio en la inocencia; elevaban una tibieza interior. No podría mucho más un artista contratado por la burguesía de cultura media, tan lejana de aquella vieja, perdida aristocracia terrateniente, eclesiástica o militar que alimentara tantos artistas de calidad en los años del Renacimiento.

Aún los murales no parecían igualar las esculturas de San Pedro, a juzgar por las fotos tomadas por Silvana. Las formas de San Pedro eran zoomórficas, humanoides, mitológicas, fantasiosas; pero el artista mostraba una mano segura, una fuerza determinante. Podrían parecer extrañas, caprichosas o sorprendentes al espectador, pero era patente su fidelidad a la imaginación exaltada que las había pergeñado. Las piedras obtenidas eran anteriores, de su período de Pocitos: abstractas, redondeadas, caprichosas también, pero sin sentido suficiente como para conmover. Podía admirarse la técnica, cierta estructura en la composición, pero no había pasión en esas piedras. Una delicada pero vacua ocupación del espacio.

Las fotografías proporcionadas por Carmen eran más de esto mismo. Estaban descoloridas, algunas manchadas; tenían también más de veinte años. Sin proponérselo, Fernando había logrado ganar a Carmen en algún sentido: ella había terminado viendo en él otro marginado de la sociedad, de una especie diferente a la suya propia, pero también apartado de la multitud, sin puesto fijo, capaz de ganar su sustento trabajando con sus manos en un taller, escribiendo artículos sobre otros marginados. A él le había molestado la conducta naturalmente agresiva de Carmen; había ya perdido esperanza de obtener algo de ella. La forma un tanto orgullosa de Fernando al mostrar su enojo, tan contraria a la insistencia zumbona del periodista típico, hizo cambiar la actitud de ella. Compartieron el mate, le ofreció pan casero con manteca. No esperó ser preguntada. Habló como quiso, con algún orden interior. Fernando la escuchó atento, interviniendo lo menos posible, devolviendo él también, olvidado de entrevistas, alguna opinión personal. Unos cuantos niños seguían en la escuela pasada la hora; jugaban, dibujaban, miraban desde lejos. Las gallinas se paseaban a prudente distancia. Un perro de color terroso apareció por algún lado, dio unas vueltas en torno a él, husmeándolo con calidad profesional; cumplido su menester, se retiró con el trotecito firme de quien sabe con certeza donde va. Un corderito guacho balaba de tanto en tanto.

- Lléveselas. Pueden serle útiles para su investigación. A mí, acá, no me sirven para nada. No tiene que devolverlas.

Silvana las examinó una por una. Las había hecho montar sobre cartulinas. Ahora las numeraba en una lucha ciega contra la arbitrariedad.

- Quién sabe en qué orden las habrá trabajado. Qué período abarcarán.

- Se fueron a San Pedro en el 72, eso me lo dio seguro. Las fotos son anteriores, un par de años, digamos. En cuanto al período, es más difícil; no sabemos cuánto tiempo llevaba ya en eso.

- No las quiero para nada. No sé por qué las guardé durante todos estos años. Las sacó mi hermana; tenían con el marido un tallercito de fotografía, hacían unos pesos, se querían casar. Después se fueron a Canadá. Hace años que no sé de ellos.

- ¿Por qué se separaron? Ella estaría harta de las borracheras, supongo.

Fernando, oculto tras una máscara de indiferencia, le había hecho la pregunta con la mayor naturalidad, sin disculparse por la intromisión para no destacarla.

- Alguna vez, él... ¿llegó a agredirla físicamente?

Podía estropearlo todo. Se preparó para la terminación de la entrevista, una explosión de ira, un alud de vituperios justificados. Se encontró frente a otra máscara tan inexpresiva como la suya propia, los ojos duros fijos en él, dispuestos a sostenerle la mirada hasta el último segundo de la eternidad. Ya fuera en la realidad o por previsión imaginada no pareció estar enfrentando la pregunta por primera vez. Contestó con voz firme, articulando la respuesta con cuidado, bien audible, como ante el tribunal:

- No.

Fernando supo que mentía, ella supo que sabía, pero la respuesta había sido ésa, no habría nunca otra, no existiría la delación, no habría ninguna confesión, esta puerta está cerrada, no destapemos las ollas podridas.

- La mujer no sabía que había muerto. Lo suponía, claro, pero no le había llegado la noticia. Me preguntó cómo había sido.

- No sé. Nadie lo sabe.

- No dijo nada. Se quedó mirando el horizonte.

- Seguro lo habrá querido. Las mujeres son... somos, así de estúpidas.

El polvo se levantaba en el aire seco. El ominibusito local, amarillento, destartalado, se detuvo en medio de chirridos. Fernando le extendió la mano.

- Le agradezco sinceramente. Ha sido un hallazgo conocerla.

Carmen le tomó la mano atrayéndolo hacia sí. Lo besó en las dos mejillas, a la usanza brasilera.

- Si se llega a publicar algo... no sé, un folleto, o algo... mándeme un ejemplar.

- Tiene mi palabra.

Visita de Rosario.

Marc Antoine. Mayo, 1969.

Carmen había ido a vivir con él a su casa taller, en el subsuelo enterrado media altura de una vieja casona, señorial en otros tiempos. El soterrado abarcaba toda la planta edificada. Se accedía descendiendo cuatro o cinco escalones. Un riguroso damero de columnas sostenía una cuadrícula de vigas de hormigón contra la losa del techo. El baño, grande, anticuado, resultaba del cruce de paredes construídas entre las columnas. La cocina no llegaba a delimitarse completamente, abierto uno de sus lados al gran ambiente general. Como una concesión a la arquitectura de casa habitación, dos paredes generosas delimitaban una habitación grande sobre la esquina noreste, oficiando ese espacio de dormitorio. El resto del local aceptaba sin protestas cualquier función que sus habitantes le quisieran asignar.

Carmen llevaba instalada allí unos meses cuando recibió la visita de su hermana menor, única de la familia a quien participó de su unión con Marco. Por ser la menos prejuiciada, sería acaso la única dispuesta a conocer su nueva residencia.

- Por lo menos es independiente. La dueña vive arriba, una vieja medio sorda, más otra vieja igual. No joden para nada. Con tal que les paguemos el alquiler, nos dejan vivir.

María del Rosario la encontró contenta, muy mejorada con respecto al año anterior; había quedado muy mal después de la separación de Ariel. No había querido volver a la casa paterna, se había ido a vivir a una pensión, sin ayuda alguna, con su sueldito del hospital. Ahora se la veía más repuesta, con mejor color; había vuelto a ser la Carmen enérgica, alegre, temperamental, como había sido siempre. Rosario compartía más discretamente la lucha de su hermana mayor en el ambiente familiar, donde las preferencias iban invariablemente hacia los hijos varones. Las hijas mujeres debían contentarse con ser secretarias, profesoras, esposas de hombres dignos, madres de varios hijos. Carmen había hecho un curso de enfermería, bien, pero Rosario estaba estudiando medicina, mal, una carrera demasiado larga, podía comprometer la puntualidad de la descendencia, rol primario de la mujer. Rosario había logrado cierta tolerancia por su forma retraída, sus hábitos convencionales, un novio casi contador. Jorge era un muchacho agradable, un poco tímido, socialmente irreprochable, muy del gusto de la madre, no tanto del padre, quien hubiera preferido para su hija alguien más dominante, más cercano a su arquetipo de hombre de la casa. Pero Rosario se había mostrado reticente en temas de pareja, no se deslumbraba por ningún muchacho, era difícil de conmover. Algo le había atraído en Jorge; no había nada en contra del muchacho, era mejor dejarla seguir por esos carriles. En poco tiempo él estaría recibido, se casarían, vendrían los hijos; Rosario permanecería en su casa, las cosas se encauzarían como siempre se habían encauzado; esta hija menor le daría al menos una alegría, le compensaría en parte los sinsabores de la otra. De los muchachos no había de qué quejarse; sólo era necesario velar por mantener sus cabezas frías, a salvo de las artimañas de alguna chica advenediza a la pesca de un buen partido, munirlos de dinero para comprar sus diversiones, aplacar sus instintos en el burdel, nunca falta alguna buscona dispuesta a embarazarse en pos de un casamiento por encima de sus expectativas. Si los muchachos se casaban antes de recibirse, adiós carrera. El coronel García Castro había visto esto muchas veces. Estos peligros acechantes minaban su tranquilidad.

Rosario y Jorge habían conocido a Marco en una exposición de la Alianza Uruguay Estados Unidos, donde exhibía unas piedras. Más allá de algunos comentarios un tanto zafados que habían hecho enrojecer a Jorge e indignar a Rosario, no habían tenido mayor trato. Carmen les había advertido sobre su modo natural, te dice las cosas tal cual son, como las siente, no está para falsedades; te podrá chocar un poco al principio, nos inculcaron un comportamiento muy artificial, es más sano expresarse así, como él, directamente, decir lo que tenés ganas, hablar como te salga, no quedarte con entripados, se te envenena el alma.

- Pasen al fondo, Marco está trabajando, yo ya voy.

Avanzaron hacia el fondo tomados de la mano. El desorden, la acumulación de objetos, era colosal. Sólo mirando al techo podía el ojo evitar el embate de la avalancha: piedras a medio trabajar, herramientas de todo tipo, dibujos a lápiz, libros destartalados, platos sucios, vasos usados, ceniceros llenos de puchos, botellas vacías, bolsas de papel, prendas de vestir, fundas de discos fonográficos, revistas de actualidad, cubiertos de diferentes juegos, accesorios eléctricos, cajillas de cigarrillos, montañas de diarios viejos, piezas de grifería antigua, tablas de madera, rollos de alambre, cuadros manchados por la humedad. Todas las categorías de objetos producidos por el hombre estaban allí extensamente representadas, conviviendo alegremente en democrática confusión. La luz, entrando por las ventanas contra el techo del medio sótano, se difuminaba en miríadas de partículas de polvo, velando el pasaje hacia el fondo en una niebla amarillenta. Se dirigieron hacia el hueco de la puerta abierta, subieron cinco escalones, salieron al patio.

Las piedras lo tapaban todo. Una explosión magmática parecía haber eyectado los trozos de roca desde las entrañas de la tierra, dispersando en el aire su lava ardiente; solidificada al contacto con la atmósfera, la materia ígnea había concretado enormes goterones, inundando el patio de una lluvia ciclópea. En medio del cráter, Marc Antoine, el torso desnudo, el pantalón vaquero recortado a media pierna, las greñas escapadas bajo el sombrero gacho, machacaba la piedra con la furia de un homérico Vulcano de arrabal.

Se quedaron mirando como trabajaba. Cesó de golpear. Los brazos empezaron a moverse como los de una locomotora: rasqueteaba algo. Sin volver la cabeza, sin dejar de trabajar, gritó:

- Llegaron, ¿eeh? Acomódense por ahí, por donde quieran. No me manchen el tapizado, que es de brocado flamenco; las sillas son de estilo Tudor, "Tiudor", pronuncien bien el anglosajón, latinos incultos. Bueno, si no encuentran las sillas "Tiudor" echen el culo encima de alguna de esas piedras, no les va a pasar nada. ¿Qué pasa? ¿Les asusta sentir una piedra en el culo? Elijan una bien plana, así no se les parte la moral. Rosario, ¿te asusta que una piedra te toque el culo? ¿No? Después de todo, una silla también les va a tocar el culo. Jorge, ¿te molesta que una piedra le toque el culo a Rosario? Mejor apoyá vos el culo en la piedra, Rosario apoya el culo encima tuyo y los dos contentos!

- Estamos bien, no te preocupes.

- No se queden ahí parados, che. Dejen las cosas por ahí, en ese quilombo. Qué, ¿qué les pasa? ¿Qué, nunca vieron un quilombo? Vos, Jorge, ¿nunca fuiste a un quilombo? Rosario, ¿no te contó nunca si fue a un quilombo? ¡Huy huy huy, nunca fue a un quilombo! ¡Quééé cooosa! ¿Cómo no vas a ir a un quilombo? Rosario, ¿no te parece que tendría que ir a un quilombo?

- ¡Marco!

- A ver Carmen, ¿a vos no te parece que Jorge tendría que ir a un quilombo? Así después le enseña cómo se hace. ¿Cómo se las van a arreglar, si ninguno de los sabe cómo se hace?

- ¡Marco, basta de groserías!

- Grosero, grosero, estoy hablando de cosas importantes, importantes, muuuy importantes...

Y arrancó de nuevo con los golpes. Carmen había arreglado un rincón para que se pudieran sentar. Entraron los tres. Al rato llegó Marco.

- Tomate un vino. ¿O preferís whisky? Acá hay de todo. Tomate una. ¿O es que tampoco tomás alcohol? No vas a los quilombos, no tomás alcohol... decime, ¿qué carajo hacés en la vida? Rosario, ¿qué carajo hacen de la vida? Apuesto a que cogen vestidos, con pijama y todo eso. ¡No me digan que tampoco cogen! ¿Cuando se casan, che? Cásense de una vez, así por lo menos pueden coger, ya que no toman alcohol...

- ¡Marco! ¡Basta de ordinarieces! ¡No puede venir nadie a esta casa sin que empieces con las guarangadas! ¡Dejá a la gente vivir en paz!

- Guarangadas, guarangadas... si no dije nada. Nadie tiene por qué ofenderse. No se sientan, no quieren tomar nada, no...

- ¿Quién va a querer sentarse o tomar nada con un ordinario como vos?

- ¿Ordinario yo...?

Se tomó un par de whiskies al hilo, sin agua ni hielo; enseguida se fue para una de las mesas de trabajo con el vaso lleno. Rosario retenía la mano de Jorge entre las de ella mientras conversaba con su hermana. De espaldas a ellos, Marco, todavía con el sombrero puesto, rascaba las piedras con sus gubias. Cada tanto volvía la cabeza para escudriñarlos un momento con ojos fijos de microscopio, la mueca burlona tras los bigotes de rufián.

Sobre Carmen y Marco.

Marc Antoine. Mayo, 1969.

- Mi hermana fue siempre así, desordenada. Nunca limpiaba el cuarto. Me pasé meses barriendo la mitad donde estaba mi cama, dejando la mitad de ella sin barrer, la silla tapada de ropa, el ropero abierto, el cenicero lleno de puchos, los libros tirados por el suelo. Abría para ventilar solamente la ventana de mi lado, acomodaba sólo mi mesa de luz, mi parte del ropero. Se empezó a juntar mugre. Se formaron unas pelusas grandes como pelotas de tenis; rodaban por el cuarto a la menor brisa, ensuciaban el piso de mi lado. La puerta estaba también del lado mío: cuando ella salía arrastraba en los pies la tierra para mi lado. Yo me moría de asco, pero ella andaba de aquí para allá como si nada; no sé cómo hacía, si no lo veía, si no le importaba. Su única reacción visible fue cuidarse de no pisar descalza. De mañana, salía de la cama enderezando los pies derechito a los zapatos, como si fuera a cruzar una cañada caminando por las piedras.

- Al final, era más fácil limpiar...

- Terminé en eso. Era verano; había tanta mugre, me dio miedo, nos iban a invadir las pulgas, las cucarachas, qué se yo, terminaríamos por enfermarnos. No aguanté más. Agarré un balde, un cepillo, agua clorada. Refregué todo el piso como si fuera la cubierta de un barco. Hubo olor a cloro durante días. La madera destiñó un poco, pero al menos estaba limpio, no iba a haber bichos. Después tuve que volver a encerar todo. Ella había ido unos días para afuera. Cuando volvió, la habitación estaba irreconocible. Entró como si nada.

- Ah, ¿limpiaste? Qué bien, quedó mucho mejor.

- Parloteó del viaje, de sus cosas, como hacía siempre antes de irse a dormir. Ni siquiera se burló de mí por haber aflojado. Hasta pareció un poco agradecida, como si eso de limpiar no estuviera en su naturaleza, no le compitiera a ella. Si alguien lo hacía, bien; si no, también.

- ¿Y ahora cómo van a hacer? Son los dos iguales.

- No sé. Se los comerán los piojos.

- Ese Marco habrá pensado que yo soy un tarado. Habló todo el tiempo, no paró un momento de trabajar ni de decir groserías, como dice tu hermana. No parecía ser él, era como si hubiera una radio prendida, un locutor desbocado parloteando todo el tiempo mientras él golpeaba esas piedras como un cavernícola.

- ¿Cuántas veces te la cogiste ya, ¿eh? Siempre tan seria... me parece que vos no le das suficiente. ¿No será eso lo que la tiene a la muchacha siempre tan seria? ¡Pooobre! No le dan suficiente. ¿No será que te hacés la paja en lugar de cogértela? ¡Uuuuh, se hace la paja en lugar de cogérsela! ¡Qué coooosa! ¡Pobre, pobre muchacha!

- De repente se paraba un momento, mirándome como para ver qué efecto me hacía, si me escandalizaba o algo. Después, seguía como si nada. A mí me daba más bronca no saber como encararlo que las pavadas que decía. Yo trataba por todos los medios de llevar la conversación a cualquier tema, le preguntaba por los trabajos, los murales, por qué esto o lo otro. Ni siquiera me contestaba. Se reía como un loco, seguía encantado con las groserías.

- ¡Qué tetas! ¡Qué tetas para almohada! ¿O será puro armado? Con eso de la copa preformada y la mierda no sabés si son tetas o miriñaques. ¿Verificaste eso? Tenés que apretar, apretar despacio pero firme; mejor las dos al mismo tiempo. La agarrás desde atrás, te la arrimás al cuerpo, no tengas miedo, si siente algo no se va a asustar; le incrustás las dos manoplas en las tetas, así, como si tuvieras pelotas en las manos; ahí empezás a estrujar como si exprimieras dos limones al mismo tiempo, ¿te das idea? Ahí tenés unos limones, si querés practicar. Ahora attenti: si llegás a sentir algo que se dobla, o que cruje, es que eso es plástico, cartón, alambre, cualquier cosa menos teta.

- Parecía que lo hacía a propósito, como para probarme, para ver cuánto aguantaba, cómo reaccionaba. No supe enfrentarlo; hubiera querido saber qué hacer. Me sentí un imbécil.

- ¿Qué ibas a hacer? Si lo mandabas a la mierda, que es lo que se merece, hubiera sido darle de ganar.

- Sí, eso le hubiera dado satisfacción. Además, parece como si no esperara siquiera una contestación, se ríe él solo de sus propias ocurrencias, no para nunca de trabajar. Me pregunto si cuando está solo no hablará también. Ese fárrago permanente de palabras es como un subproducto de su trabajo, como el humo de la chimenea de una fábrica, o el ruido del motor de un tractor, algo inevitable para la realización de la tarea.

- Es muy desagradable.

- No sé cómo tu hermana lo banca.

- Fue muy bueno con ella. Se nota, además, que mi hermana está bien. Vos no la viste como estaba el año pasado. Era puro pellejo. Ahora está contenta, tiene buen color.

- Sí, puede ser, pero él también le debe mucho a ella. Si no fuera por el sueldo de tu hermana...

- No creas, él también gana, no tanto con las piedras, pero los murales se los pagan bien.

- Sí, pero con el desorden, de la forma como se maneja, nunca tendría un mango. Tu hermana no será una gran administradora, pero si no fuera por ella, que se fue a vivir con él, todavía seguiría en el altillo de la judía, si no lo habían echado a la calle a vivir como un bichicome, a comer de las basuras, a dormir tapado con cartones entre las rocas de la playa.

Ante la pobreza.

Marc Antoine. Julio, 1969.

Venía caminando por Dieciocho de Julio. El semáforo la detuvo en la calle Convención. Un perro mediano, de pelo gris muy sucio, se lanzó a cruzar Dieciocho frente a ella, favorecido por el semáforo. Detrás venía un carro de basura tirado por un caballejo flaco. El perro alcanzó la otra vereda; el carro siguió por Convención al Sur. El cuzco se coló entre la gente junto al quiosco de revistas; luego bajó a la calle siguiendo el carro, trotando a veces debajo de él.

- Era un carrito de esos que juntan la basura. El perro lo seguía como si tal cosa; se ve que hacían ese camino todos los días.

La naturaleza era así. Ese perro había elegido su destino de supervivencia junto a seres tan pobres como él: un caballo flaco, un muchacho a las riendas, un niño harapiento junto a él. Los seguiría por las calles, rebuscando juntos los desechos de comida en la basura, el papel para reciclar, los desperdicios con valor de reventa, rompiendo las bolsas, esparciendo los desperdicios por la calle, a cualquier hora, para indignación de los vecinos, la intendencia municipal, el gobierno nacional, las gentes de bien. Luego darían la vuelta, cuando el carro estuviera lleno; seguirían interminablemente la avenida General Flores al Norte, hacia las afueras, donde asentaban los "cantegriles", como llaman en Montevideo a los barrios marginados, una irónica alusión al Cantegril de Punta del Este, un lujoso, exclusivo distrito residencial.

- Comían las cáscaras de naranjas sacadas de la basura, arrancando los restos de pulpa con los dientes, como animales. Eran todos iguales: el perro, el caballo, el muchacho, el chico, todos sucios, sin hablar, sin un sonido.

Tirarían la colecta del día allí nomás, junto a la casucha, esparciéndola para clasificar. Darían por comestible cualquier sobra, masticándola al encontrarla; los papeles irían por allá, las latas por acá; si había una taza rota, algún cubierto viejo, trozos de madera, eso quedaba para la casa. La mujer, eternamente embarazada, sucia, sin dientes, miraría con mal gesto la escasez de la colecta, increparía al hombre por emborracharse, mandaría a los hijos a pedir limosna arriba de los ómnibus. Los niños llorarían, se insultarían, buscarían donde robar. El hombre volvería alguna noche de borrachera para zurrar a su mujer, haciéndole pagar sus broncas. Cuando hiciera frío, se apretarían envueltos en harapos en torno a las maderas ardiendo. Al caballo lo cuidarían como pudieran; lo necesitaban para vivir.

- Con esa vida, ¿te das cuenta? El perro seguiría con ellos, no se le ocurriría otra cosa... a no ser que lo apalearan, o algo así... no estaría todo el tiempo buscando una colocación mejor... compartiría ese destino, aguantando cuando las cosas iban mal, como sería casi siempre; comiendo lo que pudiera, arrinconándose donde lo dejaran, acaso contra alguno de los gurises más chicos... no... no... no lo puedo soportar!

Marco le arrimó la cabeza sobre el pecho. Era inútil hablarle. Sufría con esas visiones como si le trozaran el corazón en rodajas. Veía juntamente a todo esto las manipulaciones de la propaganda, los niños del norte desayunando con bebidas cola en lugar de leche, "para tener energía"; los pordioseros de los ómnibus invocando a sus hermanitos menores, mendigando para comprar papitas chip, los obreritos adolescentes a sueldos de hambre sacrificando su mísero salario en pos del último calzado deportivo "en onda", patéticas búsquedas de compensación en unas vidas condenadas a la frustración. ¿Cómo era posible andar por las calles, subir a los ómnibus, estar en el hospital ante semejantes cosas? ¿Cómo soportaba un ser racional el contraste entre estos cuadros y la riqueza indiferente de los acomodados? Estos no eran, para ella, meros ideales de justicia: era un dolor visceral, una presión subiéndole desde el estómago a la garganta en un grito salvaje. En medio de las manifestaciones de protesta, hubiera sido capaz de hacerse matar si el miedo del momento no le borrara las imágenes de esta pobreza opresiva, indigna, que la sublevaban más allá de todo sacrificio personal. En esos momentos, se cuidaba bien de evocar estas imágenes, temerosa de sí misma, de perder la referencia instintiva de la autoconservación.

Cuando finalmente ella se tranquilizaba durmiéndose en sus brazos, Marco permanecía despierto: reverberaban ante él imágenes del perro, integrado a ese núcleo, corriendo tras el carro; el caballo mordisqueando unas briznas de pasto crecido entre adoquines; unas piernas flacas de muchacho colgando hacia el costado bamboleándose al traqueteo; el pucho medio apagado de un carrero envejecido al dejar la adolescencia, brillando en los ojos la mirada peligrosa, el cuchillo alargado bajo el asiento; la mugre incrustada en la piel de las manos, unas manos imposibles de lavar después de revolver tanta basura; la expresión doliente de la santa, santísima indignación de Carmen, sublevada de injusticia hasta casi el dolor físico, sumida en la angustia. Ahora ella dormía: un ser de este mundo, partícipe activo de alegrías e infortunios. El permanecía despierto: un observador alejado, espectador de cine, infiltrado cronista de un planeta remoto. Giraban en su torbellino sensorial todos igualados: la sublevación de Carmen, la condenación de los pordioseros, la abnegación del caballo, la fidelidad del perro.

Nada de eso cambiaría. Los pordioseros estaban condenados, no tanto a la pobreza como al consumo: compensarían sus vidas frustradas persiguiendo la masculinidad de los cigarrillos Marlboro, la energía de la Coca-cola, los inigualables vaqueros Levys de románticos petroleros y cowboys. El resto lo mirarán como la gata de Zaragoza la fiambrera, sin alcanzarlo jamás. Imitarán a los famosos, tratarán de ser ricos, contestarán "clase media" en las encuestas, darán el voto a quien los asuste más con perder lo que jamás tendrán; cambiarán sistemáticamente como en un juego de cartas la oportunidad por la esperanza vana.

A él le resultaba imposible participar: era como un espectador en el medio de la fila, sin poder abandonar su asiento, capturado en los pormenores de la acción, siguiendo la intriga sin potestad de influencia alguna, testigo atento pero no implicado. Sabía cuán lejos estaba él de la solidaridad, del compromiso, del sentimiento profundamente humano de Carmen, esa Carmen dormida ahora junto a él, una parte más del fluído invasor del mundo llegando hasta él por los sentidos. Ella tenía razón; él no era humano. Ella sí lo era. Los pordioseros lo eran. El perro, el caballo, eran también metafóricamente humanos. El mundo era así; él era así. Juntaba impresiones como los pordioseros basura. En su camino de pérdida continua, sólo le iba quedando el arte. Esas impresiones debían salir un día por sus manos, fluír en objetos mudos, formar el alegato inclemente de un testigo imparcial. Espejos de piedra mostrando caras sin maquillar.

La protesta popular.

Marc Antoine. Agosto, 1969.

En una oportunidad, a instancias de ella, la acompañó a una manifestación estudiantil. Avanzaron con la muchedumbre de estudiantes, por la Avenida Dieciocho de Julio, desde la Universidad hacia la Plaza Independencia, donde está la Casa de Gobierno. Allí la manifestación terminaría en apariencia; quienes estaban en la cosa volverían a reunirse en la Plaza Constitución, de espaldas a la Iglesia Matriz, donde realizarían algún nuevo acto de protesta. Esta segunda convocatoria preveía la dispersión de la manifestación por las fuerzas de choque de la policía.

Caminaban lado a lado, él mirándolo todo, ella gritando la estrofilla de turno con el resto de los estudiantes. La juventud avanzaba portando orgullosas banderas de los gremios estudiantiles, de los partidos de izquierda, del prócer nacional José Artigas, en vida más cercano a los utópicos sueños estudiantiles que al severo bronce ennegrecido del estado nacional. Sobre las cabezas se bamboleaban estrafalarios muñecos ahítos de consignas; sobre altas pértigas de caña cabalgaban pancartas del ancho de la calle, avanzando como crestas de espuma sobre las olas un mar humano. La energía de la masa contagiaba de fervor igualitario: gente joven, llena de vida, de entusiasmo, de esperanza, de santa indignación, reclamando un mejor porvenir, un trato más justo, un presente menos malo. Estudiantes universitarios, secundarios; unos cuantos profesores, algunos profesionales, pocos obreros. Respeto a las instituciones democráticas, libertad de prensa, contra la violación de los derechos humanos, libertad para los presos políticos, libertad, libertad, libertad. El eterno rechazo de los más concientes hacia los usuales atropellos del poder, tan rutinariamente similares en la diversidad de ideologías.

Tomados de la mano transitaron varias cuadras. Llegando a la Plaza Libertad, él, que caminaba distraído, ausente, embriagado por la efervescencia de la multitud, se sintió en un momento tironeado violentamente de la mano. A su alrededor, todos corrían. Ella lo arrastró consigo, él corriendo sin saber por qué, dejándose guiar, en medio del barullo. Algunos gritaban resistir compañeros, otros a las piedras compañeros, unos pocos valientes se detenían en la huída para lanzar cascotes por encima de las cabezas de sus compañeros en una parábola ciega hacia donde estarían los perseguidores.

En compacta multitud corrieron unos metros hasta alcanzar la Plaza Libertad. Giraron en la esquina del café Sorocabana bordeando la plaza hasta la rinconada del Museo Pedagógico, luego a la esquina del Ateneo para doblar hacia la calle Rondeau, varias cuadras de descenso continuado hacia los bajos de la Aguada. Esta vez las órdenes no eran de apaleo sino de dispersión. La policía había atacado a la multitud desde el fondo, bloqueando el frente, dejando libres las salidas a los lados de la avenida principal. Al llegar a la calle Uruguay, la multitud se había dispersado. A dos cuadras de la avenida Dieciocho de Julio las protestas se agotaban sin remedio.

Marco Antonio y Carmen siguieron caminando por la calle Mercedes, él mudo de estupor, ella roja de indignación, frunciendo el entrecejo, apretando el paso mientras denunciaba para ilustración de él la prepotencia del poder, la indefensión de los estudiantes, el servilismo de los perros amaestrados de la oligarquía. Emergieron desde el lado norte de la Plaza Matriz. Marco Antonio no sabía por qué estaban ahí, ni lo que pasaría. Comenzaron a pasear dando vueltas a la plaza. No había mucha gente, ni mucho ruido; poca luz, bastante frío, una noche de invierno envuelta de temor, como todas las noches de aquellos años oscuros. Mientras andaban, olvidados, por la mitad de la plaza, se fue juntando un grupo sobre la acera este. Repentinamente comenzaron a gritar, arrojando piedras sobre el pequeño local de El Debate, un diarito de derecha empeñado en fustigar regularmente las reivindicaciones populares. Algo habría destacado a este diario en los últimos días, focalizando las iras de los estudiantes. Una bomba incendiaria de fabricación casera describió un arco en el aire húmedo de la noche. Se estrelló contra la puerta en un pegoteo de llamaradas cortas. Alguien del diario salió a ver, más curioso que amedrentado; dos o tres le siguieron, observando interesados las llamitas sobre las paredes, viéndolas retroceder sin consecuencias. El daño no daba ni para espectáculo. Volvieron a entrar sin prisa alguna. Los estudiantes ya se habían retirado; no valía la pena ni llamar a la policía. Una denuncia de rutina, algo bueno para publicar mañana, canallesco atentado contra El Debate, el desenfreno, la violencia comunista contra la libertad de prensa, no lograrán acallar nuestra voz, sojuzgar nuestro irrenunciable compromiso con la democracia, la cobardía de las manos criminales escondidas en las sombras. Etcétera.

Marco Antonio no decía nada. Ella estaba contenta. Su deuda con la sociedad, al menos por el día de hoy, estaba cumplida. Mañana la lucha sería otra, o la misma. Hoy podía dormir tranquila.

- Los milicos están armados, ¿no?

- Claro que están armados.

- Y los estudiantes, no están armados, ¿no?

- ¿Cómo van a estar armados los estudiantes?

- Entonces, los estudiantes, desarmados, van a enfrentarse con los milicos, que están armados.

Ella lo miraba como para ahorcarlo.

- Es una idiotez -concluyó él.

- ¡Cómo que es una idiotez! ¿Qué es una idiotez?

- Enfrentarse sin armas contra los milicos armados. Es una idiotez.

Ella saltó como pelota. Lo había pensado muchas veces; por eso no contestó directamente. Le apostrofó con indignación fingida la carencia absoluta de armas, la indefensión de los estudiantes, no, no tenían armas, no podían tenerlas, su objetivo no era la violencia sino la justicia, la igualdad, el respeto a los derechos del hombre, tan reiteradamente mancillados. Se alentó a sí misma con cataplasmas de palabras mientras el jugaba con los formones, quitando virutas de una madera sin darle forma alguna. Había quienes pensaban lo mismo, quienes se reunían en secreto, acumulaban armas, contactos, estrategias; en medio del miedo, se hacían fuertes en la ilusión de una lucha armada caballeresca, honorable, justiciera a lo Robin Hood, buscando la conciencia, el acercamiento de los más desposeídos hacia la construcción de una sociedad más justa.

Ella se preguntaba a sí misma por qué no los buscaba, por qué no se unía a ellos. Se daba como respuesta la propia cobardía, la incapacidad para el sacrificio extremo, el miedo al acto supremo de la ofrenda de la vida. Acaso fuera peor el terror de la derrota, pensar que podía ser vencida sin morir. No habría nada más horrendo: la derrota era mucho, muchísimo peor que la muerte. La muerte por la causa dignifica, pero la derrota es la prisión, la tortura, el desmembramiento, la humillación, el olvido inevitable. En eso tenían razón los antiguos normandos: si había de morir, debía ser espada en mano, Odín sólo recibe a los guerreros. Para ella, acercarse a los guerrilleros era como un suicidio, un camino sin retorno, el supremo compromiso, el mayor heroísmo: la renuncia a la vida personal, la entrega total, la suprema moralidad.

Algo la hacía resistir a la muerte, negarse a la ofrenda de su vida personal. La nublada percepción de un interés egoísta en sí misma, en su propia identidad, en su realización individual, la llenaba de oprobio. El conflicto de querer luchar, de percibir la injusticia, de abrasarse en la conciencia de la explotación más inhumana, con su militancia de riesgo relativo, su falta de entrega, su resistencia a la renunciación, la destrozaba. Se sentía sucumbir ante ideales burgueses: era cobarde, no lograba colocar la justicia, el amor a sus semejantes, por encima de una instintiva, minúscula vocación de vida personal. En un extremo de su vergüenza, llegaba por momentos a barruntar la docilidad, la conformidad de los oprimidos, más dispuestos a emular a sus opresores que a luchar por la liberación de sus cadenas en favor de una sociedad igualitaria. Apartaba con horror de su cabeza estas ideas, producto de su necesidad de autojustificación..

La indignación contra sí misma aumentaba por la indiferencia de Marco, tan alejado de estas tribulaciones. El era conciente de la opresión, de la injusticia, de la mentira, pero no estaba dispuesto a hacer nada, ni parecía importarle: todo había sido siempre así. Hasta había trabajado para los milicos, con esos murales en las comisarías. Era aún peor darse cuenta de su incapacidad de rechazarlo, de su sumisión de mujer ante ese ser indiferente, conservador, derechista, burgués, dedicando su vida a las abstracciones de un arte elitista. Todas sus culpas no le hacían posible evitar estremecerse ante el embrujo de su voz, la anestesia de sus caricias. Cuando cerraba los ojos sólo quedaban en el mundo esas costillas duras, esos músculos de piedra, esa masculinidad prepotente entrando en ella avasallante, olvidándola de todo, centrándola en sí misma, arrastrándola en una larga espiral descendente, hundiéndola en la tierra donde se alimentan las raíces de la vida, una vuelta, y otra, y otra, y otra hasta abandonarse libre de culpas, hundida en el abismo de un sueño animal.

La promoción del artista.

La investigación. Diciembre, 1993.

- ¿Qué se podría hacer con todo esto?

- ¿Se puede hacer algo?

- No sé. Por eso te pregunto.

- Bueno, yo no soy galerista...

- Para el caso yo tampoco. Esto es ir al rescate de un desconocido; los galeristas son comerciantes, no salvavidas. Las galerías actúan como los bancos: sólo prestan dinero a quien demuestra que no lo necesita.

- No tenemos gran cosa. Por las fotos, lo de San Pedro es lo mejor.

- Te dije varias veces de ir.

- Sí, sí, pero aparte de eso, no se puede pensar en trasladar las estatuas de San Pedro. Además, no pasan de la docena.

- Son ocho. Las piedras son veintiséis.

- No es una gran obra, ni en extensión ni en realización.

- Sí, como quien dice, no hay nada. Salvo los relatos.

- Los relatos no son la obra; eso no sirve.

- ¿Por qué los escribiste?

- No sé. Para ordenar el material, supongo. No sabía bien cómo presentar el trabajo.

- Querías mostrarme, además, tu preocupación por el asunto.

- Bueno, en cierta forma, sí. No me lo tomé a la ligera.

- Si bien tuve una motivación personal al plantearte esta investigación nunca dudé de la seriedad de tu trabajo. Si la investigación no resulta en nada no es culpa tuya.

- Aunque no salga nada, para mí no fue tiempo perdido.

- Me alegro. Para mí tampoco, por cierto. ¿Qué ves en esos relatos?

- ¿Cómo, qué veo?

- Sí, qué ves. No los escribiste sólo por ser ordenado en la investigación, ni por mostrarme tu preocupación por la tarea. No tienen el estilo de un registro de trabajo.

- Bueno, quizás me dejé llevar un poco por el asunto...

- ¿No será más bien que el asunto te arrastró un poco?

- Sí, puede ser. Es lo mismo, en realidad.

- No, no es lo mismo. Yo te pedí la investigación porque me impresionaron las estatuas, por sí mismas, por el entorno, por recuerdos de mi tía. Yo no sabía nada de la vida de Falcone. Vos empezaste la investigación porque yo te lo pedí, pero encontraste en los personajes, en los hechos desenterrados, algo que te impresionó de alguna manera. Por eso escribiste los relatos. Te importaron un bledo las estatuas, las piedras, los artículos del diario. Lo que te interesó fueron las anécdotas, el misterio de la vida de este hombre. No parece ser, por otra parte, uno más de tus "insólitos artistas".

- No me avergüences con eso...

- No lo digo para avergonzarte. Son gente de este mundo, con todo un corazón bajo el chaleco, al decir de Benedetti.

- ¿Quién tiene el corazón bajo el chaleco? ¿Benedetti?

- ¡Lulo, vení! Estamos con el de las estatuas de San Pedro.

- ¡Las estatuas de San Pedro! Bien, muy bien.

- No parece haber mucho. Decime, Lulo, un artista, ¿se hace conocer sólo por sus obras? ¿Qué papel juega el "marketing", como se dice ahora?

- Mmmhh... digas como lo digas, "marketing" siempre hubo. Es la ocupación de los galeristas, en definitiva.

- Sí, sí, pero, ¿hasta donde es posible imponer a un artista? Con un buen "marketing", ¿no será posible llevar, no digo a la fama, pero sí a una buena cotización, a un artista mediocre?

- Bueno... lamentablemente, eso parece siempre posible. De hecho, es casi seguro en algún caso.

- Con Fernando estamos tratando de "fabricar" un artista de leyenda...

- ¿Con el de las estatuas de San Pedro? ¿Es muy "legendario"?

- Alcohólico, violento, de buena familia, eligió la pobreza por el arte en lugar del éxito por los negocios, se enterró en San Pedro haciendo estatuas que nadie verá nunca, murió miserable, ignorado, solo. Dedicó la vida a unas piedras de dudoso valor.

- Las estatuas son interesantes.

- Sí, pero no basta. Es preciso fabricarle una imagen heroica; si no, no podremos vender una imagen de artista.

- ¡Vender una imagen de artista! ¡Las cosas que hay que oír a mi edad! Eso en mi época no se decía...

- Pero se hacía.

- Sí, claro, pero no lo decíamos. Es mejor no mencionar ciertas crudezas de la realidad, así resulta más fácil vivir. Bueno, los dejo antes que Silvana termine de disolver mis acariciadas creencias, el sustento de todos estos años.

- Adiós, Lulo. Tus creencias no corren peligro. ¡Buena suerte!

- Hasta luego.

- Hasta luego.

- Este Lulo, con sus cartas...

- ¿Dónde va?

- Al club de yates del Puerto del Buceo. Dice tener un grupo de amigos para jugar a las cartas, pero las veces que lo fui a buscar ahí lo encontré siempre solo, tomando el té, mirando el mar por la ventana. No parecía necesitar ni desear compañía en absoluto. Es raro, porque siempre fue muy sociable. Lo conozco desde chica, pero sigue siendo un misterio para mí.

- Anda como si no caminara por el suelo. Aunque te esté mirando, es como si estuviera siempre viendo algo más allá, lejos de todo.

- ¿Te parece un poco ido? Yo, como lo veo todos los días, no le noto nada.

- ¡No, qué ido ni ido! Tiene una lucidez tremenda. Pero parece vivir al mismo tiempo en dos mundos diferentes, uno compartido con nosotros y otro propio, exclusivo suyo, posiblemente más grato. Cuando me encuentro con él siempre termino preguntándome dónde andarán vagando sus pensamientos. Pero no está nada ido; al contrario, se lo ve muy bien, para la edad que tiene. ¿Por qué sigue trabajando?

- Porque esto es su vida. Está en el mismo negocio desde que era muchacho. En realidad no hace gran cosa, no quiero agobiarlo con responsabilidades; ya no está para eso. Pero me da una tranquilidad enorme tenerlo cerca, además de ser una bella persona.

- Eso de "vender al artista", ¿lo dijiste por desafiarlo?

- No. Siempre tuve esa duda. Si juzgara algunos artistas sólo por sus obras los sacaba de la galería, pero cotizan, por alguna razón desconocida: los comentarios de los críticos, la obra incomprensible, la fealdad agresiva, una ironía tomada en serio y luego repetida, vaya uno a saber. O también porque el Uruguay es chico, no son muchos los artistas, cualquier mediocridad con alguna originalidad puede satisfacer la necesidad de admirar algo "nuestro", aunque no valga demasiado. Será una grave carencia mía, pero muchas obras no me dicen nada, no me explico cómo puedan valer lo que pagan por ellas. Dudo que puedan resultar realmente satisfactorias para nadie. Alguien empieza a decir algo de tal o cual obra, el autor persevera en esas líneas, se cree ver nuevas cosas en ellas, la bola de nieve rueda, se agranda, sube de precio. ¿Cuántos de estos artistas conservarán alguna vigencia dentro de cien años? Inversamente, ¿no habrá por ahí gente verdaderamente talentosa con su arte abandonado porque nadie supo apreciar el valor de sus primeras obras?

- Por analogía con el mundo, debe ser así. Tampoco en el arte debe haber mucha justicia.

- No sólo no hay justicia; la moda conspira contra ella, decide y manda. ¿Querés algo más pasajero, más vacío, más reñido con lo auténtico, que la moda? Sin embargo, lo afecta todo: las doctrinas económicas, los métodos terapéuticos, la educación. Cada tanto descubrimos exaltados una nueva forma de la misma vieja rueda.

- ¡Qué filosofía! Parecés estar fundamentando la invención de una imagen artística de Falcone.

- Eso no se dice. Estoy pensando en "descubrir" al artista que hay en Falcone. Si no cuidamos el vocabulario de entrada, no lo vamos a lograr...

- Eso viene por los relatos. Te dieron la idea de vestir un perfil de artista trágico, o algo así. Vender la imagen del artista por el anecdotario de su vida. Una especie de telenovela con trafondo escultórico. Poca piedra y mucho verso, para sintetizar.

- Exactamente. Con su reconocida capacidad, ha logrado usted expresarlo con meridiana claridad.

La construcción de la fama.

La investigación. Diciembre, 1993.

- ¿Cuántos judíos mataron los nazis?

- Seis millones. ¿Por qué?

- Sin considerar las pérdidas de la guerra, contando sólo civiles no combatientes, en Alemania y territorios ocupados los nazis asesinaron doce millones de personas. Seis millones no eran judíos. ¿Sabías eso?

- No.

- Poca gente lo sabe. En cambio, todo el mundo sabe de los seis millones de judíos, el Holocausto Judío. ¿Por qué nadie sabe de los otros seis millones? ¿Esos otros seis millones no importan? Desde el 45 a la fecha sólo oímos hablar del Holocausto, de los seis millones, de los judíos. Si consideramos las pérdidas de guerra, nadie sabe tampoco de los veinte millones de rusos. ¡Veinte millones! La mayor pérdida en vidas humanas de una nación en toda la historia de la humanidad. Menos se sabe todavía de otros genocidios en partes del mundo más remotas. ¿Por qué sólo sabemos del Holocausto Judío? ¿Por qué se ha clamado por seis millones de judíos? ¿No deberíamos haber clamado siempre por doce millones de seres humanos?

La occidentalidad, el acceso a los medios de comunicación, la ubicación económica y social, la conciencia de grupo, el nivel educativo, una historia de persecuciones... a otro correspondería indagar esas razones. Fernando se quedaba en la observación. Las verdades y sufrimientos de muchos pueblos, no sólo de los pobres, eran campanas de palo. ¿Cómo no sería posible fabricar una imagen de artista? Eran oscuros los motivos de la admiración. En muchas oportunidades, el conocimiento del contexto histórico, las veleidades del hombre, los pormenores familiares, chismes y anécdotas, no sólo añadían sino hasta dotaban de significado una obra artística en otro caso mediocre, apenas destacada por una ejecución prolija. Esa agregación de significado no quedaba ahí, no era un mero apéndice intelectual. En la compleja química del alma, el conocimiento añade a la emoción; el cuadro, la estatua, la interpretación, toda la factura de la obra, material e inmaterial, comienza a impactar de muy otra manera; nuestra apreciación se vuelve patas arriba, donde antes contemplábamos ausentes manchas, ruidos, gestos, ahora nos dejamos arrastrar en un río emocional capaz de apretarnos en un puño el corazón, de arrasarnos de lágrimas los ojos, de hacernos fatigar los adjetivos buscando expresar lo inefable de una floración mágica, misterioso rebrotamiento en los tallos arrugados de una planta muerta.

Un engaño deliberado, una pulseada de burla a la sociedad, exponer a la luz la falsedad de los premios. Manipular los hechos anecdóticos, vestir una biografía, armar una crítica, relacionar la obra con los hechos de la vida, aún arbitrariamente, inventando significados, diseñando motivaciones; el psicoanálisis es una fuente inagotable. El personaje principal de la comedia no estaría presente para corregir ni desmentir, daría un trabajo enorme desentrañar la patraña, el público espectador se inclinaría siempre a creer lo más sórdido, lo más retorcido; la verdad tranquila, como las mujeres felices, no tiene historia. Grabar el nombre en una rueda de piedra, soltarla cuesta abajo; las fuerzas naturales harían lo demás. ¿No había sabido él, acaso, de un famoso autor cuyas obras eran rechazadas cuando firmaba con un nombre y aceptadas calurosamente cuando firmaba con otro? Los restos del hombre de Piltdown, desenterrados en los hallazgos falsos de 1908 y 1912 por un par de científicos ansiosos de nombradía, logró ser desenmascarado recién en 1953, después de haber dormido décadas bajo el ala del British Museum. Los antecedentes abundaban. Sin necesidad de invención, los hechos reales de la biografía de Falcone hacían posible construir una telaraña de significados apoyada en ellos como una bóveda sobre pilares; sería fácil investir de lenguaje expresivo las formas abstractas de las piedras de Pocitos, hallar la añoranza de la niñez feliz en los murales inocentes de las antesalas de los edificios, descifrar las múltiples pesadillas de la historia humana en las formas torturadas de los Altos del San Pedro. Devolveremos al mundo la verdad tomada de prestado en la redacción de un honesto testamento, ahora ya no estamos en el mundo, los hemos engañado, no hay nada en esas piedras, Falcone era un borracho, sus manos se movían por capricho del azar, habéis admirado una mentira, no hay obra ni arte ni artista, abandonad ahora las caras largas, reíd con nosotros, ha sido sólo una broma, regad las flores sobre nuestras tumbas, enseñad a vuestros hijos el camino escabroso de la verdad.

Para los afortunados, la ciencia ha extendido la duración de la vida media. No obstante, los cuarenta años siguen siendo una edad crítica: en la mayoría de los casos, quienes han estado en el mundo por esa cantidad de años han vencido ya las barreras primarias, tienen una forma de ganarse la vida, han conocido la mentira, la desilusión, el dolor; en alguna forma invisible, han dado pasos decisivos hacia la condenación o la trascendencia. Desde el exterior, lo comprobable es la consolidación de manías, chifladuras, prejuicios, indiferencias, autismo. Todos los cuarentones están un poco locos, con manifestación externa o no, en algún sentido desprendidos, ausentes, metidos parcialmente en un mundo propio similar al de la imaginación infantil. Adquirido el manejo del mundo, en la medida posible para cada uno, se adquiere también la soltura para relajarse, dejarse llevar por alguna inclinación propia, la gratificación personal, la intromisión en la vida ajena, el daño impune, la travesura. La construcción de la fama no era algo totalmente creíble, pero daban ganas de probar. No había mucho que perder. Su curiosidad, hasta ahora dormida o eclipsada por una resistencia a involucrarse en historias ajenas, resultó avivarse al meditar sobre estos temas. Aceptaría la invitación de Silvana. Iría a San Pedro a ver las estatuas, por una sola vez, volviendo en el día.

Los hijos.

Rossina. Diciembre, 1973.

Mi tía no podía tener hijos. Eso le dolía doblemente. Había sido feliz en su infancia; mis abuelos habían sido una buena pareja, ella y mi padre habían sido buenos hermanos. Su matrimonio con Alberto fue acaso una sorpresa para ella, resignada a pedir menos de la vida. Si había sido feliz como hija, si era feliz como esposa, ¿por qué no reproducir entonces ese núcleo, ser feliz como madre, hacer felices a sus hijos? Rossina nunca fue de guiarse por pautas sociales; llegó a desear la descendencia por un anhelo propio. No se preocupó por su soltería, ni aún cuando su madre comenzó a alarmarse. Alberto fue algo no previsto, mejor de lo imaginable. Cuando se casó, tenía treinta y un años. No podía esperar mucho para un primer hijo. Pero no vino. Y ahí estaba la otra parte de su dolor. Alberto, como buen italiano, llevaba en la sangre la sacralidad de la familia, la certificación de la descendencia, la satisfacción de la paternidad, la consagración final de su matrimonio. Ansiaba prolongar su unión en los hijos, experimentar la fascinación oculta en la unión de las carnes, realizar su masculinidad en la femineidad de su esposa, ver en un niño la aleación de su cuerpo con el cuerpo del ser amado. Esto, naturalmente, nunca lo dijo. Pero mi tía lo sabía muy bien, lo supo desde siempre. En eso, como en tantas cosas, eran, o se volvieron, iguales. En aquella época no existían los tratamientos actuales; la edad de mi tía ya se veía como avanzada para un primer hijo; no se podía hacer mucho, o al menos así lo creían los médicos. Mi tío, por su parte, aceptó las cosas como era él, sin una palabra, sin quejas exteriores ni interiores. Era creyente, enfrentaba la vida como un deber: no se debía forzar un destino manifiesto, era preciso aceptar, continuar, vivir era como cumplir una misión, o algo así. No tendría descendencia, nadie lo continuaría, no podría realizarse en Rossina, en el mundo, a través de un hijo. Por comentarios de mi tía, ambos sufrían esto como una separación, pero yo no lo creo. Los impedía, sí, los limitaba, pero no los separaba. Al contrario, acaso los unió más. La frustración compartida reforzó el sentimiento de un destino común. ¿Una adopción? No deben haberlo ni pensado; los sentimientos que los movían no hallarían realización en un ajeno. Habrán acaso pensado en esto como la contrapartida de su fortuna económica. Alberto hubiera aceptado vivir de un sueldo con la misma indiferencia; Rossina nunca fue interesada. Como mujer de su época, el trabajo, el dinero, las decisiones esenciales eran cosas del hombre; la mujer acompañaba, ayudaba, obedecía. Pero una mujer debía dar hijos a a su hombre.

- Te agradezco.

- ¿Lo qué?

- Como me tratás, como dejás pasar las cosas...

- ¿...?

- No poder... darte hijos.

- No se sabe si sos vos. Puedo ser yo.

- Soy yo.

- Nadie lo sabe. La infertilidad masculina es tan frecuente, tan real como la femenina. Perfectamente puedo ser yo.

No se someterían a análisis, no harían tratamientos, no adoptarían niños. Ni siquiera sostendrían una conversación. No está en los hombres embrollar con los designios divinos. Lo que hace Dios siempre es para mejor.

No sé si habrá sido realmente así, pero se me fue formando esta imagen. De los cuentos de mi madre, de algún comentario de mi tía, recuerdos míos, cabos sueltos. Por esa capacidad de intuición o desvarío que te da vivir.

El Gólgota de Falcone.

Rossina. Enero, 1975.

Rossina había pasado la mañana visitando las casas de gente conocida, donde los niños festejaban los juguetes traídos por los Reyes Magos con alguna ayuda de ella. Jacinto la conducía de regreso a la casa, en la camioneta.

- Jacinto, por favor, pare acá.

- Tenga cuidado, señora, el hombre no está bien.

- Sólo quiero ver si se puede hacer algo por él.

- Déjeme acompañarla.

- Sí, venga, Jacinto, gracias.

El caminito estaba lleno de basura. Las ventanas de la casucha, desvencijadas. La puerta, entreabierta. Rossina golpeó las manos. Le respondió el zumbido de los insectos. Olía como a fruta podrida. Volvió a llamar. Un gruñido pareció habilitar el paso. Jacinto se adelantó, empujó la puerta, metió la cabeza adentro. El cuerpazo tapaba la puerta por completo. Jacinto voceó fuerte:

- Está la señora, te quiere ver.

Respondieron unos gruñidos, ruido como de latas, algo como "no espero a nadie". Jacinto se metió para adentro. Desde afuera, Rossina oyó su vozarrón:

- Te dije que está la señora, y que te quiere ver. ¿Entendiste? Salí para afuera.

Nuevos gruñidos, ruido de latas, entrechocar de sillas o maderas cayendo al suelo. Rossina se acercó a la puerta.

- Señora, no entre, yo lo hago salir. Está todo que es un asco.

- No importa, Jacinto. Salga; pero no se aleje, por favor.

- ¡Pierda cuidado!

Rossina entró. El tufo del alcohol la golpeó como impidiéndole la entrada. El ambiente era un caos. Muebles destrozados, amontonados o esparcidos. Latas, botellas, maderas, ropas andrajosas, piedras, alguna herramienta, más botellas, bolsas de plástico vomitando cáscaras de naranja, durazno, sandía. La confusión de objetos, la basura esparcida por el suelo, impedían el paso. Rossina eligió el camino más practicable, alegrándose de calzar zapato cerrado aún en verano. Avanzó unos pasos ignorando lo pisado.

Falcone yacía tirado en un arrebujamiento de cobijas destrozadas sobre los restos de una parrilla de madera. Sucio, desgreñado, vestido de harapos, cubierto a pesar del calor, olía a sudor acre, a mugre, a caña barata. Rossina esperó. Jacinto espiaba desde la puerta. Al cabo de un rato, Rossina golpeó con el pie unas latas apiladas. Rodaron por el suelo en gran estruendo. Falcone se sobresaltó. Abrió los ojos. La vio, parada ahí con una falda larga hasta los tobillos, la blusa blanca cerrada, el crucifijo bajo la garganta, el pelo recogido en rodete, la expresión calma. El hombre quedó extático unos segundos. Luego, como deslumbrado por una visión, hizo unos torpes intentos de acomodar su presentación. Logró sentarse con alguna dignidad. Se restregaba los ojos furiosamente. Finalmente, logró articular una farragosa, ininteligible, disculpa.

- ¿Me puedo sentar?

- Sí, por favor... disculpe, no está muy ordenado... no veo a nadie... disculpe.

Comenzó a desplazarse torpemente como para buscarle un asiento, pero Rossina ya había avistado un banco de aspecto sólido. Quitó de encima una pila de diarios y se sentó. Le habló de la Epifanía, de los Reyes Magos, de los niños con sus juguetes, de la ingenuidad infantil. Falcone la escuchaba inmóvil, como esforzándose por entender algo muy complejo, deslumbrado por la luz del mediodía entrando en la habitación.

- Usted, cuando era niño, ¿tuvo Día de Reyes?

Falcone abrió la boca, la volvió a cerrar. No contestó. Bajó la vista al suelo, inclinando la cabeza como un niño al recibir su penitencia, perdido en alguna parte. Conocía a Rossina de tiempo atrás; ella le había encargado varias esculturas. Rossina sabía por los vecinos de la desaparición de Carmen, del desenfreno alcohólico subsiguiente, de la terrible vida que llevaba. Cuando había tratado con él, en medio de su divague megalómano, él le había mencionado una "gran obra" todavía por hacer. Por ella saldría para siempre del anonimato, de este agujero miserable donde vivía, para lanzarse a un imparable estrellato de artista reconocido. Rossina había escuchado divertida. Conocía bien a los divagantes serios de los días hábiles; éste, un poco más megalómano, resultaba, al menos, más pintoresco. Buscando la forma de sacar al hombre de su estado, aunque fuera por unas horas, el Día de Reyes, creyó oportuno recordarle el hecho:

- Vamos, salga de ahí, póngase decente. Después de todo, usted tiene su gran obra todavía por hacer.

Falcone levantó la vista hacia ella, como sorprendido por la referencia. Permaneció inmóvil un rato, mirándola. De repente se incorporó, con inesperada seguridad. Jacinto avanzó un paso hacia el interior de la casucha, pero Falcone se volvió hacia un rincón donde se apilaban cajones de verdura. Empezó a derribarlos como una montaña. Rossina levantó apenas la mano izquierda para tranquilizar a Jacinto. Falcone alcanzó finalmente un baúl de madera, con nervaduras y esquinas de bronce. Debía pesar bastante, pero él lo izó con facilidad. Lo depositó ante la vista de Rossina. Abrió los cerrojos. Quitó unos rollos gruesos de papel. Aparecieron unos carpetones color morado. Eligió uno. Se lo alcanzó a Rossina tomándolo de un extremo, acercándole el otro, manteniéndose él lo más alejado posible de ella, denotando en el gesto la conciencia de su estado. Rossina lo tomó. Apoyándolo sobre las rodillas, lo abrió.

Media hora después, Rossina se recordó a sí misma. Mantuvo fijos los ojos sobre la última página, en blanco, del carpetón. Luego lo cerró. Extrajo un billete grande de la cartera, lo apoyó sobre el baúl cerrado. Se puso de pie.

- Hoy es martes. Dentro de un rato le van a traer ropa y algo de comer. Después se ocupará en ponerse decente. Pasado mañana vendrá por mi casa, en Altos del San Pedro, a las once de la mañana.

- Sí, señora, como usted diga.

- ¿Entendió bien?

- Sí, pasado mañana, a las once, en los Altos del San Pedro. Decente.

Rossina lo observó un momento: no se le veían rastros de borrachera. Sentado en esa pocilga, elevaba hacia ella una mirada de perro agradecido. Rossina se volvió hacia la puerta con el carpetón bajo el brazo. Cuando estaba llegando se volvió, como recordando algo:

- ¿Cómo se llama esto? En conjunto, quiero decir. Acá no tiene nombre.

Los nombres eran siempre lo más difícil. Se jugaba, acaso, la última carta de su vida. Era el Día de Reyes. El crucifijo de Rossina reflejó por un instante un rayo de sol. Respondió, con su voz ronca de borracho:

- Camino al Gólgota.

La reclusión.

Rossina. Abril, 1975.

- ¿Fuiste por lo de la tía?

- Sí, fui.

- ¿Encontraste todo en orden?

- Sí, sólo unos papeles de cuentas, pero se los dí al portero; él los iba a llevar a la inmobiliaria.

- No valía la pena. Tu tía vuelve el lunes...

- Mamá, la tía no va a volver.

- ¿Cómo?

- La tía no va a volver. Se va a quedar a vivir en San Pedro.

- ¿Cuándo te dijo eso?

- No me lo dijo.

- ¿Entonces?

- Se llevó el retrato de Alberto. No va a volver.

La arquitectura.

Fernando. Noviembre, 1973.

Un minuto después de sonar el timbre, el profesor Noam avanzaba por el pasillo inundado de estudiantes bulliciosos. Los gruesos anteojos achicándole los ojos, la calva reluciente, entraba en el salón como un ángel incontaminado en la baraúnda del infierno. Mientras los alumnos se acomodaban en sus bancos sin aflojar el ruido en un decibel, borraba el pizarrón, de arriba abajo y de abajo arriba desplazándose hacia la derecha exactamente medio borrador en cada pasada, pareciendo rozar apenas la superficie, hasta dejar, en un recorrido único y completo, una superficie uniforme pulida en gris oscuro. Solo en el mundo, regresaba al extremo izquierdo del pizarrón y comenzaba su clase, en voz baja, inaudible en el desorden general. Los símbolos matemáticos perfectos, el trazo de la tiza entera como el de un pincel japonés, la letra beta su obra cumbre, iban alineándose uno tras otro sin prisa y sin pausa, como las estrellas de Goethe en la frase edificante del boletín escolar. Dado un número r real, r es punto de acumulación en R grande si dado épsilon positivo y arbitrario existe siempre al menos un x perteneciente a R grande tal que valor absoluto de x menos r es menor que épsilon. Dos renglones de símbolos en un tercio de pizarrón reducían al silencio absoluto todo el auditorio. Los estudiantes copiaban en sus cuadernos los símbolos divinos con reverencia de iluminadores medievales. La elegancia de las formulaciones matemáticas pasaba por el pizarrón como el paisaje por la ventanilla de un tren, a paso regular, sin detenerse, con un destino marcado.

El profesor Noam terminaba su clase apenas un minuto después de tocar el timbre, escribiendo "lqqd", lo que queda demostrado. Fernando conoció mucho más tarde, hojeando los libros clásicos de matemática, la fórmula latina original "qed", quod erat demostrandum; la traducción del profesor Noam era una pálida, generosa concesión a la ignorancia de los estudiantes, al desconocimiento de las lenguas muertas donde tomaron vida las ciencias naturales y humanas. El espíritu rebelde de Fernando se había sublevado en forma irreconciliable contra esa formalidad absurda, cómo puede ser necesario demostrar la existencia de la bisectriz, dividir un ángulo en dos partes iguales con una recta lo hace cualquiera, insólita tontería, no se precisa haber estudiado nada para saber eso. Dos meses después había caído subyugado por el poder de la formalidad lógico deductiva de la matemática: estos son cinco axiomas, verdades aceptadas sin definir, todo lo demás son lemas, teoremas y corolarios, deducciones lógicas de los modestos axiomas primigenios, esto nos viene de Pitágoras, Euclides, babilonios, egipcios, caldeos y sin nombre.

El primer año de su entrada al liceo, un compañero le había regalado, para el día de su cumpleaños, una caja de acuarelas de cuarenta y ocho colores. Un regalo demasiado infantil, en opinión de su madre, pero él se había fascinado con los cuadraditos de pasta coloreada, la disposición ordenada sobre la chapa moldeada pintada de blanco, los dos pocitos para el agua. Los pintores usaban lienzos para el óleo, papel o cartón para la acuarela, había oído decir a la profesora de dibujo hablando del "soporte". Coleccionando las cajas de cartón de los ravioles, quitándoles los restos de harina con un trapo, pintaba laboriosos paisajes imaginarios. La duda era saber si se dibujaba primero: quedaban los trazos de lápiz debajo de la acuarela; no se podía poner un color encima de otro, todo se borroneaba, ¿debería secarse uno antes de aplicar el siguiente?, no podía ser, la vida no daba para tanto esperar. Más tarde, en facultad, la Expresión Gráfica, recorrer Montevideo con la tabla bajo el brazo, comprar un refuerzo de jamón y queso al mediodía con los compañeros, todos los edificios significativos de la ciudad pasaban cada año por las tablas de dibujo de los noveles estudiantes. Teoría de la Arquitectura, el enfoque funcionalista, una casa es una máquina de vivir, primero estudiar y conocer al hombre, no puede ser arquitecto ni puede ser nada quien no conozca su propio ser, sus congéneres, los animales, los objetos cotidianos, los conceptos trascendentes, las estrellas en el cielo, las rocas en el mar.

Todo muy bonito, pero se escurrían las tardes enteras en la facultad, a más de muchas noches; los fines de semana estudiando en casa, una escapada para el cine o algún baile, a la mañana siguiente el informe para el lunes, los ejercicios del práctico anterior al anterior, se vence el plazo de entrega, no se puede perder la reglamentación, el examen libre no lo salva nadie, los reglamentados tampoco, quedan muchos por el camino. La sangre ardía demasiado para pasar las horas interminables acodado frente a los libros, reescribiendo ilegibles apuntes mimeografiados, acostado sobre la tabla de dibujo, exprimiéndose el cerebro intentando descubrir la pisadita mágica capaz de anular todos los términos, igual un tercio, lqqd. Estudiar una carrera era estar sentado en la silla eléctrica por años, desecarse en cuerpo y alma mirando pasar el mundo sin pertenecer a él, ver encanecer los propios cabellos de hora en hora, encorvársele a uno la espalda de cifosis hasta convertirse en un signo de interrogación, curiosidad para los estudiantes frescos, mirá el profesor Larriera cómo quedó, yo no quiero ser así.

Había sido un niño modelo, promisorio, no el bobalicón sumiso de todos conocido sino un chico responsable, vivaz, apasionado por el orden, las notas prolijas, los resúmenes exactos, las colecciones de libros, estampillas, insectos, todo en sus cajas bien guardado. Más allá de sus esmeros, la imperfección de la realidad enturbiaba sus expectativas; la pulcritud adelantada en su imaginación se estrellaba contra la inadecuación de los álbumes, los chorretes de goma, la rotura de una esquina, el alto costo de los materiales, los reclamos de una tarde de sol. Los comienzos de la carrera, el estudio formal, le habían reavivado la certidumbre infantil del camino cierto, seré arquitecto, cultivaré las artes, estaré en la cofradía de hombres ignorados donde se redime la humanidad. Había despreciado la oferta del empleo público, un sueldo seguro, podés estudiar, te conviene, tengo un amigo en el Directorio, estamos en año electoral. Inconcebible pensar en una vida de rutina, un burgués más prendido a la teta del Estado, el grito libertario nacía sin progenitores conocidos, el romanticismo de la igualdad, prohibido prohibir, no hay valores en el cielo inteligible, lo imprevisto es la vida, el desprendimiento la libertad, regalando las colecciones, donando los libros, ya no necesito esto, sólo al viajar liviano se doblegan las distancias, se hace más largo el camino pa'l que va cargao de más.

Era preciso, no obstante, hacer concesiones: trabajar en algo, comprar la independencia, liberarse de la tiranía familiar estudiá mientras sos joven, no te pierdas la oportunidad, mirá tu padre yugando noche tras noche en ese diario, él no pudo estudiar como podés vos, sos un privilegiado. Su madre temía por él, una mujer lo pescaría, lo haría casar, luego los hijos y adiós carrera, ¿no habían hecho eso ella y su padre?, por qué habría él de condenarse a la desecación, perder sus mejores años voluntariamente prisionero, viviendo en casa de sus padres, sometiéndose a sus dictados, lejos de Carina, mirada con recelo por los temores de su madre, tolerada apenas por las preocupaciones de su padre, ansiada por él como una luz marcándole el camino de la libertad, la unidad hombre mujer comprende todo el universo. En contra de los malos planes, la burocracia universitaria, las pulsiones de la vida, arrastró sus años de carrera sostenido por el interés intrínseco de la materia bajo estudio, por la abnegación de algunos docentes ejemplares. Hasta la intervención de la Universidad.

La falta de fé.

Fernando. Diciembre, 1976.

- A veces, por evitar un largo camino, caemos en otros más largos todavía.

Cuando el Juanjo Castromán, recibido de arquitecto, le transfirió esta verdad, Fernando ya la había descubierto. Mantener la ética de la independencia, darle la espalda a la comodidad burguesa, había probado tener un alto costo: los trabajos ocasionales, mal pagos, arduos por inconstantes, resultaban tan embrutecedores y esclavizantes como el empleo público obtenido por clientelismo político. El ingreso al diario era un camino intermedio; su padre había hablado de él a jefes y conocidos, lo tomaron a prueba por ser su hijo, pero debía demostrar ser merecedor del puesto si aspiraba a permanecer en él. No era la cristalinidad deseable en un estado igualitario, pero al menos se salvaba la cara.

El desprecio por la Facultad, devoradora de vida, lo había convertido en un trabajador errante, dactilógrafo aspirante a periodista, aprendiz de crítico de arte, auxiliar de los archivos, oidor forzoso de historias personales genuinas o prestadas, un hurgador de basura clasificando los desechos. Una convicción incipiente de general impostura le había ido comiendo la madera del árbol de su fé como una invasión de termitas intelectuales. ¿Sería él un enfermo de desengaño, estarían hipnotizados los demás, no habría una sola cosa creíble en este mundo? Nada es lo que parece. ¡Terribles palabras! Algo podrido había mucho más acá del reino de Dinamarca; el joven Hamlet había puesto fin a su vida porque se quedó sin padres, sin amigos, sin la ingenuidad de la hermosa Ofelia, en tus plegarias acuérdate de mis pecados; asumió su disposición absurda para desenmascarar el asesinato de su padre pero acabó desenmascarando el asesinato de la verdad, la disposición absurda se le quedó pegada a la piel como un chaleco de fuerza; morir dormir tal vez soñar es sólo un destino inevitable, qué hacer entretanto, cómo convivir con uno mismo; conocer bien a un hombre sería conocerse, cómo superar tantas falencias, cómo ganarse el propio respeto en una sociedad donde es preciso perderlo para poder sobrevivir.

El también llevaba como el joven Hamlet un puñal clavado en el corazón, el puñal envenenado de la desaparición del Tato Fiori, inmolado por una sociedad más justa en un acto de fé posiblemente inútil. La indignación provocada por las técnicas siempre sucias de la dominación habilitaba la lucha armada como una guerra santa, Robin Hood o Espartaco o Tupac Amarú o el Ché Guevara, no he venido a meter paz en la tierra sino espada. Ni el Tato ni nadie lo habían invitado a nada, ni le habían hecho la menor insinuación; las presiones de los estudiantes se limitaban a las manifestaciones, los actos de protesta, las pintadas. Acaso hubiera preferido verse acorralado en el compromiso terrible de contestar sí o no; la falta de pregunta era asumir un no, verle ceñida en la frente la diadema amarilla de la cobardía. Había ido enmudeciendo de vergüenza, de desconfianza y de temor, en un régimen represivo alimentado por la delación. La reivindicación de la justicia era una nueva impostura; nadie era capaz de jugarse de verdad por los altos ideales, quedaban muy pocos cruzados, ya habían sido todos reclutados y vencidos, el resto éramos vendidos o gallinas. Había desoído con honestidad, como un subproducto de la cobardía, las concepciones disuasorias barruntadas entre las neblinas de su mente: la guerrilla urbana podía ser creíble en la lucha o en la muerte, pero menos en el poder; los comandantes caídos en acción eran preferibles a los premieres interpretando la voluntad de un elusivo proletariado, qué diferencia habría con los milicos corrigiendo la decisión equivocada de un pueblo al sustituir un gobierno elegido en acto electoral sin fraudes. Patético parecido, el de los extremos.

El camino firme por donde venía cantando alegremente la Marcha del Soldado había degenerado en una senda de bañado; avanzaba a pies mojados sin hundirse, el agua colándose por las botas agujereadas, la humedad trepando desde los bajos anegados de los pantalones, subiendo inexorable cuerpo arriba hasta dejarle la piel pegajosa como de rana, inequívoco indicio de adaptación, ya somos parte del bañado, del agua fangosa y vegetal; se irá enfriando nuestra sangre hasta sumirnos por completo bajo el musgo y el verdín, seremos primero alimento de predadores, después nutriente vegetal, como tanta gente lo ha sido desde tanto tiempo atrás.

Las columnas de las ideologías se resquebrajaban en crujidos alarmantes, el templo de la sabiduría amenazaba derrumbarse aplastando la aldea de los campesinos, las ramas bajas de los árboles manoteadas en la desesperación del ahogo se le partían de podridas, los modelos admirados venían perdiendo el rostro como muñecos de cera en el horno de Satán. Unos últimos restos maltrechos de su fé eran proscritos perdedores refugiados en la serranía de un ideal de pareja, la celda humana donde está contenido el universo, masculino y femenino en la redoma del alquimista transmutando en piedra filosofal, detrás de estas murallas brotará el oro en la copa de nuestras manos juntas.

Carina.

Fernando. Mayo, 1987.

Había dejado a Carina llorando en la cama grande, desconsolada como un bebé, borrados los años, el pudor, las enseñanzas, los prejuicios, las esperanzas; el mundo se venía abajo, el piso había cedido de repente bajo sus pies, caía en un abismo de negrura desolado y frío sin el consuelo de un final. No entendía en ese momento, no entendió después; ¿alguien entiende alguna vez? Es la pulsión de muerte, se terminó el amor, dejaba todo tirado, nunca estaba en casa, no quería tener hijos, sólo le importaban los hijos, tenía mal carácter, hería mi autoestima, no administraba bien el dinero, no le gustaba la casa, su madre se metía en todo, no me satisfacía sexualmente, no te dejaba respirar, tenía la televisión siempre prendida, nunca salíamos a ninguna parte, se pasaba en el teléfono, no era capaz de querer. La sociedad, siempre cuidadosa del bienestar de sus miembros, proveía un extenso catálogo de mentiras a bajo precio, útiles en toda ocasión, realice su pedido por teléfono sin moverse de su casa. Increíblemente, luego de berrear ante el mundo como cerdos, levantamos el teléfono para hacer nuestro pedido, recibimos las bolsas de supermercado en un carrito empujado por un joven tocado de gorrito "coma más por menos" ahíto de indiferencia. Ya podemos conversar con los amigos, nos separamos por incompatibilidad de caracteres, con la voz aplomada de quien revela una reciente verdad universal olvidada de incluír en las últimas ediciones de la Biblia, el Corán, los Vedas, los Escritos de Jacques Lacan; nos vemos de inmediato premiados por el silencio reverente de los amigos, más una comprensiva inclinación de cabeza, más la inscripción en las agendas, Fulanito está libre, Menganita se separó, nunca se sabe, una aventurita o la reconstrucción de la vida, si no me sirve a mí presentárselo a otro pobre diablo igualmente abandonado, sólo en pareja se puede ser feliz.

Fernando tampoco supo encontrar un por qué, ni en ese momento ni después. Unos meses más tarde no podía siquiera explicarse cómo le fue posible haber estado allí, ordenar sus ropas en la valija, pensar juiciosamente qué convenía dejar y qué llevar mientras la mujer de su vida agonizaba de dolor en el cuarto contiguo por su causa. Oírla en el recuerdo era como verle fluir la sangre de las venas recién cortadas por su mano de verdugo cobarde, de torturador afectivo, un impúdico voyeur de la entrega de un ser humano a la desesperación. Olvidada toda vergüenza, perdido todo freno, ¿qué podría importarle a ella mantener ahora una imagen ante él, ante el mundo? Si una mujer no era capaz de retener al hombre de su vida, si era abandonada de esa manera cruel, si era sometida a la violación de un compromiso eterno, nos tenemos el uno al otro, no hay nada más ni precisamos más, entonces ¿ahora qué? Sólo una enajenación, una anestesia profunda, podían haberle permitido a él sobrevivir tales momentos, lacerantes en el recuerdo como no lo habían sido en la vivencia, cómo habré podido, una indiferencia tal, una frialdad antártica, hay mayor calidez en las piedras de un cadalso que en el corazón de un hombre.

El sabía, vaya si sabía, lo que era ser abandonado. "No cambie su rosa encarnada por un falso botón que aparezca en su camino". Escrito en el paragolpes de un camión brasilero en la ruta de Sorocaba a Sao Paulo, era la mejor descripción de los sucesos del año anterior. La bien dotada Mónica, incapaz de darse media vuelta sin emitir vaharadas de sensualidad, había caído, vaya a saber por qué, en las redes de su seducción. Le había concedido sus favores luego de mucha persecución, alimentando el deseo semana a semana, cuando llegó no se podía creer, cómo yo con semejante mujer aquí, sacudida en convulsiones bajo la potencia de mi virilidad, eran verdad las séculas de fantasía, se tocaba el cielo con las manos de placer. Anduvo por las calles como flotando en otra realidad más contundente, alejada del mundo cotidiano, incomprensible para quien estuviera fuera, es mi hembra, a la salida del trabajo me solazaré en ella como nunca más, se colgará de mí como una lapa ansiando ser destrozada en el remedo de muerte de una cópula devastadora, es preciso morir para dar vida, todo el universo concentrado en un punto sin dimensiones, la saciedad estará siempre una hora más allá del confín del tiempo.

Mónica también era casada. Salían del diario separados para encontrarse unas pocas cuadras más allá, apretarse en un taxi, Los Paraísos por favor, el conductor mudo como los cocheros de antaño, el coito adúltero se protege con un manto de discreción casi sagrado, una contradicción de rutina en la sociedad condenatoria, hoy por vos mañana por mí. Cartas deslizadas entre mamotretos de papeles señaladas con un gesto, bombones chocolatines galletitas encontrados por sorpresa en un cajón del escritorio, llamadas por teléfono en claves clandestinas de brevedad japonesa, dejar la reunión con los amigos, la exposición o la casa matrimonial por las calles aventureras, anónimo entre la gente como asesino de presidente, nadie sabe de esto, yo soy el solitario Chacal, mi misión es tirar del gatillo cuando vea por la mira telescópica la cruz partiendo en cuatro la cabeza de la Muerte.

Dos meses depués el chicle había perdido su sabor, por rabiosa que fuera la masticación. Mónica se asustó, o su marido sospechó, o el embrujo pasó como el efecto de las pociones del druida Panoramix. Empezó con remilgos de remordimiento, escollos para verse, declaraciones de amor por su marido, acusaciones insensatas de haber sido seducida. Fernando, viendo en puerta el abandono, redobló sus ataques, acosándola más allá de la prudencia, el orgullo herido de taita traicionado cubriendo tenazmente el incipiente sabor a nada. El temor de ella aumentó exponencialmente: estaba en riesgo su matrimonio, su seguridad, su nombre, si esto se hacía público sería el acabose. Cayó o pretendió caer en una postración nerviosa, obtuvo licencia psiquiátrica, estaba al borde del surmenage, toda solicitación sería una crueldad sin límites, una falta de respeto elemental, un egoísmo despreciable. En medio de alguna consternación de los compañeros, la desesperación de Fernando, las sonrisas de otros, su marido la llevó de viaje a Europa por tres meses para reponer su maltratado sistema nervioso lejos del opresivo ambiente laboral. Fernando se quedó solo como un moderno gato de Zaragoza mirando la jaulita donde el pájaro acaba de huír bajo el ala del gavilán, es mejor ser rico y sano, los más fuertes de la especie se llevan las mejores hembras, es la selección natural, este hombre Darwin, ¿habrá sido abandonado por alguna mujer, o sólo le conmovían las piedras, los esqueletos y las plantas?

Encerrado en sí mismo, pretextando preocupaciones de trabajo ante la mirada alarmada de su mujer, exorcizaba el orgullo herido en pensamientos lacerantes, escritos cruelmente pesimistas, fragilidad tu nombre es mujer, miserable estado de debilidad, dándose cuenta de estar buscando, increíblemente, un consuelo maternal en los brazos de Carina. Acabó por contarle el motivo de sus penas, destrozándole el corazón llorando en sus brazos por el amor de otra mujer. Cegado por la angustia, más tarde habría de pagar el precio de la humillación, de haberse arrastrado como un reptil en el fango oleoso, de haber rebajado su orgullo de macho a felpudo en día de lluvia, ya no sería nunca más para su mujer un hombre digno de tal nombre. Carina, formal como siempre, había dado una muestra de entereza acaso más humillante para él: tragándose su dolor, lo había tratado de aliviar mostrándole sin palabras el escaso valor de la pasión efímera ante la constancia del amor construído ladrillo a ladrillo todos los días. La comparación era desarmante: Mónica, al lado de Carina, no picaba ni siquiera en belleza física. Limitada, tontuela, su única cualidad era la sensualidad. Había caído ante Fernando, acaso no el primero, atraída por la vehemencia de su expresión, por su porte romántico de cliché cinematográfico, esa fuerza interior de los espíritus torturados capaz de movilizar corazones de mujer. Un amasijo de carnes transpiradas, unos gemidos enardecedores, una ansiedad de trascendencia inexplicable, la ilusión infantil de estar tocando a la puerta de la casa de Papá Noel, la más ingenua de las ingenuidades había bastado para cubrir las almenas de flores de papel, echar al vuelo las campanas de las torres, poblar el cielo de fuegos artificiales, convertir el castillo inexpugnable de su falta de fé en una romería de brutales campesinos jugando competencias de lucha primitiva para luego atiborrarse las barrigas engullendo carne de caza mal asada, colando odres enteros de vino basto de descarte hasta caer en la inconciencia, sus cuerpos de bestias erizados de ronquidos salvajes. Al día siguiente, los patios cubiertos de inmundicias, el olor nauseabundo de la carne podrida cortando la respiración, charcos de orines bajo los bancos derribados, la capilla profanada por la descarga de carretillas de estiércol. No era posible retirarse: había que seguir viviendo, llevar a cuestas eso que uno era.

- Es como un vidrio roto: se lo puede pegar, se le puede poner cinta adhesiva, pero está roto. Ya no es más una sola cosa; las partes no se pueden unir.

Abandonó la residencia matrimonial sin tener otra mujer, sin saber por qué. Tan sólo no quería estar ahí, ni hablar, ni hacer el amor, ni enseñar los ojos. Tampoco quería estar más en el diario; renunció unos meses después. Vivió un tiempo en una pensión, luego volvió a la casa paterna. No sabía hacia dónde se dirigía, tan sólo quería salir de donde estaba. El regreso al taller del Varilla era en algún sentido volver al principio, a un punto donde todavía no habían habido errores, derribar un rey cercado de alfiles y caballos, había perdido su dama blanca al despejar el jaque de la dama negra. Un dios griego gordo y grasiento, babeado de risa, observaba a los hombres a través de un microscopio celestial, como un entomólogo perverso disfrutando una cópula de moscas.

Fernando en San Pedro.

Silvana. Febrero, 1994.

- Si el Pony me presta dos peones, en dos semanas le limpiamos todo, con el Gorgo. No le digo las estatuas, porque eso es más delicado, pero el parque se lo dejamos impecable.

- No, don Vicente, sólo desbroce el camino de entrada. Vamos a terminar la casa, primero.

Vicente Camacho, el jardinero, trabajaba con su hijo Gregorio, el "Gorgo" Camacho, un gigante bonachón con algún retardo mental. Siempre pegado a su padre, todos lo trataban como a un niño; él respondía siempre sonriendo, en una media lengua ininteligible de interpretación innecesaria. Don Vicente le había dicho bien señora sin estar convencido. Silvana no había querido destapar el parque, descubrir completamente las estatuas. Estar ella allí, dueña de todo, la casona inmensa, el parque salvaje, los habitantes de la zona reverentes ante ella, señora feudal o sacerdotisa vestal, usted es la heredera de la vieja señora, manda como ella, eran palabras de Adelaida, ¿usted no toca el piano? Sí, tocaba el piano, aunque ya no. Sí, era sola, no tenía marido, no tenía hijos. Era la dueña de todo esto, el refugio terrenal de su tío Alberto, el monasterio de clausura de su tía Rossina, ¿qué acabaría siendo para ella este paraje cargado de historias? Había sentido el temor, sano temor de repetir destinos ajenos de soledad o de muerte; ahora veía con temor el decaimiento de su temor, el hábito todo lo puede, se había quedado en San Pedro varios fines de semana con gran gusto, combinando la soledad con la compañía discreta de la gentes del lugar, la mujer del Pony, Adelaida, la simpleza avispada de las mucamas... las noches a solas, con alguna música en la radio, dibujando sobre los planos de la casa, recorridos con renovado placer... ¡dibujando otra vez! De noche, cerradas las ventanas y las puertas, había vuelto a releer los estudios de Czerny temblándole las manos sobre las teclas del piano recién afinado.

- ¿Conocés Colonia?

- Poco. Vine hace mucho. De pasar para Buenos Aires, varias veces, pero ahí no ves nada.

- Damos una vuelta, comemos algo y después vamos para allá, si te parece.

- Bien.

Recorrieron el casco viejo de la ciudad, discretamente reconstruído en el estilo colonial. Fundada en 1680 por los portugueses al mando de Manuel Lobo, gobernador de Río de Janeiro, la Colonia del Sacramento había cambiado de manos con los españoles innúmeras veces, origen de la superposición parcial de diversos estilos constructivos. Siguieron la rambla hasta el Real de San Carlos, donde estaba la Plaza de Toros y el Frontón de Pelota, todo muy descuidado. El Hipódromo sobrevivía gracias a los burreros de la zona, nombre popular reservado a los aficionados al hipismo. Almorzaron asado de tira con ensalada mixta en El Portón, tinto Novelo de Irurtia, botella de tres cuartos, de postre flan con dulce de leche, café o té, un café por favor, para mí un té con limón.

Silvana había hecho limpiar y descubrir las estatuas, prácticamente intactas salvo detalles. Seis de ellas eran biformes, combinando en una misma pieza estilos, épocas y expresividades contrapuestas. Una de ellas, casi puramente clásica, mostraba sin lugar a dudas la capacidad del escultor para dominar su material. Sobre las columnas de la entrada, dos seres biformes presentaban hacia afuera un rostro de clásica hermosura, hacia adentro una expresión dura, torturada, diabólica. Las formas análogas de cada uno se miraban entre sí, en un diálogo paralelo columna a columna. Las contrapuestas no se veían una a la otra: siendo partes de un mismo ser, se ignoraban por naturaleza. Aunque muy parecidos, estos seres biformes no eran iguales: ciertos detalles los hacían complementarios uno del otro. Esos mismos detalles hacían también sus mitades complementarias entre sí. Su significación, si la tenían, no parecía fácil de desentrañar.

- Acá lo llaman "el loco Falcón".

- Es muy distinto de todo lo anterior, de las piedras, de los murales en los edificios. Esto es escultura de verdad, tiene un estilo. No lo sabría clasificar, no podría decir si tienen valor, pero esas cosas, ya a esta altura... Impresionan, conmueven, capturan, sacuden... están vivas. Así, inmóviles como están, viven. Los Seres Biformes son una obra maestra.

La apreciación de Fernando fue para Silvana una confirmación tranquilizadora. Las estatuas habían impresionado más allá de lo normal su sensibilidad adiestrada en la contemplación de la obra artística; ella podía estar teñida de emocionalidad por el lugar, pero Fernando venía por primera vez, las había visto sólo en fotos, ni siquiera conocía Colonia. Podía ahora compartir con él las interrogantes, la inquietud experimentada.

- ¿Por qué las habrá hecho así? El lado malo para adentro, hacia el parque, hacia la casa.

- ¿Por qué "lado malo"?

- No sé, me impresionó así. Son formas angulosas, torturadas, primitivas...

- Es la pasión, el sufrimiento, el amor, la fuerza, el compromiso. El otro lado, el lado bueno, dirías vos, es el equilibrio, la serenidad, la contemplación, el distanciamiento.

- Apolo y Dionisos. Los griegos ya lo dijeron todo; agotaron la originalidad.

- Pero no la expresión. El hombre es siempre el mismo, sólo puede variar en su manifestación. Estas esculturas son de una expresividad extraordinaria, delicada y brutal. Cuanto más las veo, más fascinantes me resultan.

- Yo las llevo viendo varios meses. Al entrar y al salir. Son fascinantes, pero también inquietan. No es tanto el lado malo sino el contraste, los dos estilos contrapuestos, la coexistencia en la misma piedra, en el mismo ser.

- El lado malo hacia adentro... podría ser un recordatorio, una advertencia.

- ¿ ... ?

- Afuera, detrás de esos portones, está el mundo.

¿Falcone con Molinari?

La investigación. Marzo, 1994.

- Deberíamos decidir si vamos a hacer algo con todo esto. Hemos logrado rescatar unas treinta piedras; los murales son once, las estatuas de San Pedro son ocho; allá nadie le compró nada, Falcone trabajó sólo para mi tía.

- No es tan poca cosa.

- El inconveniente es el traslado. Para una exposición sólo tenemos las piedras; los murales y las estatuas sólo podemos presentarlos en fotografías. Eso no resulta muy atractivo.

- ...

- Estuve pensando...

- ¿Sí?

- Una exposición conjunta. Con Molinari.

- Los géneros son muy dispares. No me parece.

- En esta era postmoderna nadie se fija en eso. En salas separadas, claro. No pretenderíamos encontrar ningún paralelo, sólo compartir el local. Molinari llevaría mucha gente, hace mucho que no expone, está viejo, tiene una enormidad de obras acumuladas. Lleva años trabajando sin que nadie haya visto nada.

- ¿Cómo es posible? Es bueno.

- Los artistas nacionales son así.

- ¿Te das cuenta, nena? ¡Trescientos cincuenta dólares! ¿Te parece que un artista puede entregar una obra por trescientos cincuenta dólares? No tuvo ni la cara para ofrecer mil, una miseria, pero al menos suena mejor.

- Don Guido, es una tela chica...

- ¡No, no, no y no! ¿Me vas a decir a mí el valor de una tela? ¡Como si el valor de una obra se midiera en centímetros! ¡No sé cómo tenés una galería! ¡Menos mal que tengo la jubilación! ¡Menos mal que tengo las clases! Si no, tendría que estar regalando estas obras por chirolas, a cualquier ventajerito de estos, mercachifles, viajando por ahí como gitanos, vendiendo el arte como si fueran cacerolas.

- ¿Así te dijo? El viejito tiene carácter.

- Está un poco chiflado, pero es muy buena gente, yo lo quiero mucho. Tomé clases con él, hace unos años. Nos hicimos amigos. Tengo unos cuantos cuadros suyos en la galería, pero se venden poco. Los artistas nacionales están demasiado preocupados por la cotización, no quieren ser medidos por el precio de sus obras, pero terminan ellos midiéndose a sí mismos de la misma manera.

- ¿No les convendría vender más barato y vender más? Muchos pintores de nombre se hicieron conocer vendiendo a precios bajos, como si fueran artesanos. Un comprador le muestra el cuadro a los amigos, presenta al pintor como un genio, difunde su nombre; la cotización viene después. ¿No piensan en eso? ¿Prefieren tener los cuadros en el taller?

- Ahí tenés. Son todos así. Los buenos se cotizan a sí mismos de tal modo que nunca llegan a cotizarse de verdad. El mercado nuestro es pobre, pero si más gente pudiera tener originales en sus casas el arte nacional habría dado un gran paso.

- Es cierto, yo compraría cuadros, pero ni se me pasa por la cabeza; tengo la idea de que cuestan un disparate.

- Molinari pinta uno o dos cuadros por semana, a veces tres. En la última etapa, un abstracto con reminiscencias figurativas muy expresivo, a mí me gusta mucho; tengo algunos en la galería. Cuestan un disparate; cada tanto se vende alguno.

- ¡Dos o tres cuadros por semana! ¿Qué hace con todo eso? ¿Lo guarda en el taller?

- Así es. Ultimamente pinta sobre papel. Debe tener unas quinientas pinturas. Todas apiladas en los estantes del taller.

- ¿Para qué pinta? No puede esperar vender todo eso ni en veinte años; seguramente no va a estar para verlo.

- No lo sé, ni sería posible preguntárselo, ni saber si él lo sabe. ¿Entretenimiento? ¿Necesidad expresiva? ¿Terapia? ¿Soledad?

- ¿Qué verá en los cuadros? ¿Recuerdos? ¿Fantasía?

- Misterio.

El concurso.

Molinari. Abril, 1937.

A esa hora de la mañana, en el tranvía, nadie hablaba. De pie o sentados, estáticos como autómatas, los pasajeros se dejaban llevar, las voluntades anuladas, el tiempo suspendido.

- Como hormigas saliendo del hormiguero.

No era fácil encontrar sus ojos: cerrados, soñolientos, ausentes, esquivos, vueltos hacia el suelo, perdidos en abismos interiores. La falta de mirada barría las últimas señales del ser conciente.

- Todos dormidos creyéndose en sus camas.

Metido en el saco nuevo elegido con la ayuda de su madre, tu padre quería ir pero tiene que trabajar, la punta de la corbata tocando justo la hebilla del cinturón, el joven Guido mantenía derecha la espalda en el asiento, juntas las piernas, las manos una sobre otra encima del portafolios, la raya del pantalón en ángulo recto subtendido con perfección de geometría lineal. A su lado, una señora de estáticas arrugas, ajadas las manos, pasada del retiro, sobrevivía aún en el oficio de servir. Del otro lado, un obrero desgarbado, las manazas de acarrear ladrillo cayendo entre las piernas, estiraba una noche corta enroscándose como un perro en vertical. Frente al asiento lateral, los viajeros de pie oscilaban todos juntos, como cantando una barcarola al compás de las maniobras del tranvía repleto.

- Soy el único ser viviente. Estoy rodeado de muñecos.

El concurso era a las ocho, pero él se había levantado a las seis y media para salir a las siete, siempre conviene llegar un rato antes, ser de los primeros, elegir un lugar con buena luz, la máquina de escribir más nueva, no despreciar ninguna ventaja. ¡La máquina de escribir! Ahí podía estar la diferencia, los dedos le volaban sobre las teclas cuando ponía Montevideo trece de marzo de nuestra mayor consideración dos puntos, lo había hecho mil veces sin mirar; mirando, muchas más.

- Voy al encuentro de mi destino.

Su madre le tenía preparado el café con leche, no, prefiero no comer nada, después, cuando todo haya pasado, quedate tranquilo, vas a tener suerte, estás bien preparado, ojalá. Sentado al otro lado de la mesa, la corbata perfecta hendía la camisa blanca de su padre llegando justo, sin ver sabía, a la hebilla del cinturón, la tabla de la mesa podría haber sido transparente, era como estarse viendo en el espejo del futuro, treinta años después como los mosqueteros, sin frente marchita, acaso más tranquilo, pasadas las incertidumbres, las constantes pruebas de los primeros años, bondades de la edad adulta, papá lo sabe todo.

- Estoy haciendo lo correcto.

Lo sabía, había aprendido a entender, sin darse cuenta, los silencios de su padre, descifrando los enigmas ocultos tras el rostro severo, casi enojado, una tapa para la olla donde barbotaba el orgullo, justificado orgullo por ese hijo tan a su gusto, tan bien orientado en la vida, pobres los otros padres, luchando con los suyos para hacerlos estudiar, o trabajar, o cualquier cosa útil, jóvenes modernos, pedigüeños, siempre necesitados de dinero, yéndose de parranda los fines de semana y más, pidiendo vacaciones antes de empezar. ¡El Banco Internacional Euro Americano! Mejor no pensar, es un concurso, puede haber muchachos mayores, bien preparados, hijos de profesionales. El, el padre, había hecho lo mejor, pero había largado en desventaja, de chico fregando ollas, la escuela a los ponchazos, trabajando en todos los oficios. Pero al final, tenedor de libros, con los años tesorero, sí señor, corrigiendo los errores del contador, sin faltar el respeto, como debe ser, gracias Molinari si no fuera por usted, no es nada contador, a cualquiera le pasa, un momento de distracción.

- Me voy a batir con las modestas armas de mi saber.

No había logrado alcanzar la cumbre caligráfica de la profesora Luisina Anabel Naranja, Taquigrafía, Dactilografía, Preparación para Banco, perfecta hasta en la firma, letra inglesa cursiva inclinada a la derecha, soltera en custodia de anciana madre inmortal. Taquigrafía Martí, la Pitman no, diferenciar trazos leves de gruesos es difícil, el libro comprado por su padre no sirve, no se preocupe, conmigo aprenderá todo lo necesario, han pasado miles por aquí. Tres meses, casi cuatro, finalmente, cuarenta palabras por minuto, s biconsonante desinencia dre, mente miento terminación, barra inclinada punto final. Después, al pasar de los signos a la máquina, exprimiendo un poco el cerebro podía recordar florete en vez de flirteo, florista no, falta la s, el garabato de florete estaba antes del garabato de papel, papel lo tenía seguro, flirteo no cabía en el negocio, pero sí florete, se usaba papel florete en los documentos oficiales ignorando históricas reminiscencias espadarias.

- Papá me hizo comprar el traje nuevo.

Papá, papi, viejo, el veterano, José, José Julián, don José. En su interior, no sabía cómo llamar a este padre grande. Molinari, le decían en el trabajo, él también era Molinari, Molinari hijo, ridículo, el hijo de Molinari, peor, cómo hacer para evitar la confusión, tener un nombre propio, vaya. Enhiesto como un soldado, la misma cara de malo, encarnación viva de la seriedad laboral, la mirada de su padre vigilaba atenta desde el segundo plano: distante poder, no intervenir si no es necesario, si lo es ni dudar, caer en un instante como un rayo, Júpiter agostando la Tierra, los mortales a temblar. El viejo monarca le había enderezado la corbata tocándola apenas, armándolo allí mismo caballero por el contacto de sus reales dedos, serás como los helenos, volverás del campo de batalla con tu escudo o sobre él, parihuelas improvisadas donde traían a los muertos.

- Es un concurso, no un examen; si hay mejores ganarán.

No era sólo él, era su madre, era su padre, eran sus hermanos, eran todos los Molinaris de la historia, antecesores desconocidos encerrados en viejos retratos enseñando bigotazos engomados de autoridad. Esta hormiga lleva sobre sí la carga de todos sus ancestros, siempre fuimos derechos, no sabemos pedir nada, lo hicimos todo nosotros solos, del sudor de nuestra frente, todo salió de las espaldas, estás recibiendo lo mejor de diez generaciones, la onceava será tuya, a ver qué vas a hacer. Cien Molinaris lo observaban desde las graderías del tiempo, los ojos furibundos clavados en él, sólo en él, olvidado pasajero de este fantástico tranvía. El segundero del reloj lo empujaba en cada golpecito un poco más hacia el futuro, vencer o morir, salvación o condena, lealtad o traición. El reloj de caja pulida a espejo, es acero inoxidable, la abuela no tenía para oros, te lo dejó al morir para cuando te hicieras mayor, un hombre debe saber siempre qué hora es. El padre, papá, papo, don José, el viejo, allí parado en la puerta comprimiendo el orgullo detrás de la cara de malo, ése es mi hijo, ganó el concurso del Banco Internacional Euro Americano, ahora sí va a hacer carrera. La corbata mejor anudada de la Ciudad Vieja caerá sobre su camisa blanca justo hasta tocar la hebilla del cinturón, recostado en la poltrona giratoria frente al escritorio enorme en la oficina privada del Banco Internacional, bien, vamos a examinar estas garantías; el señor empresario deberá estirar el brazo largamente para colocarlas ante él, quédese tranquilo, lo vamos a estudiar, el Banco siempre está dispuesto a financiar emprendimientos productivos, no, no es nada, sólo cumplo mi deber.

- El muchacho viene a empezar de abajo.

Experiencia anterior, sí, estudio contable, cuatro años, auxiliar contable; antes, cadete. Referencias personales, sí, contador Celestino Del Piazzo, doctor Ifigenio Gómez Quintas, señor Augusto H. Mochetti. Cadete de oficina, trasladar papeles de un escritorio a otro, ir a comprar cinta engomada, recoger los formularios de la imprenta, sonreír a las burlas de los auxiliares apenas un dedo por encima en el escalafón de los tinteros. Sacar punta a los lápices dando vuelta la manivela de la maquinita, es una locomotora diesel, vamos a sesenta kilómetros por hora cruzando el puente del río Negro, próxima parada kilómetro tres veintinueve, altura sobre el nivel del mar cincuenta y siete metros. Era la escuela de la humildad: si querés llegar, hacé bien tu trabajo, no llegues tarde, aprendé a esperar. El ascenso a auxiliar administrativo lo vivió con indiferencia: no era un escalón alto, había muchos por delante, éste era apenas el primero.

- Papá, hoy cobré.

El primer sueldo, el sobre sin abrir sobre la mesa ante el tribunal de padre y madre, abrilo, con el cortapapeles. El índice del padre marcó la divisoria de billetes, esto es para vos, el resto para la casa, gracias papá, yéndose para el cuarto, esto es mío, me lo gané, los ojos húmedos de la madre elevados hacia el marido, nuestro hijo, como debe ser.

- Amarylis.

La joven diosa de la fecundidad, de piel apenas sonrosada, los brazos desnudos cargados de promesas sensuales como el árbol de frutos, toda para él. Si entraba en el banco, en un año o dos podrían casarse. Amarylis, abrazada apenas como si se pudiera disolver en el rellano de la escalera a la azotea, el hato de la ropa seca entre los dos como la espada de la castidad, los cuerpos apenas en contacto, los labios húmedos de las bocas confundidas, la risita nerviosa, la cabeza de ella buscando el hombro de él para esconder el rostro arrebolado. Ahogado él en la fragancia blanda del aire habitado de mujer, tan distinto en las casas de solteros, de hijos, de hermanos, donde los aromas femeninos permanecen encerrados en un cuarto o se han perdido para siempre, Amarylis, lo nuestro será eterno, sí mi amor, seréis una sola carne, seremos ¡oh Amarylis, Amarylis, Amarylis!

- Este viaje no tiene fin. El conductor es un robot. Nos lleva hacia el infinito.

La inquietud.

Molinari. Junio, 1942.

Amarylis se dormía temprano, porque madrugaba. A él no le gustaban las mañanas: se le iban dando vueltas en torno a nada, un tiempo muerto en espera de un almuerzo demasiado próximo al desayuno, café con leche, un pancito nada más sino después no como, debía entrar al Banco antes de la una. Después del horario de clientes, llenar los formularios, ya los traía adelantados, sólo unos cuantos renglones, la firma completa con rúbrica imitable pero no igualable, sello con cuidado, perfecto, salida hasta mañana muchachos, a casa, a veces a lo de la suegra a buscar a su mujer, vení por lo de mamá, ya cenamos ahí, te quiero, chau. Los tres primeros años, en un severo ejercicio de la voluntad, había concurrido a la Facultad de Ciencias Económicas, con escasos resultados. No lograba concentrar la atención en la aridez de los números, la sequedad de las leyes, el pantano de las teorías económicas; el tiempo era escaso, Amarylis lo reclamaba, él mismo se distraía. Intentó ponerse horarios, buscó aislarse en el rincón del comedor donde tenía el escritorio, el apartamento era muy chico, no permitía encerrarse. Intentó estudiar en la Biblioteca de la Facultad, dominando el vacío estomacal cuyo remedio inmediato era la huída hacia su casa, las librerías de viejo, la calle Tristán Narvaja, el viejo café Sportman, donde se podía leer tranquilo el diario de la noche. Era posible, alcanzaba con pegarse a la silla de la Biblioteca, caería en los libros de puro aburrimiento, mucha gente había hecho la carrera así, sorbiendo el conocimiento en esa misma sala semioscura, los sesos recalentados por la bombilla de la luz, saldré de aquí cuando estén por cerrar. Amarylis empezó a quejarse, no estás nunca, no sé para qué nos casamos, me paso esperándote, pero Lilita, es la única forma de tener un título, no me importa que seas contador, si me recibo puedo ganar más, en el Banco también, podríamos vivir mejor, no quiero lujos, de qué sirve tener un poco más, no quiero pasar la vida sola en esta casa esperando la vejez.

Los fines de semana salían al cine, a caminar por la rambla, a mirar vidrieras por Dieciocho, veían algunos amigos, visitaban a los padres: una parejita joven, todavía sin hijos, no hay apuro, la vida trae las cosas a su tiempo. En el Banco ya había tenido un ascenso; Amarylis tenía razón, era posible mejorar. Pero en las noches, cuando ella se dormía bajo sus caricias, él quedaba en blanco, cada vez más inquieto, sin saber por qué, como si tuviera dentro un tumor para extirpar, algo así como la necesidad de hablar pero no era eso, hablaba mucho de muchas cosas con todo el mundo. Era como si la vida se le estuviera yendo sin ningún propósito. Se enumeraba a sí mismo la lista de bondades de su posición actual, los logros obtenidos, las felicidades de su matrimonio, las promesas del futuro exhibidas a su alcance como en un escaparate.

- No sé lo qué querés. ¿No te alcanza con ser feliz?

Pensó en volver a dibujar, como en la escuela, en el liceo, ¡le iba tan bien!, siempre lo habían elogiado mucho. Hasta había ganado dinero, sí señor, con sus dibujos... ¡pero vaya de qué forma! A escondidas de su padre, por supuesto. Una noche lo habían sorprendido en la calle pintando barba, bigotes, lentes, eczemas, verrugas, lunares, en los afiches de un conocido candidato político, dando eficientemente al traste con la cara sonriente de vótenme a mí. Al principio se había asustado, cuando los tres hombres le dijeron de ir al Club, pero se morían de risa mirando los carteles. Lo trataron como a un rey, le ofrecieron unos pesos para seguir haciendo lo mismo en todos los carteles pegados por el barrio. Era arriesgado; una vez lo habían corrido a pedradas los pegacarteles del candidato trucado. Pero los rostros quedaban tan bien, todos distintos, horrendos, ridículos, brujeriles, no lo podían poner preso por eso, correr si venía alguien, por las dudas. Se terminó con las elecciones, pero él ya había perdido el interés, garabateaba sólo por dinero. Volvió a dibujar en su casa, copiando postales, o a veces del natural, pero más bien paisajes imaginarios de fuerte tono europeo, con nieve, montañas, caminos serpenteantes, cabañas puntiagudas.

Cuando estaba cumpliendo su preparación comercial en casa de la señorita Naranja, en medio del tableteo incesante de las máquinas de escribir, Amarylis había aparecido en su clase, una alumna nueva, cayendo del cielo como un hada. El resto de ese año había pintado con un fervor desconocido.

- No te preocupes, amor, pronto vamos a tener un hijo, eso te va a centrar. ¿No te emociona pensarlo?

- Sí, claro, ¿cómo no me va a emocionar?

Permanecía inmóvil oyendo la respiración regular de Amarylis, envuelto en su fragancia de mujer, con los ojos abiertos a la oscuridad, pareciéndole iluminar la habitación como dos faros de automóvil, oyendo pasar las horas en el reloj cucú regalo de su suegra, colgado en el comedor, justo sobre el centro de la mesa, ¿te parece bien, amor? Se preguntaba mil veces qué quería, qué le faltaba: tenía un buen trabajo, su casa propia con préstamo hipotecario, una mujer hermosa, cálida, buena ama de casa, cariñosa, condescendiente. ¿A dónde iba todo? El universo tan vacío, todos apiñados en la Tierra tan poblada, ¿alguien sabe algo? Todas las estrellas, brillando como el sol pero lejanas, tan lejanas, ¿para qué?

Empezó a escurrirse fuera de la cama, como culpable, en cuanto Amarilis se dormía. Cambió la posición de la portátil del escritorio, el cono de luz sobre la tabla, así molesta menos, se nota menos, se ve mejor. Allí empezó a revolver papeles, anotando en un cuaderno las cosmogonías que la noche hacía brotar en su cabeza. Empezó a recordar viejos dibujos, intentando repetirlos de memoria, muy torpe ahora, la falta de práctica, acaso la máquina de escribir deformaría los huesos de las manos, basta, no pensar pavadas, después no se pueden sacar las ideas de la cabeza. Había sabido dibujar igual con las dos manos, por casualidad. De chico se había quebrado al resbalar en el barro del campito, corriendo por la punta derecha, solo frente al arco, pateá, ahora, giro resbalón y al suelo, un dolor tremendo en el antebrazo, flojo como de goma. La mano derecha anulada por el yeso, probó dibujar con la izquierda, de puro aburrido no más. Con un poco de práctica empezó a salir bien. Después siguió dibujando con las dos manos al mismo tiempo, cultivando la habilidad, orgulloso de la perfección alcanzada, sobre todo en las figuras simétricas.

Sin darse cuenta, fue cayendo en el silencio, los ojos apagados, qué te pasa amor, ¿estás enfermo?, no, no me duele nada, preciso hacer algo, no sé, volver a dibujar, algo para tranquilizarme, lo que sea mi amor, estás triste, no me gusta verte así, supe de un taller, dos veces por semana nada más, al salir del Banco, claro, amor, si es por tu bien, martes y jueves, ¿de verdad te parece?, es perfecto, yo te espero en casa de mamá.

La vida familiar.

Molinari. Setiembre, 1943.

Se levantaba temprano, a las ocho a más tardar. Salía de la cama despacio, cuidando de no despertarlo. Iba a la panadería a buscar un pan flauta para el mediodía, ése más tostadito por favor, no, el otro, ése mismo, gracias. Mientras le envolvían solía entrar el peón de la cuadra donde se horneaba, la enorme asadera al hombro, media bolsa doblada aguantando el calor, las vendedoras haciendo espacio, el pan caliente sobrevolando las cabezas, ya pueden despachar, el olor dilatando las narinas, agrégueme dos marselleses por favor, que sean tres, yo no debería, yo tampoco, pero es tan rico el pan recién salido. Desayunaba café con leche, el marsellés con manteca, revolviendo la taza al final para sorber todas las miguitas. Después le servía el desayuno a Molinari. Volvía a salir al almacén, a la verdulería pocas veces, en la feria es más barato, los miércoles, comprás para toda la semana, eso sí, la comida ya prevista el día anterior, cuando hay feria se te va toda la mañana. Mi marido almuerza temprano, a las once y media estamos sentados a la mesa, desde que nos casamos jamás entró tarde al Banco.

Lavaba la vajilla, ordenaba la cocina, barría el piso, cerraba las cortinas, oscureciendo levemente la casa para un letargo de siesta, media hora, una hora a lo más, para descansar las piernas, con un almohadón a los pies para prevenir las várices, como dijo la tía Licha. Después lavar la ropa, planchar o coser, según, oyendo la radio. A las cinco en punto de la tarde, el mate dulce con alguna vecina, la primera actriz Rosamunda Rivero, el primer actor Pedro Alvarado, con gran elenco, Esclava del Amor, la ronca voz del locutor se derretía en la melodía de un piano almibarado hasta llorar. A las siete entraba en la cocina, a preparar la cena, Molinari cenaba bien: es mi comida principal, no puedo irme al Banco con el estómago repleto, gracias, Lilita, estaba muy rico. Mientras comía ella le contaba algunas nimiedades del día, le preguntaba por el trabajo, lo acompañaba en las quejas, indignaciones, esperanzas de la vida del bancario, conociendo a todos los empleados por el nombre, los trámites por los detalles, las querellas por las ambiciones. Juntos analizaban estrategias, balanceaban posibilidades, pergeñaban ingeniosos proyectos de réplica para situaciones difíciles.

- En este mundo hay que ser como los hongos venenosos, porque si sos bueno te comen.

Amarylis, la diosa de la fecundidad, había desarrollado como prometiera. Su hermosura de Venus, discreto remedo de las féminas rollizas de Rubens, desataba en el marido una sensualidad nueva, elaborada, despojada de urgencias, capturante, un lento remolino oceánico descendiendo a profundidades oníricas. Increíble como cambian los gustos, yo de joven no hubiera sabido apreciar una belleza así. Miopía de la juventud.

- La esfera es el cuerpo perfecto.

¡Sabios griegos! ¡Sabia geometría! La sinopsis había despertado su deseo siete años atrás; ahora gozaba inmerso en la posesión, preso en la fascinación de la película, versión íntegra sin cortes. Acaso el ideal estético, el patrón de mujer perfecta que anidaba en su cabeza no era algo inalterable, sino un recubrimiento gomoso pegado a la piel del ser amado, cambiando de forma junto con él, evolucionando en los años conjuntamente con la variación del cuerpo, haciendo posible la permanencia del anhelo, la conservación imperecedera del éxtasis, lo nuestro es de veras para siempre, lo siento adentro, sí mi amor, yo también; así será.

El taller de pintura no se concretó: no le era posible salir del Banco a tiempo, cambio de horario ni pensar, el trabajo está primero, no, lo lamento, el maestro no da clase en otras horas. Finalmente encontró un profesor con horario en la mañana, pero enseñaba sólo dibujo: primero a lápiz del natural, las proporciones, claroscuros, la expresión, dominar la gradación de tonos, luego vendría la arquitectura, el paisaje, los animales, el retrato, al final la tinta, sólo para los muy buenos. Dibujar es más difícil, se notan todos los defectos, el haragán no se puede refugiar en el color. La habitación de caballetes, vasos con pinceles, paletas enchastradas, lienzos tirantes sobre marcos de madera apilados en desorden, inefables creaciones poblando las paredes; las tardes suspendido entre la Tierra y el Espacio Infinito; la sombra alargada de sí mismo vistiendo indiferente la toga oscura del doctor Faustus, empeñado en desentrañar las claves del Universo revolviendo en los mágicos calderos del color... todo se había esfumado contra el fondo amarillo del monótono papel garbanzo. Sus primeros trazos débiles de lápiz se le antojaban desnutridos remedos fantasmales de los dibujos verdaderos, portentos admirados con humilde reverencia en las salas de exposición, donde el lápiz o la pluma hacían brotar las cosas como si pudieran tocarse, tatuajes imbuídos bajo la piel blanca del papel, bajorrelieves esculpidos para siempre en las paredes de piedra de los templos, dibujos que golpeaban el alma como puñetazos. Cómo puedo yo, empleado de banco a tiempo completo, alcanzar semejante nivel, pretensión soberbia de un ingenuo, un pobre diablo incapaz de reconocer su propia mediocridad, las salas de exposición lo ponen a uno en su sitio. Su vida estaba ya jugada, no habría oportunidad para él en esta encarnación. Habría sido necesario tener la valentía de elegir desde chico, huir del hogar, vender diarios, dibujar con carbones en la calle, viajar de polizonte a París, trasnochar en los cafés comiendo el único bocadillo del día pagado por amiga prostituta, trabajar día tras día sin parar, desafiar la tisis, el frío, la ropa sucia, esperar el éxito como si no existiera, un artista de verdad.

- No hubiera sobrevivido.

Empleado de Banco, con mujer, hipoteca por pagar, hijos por venir, un rol social. ¿Renunciar? ¿Resignarse? Ya lo había hecho. Ya había renunciado, ya estaba resignado; tengo un buen empleo, una hermosa mujer, nada de qué avergonzarme, estoy haciendo lo correcto, es pecaminosa esta disconformidad, con todo lo que la vida me ha brindado. Pero después venían las noches en vela, el lento revolver de los papeles en el escritorio, el cono de luz hacia abajo para no molestar, Amarylis por fortuna de buen dormir, allá en la cama sin notar su soledad; la tristeza de verse las manos inútiles, ahora con vellos sobre el canto, incapaces de retrazar en el papel la forma entrevista en algún lado, ahora ya no puedo no me sale no tengo paciencia estoy en otra cosa. Aunque sólo fuera por conjurar esas noches alargadas de desesperanza, de soledad, de conmiseración por la destreza perdida de sus manos, debía ir por las mañanas al taller de dibujo, levantarse con Amarylis, son las siete, amor, hoy tenés taller.

En el frío matinal, una vez sentado en el tranvía, olvidado de las preocupaciones del día, empezaba a vivir una burbuja de bienestar. El profesor de dibujo era un hombre de fortuna perdida, con una casa grande, cada vez más descuidada. El trabajo habría sido para él la degradación última; enseñar a dibujar, con la mano educada por afición en talleres de París, era un destino menos indigno. La sala se curvaba en ventanas sobre un jardín a la francesa, donde hoy las plantas de alcurnia soportaban con estoicismo la desvergonzada invasión de toscas enredaderas de baldío. En el taller no había horario: los alumnos llegaban, permanecían, se iban según les viniera en gana, entre las ocho de la mañana y las ocho de la noche los martes y los jueves. El profesor, dueño de casa, daba sus clases sin interrumpir su vida doméstica, el arte y la vida son, en el devenir del tiempo, la misma cosa. Molinari llegaba temprano, entrando sin llamar por la puerta del fondo, pequeña salita, pasillo, contiguo, la sala taller. Abría todas las persianas, dueño por un momento de la casona, del tiempo, de sí mismo. Se acomodaba en una ventana, el sol no daría allí hasta la tarde, a veces dejando una rendija abierta al olor vegetal de la mañana fría, unos segundos para mirar la naturaleza, esto también es arte, luego a trabajar, estoy pagando por esto, no lo puedo desperdiciar.

El profesor aparecía por allí al rato, oliendo a café y tostadas, vistiendo raído saco de mezclilla como para tertulia de club inglés. Le daba indicaciones, le contaba anécdotas de París, se quedaba pensativo mirándolo por encima del hombro mientras él dibujaba.

- Yo no dibujo lo mío: sigo con el lápiz los trazos de las cosas.

Luego de un tiempo, con alguna alguna timidez, se había atrevido a usar la mano izquierda. El elegante profesor no dijo nada, ni en ese momento ni después; sólo había mirado, como lo miraba ahora, por encima del hombro, sin ningún comentario.

- El arte debe ser libre, cada uno hace como quiere.

- O como puede; lo que importa es la obra.

- El resultado final.

El silencio del profesor, la escasez de compañeros a esa hora, los argumentos de su diálogo interior, le dieron confianza: se lanzó a dibujar con las dos manos, sin cuidarse de ser visto ni de las preguntas de los otros, como un prestidigitador luciendo, una y otra vez, el único número impactante de un estrecho repertorio.

El embarazo.

Molinari. Febrero, 1944.

Durante más de dos años no tuvo ningún indicio de embarazo. Cuando ya empezaba a alarmarse, le faltó la regla por más de sesenta días. Ya no había duda: Molinari sería papá. Repartió la noticia entre todos los familiares, todas las amigas. Comenzó a tejer escarpines, peleles y batitas, blanco, no celeste ni rosado, el blanco iba bien fuera nena o varón, no tenía preferencias, había pensado nombres para los dos sexos. Dudaba al combinarlos: su hijo tendría, qué duda cabe, primer nombre y segundo nombre, el conjunto debería ser armónico, sonar bien al oído. Dejó de preocuparse por el régimen, ahora debía alimentarse, una nueva vida reclamaba de ella nutrición, su hijo sería sano, vigoroso, fuerte como ella.

Despertó una noche en medio de sueños alarmantes. Molinari, vuelto a la cama luego de sus horas de cavilación nocturna, dormía pacíficamente a su lado. Se sintió mojada. No podía ser: en cuanto verificó el atraso, había mantenido a Molinari alejado de ella, por proteger el embarazo, nada de relaciones, había dicho el médico. Se levantó apresuradamente hacia el baño, sin prender la luz. No sentía dolor, pero sí el cuerpo actuando en forma extraña. A oscuras, sentada en el inodoro, la cara hundida en las manos, los codos sobre las rodillas, lo sintió salir de ella salpicando entre fluídos. Mecánicamente tocó el botón de la cisterna. Cuando terminó la descarga empezó a llorar.

Molinari despertó al oír los ahogos de su llanto.

- Lilita...

- No entres, no entres.

Cerró la puerta de un manotazo.

- Lilita ¿estás bien?

Un acceso de llanto. Molinari estaba perdido, sin saber, sin osar imaginar lo que pasaba.

- ¿Llamo la urgencia?

- ¡No! ¿Para qué? -en medio de los sollozos.

Se había corrido sobre el bidé, se había lavado, había encendido la luz para buscar un pan de algodón, lo había calzado en la bombacha, se había envuelto nuevamente en el camisón. Entonces abrió la puerta. Molinari, desconcertado, la recibió en los brazos, tratando sin éxito de consolarla. La llevó a la cama preguntándole mil veces si estaba bien, instándola a no preocuparse, hablando como si supiera de la frecuencia con que ocurren estas cosas, como todo luego se arregla, en unos días todo pasó, vamos bomboncito, no te pongas así, ahora sólo tenés que descansar, ¿estás segura de no querer llamar a nadie?

Le preparó una taza de tilo con leche. Se la bebió a sorbitos, sin dejar de llorar, sola en su dolor, sin atender consuelos. Cuando él fue al baño, vio los rastros de sangre en la loza blanca del inodoro. Deshizo los coágulos con el chorro de su orina, tiñendo de rojo el agua del fondo. La descarga de la cisterna barrió los restos. Volvió a la cama. Abrazó a su mujer sintiendo el llanto mojarle los pijamas.

Amarylis cayó en un mutismo impropio de ella. Atendida constantemente, no dejaba de llorar. Sus escasas frases aludían invariablemente a la inutilidad de su vida, a la incapacidad de su vientre. El médico hubo de recetarle pastillas para tranquilizarla, para hacerla dormir. Era un castigo, por haberse apresurado, por haberle dicho a todo el mundo, por haberse puesto a tejer e inventar nombres, por haber empezado a llamar a Molinari "papá". Ahora, de la manera más vergonzosa, sin siquiera dolor, había perdido a su hijo, su minúscula vida arrastrada por los caños en aguas nauseabundas. ¿Para qué habría de quedar ella en el mundo, acá de este lado, por encima del blanco higiénico del inodoro, rodeada de azulejos blancos, abrigada en sábanas blancas? Blancos eran los ataúdes de los niños, pero ella no había sido capaz de traer su niño al mundo ni siquiera para morir: lo había dejado ir en un coágulo de sangre descolgado sobre la loza del inodoro, arrastrado por el agua de la cisterna, en medio de la oscuridad. Nadie supo el color de sus ojos, si tenía pelo, cuanto pesó, si la nariz era del abuelo, como lloraba al tener hambre, si tenía genio o sonreía ante la luz. Su madre, las amigas, Molinari, apenas sombras a los costados, oscuros muñecos, vagas formas amistosas; hacia adelante, sólo el vacío.

Amarylis demoró semanas en recuperarse, sin conseguirlo totalmente. Había perdido su locuacidad confiada, sus proyectos de familia, su fé en el futuro. Sus esperanzas de maternidad se retiraron hacia el fondo de sus anhelos, sobreviviendo en austera reclusión. Dos veces más sufrió pérdida del embrión, aunque con menos aparato. La vida anidaba en ella, se sostenía un breve tiempo; luego se desprendía sin aspaviento, apenas unos dolores, como si ese tiempo de permanencia le hubiera sido suficiente, como si le faltara interés en continuar, en conocer el mundo. Algo comenzaba a vivir; ella lo recibía, le daba de su alimento, lo mantenía en quietud, le brindaba su amor... sin razón aparente, sobrevenía una falla: el nuevo ser se le desprendía en silencio, sin aviso, negándose a tomar de ella, a recibir su protección.

Consultó especialistas, empezó a recibir atención médica, a hacer tratamientos, a cuidarse en las comidas. Era algo muy común, muchas mujeres jóvenes, fuertes, sanas, tenían problemas de retención al primer embarazo, luego se arreglaba, muchas madres de prole numerosa habían empezado como ella. Se volvió cautelosa al mencionar el tema de los hijos, Molinari dejó de ser "papá": ahora era "viejo" en la vida diaria, "mi marido" ante las señoras de los jefes, Molinari con las amigas. La lista con los nombres de ambos sexos dormía en un rincón de su memoria. La caja de cartón London-París con batitas, peleles, escarpines de lana blanca, en el ropero, debajo de la ropa de invierno, envuelta con naftalina.

Cuando volvió a atrasarse en la regla lo supo sólo el médico, luego la tía Licha, mamá todavía no, me pone muy nerviosa; Molinari tampoco, estas son cosas de mujeres. Un par de meses después, cuando salió del médico, la felicito, señora, todo va muy bien, sólo tiene que cuidarse, sí, claro, puede decírselo a su esposo, la tía Licha la llevó a casa llorando en el taxi, subo contigo, nena, no tía, no, gracias, estoy, bien, andate, quiero estar sola cuando se lo diga a Molinari, en un baño de lágrimas, finalmente, amor, vas a ser papá.

Años de trabajo.

Molinari. Diciembre, 1952.

El embarazo de Amarylis fue un oasis de paz. Superados los primeros meses, no hubo complicaciones. Molinari, abrumado de responsabilidad, no era capaz de saber si deseaba realmente un hijo, pero agradecía a Dios la paz emocional que la gestación había traído a su mujer. Los llantos, la depresión, la atención constante, las lamentaciones, habían sido el día a día de su relación conyugal los dos años anteriores. Agotada su capacidad de consuelo, su comprensión, su paciencia, la marea de una ira sorda se anunciaba en su interior. Luchaba contra ella por la fuerza de la razón, recordándose a sí mismo sus deberes de esposo, incriminándose por los malos sentimientos, soy un monstruo, un egoísta, sólo percibo mi molestia, la pobre sufriendo por la frustración de su maternidad, debería sentir placer de estar con ella, todas las mujeres quieren ser madres, nada más natural; algo en mí no está bien. No obstante sus esfuerzos, la débil marejada de los argumentos morales se deshacía contra el negro malecón de su disgusto. Obligábase entonces con mayor severidad a ser amable, servicial, bien dispuesto, buscando por el cultivo de estas cualidades atemperar las culpas de su frialdad.

Era inconfesable, pero no quería estar en casa. Las cuatro horas semanales del taller de dibujo, insuficientes para un verdadero aprendizaje artístico, en casa imposible hacer nada, no alcanza pero más no puedo, habían pasado a ser un refugio, un alivio, una terapia. Las horas extra en el banco le trajeron un escape adicional: el trabajo, el dinero extra, las necesidades crecientes, el agrandamiento de la familia, la seguridad, santificaban la permanencia fuera del hogar, mi esposo trabaja tanto, es tan responsable, pobre, se lo merece todo. Empezó a defenderse levantando un escudo de lamentaciones, apoyándose firme en la obligatoriedad del trabajo, la responsabilidad de mantener una familia, el costo de vida siempre en alza, no sabés a cuánto llegó este mes la canasta familiar, un disparate, eso no lo gana nadie. Cada vez más inseguridad, más despidos, más desocupación, deberíamos dar gracias a Dios por tener trabajo, por tener unos ahorros; mirá Fernández, con mujer, tres hijos, quince años de trabajo: seis meses de indemnización y si te he visto no me acuerdo, la casita en la playa, el autito, y ahora ¿qué va a hacer?

Olvidada toda vanidad sonora, Francisco José fue bautizado finalmente en los nombres de los abuelos. Se mostró desde el primer día como un niño débil, enfermizo, con graves dificultades alimentarias. Amarylis tuvo poca leche, fue necesario buscar sustitutos enseguida. Pero el estómago rebelde de Francisco José rechazaba todo lo conocido: leche de vaca aguada, harinas especiales, féculas balanceadas, leche de las cabras de un granjero suizo empeñado en revivir el Tirol en las sierras de Maldonado. Agotados los sustitutos de la medicina, de la sabiduría popular, del ensayo, el pediatra recién llegado de Europa trajo consigo el milagro: alimento para recién nacidos BQ6, de los laboratorios Christian-Bayles, Londres. Su precio era tan increíble como sus efectos: el pequeño Francisco José toleró bien el nuevo producto, el padre aumentó las horas extra. Las latas de una libra etiquetadas en fondo blanco con leyendas a dos colores en inglés, cruzaban el océano en los buques de la naviera Moore-McCormick, derecho a los estantes vidriados de la Droguería Inglesa, The English Drug Store, Thomas Grierson & Sons, Calle Buenos Aires esquina Ituzaingó, productos farmacéuticos de alta pureza y calidad, siempre al servicio de su salud, yes Sir.

Recuperada Amarylis de su embarazo, satisfecha la atención del niño, superadas las angustias de su alimentación, Molinari volvió al abrazo conyugal luego de muchos meses de abstinencia, te agradezco tanto, amor, es por nuestro hijo, ya lo dijo el médico, vos lo oíste, sí, yo también te extraño, claro. Amarylis emergió de su primer parto con el cuerpo de una mujer rolliza, abundante en atributos, de cutis atirantado, cálido a la caricia. La incipiente exageración de su estampa de Venus primitiva izó a Molinari un peldaño más en la escala de la sensualidad, dándose a recorrer los volúmenes con ansiedad arqueológica. Durante los meses de abstinencia había buscado, en medio de fuertes culpas, el servicio de alguna mujer pública, vení Pelado, yo te llevo, un lugar de primera, no muy caro, si sabré yo de eso, con tres hijos y un cuarto por venir. Había hallado por esta vía algún alivio, pero poco agrado. El sexo concedido por dinero, el acto automático, unos cuantos movimientos de la pelvis, la descarga apresurada, ya está, es tanto, ahora a casa, en taxi para llegar en hora, qué tal Lilita cómo estás, bien, amor, venís cansado, cómo está el nene, precioso, se durmió, pobre angelito. No valía la pena el costo moral, no entiendo a los hombres, engañar a sus mujeres por esto, gastar el dinero en algo así, tan sin gracia, no hay como el amor conyugal, el dulce aroma de la mujer propia. En instancias de urgencia, cuidando el dificultoso embarazo de Lilita, se había visto obligado: todos los hombres lo hacían, no era traición, sino forma de preservar, de proteger la vida contra las apetencias ciegas. Alguna vez se le cruzó por la cabeza eso de si no me dan lo busco en otro lado, pero se negó a considerarlo, una idea propia de la privación, puesta en mí por la animalidad insatisfecha, no dejar anidar malas ideas, después viene la persecución, ya soy bastante obsesivo; tengo una esposa diligente, un hijo por venir, sé cumplir mis obligaciones. El hombre es un ser racional, no una bestia sin control.

Dejó el taller de dibujo. Se sentaba frente al jardín del viejo profesor a pensar en su trabajo del banco, los problemas de la familia, la mejor forma de ahorrar, de conservar el valor del dinero eludiendo la inflación. El apartamento era muy chico, había que buscar otra cosa. No encontraba tema para el arte, no reunía entusiasmo suficiente para volcar nada en el papel. Había ido perdiendo aún las horas nocturnas de cavilaciones solitarias bajo el cono de luz en su escritorio de la sala, reclamado por la atención del niño, de su esposa, las más veces vencido por el sueño. En las horas de la mañana tomó un trabajo de teneduría de libros en una empresa de fabricación y venta de bombas para agua: el contador era correcto, el sueldo razonable, se apreciaba su trabajo. A las doce entraba al banco; comía alguna cosa traída de su casa, no se puede comer por ahí, es un robo, te dan porquerías. Como ya no atendía público podía tomarse unos minutos en el guardarropa. Volvía a casa ya entrada la noche, aceptando siempre las extras que hubiera. Amarylis le calentaba la cena mientras jugaba un momento con el pequeño o lo miraba dormir. Los fines de semana intentaba descansar en compañía de su familia.

Siempre había sido ahorrativo, pero la responsabilidad familiar lo llevó a controlar todos los gastos. Se obsesionaba con el aumento de los precios, las dificultades para conseguir las cosas, la malevolencia de los comerciantes. Amarylis peregrinaba por ferias, almacenes de ofertas, ventas de ocasión, liquidaciones. Anotaba en una libreta los gastos del día, sumaban juntos a fin de mes, calculaban lo necesario para el siguiente, guardaban en la caja de ahorros del banco. Con un préstamo de los suegros compraron el terreno en Malvín, a cinco cuadras de la playa, menos no, es demasiado caro. Contrataron un constructor para la casa, en un año la tiene terminada, vengo haciendo casas desde hace veinte años, nunca tuve una queja. Con los ahorros pagaron el terreno, al contado veinte por ciento menos, un resto para casos de necesidad. Se vendió el apartamento, se saldó la hipoteca; se podía devolver el dinero al suegro, pero el buen hombre murió sin verlo; la deuda se dedujo de la sucesión, Amarylis, única hija, heredaba. Gracias a papá, que en paz descanse, ahora tenemos casa.

Los trámites sucesorios hicieron pensar a Molinari en la división de bienes, esto es tuyo, Lilita, a mí me puede pasar algo, el banco, los negocios, es mejor a tu nombre, por cualquier cosa, tenemos un hijo, no te olvides. No tenía idea clara de los riesgos verdaderos, pero dio en agrandarlos a la vista de catástrofes económicas conocidas, grandes empresas, consorcios financieros con poco o nada en común con su propia situación. Quedó la casa a nombre de Lilita, una caja de ahorros en el Banco República, es el banco nacional, no le puede pasar nada. Guido Leonardo Molinari, nacionalidad uruguayo, separado legalmente de bienes, cuenta caja de ahorro número siete nueve ocho seis tres tres, único titular, orden el mismo, sello, firme aquí. Nadie tiene por qué saber, es un seguro de vida, si me llega a pasar algo no quedan en la calle, es todo para ellos, a la tumba no me lo voy a llevar.

Entrevista imaginaria.

Fernando. Marzo, 1994.

- Volvamos a los Seres Biformes. Además de la necesidad de mostrar lo polifacético, de patentizar otras realidades posibles del objeto representativo, o aún la multiplicidad potencial de significaciones en un mismo objeto; más allá de destacar lo oculto en lo visible, ¿hay para usted algún significado en los números en sí, aparte del número dos? ¿Ha explorado usted la existencia de algo más allá de lo binario, por decirlo de algún modo? Por ejemplo, ¿ha intentado esculpir en tres caras, o en muchas caras, reflejando alguna cualidad esencial del universo?

- El número dos está en la esencia de la naturaleza. La inmensa mayoría de los animales son bisexuados; si bien los hay asexuados o hermafroditas, no sé de trisexuados más allá de alguna obra de fantaciencia de difícil verosimilitud aún dentro del campo de la narrativa de ficción. Esto en lo cercano a nosotros, en el reino animal al cual pertenecemos, condición olvidada con demasiada frecuencia. En el reino vegetal el intercambio de material genético es también binario, pero aún más sorprendente es la existencia del número dos en el mundo físico: estados eléctricos positivo y negativo, izquierda y derecha en el cosmos. Geométricamente la simetría es una forma del dos, y el universo está lleno de simetrías, tanto físicas como conceptuales. Este es un concepto esencial para mí, el de la simetría, sobre todo porque simetría no es en modo alguno igualdad. No me he planteado polivalencias, no creo en su existencia.

- Pero usted ha trabajado formas complejas, en volúmenes yuxtapuestos, con muchos planos, en réplicas diferenciadas...

- No es lo mismo. No son polivalencias en el sentido de la simetría, de los sexos, de la carga eléctrica. Son simples pluralidades, yuxtaposiciones donde no se guarda una relación de mutua necesidad. En la pluralidad cada parte es "per se", independiente de las demás. En la simetría, una parte sólo cobra sentido pleno en presencia de la otra. No sólo el todo supera la suma de las partes; esto sucede también en la pluralidad. En la simetría cada parte se supera a sí misma por la sola existencia de su simétrica.

- Usted parece haber usado la pluralidad para imponer la duda, reservando la simetría como algo más profundo. ¿Es así?

- La pluralidad produce inseguridad. Si algo puede ser varias cosas diferentes ya ingresamos en el terreno de la duda. Este es el valor de la pluralidad: no se trata de decir "esto no es blanco, es negro"; se dice "esto puede ser blanco, o negro, o azul o de otro color". Si algo puede ser muchas cosas ya no se sabe lo que es. Cuando la duda anida en la mente o en el corazón ya no se retira. Podrá olvidarse o desconocerse, pero no se retira.

- Estamos de acuerdo en desenmascarar lo falso, en corregir los errores, pero ¿por qué esa necesidad de introducir la duda? ¿No hay bastante zozobra ya en el mundo, bastante incertidumbre?

- Una cosa es no saber y otra cosa es saber mal. No se trata de corregir el conocimiento, sino de llegar al estadio anterior al conocimiento.

- ¿Un retroceso?

- ¿Ha habido progreso? El hombre evolucionó del animismo a la divinidad monoteísta, luego a la ciencia positiva, después al beneficio económico como único credo. Creemos saberlo todo porque nos hemos olvidado de las preguntas. Ya no necesitamos la Biblia, ni el cura, ni el médico, ni el psicoanalista. Ahora necesitamos la tarjeta de crédito, el estado patrimonial, el whisky Vat 69, la visita a Disneyworld. Cuando nos pare la Parca en el medio de la ruta, ¿qué vamos a hacer? ¿Encomendar nuestra alma a Dios? ¿Mostrar nuestras reservas morales? ¿Despedirnos de nuestros seres queridos? ¿Contemplar en armonía la obra realizada, he vivido como debí, me retiro en paz? Nada de eso: extraeremos del bolsillo nuestra tarjeta "gold", le firmaremos un "voucher", aquí tiene señora Parca, pase usted bien, nos vemos el año próximo, como si fuera una multa o un peaje; pagamos y seguimos tan campantes. ¡Ingenua modernidad!

- Su obra, ¿es la búsqueda de una fé más sólida, más elevada?

- Sólo me anima la construcción. Algo pasa en mi interior, mis manos se mueven, surgen unas formas. Es todo. Alguien podría interpretar mis figuras ambivalentes como el bien y el mal, el ying y el yang, el equilibrio de contrarios, otras mil dualidades posibles e imposibles. No me reconozco en ninguna de estas interpretaciones. Si alguien se conmueve frente a una de mis obras, bien por él, ésa es su creación, yo allí ya no estoy. Si frente a esas mismas piedras alguien es inducido a la teoría, bien por él, ésa es su obra; yo allí tampoco estoy.

- No me ha dicho nada de la contribución de esa ambivalencia en la sensación de incertidumbre, de zozobra que vive la gente de hoy. ¿Es positiva la contemplación de una obra como la suya para el hombre de hoy, sumido en la confusión?

- No es tan grave estar confundido como estar equivocado. Quien está confundido está en posición de encontrar una verdad. Quien está equivocado pero cree en la veracidad de su convicción corre un gran riesgo. Cualquier día su certeza estalla en pedazos o se disuelve con la lluvia y queda desamparado.

- ¿No estamos todos desamparados?

- Sí, claro. Estamos desamparados. Pero es mejor estar a la intemperie que bajo un refugio que se hará pedazos, caerá sobre nuestras cabezas y nos dejará cadáveres, como tantos de esos que usted puede ver caminando por la calle o hablando por televisión.

- Me pareció que dejábamos algo en el tintero, cuando estábamos hablando de la simetría, sobre todo en el plano moral, espiritual, afectivo. ¿Quisiera abundar en ese tema?

- No.


"Entrevistas imaginarias con Marco Antonio Falcone" (extracto). Fernando Larriera . Artículos aparecidos en el Semanario Cultural del Diario "El País", Montevideo, Año XXII, números 1088-90.

Camino al Gólgota.

La investigación. Mayo, 1994.

- Silvana, Fernando. Perdoname la hora. ¿Te desperté? ¿Estás ocupado?

- No.

- ¿En serio?

- En serio. Decime.

- ¿No podrás venirte mañana a San Pedro? Encontré unos planos, unos papeles de mi tía... puede haber más estatuas hacia el fondo de la casa, sobre la ladera del cerro. No pude ir a ver, recién encontré ahora estos planos... no me gustaría ir sola. ¿Te complico mucho? ¿Tenías algo previsto?

- No... pensaba ir por lo de mi madre, a almorzar. Puedo llamarla por teléfono.

- No la despiertes ahora, venite mañana, a las ocho menos cuarto tenés un ómnibus, yo te espero en la agencia, llamás a tu madre desde acá. Puede ser todo un fiasco, pero de repente hay algo de valor.

Lo llevó directo a los Altos. Cuando pasaron entre las columnas de la entrada principal los Seres Biformes inclinaron las testas levemente. Silvana detuvo el auto frente a la escalinata de la entrada. Hizo pasar a Fernando a una sala de severo mobiliario, seguramente de la época de sus tíos. La casa había sido arreglada con cuidado en su propio estilo. Se sentaron ante una mesita con sillas tapizadas, frente a una ventana al parque.

- ¿Desayunaste? ¿Te hago preparar algo?

- No, está bien, gracias.

Fernando se puso a examinar el material. Silvana lo dejó solo. Un carpetón morado de aspecto añejo contenía dibujos de diferentes obras escultóricas, varios de cada una, en diferentes perfiles, con abundante estudio de detalles. En muchas de ellas se incluía también un croquis en planta del emplazamiento; sobre éste, una o a veces dos direcciones marcadas denunciaban el propósito claro de estudiar el aspecto ofrecido por el objeto en la distancia. La técnica de dibujo era somera, lineal, rápida, con apenas algún sombreado, letras o símbolos de evidente carácter mnemotécnico. Aunque destinadas a servir de guía al escultor, los dibujos permitían evaluar la magnitud de la obra. Ninguna de las piezas tenía nombre, ni tampoco la obra en su conjunto.

El otro libro parecía un manual de mantenimiento. Escrito a máquina, se hallaba dividido en secciones: planos, escultura, jardinería, caminería, drenajes, calendario anual. Detallaba tareas de limpieza de caminos, conservación de las esculturas, mantenimiento de toda una obra civil de veredas, bancos, canales, esclusas, sumideros, gárgolas, vertederos, sin olvidar una serie de croquis cuadriculados a escala especificando formas y tamaños de poda para diversas especies de árboles y arbustos, identificados individualmente con un código. Las esculturas, en cambio, sólo tenían una indicación ordinal, primera, segunda, tercera, según se avanzaba en el camino de recorrida. En algunas de ellas, agregado a mano con lápiz, casi ilegibles por el tiempo, aparecían algunos nombres. La calidad del trabajo era profesional, como la de cualquier manual realizado en un estudio de arquitectura.

Silvana regresó una media hora después. Traía una bandeja con dos tazas de café y un plato con galletitas. Fernando, absorto en los papeles, apenas la vio.

- Esto es formidable. ¿Estará construído? ¿Cómo nadie lo vio?

- No sé. Según dice la gente de acá, en todos estos años no entró nadie, tenían miedo al espíritu del loco Falcón. Si esto está por donde creo, es la ladera del cerro, sobre el lado noreste de la casa. La vegetación es impenetrable.

- ¿No fuiste a ver?

- No. Encontré esto anoche, tarde. Estuve horas estudiándolo, me acosté de madrugada pero apenas pude dormir. Además, no quería ir sola. La primera impresión es... no sé, diferente. ¿Vamos?

Fernando, con el plano en la memoria, se adelantó a recorrer el casco a lo largo de los muros; ella lo siguió. Apoyados por dos peones más un tractor con zorra enviados por el Pony, don Vicente y el Gorgo, prendidos a las desmalezadoras de motor como jinetes de Apocalipsis, habían limpiado el parque eliminando los yuyales, descubriendo los senderos, destapando las cunetas, liberando las plantas ornamentales del abrazo de boa del monte natural. Los caminos no habían sido aún reconstruídos pero estaban transitables. El trabajo de jardinería propiamente dicho recién podría empezar ahora. Silvana no había hecho un recorrido prolijo del parque. Se sorprendió dejándose llevar por la actitud decidida de Fernando: olvidando la contención de su trato habitual hacia ella, avanzaba movido por el espíritu emprendedor de sus trabajos con el Varilla, alerta, revisando desde las copas de los árboles hasta los rincones de las cunetas con el cuidado de un detective de novela, Sherlock Holmes al frente, la doctora Watson detrás; Scotland Yard llegará, como siempre, cuando ya todo esté aclarado. Sin cambiar palabra alcanzaron la puerta de rejas.

- ¿A dónde da?

- No sé, nunca vine. Al cerro, supongo.

- El candado es nuevo.

- Hice cambiar todos los candados.

Extrajo el manojo de llaves, seleccionó una por el rótulo, abrió el candado. La puerta, acondicionada recientemente, se abrió sin un sonido. El carraspeo de los Seres Biformes corrió sobre los muros como un postillón desbocado.

Silvana recordaría esta excursión como un sueño vegetal. El camino al cerro, apenas transitable. Fernando abriendo el paso con una rama gruesa, apoyando el pie de costado sobre los yuyos, los pantalones mojados en los bajos por la humedad de las hojas. El crecimiento desenfrenado, sin disciplina, abandonado a sí mismo, lo había cubierto todo. Por debajo de las alambradas rotas, las cunetas tapadas, los campos enyuyados, los caminos sólo huella, el manto de vegetación, la tierra era la misma tierra paciente, generosa, dadora de la vida, siempre igual en todos los tiempos, cultivada por todos los pueblos del mundo en busca de alimento, morada final de los seres queridos de todos los deudos, hollada por los pies de todos los hombres, edén momentáneo de todas las parejas de la historia unidas en idéntica ilusión, rincón de tierra refugio de los Maresca paseando de la mano congelados en una estampa del tiempo, perdidos en la tarde iluminada de su primavera trunca.

Avanzaban por un camino artificial bien afirmado, con un trazado preciso, nada parecido a un sendero de caminantes, fruto del capricho o el azar de los obstáculos. Al doblar un recodo del pasaje vegetal, en dirección al cerro, vieron la primera escultura: una masa pétrea cubierta de verde, entrelazada de guías, manchada de hongos. Fernando se volvió. La cara de ella mostraba igual sorpresa: nunca había visto esto, no sabía de su existencia. Sin intercambiar palabra, descubrieron la pieza como mejor pudieron, arrancando con las manos las guías, quitando las hojas, rascando masas de musgos con ramas secas. Una forma humanoide en talla blanda se contraponía a otra zoomórfica de aristas bruscas: un ser bípedo apoyado en una lanza o cayado donde enlazaba un brazo, el otro en arco descendente, la mano en apariencia abierta, como invitando a pasar. La cabeza combinaba una expresión de serena contemplación sobre un lado con una mueca casi burlona del otro, ambas frontales hacia el camino de llegada. Las formas exageradas en curva o en arista debían algo a la Continuidad en el Espacio de Umberto Boccione; un expresionismo casi clásico simetrizaba con el zoomorfismo precolombino, sin conformar plenamente ninguna de las tendencias. La fuerza expresiva, la calidad de la factura, no requerían del ojo experto para ser apreciadas.

El resto del recorrido fue como subir a la montaña rusa en cámara lenta, recorrer las escenas del tren fantasma en el viento de la tarde, un viaje a la fantasía desenfrenada de un creador titánico capaz de conciliar en un contraste armónico el Rodin de Los Burgueses de Calais con la Serpiente Emplumada de Teotihuacán en medio del monte indígena donde vertieran los charrúas la primera sangre del conquistador español quitando la vida de un flechazo a don Juan Díaz de Solís, piloto mayor del reino, descubridor del Paraná Guazú, el río como mar. Después de la segunda estatua abandonaron todo intento de quitar la vegetación, menos densa al ir ascendiendo. Notaron la presencia de los canales, los rincones con bancos, la combinación cuidada de árboles, arbustos y flores escondidos bajo la anárquica eclosión de la vegetación silvestre. Recorrieron todo el paseo, alcanzando la cumbre del cerro San Pedro, coronada por una escultura de mayores dimensiones, de formas caprichosas, mezcladas, naturalistas y mitológicas, en una enigmática perspectiva.

La obra de Falcone era ésta. Las modestas piedras reunidas en Montevideo, los murales en los edificios, los artículos de diario escritos por él mismo, habían quedado lejanamente atrás. El escultor mediocre, borracho, de vida errática, el pobre diablo candidato a ser promovido por la mentira del mercadeo, el héroe de biografía inventada, de imagen a vender, volvía desde la tumba a reclamar por sus fueros, enviando estas figuras inquietantes en representación, soliviantando al público inerme con preguntas incontestables, invocando enigmáticos espíritus de la existencia siempre dispuestos a turbar con sus rondas el bienestar de los presentes. En el mismo lugar donde ellos pensaban inventar profundidades inexistentes, engañar un público acostumbrado a tragar píldoras de cultura como chupaba pastillas de menta, se erguía sin mediar convocatoria una pandilla de monstruos de piedra: contorsionados como payasos, torturados como demonios, clavaban en los ojos una mirada penetrante, burlona, sobradora. Una semana atrás, creían ellos manejar una figura en plasticina, modelar a su antojo el perfil artístico de un maleable Marc Antoine, animar su vida miserable con unas cuantas dosis de ficción trágica, una ejecución deshonesta del "todo a vender" del cineasta Andrzej Wajda, preocupado por evitar la mutilación afectiva en una época signada por la sobrevivencia comercial. El loco Falcón, desde el entierro de su trinchera, levantaba frente a ellos la Patrulla de la Muerte, unos inclementes soldados de piedra dispuestos a ponerlos de rodillas hasta morder el polvo, empujarlos a culatazos, obligarlos a pelear una batalla ciega, se arrastrarán como culebras por esta huella erizada de picanas, se freirán como langostas en el caldero de colada donde se forja la única Cruz de Hierro digna de ganar.

Consumación del amor.

Alberto. Diciembre, 1950.

Cuando volvió del viaje, después de seis meses de ausencia, ambos temían el encuentro. Se refugiaron, como siempre habían hecho, en la cortesía, la atención esmerada, el trato cariñoso, la distancia interior. Sus acercamientos físicos fueron escasos, mesurados, como ya era de rutina. La aceptación había aumentado su confianza mutua. No esperaban mucho, no temían sobresaltos. Dormirían juntos; conversarían abrazados, en voz baja, sobre los sucesos del día, algún libro o el manejo del campo; acaso harían el amor con gentileza, sin excesos ni pasión mayor; ella se le acurrucaría en el hombro, él le acariciaría la cabeza; se darían un beso antes de dormirse en paz, con pocos pesares en el corazón.

Fue un mediodía de diciembre en el ala oeste de la casa, en los Altos del San Pedro. Habían trabajado todo el día. El ala este estaba en arreglo, inhabitable. Habían reservado esta habitación donde el piso de madera estaba casi intacto, para quedarse mientras duraban las obras, colocando diarios en el suelo y un colchón. Las ropas y demás enseres se repartían sobre cofres y cajones en un campamento improvisado adentro de la casa añosa. En el cuarto de baño, enorme, se habían enjuagado de jabón echándose cubos de agua fría del pozo, estremeciéndose a pesar del calor del día, riendo como en los viejos carnavales. Luego de secarse con enormes toallones antiguos, blancos y espesos como frazadas, se fueron hacia el cuarto, envueltos como árabes de mil y una noches. Extenuados por el juego, se tiraron en la cama para un breve descanso antes del almuerzo, vituallas frías en una cesta arrimada por la casera. Mecidos por el cansancio de sus cuerpos sanos se adormilaron oyendo cantar la chicharra en el monte tras las persianas, viendo aletear sombras de hojas sobre la pared lejanamente encalada. El le acariciaba el pelo, ahuecando el hombro para hacerle anidar la cabeza, en una maniobra consagrada por el hábito. Pero ella estaba dormida, o mareada, o algo; se incorporó, morosa, para acariciarle la mejilla. El la atrajo suavemente hacia sí. Se besaron largamente; tenían por delante la eternidad. La ayudó a izarse. No supieron, no previeron, no pensaban. Se encontraron en un instante. Ella lo abrazaba con fuerza inusitada, porque no pudieran verse, pero enseguida se incorporó para afirmarse sobre él como sostén en un abismo. Arrollada por el impulso salvaje, enajenada, se descerrajó violentamente, mientras él la atenazaba por los ijares, guiando el frenesí desbocado de sus embates. En su propio paroxismo, la pudo ver como nunca la había visto, los ojos hacia arriba, tragando el aire a bocanadas, las carnes firmes como de mármol, hermosa hasta la locura.

Extenuada, cayó exánime sobre él. Se reencontraron en el mismo abrazo, transpirados, ella encima de él, empapada en llanto, sacudiéndose en sollozos convulsivos, escondiendo la cara en el hueco de su hombro mientras él, pacientemente, le acariciaba el pelo, la abrazaba, le murmuraba al oído palabras sólo sonido. Cuando se calmó, él la giró lentamente sobre el lecho improvisado. La miró frontalmente, esperando. Los párpados de ella se elevaron, lentamente, hacia él. La miró fijamente a los ojos, sin sonreír, sólo unos segundos. La volvería a mirar así muchas veces, hasta que ella supo hacerlo y fueron capaces de verse así, frontalmente el uno al otro, los ojos en los ojos. Unos segundos nada más, después uno de ellos lo cortaba. No se desgastaría por abuso.

Finalmente, había hallado en Rossina la pasión del cuerpo. En la incomprensible variación de sus sentimientos, esto la había, también, rebajado en algo ante sus ojos: ella se había humanizado, no era ya más la sacerdotisa vestal. Era un sentimiento innoble, mezquino, teñido de moralina barata, destinado a ceder ante la verdad tangible de Rossina mujer. Acaso este sentimiento suyo fuera el gran temor de ella, la razón esencial de todos estos años de postergación, los hombres siempre habían despreciado la manifestación sexual de la mujer, eso era cosa de rameras. Alberto se esmeró en mostrarse cariñoso, natural, eran los mismos de siempre, nada nuevo había entre los dos. La asunción plena de su animalidad, encerrada entre las paredes de la alcoba matrimonial, hizo nacer entre ellos una nueva complicidad, un nuevo lazo de silencio. Rossina vivió su liberación como algo vergonzante, una concesión inevitable a la bajeza de la naturaleza humana. No intentó venderse la clásica mentira de hacerlo por él. Ella había desatado esto; ahora lo esperaba, ansiaba atraerlo, lo aceptaba gozosa. No llegó nunca a hablar con él sobre estos temas; permaneció, en su silencio, como una mujer de su tiempo. Alberto hizo todo lo posible por hacerle saber de su respeto por ella, de su admiración por haber sabido asumirse plenamente como mujer, pero ella siguió viviendo sus encuentros como la faceta oscura de su vida, un lodazal donde se veía forzada a revolcarse, no ya por deber de esposa, sino por propio placer. Confinados en el santuario de la alcoba, se miraban a los ojos agradeciéndose sin palabras la mutua entrega. Si eran condenados, sería un pecado de los dos.

Muchos años después, en su cama final de sanatorio, Rossina Fiori de Maresca, hundiéndose en las sombras, esperaría, confiada, encontrar de nuevo esa mirada. Olvidada ya de piedras y estatuaria, de soledades y trabajos, de incertidumbres y pretextos, de pagar su tributo a la vida, no era dueña de uno sólo de sus cabellos, esperaría, en un acto de justicia suprema, volver a mirarse en esos ojos suyos llenos de paz, que muy tarde le habían llegado, que muy pronto le habían quitado.

El manantial.

Alberto. Abril, 1951.

Volvió al día siguiente, con el morral, un hacha de mano, el martillo de geólogo, las estacas, una pala de mano, la brújula, un libretón grande cuadriculado. Comenzó por describir un círculo amplio en la parte baja, marcando los puntos donde creía ver descensos de agua. Había llovido haría cuatro o cinco días. Luego recorrió otro círculo, más estrecho, a mayor altura. Acabó por determinar tres puntos por donde parecía emerger el agua. La vegetación indígena, cerrada, dura, le impedía precisar el lugar del surgente. Eligió el más empinado; debía ser, por lógica, el más corto. Se resistía a traer peones para desbrozar, al menos mientras no estuviera seguro. Cuanto más avanzaba, más difícil se le hacía volver atrás. Se hizo mediodía. No se le ocurrió siquiera regresar a almorzar.

Descansó un poco sentado en las piedras de los afloramientos cubiertos por la vegetación. Completó un esquema primario de las vertientes; más tarde debería encarar un relevamiento topográfico. Sintió sobre su cabeza el sol perdiendo fuerza entre el follaje. Una capa de nubes finas pareció venir a facilitarle el trabajo. Volvió al martillo. Alcanzó una zona donde el afloramiento pedregoso formaba una pared baja. Se izó sobre ella colándose entre las ramas. La tierra encima era húmeda. Excesivamente húmeda. Se abrió paso con el hacha de mano. La vegetación cambiaba, el verdor lo guiaba. Iba tras el agua, siguiendo el olor húmedo, caliente, de la vegetación briosa. Eligió un lugar. Desbrozó un círculo con el hacha, luego empezó a excavar con la punta afilada del martillo, quitando la tierra con la pala, hasta la profundidad del antebrazo. Se sentó a esperar.

Allí estaba. La tierra rezumaba, lentamente, el agua negra de barro. Una hora después dejó de brotar. El nivel se estabilizó apenas unos centímetros por encima del fondo. Hubiera querido ver cómo ese nivel se reflejaba en la estratificación del terreno, pero era imposible. No obstante, en su imaginación se dibujaban las intrusiones de piedra, las areniscas aprisionadas, los desniveles. Podía seguir, en forma aproximada, el lento fluir de las aguas por los estratos permeables, entre las masas rocosas, atraídas por la gravedad, absorbidas por ósmosis, siguiendo las leyes inmutables inferidas por la intelección del hombre en su intento milenario de apresar la naturaleza esquiva.

Limpió las herramientas en la escasa agua acumulada por su obra en el fondo del pozo. Emprendió el regreso. Mientras bajaba, lentamente, recogiendo las estacas innecesarias, afirmando las otras, cobraba forma en su mente el manejo del surgente, la utilización de la altura, el diseño del recorrido, la captación de las pluviales. Serían sus artes la imposición del salto, el dibujo de la curva, la composición del sonido, la economía del agua, la acción de la gravedad. Era la domesticación respetuosa de la naturaleza. Era la mano del hombre buscando la belleza en un anhelo de reconstrucción, una conjugación de arte y tecnología. Un jardín más entre los muchos jardines de la historia. Un reflejo más de los infinitos reflejos del Gran Jardín Perdido. Una ofrenda en expiación de la Caída. Una forma de alabar a Dios.

Primera lección.

La Investigación. Mayo, 1994.

- Fuimos unos imbéciles. Debimos habernos dado cuenta, los Seres Biformes ya lo estaban anunciando. No sé cómo no lo vimos.

- No podíamos saber.

- Sí podíamos, teníamos todo en la mano. Un hombre capaz de esculpir los Seres Biformes, o aún las otras estatuas del parque, debía tener algo más en mente. No podía ser de ninguna manera el pobre diablo de nuestra fantasía.

- Fernando, la percepción es compleja; muchas veces, equívoca. En la perspectiva del Gólgota las estatuas del parque se ven diferentes, adquieren otra dimensión. Después de conocer la obra completa del autor se revalorizan los orígenes.

- No sabemos si son los orígenes. No tenemos idea si el Gólgota lo construyó antes o después.

- Los Ser